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Oshin

Ada Iglesias

El Nacional, miércoles 8 de septiembre de 1999.

Es Oshin una dulce y abnegada chica de provincias que un día llega a Tokio para «labrarse un porvenir». Su trabajo y capacidad de ahorro atraen la confianza de su patrona. Tiene una obsesión: llegar a ser peinadora para conducir un negocio propio y de esa forma no depender de ningún hombre.

«Oshin» es el nombre de la novela japonesa que transmite el canal del Estado. En la televisión por cable se cuelan episodios de otras tramas, y todas coinciden en aspectos muy propios de la cultura nipona: trabajo, honradez, ahorro. ¿Curiosos valores para una telenovela, no? Y que conste, no se trata de una retahíla puritana de modelos a seguir. Es una novela, y como tal, las características de un pueblo se entremezclan con cierta naturalidad en las historias.

Pero el caso de Oshin resulta interesante. Transcurren los duros tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Esta joven de 16 años sirve en la casa de una mujer ni muy mala ni muy buena, dueña de su negocio de peinadora, y por tanto independiente, que no duda al aplicar la severidad y enseñar a Oshin que en la vida se debe ser agresivo y competitivo para alcanzar el éxito.

Solo que la muchacha es un modelo de virtudes y no entiende de dureza ni arribismos, pero sí sabe leer y escribir. Y esto es importante. Aunque su familia es muy pobre, aprendió las letras con gran sacrificio y en contra de las decisiones del padre y del hermano, quienes solo esperan conocer su paradero para venderla al mejor postor.

Lo más curioso es esa frase que repite con obstinación en cada episodio: «no depender de un hombre». Claro, Oshin, como heroína de toda novela que se precie, posee la misma debilidad de las nuestras: Es sirvienta, pobre, perseguida. Sin embargo, no quiere soportar a ningún Carlos Alfredo o Ernesto José de ojos rayados que la proteja y salve. Al contrario, lucha contra ese destino de protagonista aparejada con quien la abandonó, abofeteó, despreció y que luego termina regresando con ella para volver a abofetearla, despreciarla y abandonarla.

Pero lo mejor es que no hay que esperar al final para saber lo que ocurrirá con Oshin. No consiguió ser dueña de su cadena de peluquerías, pero sí de unos supermercados. Tiene unos hijos que no la merecen en inteligencia ni discreción, y un nieto un tanto alocado que la acompaña en su travesía de recuerdos a Tokio, en donde el pasado y el presente se confunden como mariposas jugando alrededor de sus cansados ojos. Y no se le ve muy feliz. No obtuvo todo lo que quería de la vida, tal como ocurre con cualquier ser humano. Pero es una anciana, y aun así puede «protagonizar una telenovela».

Esta historia, llena de poesía, primorosos paisajes de cartón y dos niñas con kimonos blancos que practican una especie de tenis con raquetas de madera —alegoría del paso del tiempo—, es como una fresca brisa de flores de cerezo. Ojalá los herederos de Oshin no terminen arrojándola en las bolsas de sus supermercados.


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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