|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
De cómo conocí el motivo por el cual Candy-Candy se quedó suspirando por Terry para siempre
AAVV: Premios SACVÉN 1999. Forma parte del libro Cuentos de niñitas, publicado por Comala.com en julio de 2000. Plácidos tiempos. No sé si felices, pero al menos, en aquella época, solo añoraba acontecimientos concretos, nada de trascendencias. Territorio de dudas y preguntas con respuestas simples, pero atadas en el cerebro de una niña que empezaba a mirar. Vivíamos en el norte de la ciudad. Dos bloques de concreto precedidos por una plaza en la cual aún podía verse a un jardinero, al señor que barría, un vendedor de chicharrones y el carrito del helado; todos en torno a la estatua del hombre que entonces me parecía héroe y después, con el tiempo, las clases y los contadores de Historia fue transformándose en villano: el conquistador Diego de Losada. Pero los sonidos son persistentes, y sabía que el mundo continuaba si oía el áspero crujir de las hojas reprimidas por el rastrillo, el chorro de frescura contra los árboles, la melodía de campanas presagiando manjares refrigerados, y la voz del chicharronero, cada vez más débil según el paso de la tarde. La plaza quedaba silenciosa a las seis, pero pronto comenzaban a habitarla los andares cansados de quienes venían de sus quehaceres, sudorosos y algo mustios: los empleados de alguien. Padres y madres que integraban ese famoso conglomerado de clase media, los cuales, en el transcurso de los años, terminaron por empobrecerse o contar con la suertemuerte de un puesto público, convirtiéndose así en funcionarios de algo que denominamos Estado. Mi madre no aparecía entre esta primera horda de gente. Ella llegaba mucho después; a veces sus guardias como enfermera me impedían recibirla con un abrazo y preguntarle si me había traído alguna golosina. Para eso estaba mi abuela, quien me cuidaba y hacía que las cosas fluyeran con naturalidad en un mundo que pronto terminaría fragmentándose. Los domingos me llevaba al parque o solo bajábamos a la placita del español y me vigilaba con miradas furtivas, mientras yo correteaba con Carolina, los hermanos Quintero, Nay y Jesús, mis amigos del edificio. En las tardes, luego del almuerzo, mi abuela iba a dormir su siesta y yo hacía las tareas con cierta ansiedad para ver sin remordimientos «Las aventuras de Meteoro». Era muy emocionante esperar la alfombra de cuadros negros y blancos sobre la que se desplazaba el Max 5 y el chasquido optimista del muchacho de cabellos azabaches indicando el inicio del nuevo episodio. Meteoro era un joven de familia, pero arriesgado, con buenas intenciones y orgulloso de su instrumento de avatares: el auto de carreras. Yo no esperaba más de él y me encontraba satisfecha con su actitud de hombre dispuesto a alcanzar la meta, entendiéndola en el sentido más literal del término. Pero un día Meteoro comenzó a demostrar emociones y se extravió con una princesa árabe, de cleopátrico corte y mirada gatuna, y junto a ella recorrió parajes insólitos y hubo de soportar pruebas increíbles, hasta que sus miradas esas larguísimas miradas que traspasaban las voces revelaron lo inconfesable: se había enamorado, y de pestañeo en pestañeo me quedé pensando que también yo sentía lo mismo por él. Sus ojos tan grandes y redondos, según la idea de los japoneses, se convirtieron en mis dos piedras de la fortuna. También yo aprendí a mirar así con el paso del tiempo. Pero entonces, por aquella misma época, los capítulos que ya venían repitiéndose sin que me importara en lo absoluto, se fueron acortando para dar paso a la otra serie que me tendría enganchada durante meses: «Candy-Candy». Era la misma hora en la cual yo debía esperar a Rubén, el muchacho que nos traía el periódico a la casa. Mi abuela me dejaba los diez bolívares mientras rezaba el rosario frente a su altar de velas y estampas, y yo esperaba oír esa voz que tanto me recordaba la sirena de un barco partiendo: «Muuuuuuuundo, Muuuuuuuudo», con una vibración gutural que estremecía los pasillos y paredes de nuestro edificio. Rubén era de un negro azulado, flaco y brioso, y conducía sin pereza su enorme cargamento de vespertinos apilados sobre la base