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Relato posmoderno para celebrar el nuevo año
6 de enero de 1999 (escrito antes de enterarme de que Diana la otra se aburrió de Joaquín). Diana, la perra weimarnier color gris rata estaba contenta aquella tarde. Veía a su ama venir de allá para acá con unas botellas que anticipaban la llegada del grupo de amigos. Transcurrían esos pesados días siguientes a la Navidad en los cuales es imprescindible reunirse, planificar eventos estancados en promesas y conversar pendejadas para ir consagrando o descartando a los panas con quienes se compartirá el próximo año. Con hora y media de retraso los primeros en llegar fueron Amanda y Carlos, matrimonio treintañero edad común y crítica para quienes necesitan estar juntos, portadores de la buena noticia. Amanda, dile. No, dile tú. No me digan que... ¡Sííí! ¡Ahhh! Qué maravilla. Pero mira, ya tienes barriguita. No chica, si solo son dos semanas. Bueno, debe ser psicológico. Y Claudia, nuestra anfitriona soltera y a quien pronto le endilgarían el título de «tía»: «Muéstrale a Tía Claudia cuántos añitos tienes» o «¿Te quieres quedar con la Tía Claudia mientras mami y papi se van de fin de semana?, se quedó pensando en la causa por la cual siempre se valía de las mentiras para hacer sentir bien a otros y continuar siendo aceptada por su grupo. Constantemente hacía esas cosas y se sentía molesta por esto, pero los embustes bobos y caritativos se le escapaban sin pensarlo; eran parte de ella y desde su niñez pensó en utilizarlos como un mecanismo para que todos la vieran más amable y tierna de lo que en realidad era. Y total, parecían quererla, así que su estratagema había surtido algún efecto. Mira lo que te trajimos. ¡Un panettone! Gracias, mi favorito, que rico. De nuevo otra mentira. Y ahora se acostumbraba a abrazar a la gente después de ver el regalo. Bueno, mucho tacto, calidez, para eso eran amigos, ¿no? Diana comenzaba a alborozarse. Era una perra bastante tonta, sin gracia, pero eso sí, cariñosa y predecible, por lo que no le costó mucho ponerse a ladrar cuando llegaron Elenita y su hermano Enrique, un homosexual divorciado a quien Claudia extendió la invitación solo para divertirse con lo que todos consideraban sus genialidades: un par de sarcasmos tontos. Pero cualquier grupo que se precie de su modernidad adopta a un intelectual; de lo contrario, no existirían demasiadas diferencias con las reuniones sociales de los marginados y otras gentes. Elena era una diseñadora gráfica la carrera de moda, a quien le encantaba sentir que todos la adoraban; se enorgullecía de su larga bastante escasa, en realidad fila de examantes y noviecitos «a punto de altar y todo» y nunca perdía la ocasión para demostrar que estaba enterada de cuanto acontecía y rodeada por gente a la última. Protegía a su hermano con veneración; le celebraba con animosa propaganda lo que hacía y decía. Para ella, tener un hermano homosexual era una virtud; le daba un aire de contemporaneidad carente de prejuicios. Claudia cariño... Uhmmm, qué gorda estás. ¡Dos meses sin visitarte! Es que el trabajo me ha tenido enferma, ¿sabes? No le hagas caso replicó Enrique, es que encontró novio nuevo. ¿En serio Elenita? ¿Por qué no lo trajiste? Es horrible. Cállate hermanito, qué loco chico, nada de eso; lo que pasa es que está detrás de mí y todavía no ha pasado la prueba, tú sabes, hasta que no vea y me haga un comentario detallado de El final de la violencia no te puedo decir nada. ¿La de Wenders? Sí claro, supongo que la habrás visto. Wim es mi favorito y el termómetro de brutalización es inversamente proporcional a la capacidad de entenderlo. Después de lo de Gustavo Cuevas quedé un poquito fastidiada. Pero tú lo dejaste le reprochó Claudia, para quien Gustavo siempre resultó encantador, más o menos como para ella misma. Por eso chica; esta vez quiero escoger bien. Toma linda, déjame saludar a Amandita. Te enteraste, ¿no? Mientras todos se saludaban con uno de esos abrazos en los que se mueven de derecha a izquierda y viceversa alternativamente, volvían a ejercer el ritual de tocarle la panza perfectamente plana a la feliz embarazada, quien había hecho y estaba dispuesta a hacer lo que fuera por parir un hijo «carne de su carne». Entretanto Claudia se había quedado pensando en lo que haría con este otro panettone e intentaba comprender por qué Elena supo lo de Amanda antes que ella. Siempre fueron las amigas más cercanas, incluso después de casarse con el bobalicón de Carlos, entonces ¿por qué diablos Elena se enteró antes? El timbre sonó de nuevo y Diana prosiguió con sus ladridos destemplados. ¡Claudia! La dueña de la casa miró indistintamente las manos de Renata en busca de otra