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Nosotros: los muertos
El Nacional, martes 28 de diciembre de 1999. Desde hace semanas venía pensando en un artículo estupendo, rimbombante, aunque seco y duro; irónico, total, único: un artículo «aleph». Unas notas que hablaran sobre el tiempo, inexistente, sobre el ridículo del milenio, sobre el deseo de celebrar, inherente a todos, sobre... Quería decirles que nada de eso importa, que somos unos tontos (y en el «somos» iba el regaño de turno); quería estar más allá del bien y del mal, como una diosita «sabia» que ve el mundo con ojos de fuego y alma de peñascos. Deseaba demostrar, convencer, con apariencia de desapasionamiento, que nada sirve, que perdemos el tiempo, que nada hay que esperar de nosotros mismos. Iba a enseñarles que es mejor ser escépticos, que es mejor no sentir, que es bueno estar muertos. Pero lo que intentaba comprobar era infinitamente menos importante que cualquier creencia o motivación fundada o no. Y desde esta prisión de insensibilidad en la que algunos nos hallamos, para no sufrir, para no creer y luego descreer con un golpe en la frente, para desconfiar fingiendo fuerza, me doy cuenta de que los escépticos nos perdimos en la inhumanidad. Son mucho más valiosos quienes no necesitan leer ni forjarse teorías, quienes creen y disfrutan y no le temen al llanto, quienes hacen todo lo que otros consideramos ridículo, esos que aman sin cortapisas y no dudan en brindar manos, ideas, sentimientos... Me declaro culpable de inhumanidad. Y antes no éramos así. Se trata de una enfermedad contagiosa, con la que se pretendió denominarnos inteligentes, y nosotros, deslumbrados por la etiqueta, nos dejamos estafar. Es un horrible mal con el que preservamos el egoísmo, y con el cual vamos haciendo una cadena. Nos dañaron y dañamos, o nos abstenemos de compromisos para evitar desengaños. Me declaro culpable de ver tragedias como si se tratara de postales empañadas, y dolores que solo llegan con los aires terrosos del centro de la ciudad donde vivo. ¿Curarse de esto? Ay, no sé como. Llega un momento en el que ni los versos de Manrique, los de Salinas, Rilke o Pessoa sirven. Quizá hablarle a quien nos ha contagiado esta insólita inercia y a los que también hemos fastidiado y decirles que las disculpas sobran, pero no hay derecho a ser malos, malos, malos. Ser buenas personas es más inteligente que luchar por el refinamiento de la ironía hasta el agotamiento. Sé y que nadie se atreva a negarlo que fuimos más felices cuando creíamos. Las oportunidades mueren con la vida y aún quedan segundos para la redención. No sé si desee conseguirlo, pero tú, escéptico y distante, tal vez lo pienses. ¡Ah! Y aunque le pese a mis oídos aparentemente sordos, todo esto debe estar relacionado con Vargas, Chechenia, Colombia, el hambre, el frío, la miseria, la muerte, la mala vida, el fango de mis calles, las miradas duras, la realidad, la realidad... Nosotros, los verdaderamente muertos, no hemos hecho nada, solo mirar. No tiene sentido azotarse, ni gritar pidiendo clemencia. Eso lo olvidamos hace mucho, así como reír con risas amplias y sinceras. Tampoco sirve reconocerlo, pero que quede constancia de que lo sabemos, y de que el limbo tampoco es un lugar feliz. Tal vez ese, el mar de la duda, sea nuestro castigo eterno... Si hay eternidad.
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