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Sobre letras y ángeles...

El Nacional, martes 5 de septiembre de 2000.

... No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes volver blanco
ni negro un solo pelo... (Mateo, 5, 36-37)

¿Alguno de nosotros se ha preguntado quiénes son los autores de los libros con los que aprendimos las primeras letras?, ¿a quiénes debemos esa organización de sílabas y líneas con las que pacientemente un maestro o un padre nos puso a aprender? Uno de los principales propulsores de la lectura infantil desde mediados de siglo en nuestro país ha muerto hace unos pocos días. Alguien a quien, desde hace mucho, ya se le consideraba muerto, y no en el sentido literal. Murió solo, sin más consuelo que el recuerdo y las ganas de no seguir padeciendo una vejez, que, según él, se extendía demasiado. Se marchó a los 93 años Ángel Díaz de Cerio, Angelito, como se le conocía, igual que el título de su libro de las primeras letras. Lo curioso es que ese método, considerado arcaico, continúa siendo uno de los más aplicados en nuestro país. Para bien, o para mal, según algunos, sus libros llegaron a los últimos rincones y muchas personas entendimos cómo funciona la sílaba na gracias a que «la mona lame». Libros con mensajes sencillos. Un día me dijo que al niño no había que llenarlo de datos, sino de frases comprensibles, acompañadas, sin excepción, de las ilustraciones. Y en este asunto Angelito no reparaba en gastos. En los cuarenta, cuando la tarea de hacer textos en nuestro país estaba en pañales, trajo a un ilustrador italiano que «le componía», como decía él mismo, los árboles, niños, «mire usted que rosa esta», las manzanas, tazas y zapatos «con gran arte, señorita, con gran arte y buen gusto».

«Papá ama a mamá»; «la sopa es de apio»; «toma este tomate», son oraciones que me retumban en la cabeza ahora cuando hojeo el Angelito de mi preescolar. Las niñas, primorosas; las madres, con delantal; los padres, de corbata y cabello caoba, muy sonrientes leyendo el periódico (en la época no había tantos crímenes), aparecen cumpliendo con todos los clichés que han sobrevivido ante algunos medios de comunicación y publicaciones contemporáneas. Eso sí, no me vengan a decir que la culpa la tiene el libro de las primeras letras. Porque: «Angelito es el libro/ Donde yo aprendí a leer, /Aprendí cosas muy bellas/ De este mundo del saber». Y es que entonces, la vida de los niños y las niñas se parecía a lo que veíamos en los dibujos de los libros. Después, o casi al mismo tiempo, vinieron por nosotros las comiquitas y ahora... bueno, ahora todo lo demás.

Para Ángel Díaz, la instrucción no podía desligarse de la educación moral y de la religiosa. Más de una vez le vi colocando estampas del «Ángel de la Guarda» dentro de los libros que salían de imprenta. «Quién sabe», decía, con su honda mirada de viejo, pozo donde aún se acunaban muchas esperanzas, «¿quién sabe si un niño aprende a orar y un buen día se salva de ser víctima de una mala acción?». Era su apostolado, y lo practicaba hasta las últimas consecuencias. En sus últimos años le dio por vender los pocos libros que conservaba. Recuerdo haberle comprado un Kempis o La imitación de Cristo por 2000 bolívares. Mi idea era privar al mundo de un ejemplar contentivo de tantas privaciones y dolor auto inflingido solo por amor a Dios. Para Angelito, esos dos mil bolívares significaban unas cuantas láminas que salvarían almas.

Hubo una época en la cual me sentía respaldada por una mano celestial. Vivir parecía más fácil. Como ahora no me lo resulta tanto, decidí, —créanme que por casualidad— abrir el Kempis, en la página del capítulo titulado «De la compunción del corazón», y hallé mi estampa. Un ángel rubio (aún el poema de Andrés Eloy no se toleraba entre los dibujantes), guardaba a una niña vestida con un trajecito rojo y a un niño de pantalones cortos que jugaban con mariposas. Por detrás, el texto: «Cada mañana y cada noche invocaré a mi Ángel de la Guarda»...

... Todavía recuerdo la plegaria. Ángel Díaz de Cerio nos enseñó las primeras palabras, y, con un guiño, la primera noción de ontología que algunos recibimos a los cuatro años.

Ángel de mi guarda, dulce compañía...


Ada Iglesias en La BitBlioteca


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