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Ayacucho entre dos aguas

Alfredo Chacón

29 de agosto de 2000

Lamento doblemente que la figura pública de Isaías Rodríguez se haya asociado a un hecho que pudiera afectar la favorable expectativa despertada por la nueva gestión cultural del Estado, cuyo principio fundamental proclama, precisamente, la lealtad al país a través de la defensa de su derecho a la excelencia creadora. Me refiero, por supuesto, a la reciente inclusión de su Antología poética en la colección Agua y Cauce.

Me refiero también a que esta colección, aunque por su predominante medianía literaria y lo arbitrario de su origen constituye una distorsión oficial de la razón de ser y el estricto perfil intelectual de la Biblioteca Ayacucho, de hecho le pertenece; y siendo así, tanto de hecho como de derecho desdice de una institución que más allá de Venezuela, de América Latina y de la Península Ibérica goza del prestigio de ser el monumento editorial de la cultura latinoamericana de todo tiempo y lugar.

¿A qué justificación se pudo recurrir, entonces, para editar en una colección de la Biblioteca Ayacucho la antología de un poeta a quien nadie conoce como tal, pero a quien todo el mundo conoce como el segundo hombre en la jerarquía del Estado y el Gobierno? El más elemental sentido de la corrección le hubiera recomendado al poeta empezar por confrontarse con los lectores a través de los recursos editoriales que para eso existen, y al Vicepresidente, declinar la invitación a publicar bajo el sello de la Biblioteca Ayacucho.

Lamento sobre todo la sombra que este hecho agrega a las dificultades de una cultura literaria en la cual, a pesar de los pesares, predominan quienes piensan que la mediocridad y el oportunismo son dos lacras de las que nos debemos preservar, y que hacer algo por mejorar a un país supone al menos la intención de alivianarlo, en lo posible y entre otras cosas, de la mediocridad y el oportunismo.

Pero también lamento el daño que este hecho le ocasiona a la amplia estima de que ha gozado el desempeño público de Isaías Rodríguez como dirigente político, Vicepresidente de la Asamblea Nacional Constituyente, y Vicepresidente de la República. Es una lástima que su haber en tales lides no haya bastado para impedir que se lo asocie a una de las faltas que más daño han causado a la cultura literaria del país, como es la de confundir, por ignorancia o por malevolencia, el valor de las obras con el poder de las personas.

A fin de cuentas, para cambiar el agobiado estado de cosas en que han desembocado el país y la gran mayoría de los venezolanos, no sólo son indispensables la decisión personal de compartir la propia vida con la lucha por ese cambio, y la voluntad política de construir una organización partidista, una estimación de los principales problemas a solucionar y una propuesta de transformación.

Es indispensable también que todas esas precondiciones sustenten su resolución práctica dentro de un cierto y determinado grado de calidad política. Quiero decir, que se identifiquen plenamente no sólo con el papel que en todo intento de mejorar el mundo han de jugar el conocimiento, la imaginación y el talante ético, sino también con el sentido cívico que concibe la responsabilidad de gobernar como aquella que consiste en convertir el poder legal en autoridad legítima, y la autoridad en fuerza vital al servicio de la gente.

Por más que el mundo, este mundo al que se quiere mejorar, pareciera que todavía no alcanza a comprenderlo, a los líderes de la transformación no les está permitido olvidar ciertas cosas; por ejemplo, que la literatura y sus alrededores significan uno de los bienes terrenales más dignos de aprecio entre los que la gente debiera compartir.



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