La actitud de la oposición perteneciente a los distintos partidos políticos me hace recordar el cuento aquel sobre un toledano condenado a la horca, quien justo antes de ser despedido al vacío rogó se le diera algo de beber. Ya frente a un buen vaso de vino comenzó a soplar la espuma de encima, ante lo cual el verdugo, intrigado, quiso indagar el motivo: Hombre respondió muy serio el condenado, ¿no ha oído hablar de lo dañina que es la espuma para los riñones?
En el momento final, estos políticos que desacreditaron tan noble actividad, empezaron a dar pataditas al aire, sin argumentos. Recuerdo que a pocos días para las elecciones, un dirigente de AD., con cara de disgusto, premeditada, pues poco antes debió pedir que le empolvaran el rostro, trató de impresionarnos a todos con el siguiente comentario: «El presidente tiene que entender que no estamos en el Congo, sino en un país civilizado llamado Venezuela». Me quedé esperando oír alguna queja de la misión diplomática de ese país, pero en realidad, no hacía falta. Un licenciado que se atreva a expresarse de ese modo para convencernos de la irracionalidad de la propuesta gubernamental es él sí un verdadero troglodita; ignorante de la realidad de países como el Congo y de países como el nuestro.
Porque si alguien tiene la culpa de la apabullante victoria oficial en los comicios del 25 de julio es la dirigencia de los últimos cuarenta años. Claro, también la tiene el 52% que no sufragó (acordaran o no con la Constituyente), pero esta inconsciencia es también producto de ese sector político. Y es que en estos lustros crearon dos tipos de pueblo: «la masa», que reza a sus caudillos esperando le sean repartidas las riquezas y no comprende la manipulación que se basa en los mismos parámetros anteriores para captarla, pues nadie negará que el uso de fórmulas de lotería y frases de mal gusto, entre otros ejemplos, es una manera de burlarse de su propia ignorancia. Pero también está ese otro pueblo indiferente, educado para la despreocupación y el abandono, que no cree en mejoras sociales, sino en la utilidad del poder para beneficiarse a sí mismo, que no teme, pues si bien se fastidia con el discurso «marginal y populista», le resulta muy fácil salir corriendo de este país de salvajes, para instalarse en cualquier otro lugar donde a buen resguardo reposan bienes, y en donde sea posible pasar el tiempo, sin tener que oír «a los pobres» cantando el Himno Nacional cinco veces al día frente al balcón aquel.
Son culpables de estos dos sectores del pueblo bobo, señores y señoras que tuvieron la oportunidad de educar, de enseñarnos a crecer con el ejemplo y no lo hicieron, y ahora se quejan con aspavientos y terror en las miradas, defendiendo lo indefendible, cuando ya no importan los riñones del condenado; como el enfermo que ha olvidado confesarse y piensa, espantado, en el juicio final. Vivan con ello, si pueden. Pero, ¿serán capaces de sentir algún remordimiento?