del cráneo. Tenía la mirada fija en un punto, como si su proyecto de vida consistiera en llegar al fin del pasillo y para ello debiera ver el último apartamento con obstinación; mas, siempre sus blanquísimos dientes hablaban por él: «Gracias niña». Y yo los veía queriendo bailar, moverse felices, solo desde esas dos palabras, liberados de la comprimida cabeza en cada puerta, debido al descanso y canje del momento. Cuando bajaba de nuevo a la calle, el muchacho corría sin pausa, reponía fuerzas, le daba al socio del quiosco la plata guardada en los bolsillos y volvía con un nuevo fajo y su trueno de úes. Justo en esas horas salía la señora Carmen, la del apartamento 106D, a pasear con sus doce perros. Mi abuela aseguraba que tenía más, pero no podía llevarlos a todos, y parece que albergaba unos cinco o seis gatos; sin embargo, a esos era imposible sacarlos de paseo. Ya sabemos cómo son los felinos, no saben andar en rebaños. Desde adentro y frente a la puerta, mientras esperaba la llegada del vendedor de tragedias, saludaba a la dueña de la jauría, quien me preguntaba por la familia con una frase terminada en sonrisas; pero ya no me distraía con su cohorte de pelos, ni intentaba pasarle la mano por el lomo al pastor belga desde los huequitos que me dejaba la reja que recién habíamos instalado, pues la imagen de Candy me hipnotizaba y no quería perderme un detalle, a pesar de su molesto sonsonete. Sí, me refiero a la manera de expresarse que tanta rabia me producía, pues no sabía si lloraba, reía o le temblaba la voz en todo momento y circunstancia, o si quedó hablando de esa manera después de la muerte de Anthony tras la caída del caballo blanco. A mí me sorprendía mucho que Candy llorase así por un muchacho, porque era una niñita, pero recordé el asunto de las miradas y supe que no había edad para ese estremecimiento único que también a mí me producía mi querido Meteoro. Rubén partía y yo cerraba la puerta para volver a las tareas mientras observaba a la señora Carmen dirigirse hacia la plaza. Es ese momento de la tarde en el que la brisa va y viene acompasada, suave, y el sol pierde su sonrojo. Era ese momento de la tarde, la del vistazo final, cuando salían algunas personas mayores a conversar en el pasillo y concluía mi media hora de ilusiones de vidrio. La brisa moviéndolo todo, la luz contra la pantalla, estrechándose, agónica; mis cabellos fuera de lugar y la rendija, indócil, vencida hasta el siguiente episodio de vida y artificio. Ese submundo de dibujos animados era perfecto para olvidar el examen de Ciencias e Higiene que me ocupaba por esos días. Debía memorizar la clasificación de las plantas, las partes del sentido auditivo, del ojo, y de unos aparatos bastante extraños de los que nada entendía y cuyo nombre me costaba pronunciar: órganos de la fecundación. Me aburrían sobremanera las ilustraciones de esas partes del cuerpo, así que le daba vueltas y vueltas al tema pensando que la pregunta respectiva no valdría demasiado puntaje y que con recordar los otros órganos sería suficiente para obtener una calificación óptima. Para mi fortuna, una noche mi mamá llevó al apartamento a un médico amigo suyo. Se llamaba Fernando. Yo no sabía el motivo por el cual mi abuela se encerró disgustada en el cuarto, pero mi mamá quiso disculparla alegando un fuerte dolor de cabeza. Fernando era amable y me preguntó sobre los estudios y esas cosas, y terminamos repitiendo las partes del ojo por lo menos unas diez veces. Mi mamá sonreía muy contenta y pese a la hora, hasta preparó su delicioso pollo con arroz que solo hacía los domingos o en ocasiones especiales. Era también la misma época de las preguntas sin respuestas. Como no me atrevía a hacérselas a mi abuela, yo misma indagaba y construía mis teorías al respecto. Ya había descartado unos días atrás que los niños vinieran en una cigüeña; primero porque jamás había visto algún pajarraco de esos, y segundo, resultaba muy poco práctico. El bebé de mi vecina nació en un taxi camino al hospital y no hubiera sido posible que una cigüeña le lanzara al niño en esas condiciones. Así que preferí elaborar una teoría algo más compleja que me tendría ocupada durante varios meses. ¿Cómo había quedado la