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Tarde
El hombre luchaba contra su destino. Y su destino era hundirse despiadadamente ante cada movimiento. Hasta con la más leve onda respiratoria podía sentir dos centímetros de terreno que lo iban absorbiendo hacia un fin sin profundidad. La arena movediza era traicionera, y se lo llevaba sin perdón posible. Pensó en tres asuntos durante esos instantes. El primer problema era que necesitaba redactar un testamento. Sabía que de no hacerlo, unos herederos ambiciosos, lamentablemente también hijos, lucharían hasta desangrar lo que tanto costó ir formando. El segundo tema de su interés era saber lo que se sentiría bajo la arena. Qué clase de muerte era esa, cómo se sufriría más, qué diferencia con el agua. Tal vez estas arenas eran pozos, túneles que conducían hasta el propio infierno sin derecho a réplica. Entonces una tensión y sudor frío invadieron su espíritu, y por primera vez en la vida sintió miedo, pánico, terror cruel. Así, casi inmediatamente, surgió el tercer momento. Como si viera un retrato antiguo, la recordó a ella. La muchacha de veintitantos años a quien abandonó por ambiciones más caras. La miró con ternura en una remembranza rápida, pero intensa. Y de nuevo, por primera vez desde que murió su perro, las lágrimas se agolparon donde siempre. Pero ninguno de los tres asuntos pudo resolverse. Un dolor seco, amplio y hondo llegó a su pecho. Y allí quedaba un hombre al que le fue vedado el derecho a morir llamado por las arenas movedizas; al que le sobrevivirían unos hijos dignos de la vida que les dio, y a quien solo una mujer de veintimuchos años acumulados le lloró en el cementerio. ¿Justicia? El pequeño terrier se acercaba juguetón a las piernas del muchacho. Una y otra vez era rechazado por el gesto de aquél. Incluso, llegó a amenazarle con un ademán brusco, ese que se caracteriza por levantar una mano como señal de algún golpe inolvidable. Pero, ¿qué sabe un perro de esas cosas? Todos comprendimos que en esos ojos negros la ira estaba muy próxima a volcarse sobre el animal, así que lo llamábamos con esas frases bobas con las cuales creemos atraer las atenciones de los seres pequeños: Ven perrito, ven; anda perrito, pssiss, pssiss; toma... Algunos piensan que bajando la voz, aniñándola, nos amoldamos a la categoría de las cosas diminutas. Así lo hacen las mujeres con los niños o hasta con los peluches. Por supuesto, en su ñoñería nunca dejan de extrañarse ante la respuesta de un muñeco impertérrito, el infante serio o escrutador y aquel perro... impávido. Corrían los años setenta, y mi pandilla y yo nos reuníamos cada tarde para fumar mientras que en hilera, adheridos a la pared, veíamos a las muchachas y les soltábamos los piropos más encendidos y brutales. Pero éramos de esas cuadrillas sanas; aún no nos metíamos con drogas ni ruidos de motos, como esa de Javier y sus maléficos «bombitas», ante quienes salíamos corriendo cuando se asomaban por nuestra calle. Eso sí, cuando nadie lo impedía no perdíamos la ocasión para fastidiar al primero que pasara ante nuestros ojos y mejor si iba solo. El muchacho, de unos doce o trece años se había mudado con la familia hacía pocos días a una casa del barrio. Usaba la clásica camiseta de franjas blancas y rojas acompañada de un jean bota ancha y unos zapatos deportivos bastante sucios y claro está, desatados. Sin embargo, esa despreocupación, el silbido al viento y la mirada perdida tan propia de esta edad no iban con él. En su ceño parecía concentrarse toda la rabia muda y ciega del hombre resentido. Más que alegrarse de la libertad de sus andadas, caminaba presa de un desasosiego intimidante. Por eso, cuando el perro retornó inocente de dañosos humores e intentó entrelazar su mundo infantil en el espacio de aquellas zancadas cada vez más amplias, presurosas y huidizas, ni siquiera fue capaz de emitir un quejido. El golpe rápido produjo el sonido seco característico de estos casos. No hubo sorpresas; nada era de extrañar tras una patada semejante. El perro quedaría cojo para siempre, y ahora sí lloraba con ese quejido insoportable, con la orfandad lastimera de quien se sabe irremediablemente perdido, confuso. En fin, ¿qué puede saber un cachorro de amarguras si no vive y padece la calle? Como no soporto este tipo de injusticias, esas que se ciernen sobre los más débiles, y además era el mayor de mi grupo y todos solían respetarme por cierta fama de camorrero, injustificada a mi parecer, quise actuar de primero confrontando al muchacho con mi venganza. Lo zarandeé colérico, una vez y otra y otra; y mientras retorcía su brazo pellizcándolo, intentaba levantarlo por una oreja. En el instante en el cual iba a abofetearlo de nuevo, previo al ojo morado o negro según el caso y como colofón a mi brillante acto, una mueca horrible me mostró un mundo muy oscuro. Su lengua había sido cercenada recientemente; semejaba una enana guillotina escarlata dispuesta a herir las palabras que jamás habrían de formarse. Lo solté de inmediato, creo que un poco asustado. En ese momento, un hombre con una franela blanca sin mangas, mirada fea, el cinturón desabrochado, piel mortecina, intoxicada, quizás producto de una enfermedad hepática, y un mechón castaño y lacio cayendo sobre su cara, que apenas sostenía el cuerpo flaco pero aún brioso, salió de la casa de donde provenía quien debía ser su hijo. Sin quitarse el cigarrillo de los temblorosos labios que en realidad parecía adherido a ellos, y sin decir una palabra, pues en él no se advertían preámbulos, miró al muchacho. Entonces, lo tomó con una fuerza descomunal por uno de los hombros (ya bastante lastimado por cierto) y con un empujón lo introdujo a la casa. La puerta se cerró sola, o al menos eso me pareció, como si celosa de la intimidad de esos adentros, guardara de cualquier intruso la historia de sus moradores. El hombre iba a torturarlo. Me quedé allí durante horas, esperando, serio, avergonzado. No se escuchó un solo gemido.
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