de esas odiosas cajas de pan con frutas viejas. Pero no, Renata como siempre sobresalía por su buen gusto y se apareció con un «Vega Sicilia» del 86 que debió hurtar de la bodega del padre sin la menor idea de lo que traía, aun cuando jurara ser una superentendida en todos y cada uno de los ornamentos de la bella vida: vinos, perfumes, autos, hombres ricos y apuestos... Claudita amiga, ¿no estás más delgada? Déjame decirte que vas mejorando. Nunca te dije nada por discreción, pero odiaba visitarte en aquel gabinete del centro. ¿Recuerdas al conserje gallego que siempre saludaba con reverencias y yo no podía sino verle las cocuizas blancas culminado sus piernas horribles? Pero esto y lo decía desplazándose desde la puerta con un charme perfectamente estudiado, esto sí es vivienda, pequeña pero cumplidora. Te felicito, ¡ay me olvidaba!, métela ya en la nevera. Después nos enredaremos en su buqué. Y qué, ¿ya estamos todos? Decía estas cosas con un tono de voz bastante audible, para que aquellos que ya se bebían su segunda cerveza la escucharan y fueran introduciéndola en sus conversaciones aún antes de que ella se aproximase. No Renata, falta Joaquín. ¿Queeé? ¿Lo invitaste? No me fastidies... No te preocupes, el pobre está algo alicaído. ¿Y eso? Seguro es por la bruja, y lo más probable es que la traiga hoy. Qué desgracia, voy a empezar el año empavada. Ah, ¿pero es que no sabes nada?... Bueno, bueno, dejen el chismorreo, queremos enterarnos gritaba por allá Carlos, quien ya venía a la cocina para preparar su espectacular ensalada de gambas con repollo, claro, sin gambas y con remolacha. ¡Diana! saltó Claudia un poco para retomar el protagonismo y hacer sentir a todos que podía reclamar, ordenar, ser dueña de algo, en esa, «su» reunión ¿No te he dicho que nada de orinarse ahí? Pasa ahora mismo, passs... Apunta aquí en el periódico, mira. ¡Qué muchachita esta! Frente a la mesa y luego de los saludos de rigor, ya todo estaba a punto para centrarse en el ausente Joaquín y en la gran noticia, la verdadera y por tanto tiempo esperada. Claudia mi amor, dile a tu perra que no ponga su hocico ahí, mira que ahora, cuando ya descubrí la utilidad fantástica de esta cosa, no vengan a cercenármela. Perras no, cachorros veniiid, vaamos tooodos... Por fin la esperadísima salida de Enrique. Enrique cállate. Claudia, mija habla, ¿cómo no nos dijiste? Cuéntanos todo con pelos y señales, ¿cuándo, cómo terminaron? insistía Renata, quien nunca disimuló su interés por Joaquín. Bueno. Todo lo que sé es que él tomó la decisión y ahora está medio depre. Por eso le dije que viniera. ¡Al fiiiin! ¿Luego de casi cinco? ¡qué récord!, cinco años de tortura... Para nosotros Elena, para nosotros prosiguió Enrique. Es que el problema de Adela es... Que es una bicha y no se discuta más, sentenció Renata. Pero a mí no me caía mal continuó Carlos, quien siempre quería aparecer como el bueno y comprensivo de la partida. Mi amor, perdona que te contradiga ahí venía Amanda, la maaadre, pero yo terminé de detestarla el día aquel, ¿te acuerdas?, cuando yo estaba malísima por lo del aborto, después de ese sacrificio horrible con el pastillero, las inyecciones y todas esas cosas que tuvimos que hacer, Dios quiera que más nunca y mirando hacia el techo de la cocina le dio un par de toques a la mesa de formica. Pues a esa mujercita no se le ocurrió otra cosa sino llamar cuando se enteró. Qué entrometida, comentó Enrique, ¡y oigan esto!, bajo la amenaza de visitarme por si yo necesitaba compañía, y que para aconsejarme que me tomara un tiempo, que a lo mejor todo esto no era sino una actitud forzada y obsesiva por tener un hijo, que había otras opciones, que por qué no lo pensábamos un poquito y seguro descubriríamos que se podía adorar a un niño adoptándolo. ¿Ustedes se imaginan semejante brutalidad? ¡Yo, Amanda Carolina Acosta Peralta de Ordóñez adoptando muchachitos de quién sabe quién! En mi casa, una sangre, y mujeres de verdad verdad. Yo, eso, no se lo perdono. Hasta mi mami me dijo que no volviera a hablarle más. Pero Amanda, nunca me lo habías contado continuó sorprendiéndose Claudia. Ay no querida, qué de lo último, a esa tipa lo que le faltaba era ubicación sentenció Renata. Ubícate, ubícate, ¿se acuerdan del chiste? volvió a interrumpir Claudia sin que nadie le hiciera el menor caso. Adela es una de esas mujeres que siempre andan preguntándose por el sentido de todo diagnosticaba Elena cuestionándolo todo, acusando a los demás de pensar solo en frivolidades, como si eso... ¡Con lo rico que es ser frívolo! dijo Enrique entre las sonoras carcajadas de sus amigos. A mí, si les soy franco, me daba un poco de miedo. Yo le aconsejé a Joaquín que se apartara, demasiado