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Sobre héroes y hombres

Ada Iglesias

El Nacional, viernes 16 de julio de 1999

Si le preguntáramos a un niño venezolano cuáles son sus héroes, sin ninguna duda se referiría a algún miembro de la saga de los Skywalker o a los caballeros «jedi», de la Guerra de las Galaxias, o a cualquier muñequito televisivo de nombre indescifrable. Pero si quisiéramos ahondar insistiendo en héroes de la vida real, luego de largas meditaciones, dependería de su ambiente citar a Galarraga, al «triunfador» Bill Clinton o, siguiendo en la onda de los jefes de Estado, a nuestro presidente de porte marcial. En fin, gente ligada a los medios, y de los cuales siempre se escucha alguna noticia. Claro, todo ello aderezado con los manidos nombres de Bolívar o Sucre, entre otros: ídolos de una generación, ahora —y desde hace 200 años—, tan de moda.

Y es que si bien el heroísmo contemporáneo ya no se asocia con la realización de hazañas extraordinarias a la manera de los griegos, pues vivir es ya de por sí un acto de valor que se tapiza con jolgorios y ritos para engañar el desánimo, en muchos lugares continuamos rescatando el pasado para hablar de ejemplos, grandeza y orden.

Deificamos a nuestros hombres, y de tanta estatua, relectura de discursos y ceremoniales vacuos perdemos una excelente oportunidad para conocerlos, con cualidades que les llevaron a realizar actos de difícil ejecución, sí, pero también con defectos y hasta vicios que los harían acercarse a la parte animal de nuestra naturaleza.

Por ello, algunos tendemos a mirar hacia el bando oscuro de la Historia: Aquellos marginados que se mencionan con cierta hipocresía, y solo si es necesario. Manuel Piar es uno de esos casos del cual se valen unos cuantos para fomentar el antibolivarianismo; pero en las escuelas o en los libros pocos se refieren a Piar y a su fusilamiento abiertamente.

Y está Francisco de Miranda, nuestro propio Quijote, como acentúa don Tomás Polanco Alcántara en la biografía que le hace a este personaje. Hoy se cumplen 183 años desde su muerte, ocurrida en el fuerte «De las Cuatro Torres», en el arsenal de La Carraca. Pero, ¿por qué fue a dar Miranda allí? Después de la capitulación ante Domingo de Monteverde, realizada para evitar la pérdida innecesaria de más hombres, en un país diezmado por el reciente terremoto, las sublevaciones en las haciendas y la pobre resistencia patriota, Miranda acuerda marcharse convencido de que la vida y la libertad de los combatientes involucrados quedará a buen resguardo. Sin embargo, la noche anterior a su partida un grupo de oficiales venezolanos, entre ellos el propio Bolívar, entregaron al hombre a las manos de Monteverde, quien no respetó los términos del pacto, así como tampoco lo hicieron estos, «aliviados» ante el hecho de librarse del venezolano más ilustrado de su tiempo.

Por eso es casi preferible que sus restos no reposen en el país. De tanto Panteón, honor militar y bobería discursiva terminaríamos transformando a uno de los pocos hombres de nuestra Historia en héroe de cartón piedra. Como dijo el propio Miranda al momento de ser detenido, aquella noche de muecas y espejos deformantes: «¡Bochinche, bochinche!»...


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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