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Turismo real

Ada Iglesias

El Nacional, martes 11 de enero de 2000.

Que no es lo mismo que «real turismo». A ver si nos entendemos.

Uno de los comentarios que más detesto de los amigos y conocidos que vienen a Venezuela en calidad de turistas es ese sobre «lo maravilloso que es vivir así, como tanta gente aquí, sin preocupaciones, ligeros, con un salvajismo «excéntrico»». Y terminan haciendo un gesto parecido al del doctor Malito, la réplica malvada de Austin Powers: El dedo meñique en el labio y un mohín que intentando parecer perverso remeda una ingenua pose. Es como si pensaran, mirando al vacío, en la cantidad de tropelías que se pueden cometer en lugares «tan alejados de la civilización». Sus observaciones se fundamentan en el desorden de nuestras calles y tráfico, en los todo—terreno a un lado de las olas en ciertas playas sin vigilancia, en la basura por la que nadie multa a quien la arroja sin contemplaciones, en las balaceras de cada semana, dirigidas a donde sea, a quien sea.

Pero mientras en sus países se fajan durísimo para progresar con trabajo personal y colectivo, y marchan y prosperan con economías, sistemas educativos y de salud sólidos, ellos, con un egoísmo absurdo, añoran y elogian este fantástico ecosistema en donde todo parece permitido, en este fin de mundo que puede servir para casi todo. Y aquí incluyo a otros países de naturaleza tan «salvaje como sus gentes», paradisíacos, inútiles.

Pero, evidentemente, nuestras vidas distan mucho de esa maravilla que ellos no perciben pese a esos problemas que sí son reales, y no solo porque los comenten en los noticieros. Hace tiempo, en Brasil organizaron un «tour» por alguna barriada de Río de Janeiro. Ignoro cómo le habrá ido a la compañía que promovía el recorrido, el cual consistía en llevar a los turistas, previo pago, por uno de los empinados caminos de los cerros, visitar una favela, comer con alguna familia y no sé qué otras cosas. Hombres del barrio actuaban como guardaespaldas, bajo contrato. A cambio, los turistas podían tomar fotografías, pedir explicaciones y dejar toda la propina que quisieran.

Propongo lo mismo en Caracas. Y no solo para turistas, también muchos de nosotros necesitaríamos un «recorrido alternativo», que algunos considerarían «de aventura», sin duda. Todos nos beneficiaríamos, sería un medio de sustento para quienes lo ameriten, y un aprendizaje de vida para los que hasta un momento pensaron en «la vida loca» y fantástica que supuestamente se vive aquí, aunque el precipicio nos espere a cada paso «de desmadre», y estemos haciendo muy poco por las soluciones requeridas por todo pueblo que pretenda progreso.

Así, «el país más bello del mundo», según nosotros mismos, dejaría de verse con espejuelos de miope, y pasaría, de una forma realista, a convertirse en uno más que, como tantos otros, lucha, cuando se acuerda de hacerlo, y si sus gobernantes también se acuerdan de el. Por la gente, no hay que preocuparse, saben, aunque no comprendan muy bien la causa, y sin que sepan los mecanismos para mejorar su situación, que las cosas no marchan y que el único turismo posible es el de las escaleras, que tal vez, con un poco de suerte, podría dejar unos dólares extra, con solo un poco de organización. Ah, pero por si acaso, a la empresa que tenga la valentía de iniciar este trabajo le recomiendo agregar una cláusula extra: «No nos hacemos responsables por los daños físicos —pese a los guardaespaldas—. Aquí no confiamos en nadie».


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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