Virgen María embarazada? Por obra y gracia del Espíritu Santo. Pero si ella no vivía con San José en aquella época y se requería de un honesto matrimonio para que nacieran los niños, ¿qué había ocurrido ahí? Bueno, la santidad y pureza del acto de la que tanto hablaban en misa y las hermanas del colegio radicaba en ese enigma. Sí claro, pero esto no era suficiente, no podía explicarme las espléndidas panzas de mis vecinas o de las madres de mis compañeras de clase: había algo más... a ver, a ver... ¿Quién le anunció a María lo de su embarazo? Un ángel, y ¿cómo lo supo el ángel? Posiblemente él colocó allí al niño por mandato Divino. ¿De qué manera? Esa era una parte de la esencia del problema. Tal vez ella había pensado en aquel ángel antes de dormir y el niño apareció en su vientre al amanecer, entre azahares y trinos de aves africanas. Y como yo no tenía noción acerca de cierto tipo de pecado, creí haber resuelto con gran inteligencia el misterio; no había para mí un hecho más natural que el de un ángel posando los bebés en el útero de las mujeres, con sutileza, semejante a la «Annunciazione» de Boticcelli, como si de una representación se tratara, y en particular, si ellas, las merecedoras, eran buenas y por tanto «vírgenes». Según mi entendimiento, la virginidad no mantenía relación con determinado detalle físico y menos aún con los dibujos del libro de Ciencias; de eso nada sabía; la pista conducía hacia un aspecto de la mirada sostenida entre los protagonistas de la historia religiosa, los rayos dorados emanando de sus testas santas, o un par de mejillas iluminadas y benditas por la vaporosidad del instante sublime. Así lo veía en las estampas de mi abuela, y todo debía ser cierto, por la continencia de mi razón y seguramente por alguna idea relativa a la tranquilidad derivada de un pensamiento simple: qué bondadosos y bien hechos son los seres humanos. Era una teoría que dejaba muchos cabos sueltos, lo sé, pero a mí me satisfacía; y sin embargo significaba que yo estaba en peligro. Por esos días la primera amenaza de adultez llegó sin avisos para mi sorpresa y espanto de horas bajo la ducha intentando entender lo que me había ocurrido; mi abuela y mamá me repetían una y otra vez que ya era una mujer, y por entonces yo seguía rezándole mucho al ángel de mi guarda. Un sudor frío bañó mi rostro... Quizás ya era hora de no rezarle tanto al ángel... Y de no ver jamás a los ojos del conductor del Max 5. «Nunca se sabe», me dije, precavida. Candy había conocido a Terry. No me simpatizaba nada ese muchacho. Ni de lejos se aproximaba a los talones de Meteoro; nunca me agradaron los rebeldes pelilargos, pero todas mis amigas decían que era lindo, así que yo también me convencí de ello. Es curioso, aquellos a quienes amé me resultaron muy pesados al principio. En fin, que los siguientes capítulos presagiaban una gran historia de amor y no podía perdérmelos por nada. Además, me había ido muy bien en el examen, y, aunque solo me faltó una pregunta por responder, podía darme el lujo de ver un poquito más de televisión con el consentimiento de mi abuela. Uno de esos días asaltaron a Rubén. Lo habían amenazado con una navaja quitándole el dinero de la venta. Como intentó oponerse tuvo la mala suerte de que lo apuñalaran. No fue muy serio, pero ya no quiso volver más a la rutina, y entonces mi abuela debió conformarse con leer el periódico solo durante el fin de semana. De todos modos, las visitas de Fernando ya eran aceptadas y constituían novedad suficiente como para que los crímenes y la farándula quedaran en un segundo lugar. No obstante, y solo como dato histórico, el periódico costaba ya veinticinco bolívares. Es cierto que fue por esa misma temporada cuando el jardinero murió y no buscaron a nadie para sustituirle. Las hojas revoloteaban en pequeños embudos secos y se iban apilando en torno a los árboles, al héroe, entre los canales del granito del piso y en los pies de la gente que se sentaba en los bancos verdes de la plaza... hasta que poco después dejaron de sentarse, y ya las hojas no hallaron demasiados obstáculos. No volvieron a encerar los pasillos de nuestro edificio, ni hubo pintura para los barandales, y los antes desapercibidos olores