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Los poetas del fútbol

Ada Iglesias

El Nacional, viernes 30 de junio de 2000.

Sí, ya sabemos que el fútbol es objeto de las más diversas interpretaciones: Eco le ha dedicado páginas que se repiten una y otra vez con sonrisas maliciosas, que se van gastando de tan sabidas e interpretadas. Los escritores le han rendido tributo con miles de palabras y bellas frases, como Galeano o Verdú; otros, como el conocido Jorge Valdano se han encargado de recopilar cuentos de famosos para justificar su doble carácter de jugador e intelectual. A todos les cuesta mucho admitir que les gusta el fútbol, así, sin más, y se lanzan con historietas, cuentecitos, novelas en las que lo utilizan y gritan su entusiasmo; y hasta hay películas más o menos afortunadas, según el caso (¿quién no ha sentido una melancólica solidaridad hacia el hombre de El miedo del portero ante el penalti, de Wenders?). Una vez leí un cuento de uno que no sabía mucho de fútbol, y se puso a escribir sobre un perro que entró al campo en pleno juego. Era un dulce cuento, pero no versaba sobre fútbol, sino sobre hombres y perros.

Lo importante es acapararlo, sentir que el fútbol está ahí y nosotros con él, que no se nos escape la «nueva religión», como dice el padre Olza cada vez que le hablo sobre las aventuras y desventuras del Real Madrid. Y es que esta fe nos proporciona triunfos más cortos en cuanto a la espera que los hombres modernos queremos atestiguar, justicias relativamente sensatas, e injusticias que nos permiten explicarlas con sencillez: «las cosas del fútbol, vaya usted a saber»; razones estas mucho más simples que la de los niños y ancianos abandonados o la hambruna africana o los homicidios de cada día. Razones humanas, «perfectas», ligeras, narcóticas.

Es más inusual la mezcla de esa ligereza con las causas internas del fútbol. Es ahí cuando los espectadores dejamos de ver y comenzamos a oír, y entonces ya no tenemos excusa para declarar que los narradores de los partidos son folclóricos por ponerse a saludar a la hija del dueño de la tasca donde comieron un solomillo en salsa al oporto, pues ya no encontramos cotidianidad, sino retórica, y a veces, muy buena, tanto, que raya en lo inverosímil. Me pregunto qué pensará el muchacho que veo jugar cada tarde después de un partido de fútbol transmitido por televisión y cuyo único balón es su cartón de jugo cuando escucha al «poeta» referirse a un jugador inglés como el «Abel de dorados bucles» o, sobre el equipo humillado: «el toro alemán se retira con el morro cubierto de banderillas y un cúmulo de moscas amarillas revoloteando por el rabo». El muchacho sale a rebotar su cartón pensando en que debería decirle a ese señor de la televisión que no entiende, que alguien le explique, que por favor, le cuenten algo sobre ese fútbol incomprensible. Y seguirá tratando de entender hasta el próximo mundial porqué en lugar de gritar un gol, como todo el mundo (salvo el gran Di Stéfano, quien, desde Venevisión, nunca pudo proferir algo más vital que un pequeñísimo «gol»), hay que decir cosas así: «clava la pelota, como un cuchillo malísimo».

Y es entonces cuando puede comprenderse que el fútbol va pasando a otro estadio de la existencia para los simples espectadores, para los que nunca pensarían leerse un texto sobre el tema, y que será necesario que la gente de todos los días, la gente del sofá y las cotufas o del restaurante y las cervezas, tenga a mano un diccionario y comience a entender que el fútbol le enseña qué es una metáfora, un símil y adjetivos jamás soñados; que el fútbol —a menos que baje el volumen de su aparato— ya no le gritará «Ayyy mañana» ni le dirá que Khanú rima con Nanú, sino que los vástagos de la Galia se esgrimen sudorosos sobre los vencidos, o que los goles de Portugal «son como el canto de las paraulatas o como la labor de alfarería hecha con manos encallecidas». Y usted asimilará que los tiempos pasan, pero que Petete no ha muerto, aun cuando eso signifique que el fútbol por la tele ya no es como el de antes.


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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