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Con la lengua

Retroalimentación

El Nacional, 28 de marzo de 1999

En Teoría de la Comunicación llaman «retroalimentación» (feedback en inglés) al hecho de que, cuando se transmite un mensaje, el receptor del mismo responda al emisor de modo que su respuesta constituya un nuevo mensaje, de retorno. La respuesta puede ser de diversos tipos; la más simple es cuando el lector de un texto periodístico (artículo, carta al director, aviso publicitario, etc.) responde al autor o beneficiario del texto (articulista, remitente, publicista o anunciante, etc.) para manifestarle su parecer al respecto.

Son numerosos los mensajes de retroalimentación que recibimos en respuesta a esta columna. Muchas personas nos escriben, unas para felicitarnos y/o agradecernos por lo que escribimos, otras para hacernos alguna consulta sobre cuestiones del idioma, otras también para expresar su desacuerdo o su fastidio y hasta para insultarnos. Estos últimos casos, afortunadamente, son poquísimos, una rareza, y casi pueden considerarse como muestras de excentricidad.

Con frecuencia nos escriben niños y jóvenes, a quienes sus maestros y profesores les leen o los hacen leer nuestros artículos. Últimamente ha aumentado este tipo de retroalimentación. Muchos profesores utilizan nuestra columna como material docente, y no sólo hacen que los alumnos la lean, sino que también los obligan a comentarla. Incluso algunas veces nos invitan a visitar colegios y conversar con los niños y jóvenes en el aula. A primera vista eso pudiera ser muy bueno, y de hecho refleja una encomiable preocupación por enseñar a los alumnos el buen uso de su lengua. Esta columna tiene un propósito pedagógico, natural en nuestro caso, pues al cabo de 36 años de ejercicio profesoral tiende uno a seguir ejerciendo la docencia, aunque nos hayamos jubilado del liceo o la universidad.

Pero no siempre las cosas son tan simples. Muchos maestros y profesores no se percatan de que la lectura compulsiva de determinados textos, y sobre todo la obligación de comentarlos, puede hacerse una tarea pesada y odiosa, y la labor pedagógica resulta contraproducente. Todo lo que se hace por obligación tiende a hacerse tedioso, y por ello es necesario agregar a la tarea impuesta algún tipo de aliciente, de estímulo que compense el tedio o la molestia de lo obligado y lo torne en algo placentero.

Algunos de los mensajes recibidos últimamente de muy jóvenes lectores, resultan para nosotros sumamente estimulantes. Este es uno de ellos: «Saludos, señor Márquez. Somos dos alumnos de bachillerato y le enviamos este e-mail con el objeto de felicitarlo por la labor que realiza al querer mantener en pie el idioma castellano original. Desde hace dos años en nuestro colegio Nuestra Señora de la Paz (en Barcelona, estado Anzoátegui), estamos analizando y estudiando con sumo cuidado sus artículos semanales, los cuales debemos comentar para las clases de castellano con la profesora Dora Suárez, gran admiradora de usted, quien durante estos años nos ha trasmitido ese sentido de respeto hacia el castellano. Y le pedimos con todo respeto que mencione a la profesora Dora en el próximo artículo, ya que es muy querida por nosotros, y que es gracias a ella que más de 200 alumnos de nuestro colegio leemos semanalmente sus artículos. Gracias por su atención... Dos alumnos de la Paz».

Agradecemos altamente tanto a la profesora, como a los alumnos que nos escriben, por utilizar nuestros artículos como material docente. Sin embargo, en lo que parece una curiosa coincidencia, el mismo día recibimos este otro mensaje, firmado por una alumna del mismo plantel: «Alexis, yo quiero decirte que estudio en un colegio en el cual nos hacen recortar el «Con la lengua» todos los domingos. Yo quisiera que publicara un artículo en el cual le dijeras a mi profe que no nos hiciera hacer un análisis de eso, ella se llama Dora Suárez y yo estudio en U.E. Colegio Nuestra Señora de la Paz».

Y aun hay un tercer mensaje, en el que no se identifica ni el remitente ni el colegio en que estudia, pero que presumiblemente es el mismo: «Hola Alexis, yo soy una de tus víctimas del artículo (con la lengua) y te digo que todo el salón está ostinado (sic) del artículo».

No son estos los únicos mensajes negativos que hemos recibido a lo largo de los 14 años que lleva esta columna. Para nuestra satisfacción, la gran mayoría son positivos. Pero el que los haya del tenor de los dos últimos transcritos, aunque sea muy pocos, no deja de ser importante, sobre todo si pensamos que esos son sólo los de quienes se atreven a decirlo, pero que debe haber más que sienten lo mismo aunque lo callen.

Esos dos últimos mensajes ilustran lo que antes dijimos. Si hemos de creer a los alumnos que escriben el primero, la mayoría de sus compañeros aceptan y cumplen de buen grado la tarea semanal de leer y comentar nuestros artículos, y sacan de ello algún provecho. Pero que haya algunos en el lado opuesto debe ser motivo de reflexión, en particular para los maestros y profesores que nos honran usando nuestros artículos como material docente.

Esta columna no la escribimos especialmente para los niños y jóvenes estudiantes, ni para nadie en particular, sino para todo el mundo, para todas las personas que se interesan por el lenguaje y buscan mejorar el uso de tan maravilloso instrumento de expresión y comunicación. Por ello procuramos escribir con la mayor sencillez y comprensión. Pero sin hacer concesiones extremas, hasta escribir sólo para niños, porque entonces perderíamos al lector adulto, y hasta correríamos el riesgo de que éste sintiese que lo tratamos como oligofrénico o algo así. Además, porque sabemos lo árido y complejo que son los problemas de la lengua, procuramos darle a esta columna un toque de humor y de gracia, que suavice y haga amena su lectura. Pero tampoco podemos convertirla en un ejercicio de payasería. La lengua es una cosa muy seria, incluso cuando se la usa en el maravilloso ámbito del humor y la comicidad.


Alexis Márquez en La BitBlioteca
E-Mail: alemar@telcel.net.ve

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