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Los tiempos del viejo Ray

Ada Iglesias

El Nacional, martes 1 de febrero de 2000.

Aún recuerdo los no muy lejanos tiempos en los cuales podía sentarme a ver boxeo con mi papá. No conocí a aquellas glorias de la primera mitad del siglo, pero fuimos testigos de algunos coletazos previos al desprestigio que luego alcanzó.

El boxeo es uno de esos deportes que se conversan o discuten frente al televisor, y sirve para crear una de esas escasas complicidades en las cuales es posible unir a dos generaciones por unos minutos.

Y ese tema sobre los intelectuales y el boxeo siempre ha sido una falacia. No es que este deporte asimile a un gremio que encuentra fascinación en la ira de dos para explicar así el extraño comportamiento humano. No, el asunto es más simple: Es en el boxeo donde los intelectuales pueden sentirse cómodos descansando del esfuerzo creador en menoscabo de su ejercicio salvaje, y, se quiera o no, también humano. Solo que el boxeo es un organizado ejercicio del caos, que no debe escapar de las normas y tesituras debidamente estipuladas. Lo contrario sería desperdiciar un valiosísimo tiempo, dedicado al recuerdo voluntario de una irracionalidad «pretérita».

Pero extraño el buen boxeo. Tal vez me equivoque, pero exceptuando algunos fogonazos, el último magnífico representante de este deporte de estrategias fue Ray «Sugar» Leonard. Le admiraba, parecía inteligente, no un bloque de concreto que se movía con esfuerzo y sin seso por el ring. Él se desplazaba bailando, habilidoso, a sabiendas de que el golpe certero solo requería el momento indicado. Pero su regreso pese a una visión severamente dañada fue triste, más bien deplorable. El dinero siempre quiere comprarlo todo, aun la reputación. Y la gente se aferra al pasado para repetirlo sin cambios, como un cuento que se lee una y otra vez.

Pero lo más abominable de cuantas cosas se hayan podido escuchar en los últimos años sobre los boxeadores y sus representantes, sobre el espectáculo ridículo con el que disfrazan a dos brutos, casi siempre latinoamericanos, es la historia de Mike Tyson. Sabemos de los intereses creados que se mueven en torno al boxeo, pero en un país que se enorgullece de su justicia, un sujeto acusado por agresiones, violación, infracciones de tránsito y mal deportista, al recurrir a la violencia irregular en medio de un combate ya de por sí peligroso, tiene la oportunidad una y diez veces de seguir enriqueciendo a sus representantes por ser uno de los pocos —más por sus escándalos que por su deteriorado talento— que puede generar millonarias ganancias en el ring.

Vuelve al show. Un rato en tras las rejas, otro maltratando al retador, con rabia, como fiera que descarga furioso los días de reclusión mientras le pagan por ello. Después un permiso y otro delito. Y así hasta que deba subir al ring con bastón y entre no muy venerables canas. Es como decretar que el boxeo es el deporte de los facinerosos y de los derrotados: colofón mortal del arte de los golpes.

Se nos va cayendo la infancia. Tal vez ya era hora.


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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