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Una carta digna de divulgarse El Nacional, 13 de diciembre de 1997 Desde que esta columna apareció en El Nacional, hace 12 años, son muchos los mensajes que recibimos sobre ella, por correo común, por teléfono, por fax, por correo electrónico, por los más diversos medios. Casi siempre estos artículos se nutren, en cuanto a temas, de las consultas, comentarios y observaciones que de ese modo nos hacen. Quisiéramos responder a todos esos mensajes, pero son tantos, que no es posible, por falta de tiempo y de espacio. Aparte de que muchos no merecen respuesta, pues son preguntas que fácilmente pueden responderse los mismos remitentes, con sólo consultar un diccionario o de alguna otra manera igualmente fácil y sencilla. No damos los nombres de quienes nos consultan por no estar autorizados, y porque quizás algunos podrían molestarse. Tampoco acostumbramos transcribir completos los mensajes recibidos, y a lo sumo extraemos frases o párrafos a manera de cita. Hoy, sin embargo, vamos a transcribir íntegramente una de esas cartas, por lo interesante y simpática que es, lo que la hace digna de ser conocida por los lectores. Hela aquí. Estimado profesor: Hay un asunto que tal vez usted pueda aclararme. Con cierta frecuencia me encuentro con lingüistas que trabajan en cafeterías. Estos señores todo el tiempo me andan corrigiendo el modo de hablar. Cuando pido un vaso de agua, me dicen que eso no es correcto; que lo correcto es un vaso con agua. Yo soy un poco sensible en cuanto a los menesteres de la lengua, y me revienta que me anden enmendando el verbo, cuando toda mi vida he tenido por buena mi expresión. Pero lo grave del caso es que, no contentos con corregirme, los lingüistas de cafetín me dan tan rotundas razones, que he optado por no pedir más agua. Hace unos cuantos años, cuando la gente del sur comenzó a llegar en oleadas a estas tierras, también me encontré ante situaciones parecidas cuando hablaba mi castellano provincial. Recuerdo la palabra pegoste, que un uruguayo tuvo el atrevimiento de enmendar, apoyado en el diccionario. ¡Pegote, che!, es lo correcto dijo. Para no extenderme en minucias, he observado, no sin cierta preocupación, que el hablar elegante, para la gran mayoría de los paisanos, de esos que en algún momento han viajado al Norte, que así lo llaman, se resuelve en un lenguaje engolado, impregnado de anglicismos y de una tiesura de momia. Y qué le cuento de lo que leo. Si hasta nuestro bien ganado «lo» está siendo sustituido por el «le», sin que nadie parezca notarlo. En el otro extremo está la jerga cavernícola de común uso en la calle. Donde la transmisión de pensamientos corre más por cuenta de la sinestesia que de la razón. Y en medio de este entrevero está la sabrosa lengua castellana, aprendida entre saberes y sabores del trópico, pero que cada día parece que se reduce al recuerdo y a los libros viejos. Todavía comparto con algunos hablantes de esta raza en extinción momentos gratos y muy sabrosos. Y ejercito en algo mi lengua y mi pensamiento. Pero fuera de esto siento, mi estimado profesor, que cada día piso tierra extraña, poblada por hombres que olvidaron sus esencias y que tratan de interpretar el mundo con instrumentos foráneos. ¿No será por ese desconocimiento de la propia lengua, sin desmedro de las otras, que todo lo que hacemos en el país tiene ese aire como de progreso de tarjeta postal? Los males a que se refiere el remitente son viejos. A esos «lingüistas de cafetería» los llamó Rosenblat «curanderos de la lengua». Los hay de todas clases y en todas partes. No sólo en las cafeterías y demás lugares donde la gente suele pedir «un vaso de agua», sino también en las páginas de los periódicos, en la radio y la TV, en los partidos, en los sindicatos, hasta en las cátedras universitarias de Lenguaje. Muchos son descarados y cínicos. Y la mayoría no tiene remedio. Sobre el caso de «vaso de agua» y «vaso con agua» hemos escrito innumerables veces. Son expresiones distintas. «Un vaso con agua» es un vaso que puede tener, desde una gota de agua, hasta una cantidad que lo llene completamente. «Un vaso de agua» es la cantidad de agua que cabe en un vaso, servida en un vaso, en una taza, en una totuma, en un perol cualquiera. El sediento lo que quiere es agua, y no le importa dónde se la ofrezcan, siempre y cuando sea limpia y fresca. Jamás podrá entenderse que «vaso de agua» se refiere a un vaso hecho de agua, como una «taza de leche» no será una taza hecha de leche, ni una «copa de vino», una hecha de vino. Estas son frases que indican cantidad, medida, no la materia de que está hecho el envase. En cuanto a «pegoste» o «pegote», tiene razón el sureño, pero también la tiene el venezolano remitente. Y no se trata de una observación salomónica. El DRAE registra «pegote», la forma castiza y tradicional desde el siglo XIV. Pero «pegoste» es un venezolanismo; es decir, la forma venezolana de decir lo mismo que «pegote». Como tal lo registran tanto el Diccionario de venezolanismos de la Universidad Central de Venezuela, como el Diccionario del habla actual de Venezuela, de Rocío Núñez y Francisco Javier Pérez. Este diccionario registra también «pegoste» y «pezgote», y ambas formas las hemos oído más de una vez en el habla común, especialmente en el lenguaje coloquial. ¿Es válido ese uso venezolano, distinto del castizo? Sí. Ya lo dijo hace más de 100 años Andrés Bello, que sabía de estas cosas, en el Prólogo de su Gramática: «Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía para que se toleren sus accidentales divergencias, cuando las patrocina la costumbre uniforme y auténtica de la gente educada». También tiene razón el remitente acerca del desplazamiento de «lo» por «le». Desde luego, cada uno de estos pronombres tiene sus usos. Lo malo es emplear uno cuando la norma señala que debe emplearse el otro. Sobre esto también hemos escrito en esta columna, pero volveremos a hacerlo cualquier día. Todo lo que nos plantea este preocupado lector es cierto, desafortunadamente.
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