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Pobre revolución
El Nacional, jueves 18 de mayo de 2000. Toda revolución es una quimera. La historia nos demuestra que cada uno de los cambios que ocurren por la vía evolutiva o ya por el no siempre bien ponderado camino revolucionario, culminan en la institucionalización de esos cambios. Solo aquellas revoluciones siempre en espera, presentes en los ideales de un grupo, las imposibles, las que no prosperan, son las auténticas revoluciones, precisamente por ser utópicas, pero aquellas logradas, son como el ejemplo temporal de un presente instantáneo despojado de su disfraz para atribuirse el papel de pasado antes de que comprendamos tal fugacidad. En efecto, las revoluciones que se concretan pueden terminar en regímenes injustos, por servir a intereses que antes condenaban o caer en la apatía de la comodidad, o por lo más simple: se han convertido en tiranías. Pero subsiste una permanente esperanza revolucionaria en los pueblos no suficientemente desengañados o tal vez muy engañados en su romanticismo. Lo grave ocurre cuando las revoluciones se fundamentan en ideas mal digeridas, en retazos de un proyecto, o de un sistema que se concretó para bien o para mal, en otro espacio y otro tiempo. Es la filosofía de curanderos; un parchecito aquí, una cataplasma por allá, una buena dosis de veneno populista, ¡y ya!, «cuánto orgullo, tenemos nuestra propia revolución». En un país como Venezuela, donde el índice de analfabetismo funcional es alto y terrible, es fácil «comer» palabras y creer las que nos prestan. Es simple, pues no hay que pensar y además esas voces nos sirven para absorber frases que después utilizaremos sin necesidad de haberlas analizado. La palabra «revolución» que se nos ha vendido tan barata, debe estar relacionada con el desborde protagonizado por las masas en diferentes momentos históricos y distintas culturas en los que los «sin casa» acaban con casa, y los «sin centavos» y «sin poder» acaban con los pocos centavos y todo el poder que puede ejercerse en nuestros países. También debe emparentarse con un cuento morboso oído de los tatarabuelos según el cual los desamparados pudieron cortarle la cabeza a unos reyes rubios, quienes, entre otros pecados, eran rubios de verdad, por tanto, elitistas, por tanto, ricos, por tanto, malvados. Pobre revolución la que nos quieren hacer creer a nuestras cabecitas ingenuas. Un líder que se vanagloria del amor que su pueblo le profesa es quien la dirige. Y ya hemos asomado lo que el pueblo entiende por revolución. ¡Hay que ser muy ingenuo o muy cínico para creérselo! Ingenuo para admitir que el tuerto es seguido por hordas de ciegos que dan golpes al aire desde hace un par de centurias intentando encontrar solaz y recompensas sin demasiado esfuerzo; pero también hay que ser muy cínico para jugar al héroe en un país donde cualquiera es héroe. Es muy fácil «arreglar el mundo» en el cerebro de cada cual, o en su defecto, bajarse de él, como propugnaba la peluda hija de Quino; pero resulta complicadísimo ejercer, abandonando las peroratas ramplonas que en nada nos han ayudado a lo largo de este tiempo, pensando en ideas y no en quimeras. ¿Hacia dónde debe dirigirse una revolución en la época del descrédito de las revoluciones? Leemos que Venezuela es uno de los países menos competitivos, de los peor educados, con uno de los índices de delincuencia más elevados, uno de esos donde se bebe más whisky (perdón, de esta característica hay quien se enorgullece), con algunas de las cárceles más terribles (no con todas se puede jugar a la implosión), país con mayor espacio de tierras para el cultivo libres, en fin, país de estadísticas, pero de la mitad para abajo. No extrañaría que esta revolución tan sentida, tan popular y avalada por las elecciones del 28 utilizara las estadísticas para vanagloriarse de figurar, en algo, «pues al menos ahí nos encontramos», y es que «¡nuestra revolución es de los pobres y para los pobres!» Porque es, además, muy pobre.
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