intensa esa chama. Un día cuando Joaquín volviera a la realidad y ella se diera cuenta, quién sabe si hasta terminaría envenenándolo... Papi, nunca me contaste nada de eso le reclamó Amanda a su maridito con un puchero. Perdona cielo, besito tú sabes que esas son cosas de hombres, pero ya que estamos hablando del asunto... Si Carlos, ¿tú crees? Entonces Joaquín debe estar cagadísimo y Renata pronunció la «g» como lo haría un sujeto de lengua anglosajona (casi ignorándola), un poco para que la palabra no sonara ordinaria, sino más bien como lo que era, un atrevimiento escatológico en la boca de una señorita elegante, pero moderna. Pues yo lo estaría, porque Adela no era así como nosotros, tú sabes. Y unánimemente permanecieron callados durante unas milésimas de segundo ante el atolondramiento de lo que significaría descubrir qué era ser como ellos, si «ellos» eran etiquetables, si antes bien no eran únicos e irrepetibles, normales y felices. Por supuesto que tal pensamiento no era consciente, solo intuían que nada les unía y descansaban en tal apoyo; si lo hubieran meditado un poco se habrían parecido a Adela, por lo cual era urgente cambiar de tema. Enseguida se sintieron aliviados cuando sonó el timbre. Esta vez Diana no se movió. Debe ser Joaquín. Por favor chamos, como si nada, ¿ok? dijo muy seria la anfitriona. ¡Quinito! ¿Cómo estás, mi vida? De nuevo el abrazo cuna. Hola, hola, hola a todo el mundo. Les presento a Diana. (Breve silencio). Diana, bienvenida. Ninguno de los dos llevaba algún pase de entrada entre las manos. A Joaquín le parecía buenísimo que su nuevo amorcito lo liberara de la carga de obsequiar cosas a sus amigos, como siempre le sugería Adela, quien terminaba comprando un bonito detalle y lo regalaba en nombre de ambos. Pasen plis. Ya estábamos devorando, pero aún queda ensaladita rica hecha por Carlos. Mira Diana, te presento a todos: Ellos son Amanda y Carlos (el chef), Elenita y Enrique y Renata. Bueno, y ella es Diana, ¿sabes?, a mí nunca se me ocurrió ponerle nombre de perro, (¿por qué diablos tenía que justificarse, si a nadie le importaba?). La muchacha los miró a todos con cierta indiferencia y no dijo mucho durante la noche, por lo cual cayó muy bien, menos a Renata, quien no comprendía el mal gusto de Joaquín. Al menos Adela era alta y medio bonita, pero en fin, ella es pasado. Ahora había que deshacerse de esta, pero ¿cómo?, ¡si se parecía tanto a ellos!, y para colmo también era diseñadora gráfica y Elenita ya hacía migas con ella feliz de la vida. Qué broma, la chama era perfecta. Nadie reparó en la otra Diana, la perra. Por primera vez desde que vivían en el nuevo apartamento había orinado en el periódico. A ver, a ver, pero si ese es el diario de hoy. No importa, pues Claudia solo compra El Nacional por «Cultura y espectáculos». Sin embargo, hay una noticia mojadísima. Enfoquemos la cámara allí y vamos a dejar al grupo en un segundo plano, ellos ya dieron todo cuanto podían. «Fin de semana sangriento. 72 muertos durante el fin de semana...» Un montón de nombres y casos. Y una foto de una muchacha seria. «...Destaca el caso de Adela Martínez, de 29 años, quien perdió su vida al rescatar a un anciano y su perro de un seguro atropellamiento... Sus últimas palabras fueron ¿él está bien?... Díganle a... que le quise, y no poco... Cuentan los consternados padres que se refería al novio con quien...» Y no se puede leer más, porque el papel está mojado y comienza a dar mal olor. Y la velada transcurría apacible, mirándola a lo lejos en un círculo que cada vez se hace más estrecho como en las clásicas películas de Navidad con final feliz. Espera, espera, ponla de nuevo, sí, hacia la derecha, un poco más, ahí, ahí... Todos beben y ríen; la futilidad es un placer y resulta desesperadamente indispensable no estar solos para compartirla. Alguien brindó por el nuevo año, Amanda se emocionó e hizo brotar unas lagrimitas, y los amigos colocaron sus orejas en su vientre, mientras Renata continuaba mirando de reojo a Diana, la otra Diana, y entre tanto Joaquín se felicitaba por el cambio y las merecidas vacaciones luego de años de contundencias. Enrique miraba a Diana la perra y no sabía por qué motivo recordaba a Brad Pitt, mientras Elena solo quería estar con su pretendiente (un abogado fanático de Van Damme). Diana la otra también se alegraba por la adquisición de un tipo perfecto para un par de meses y no le importaba nada más. Claudia hubiera deseado que esa noche continuase indefinidamente hasta que el siguiente año fuera ya viejo. Se quedaría triste después, con poco sueño en una cama fría, no obstante su nuevo apartamento alquilado en el este de Caracas.
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