«Sector de las librerías donde reposan los manuales que alivian, matizan y hasta resuelven los horrores de la vida contemporánea». Mi aversión hacia esta clase de «literatura», hizo una pausa cuando hace poco, una amiga dedicada me obsequió un libro que ella consideró oportuno en tal momento.
El rechazo a semejante discurso no responde a un acto de soberbia. Ni se trata de subestimar los consejos; al contrario, no todos somos tan brillantes como para resolver nuestras vidas en soledad, y a mucha gente le resulta más fácil acudir a un libro que a un desconocido, o sencillamente, no sabe hacerse ciertas preguntas que generen las respuestas que un «buen» libro puede ofrecer. Pero ¿no es mucho mejor descubrir, dejar que la vida nos vaya entregando esas respuestas y racionalizarlas, no que nos las den desmenuzadas, como comida de pájaro? Volcarnos en esas rápidas soluciones nos impide llevar un ritmo que unos pocos queremos preservar, ritmo mucho más lento que el de nuestro mundo moderno.
Y hay otra razón: La cara de beatitud que adquieren algunas personas al levantar la mirada luego de esas lecturas me hace pensar en algún caso de vampirismo. Tal discurso debe estar succionando neuronas en lugar de reactivarlas, y eso sin contar con el vocabulario que se ha puesto tan de moda: energía, positivismo, sanación, aura, afirmación personal, autoconciencia...
Pues bien, el libro de Luisa Hay Usted puede sanar su vida, llegó a mis manos sin desearlo (esperaba que mi amiga me regalase la edición de un manuscrito inédito de Bécquer que se encontró el año pasado, pero me consolé al percatarme de que pudo obsequiar El oráculo del guerrero y se abstuvo); así que, predispuesta al milagro, lo abrí al azar. Hallé un capítulo llamado «El cuerpo», y se inició así una las lecturas más sorprendentes de mi corta existencia. Claro, algunas de nuestras dolencias pueden ser dominadas con esfuerzo y una mejor disposición ante la vida; pero no sé cómo la autora mantiene a ultranza que eso ocurre con todos los males que nos aquejan. Me pareció paradójico que ella, tan renuente a los fanatismos, según se evidencia de su discurso, se atreva a sostener algo como esto:»Cada vez que veo a alguien que lleva uno de esos «cuellos» ortopédicos, sé que es una persona muy presuntuosa, que se obstina en no ver el otro lado de las cosas» (p. 148). ¿Con qué responsabilidad puede sostener que una persona que ha sufrido un accidente y debe usar un collarín, es, además de una adolorida víctima, un ser engreído y obstinado? Otro ejemplo, solo para ilustrar: «Siempre que veo niños pequeños que usan gafas, sé que en la casa está pasando algo que ellos no quieren mirar» (p. 147). ¿Dónde quedan todos los procesos hereditarios y otras circunstancias que nada tienen que ver con los problemas familiares? O ¿cómo puede asegurar algo tan delicado como que «las enfermedades venéreas expresan casi siempre culpa sexual? (p.157) ¿Acaso una mujer contagiada por su pareja tiene la culpa de la irresponsabilidad del sujeto al mantener relaciones con quien le transmitió la enfermedad? Pero lo más insólito es esa afirmación sobre el sida, el cual, de acuerdo a la autora, representa el deseo de muerte de los homosexuales ante el terror de envejecer (p. 158)...