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Mateo
El Nacional, jueves 17 de agosto de 2000. ... No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes volver blanco No, no me referiré al Mateo de los Evangelios, aunque los Evangelios siempre guarden una versículo útil, útil para todo (ya lo dice Cervantes en el prólogo de El Quijote); tampoco estamos hablando del personaje del guapo protagonista de la telenovela brasileña de las nueve. Se trata de otro Mateo, aquel loco de la esquina de Dos Pilitas que llevaba una costra por cabellera. Así le llamaban. Y ese cabello suyo era como la mandíbula de un tiburón martillo o como un ancla que lo halaba manteniéndolo erguido, y eso, junto con su frenético andar hacía que todos le consideraran el «loco», el loco de por ahí. Claro, también estaba su suciedad y la ropa hecha jirones, tanto, que cuando las madres nos buscaban a la puerta del colegio, cubrían los ojos de sus tiernas niñas (o las niñas de sus ojos) con una frase que solo exaltaba nuestra curiosidad: «No mires al loco». Mateo forma parte de un grupo humano (sí, humano) que ha aumentado considerablemente en los últimos años. Creo que ha crecido con alguna contaminación, pues los locos de este grupo eran de una pureza caracterizada por verse a sí mismos como autosuficientes, por no pedir, ni aparecerse ebrios o drogados en público, mucho menos violentos, ni con los ojos enfurecidos de todos modos la gente no se les acercaba, y jamás, jamás habrían dicho a los cuatro vientos frases como: «Yo soy el presidente de todos los venezolanos». No, ese tipo de locura es más reciente, y por lo general pertenece a seres que de ningún modo se consideran enajenados. Mateo ejercía su locura de forma visible, sin complejos ni timidez; se sabía loco y por lo tanto digno de mostrarse en su ejercicio. «Yo soy el loco de esta zona, así que mírenme y luego, tengan miedo de mí.» En eso consistía el juego de quien, simple, iba de avenida en avenida, sin alejarse mucho de su epicentro, y cantaba, se reía, luego arrugaba un poco el entrecejo o solo se dejaba ver comiendo una arepa que algún vecino le regalaba. Los locos, los locos de Caracas, los locos de muchos lados. ¿Quiénes son?, ¿quiénes somos? A todos los que alguna vez se salieron por una vertiente les han denominado «locos». Pero el sentido (y también el sin sentido) ha variado mucho de tiempo en tiempo. Por ejemplo, un loco hoy puede ser un sujeto que manifiesta serle fiel a su esposa, aquel que en la cola de la votación de este 30 de julio se atrevió a rogar un poco de misericordia por este país, la muchacha que prefiere irse con Médicos sin fronteras para ayudar a otros, un caraqueño chofer de autobús que escucha ópera, el anciano que de verdad tiene hambre, o aquella mujer que se atreve a pensar en relaciones permanentes. «Chalados», dirán unos, «de perinola», agregan otros. Entonces, no hay problema ni discriminación posible para Mateo, a quien he visto hace unos pocos días después de veinte años. Era él, con la costra más recortada, algunas canas, aunque digan por ahí que los locos no envejecen (no jures por tu cabeza...), igual de serio en su vesania, pero con una compañera de escasos dientes que le seguía feliz aferrada a una olla ennegrecida. Mateo no está solo en su locura, y no porque cuente con una orgullosa seguidora; es que ahora, la sensatez es un privilegio del poder, de quienes nos juzgan a los demás como perdidos, envenenados, irremediablemente locos. Y, desde tal supuesto, muchos estamos tocados del coco. Ya vamos confundiéndonos Mateo, el esquizofrénico declarado, el contracorriente, yo, ¿tal vez usted? Pero Mateo y los que son como él no se jactan de ello, de ser los locos de esta historia y la de este tiempo; tampoco saben señalar a otros, y continúan sabiendo a mucha honra que están locos de remate, pero que es mejor no mezclarse con los que también quieren estarlo o con los que huyen desesperadamente de la locura. Eso, sin duda, los hace mejores.
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