del apartamento 106D se tornaron cada vez más insoportables; el vendedor de chicharrones cambió de escenario y las señoras respetables se fueron mudando de edificio, o ya no se reunieron más para conversar sus asuntos u ofrecerse unas a otras los conocimientos para un nuevo punto de tejido. También empezaron a oírse con regularidad intercambios de balaceras entre las bandas de los barrios vecinos... El barrendero no continuó arañando el polvo de los suelos, y yo no salí más a jugar con Jesús y Nay; los otros niños se habían marchado con sus familias. Además, Nay comenzaba a dejarse ver con los muchachos grandes. En el colegio, un día cualquiera, Adriana López me contó una historia muy triste. Me dijo que su hermana se lo había dicho y que debía ser cierto, pues ya estaba en tercero de bachillerato. Un hombre desnudo se colocaba sobre una mujer también desnuda y así nacían los niños. Yo me quedé petrificada y dolida. ¿Dónde quedaron los silencios contenidos, la luz mística y el arte? Estuve un buen tiempo sin mirar a la cara de la gente mayor; todos me resultaban indecentes. Además, no gocé la oportunidad de elaborar nuevas hipótesis, y lo de la Virgen María resultó ser, a todas luces, un verdadero misterio de la Iglesia. La fe era avasallante y comenzaba a doblegarme; perdió sentido eso de buscar explicaciones a los hechos sobrenaturales. La curiosidad de la infancia fue cediendo paso al temor de Dios, solo al temor. Una tarde, vi como Terry subía a hurtadillas hacia la habitación de Candy. Desde abajo del gran caserón donde vivía la muchacha, la toma (¿se puede hablar de «tomas» en los dibujos animados?), solo dejaba ver la transparencia de una cortina blanca agitada por el viento. Poco después, sin demasiado pudor a mi parecer, salió la pecosa rubia emitiendo unos profundos suspiros. Yo creí percibir que sus ojos habían extraviado la circunferencia. Surgía en ellos algo de rasgamiento y un brillo extraño; el redondel nipón perdió el universo y se limitó a horizontes; y a partir de este capítulo, y sin que lograra explicármelo, empecé a sentir unos atormentantes calores cada vez que veía cierto tipo de escenas en las películas. Tampoco escuché más la campana del heladero y, cuando de vez en vez abría la puerta y miraba hacia el pasillo impuro tenía una sensación de vértigo, de descomposición. Los corpúsculos de aire y otras sustancias irreconocibles se disolvían o explotaban con ruidos nuevos, y el mundo a mi alrededor se iba moviendo como una chalupa sin destino a punto de zozobrar en mareas veleidosas. En alguno de esos instantes vi a unos hombres de gris llevándose un montón de perros y gatos y a la señora Carmen gritando desconsolada, loca, perdida. No volví a mirar hacia afuera. Descubrí igualmente que el doblaje de CandyCandy se realizaba en Argentina, y la trama, que al principio me cautivó, en realidad se parecía a un culebrón latinoamericano, con hermanos desaparecidos, herederos insólitos, amores imposibles... Candy y Terry se separaron; él la dejó por otra (nunca hay que fiarse de los hombres de cabellos azabaches), pero ella continuó aspirando y espirando con fuerza, fingiendo actitudes de mujer soltera y autosuficiente; y nosotras, las tres, nos mudamos a la casa del médico, mi nuevo padre, a un edificio muy bonito del este de Caracas. Mamá utilizó la palabra «progreso» muchas veces y no vistió más de blanco. Dejé de ver comiquitas y mi abuela ya no tuvo espacio para su altar y menos aún para las flores de tela con las que adornaba su mesita de noche y para la cual tampoco hubo cabida. A mi abuela le habían dado el cuarto de servicio. Mi cabeza vivió confundida durante un largo período, obcecada en olvidar, pero es inútil, ya no me resisto. Vuelve allá, mira la plaza de atardeceres anaranjados y verdes brillantes tras el saludo del agua, e indefectiblemente se oye la sirena de un barco... Mis ojos se encuentran con los de Meteoro y entonces, solo entonces, resulta que hallo cierta delicadeza, un extracto de plácemes y almíbares en mis mejillas, desde hace tiempo algo pálidas, agrias, envueltas en suspiros no tan cándidos por aquellos que partieron y no han retornado más...
|
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|