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Entre espasmos y llamas

Ada Iglesias

El Nacional, martes 29 de junio de 1999.

Cuando éramos niños nuestros mayores nos explicaban algunos de los misterios de la religión con una seguridad y conocimiento de causa incuestionables. Hablaban de la Santísima Trinidad, de María Inmaculada sin mancha ni pecado original y de la resurrección de los muertos el día del Juicio. Pero ninguna de estas revelaciones me causaba tanta inquietud como la existencia del Purgatorio.

Claro, tenemos etapas en las cuales desechamos algunos de esos supuestos, otros los dejamos en la incertidumbre y los más se toman como alegorías o símbolos de historias realmente desconocidas. Pero esa idea del Purgatorio al cual van las ánimas en pena para terminar de expiar sus culpas antes de alcanzar el Paraíso, siempre resultaba escalofriante. Después de ella no ha habido libro o película de terror que cause en mi ánimo mayor turbación. Porque el Purgatorio, siguiendo la iconografía medieval, es entendido como un pasto de llamas en donde nuestros traseros, pechos, piernas y cabellos se queman por siglos, mientras «los de arriba» nos miran serios o más bien compungidos por todo ese sufrimiento, sin que pueda hacerse nada, al menos hasta que un pantocrátor se conduela de nosotros.

Ahora recuerdo porqué cuando llegó el momento de leer la Divina Comedia aceleré la lectura de la primera parte solo para no revivir mis vacilaciones y temores. Debí conformarme entonces con el Infierno sobre el Purgatorio, asumiéndolo

como una condena irremediable, pues muy pronto comprendí que era difícil aspirar siquiera la gloria celestial. Decía Fray Luis Amigó, el fundador de la orden de las Terciarias Capuchinas, que para ser santo «hay que tragar mucha saliva». Y algunos —y siempre dentro del contexto del fraile— preferimos arrojarla.

No obstante, descartada la santidad, esa suerte de amor propio o miedo anticipado que nos obliga a guarecernos no permitía conformarse con el castigo sin retorno, pues tampoco mi alma era presa de una diabólica perversidad, por lo que el Purgatorio continuaba siendo la elección más sensata dentro del escalafón católico post—mortem.

Pero el asunto es más complejo. Los creyentes aseguran que una de las formas de liberarse del cruento ardor es por medio de las plegarias de quienes quedan. Sin embargo, ¿cómo sabremos los difuntos que los demás orarán por nosotros? ¿Será necesario contratar a alguien para hacerlo? ¿Y cuántas oraciones se requieren y por cuánto tiempo?

Aún no he resuelto el problema (ni siquiera el de la fe). Hoy en día algunos religiosos dicen que el Purgatorio lo lleva cada quien dentro de sí y otros miran al cielo preguntándose si habrá un lugar y tiempo específicos para tales tormentos. Prefiero la primera opción. Al crecer descubrimos que la vida ofrece muy pocos momentos de alegría. El resto del tiempo es casi como nadar entre lava y espasmos de retorcidas muecas. ¿Hace falta más, acaso?


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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