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Kosovo: una guerra contra la población civil Perfiles del neointelectual Ana Nuño El Universal, sábado 26 de junio de 1999 Desde que estalló la guerra de Kosovo se produjo un debate intelectual
Han transcurrido dos semanas desde que la KFOR, la fuerza internacional de seguridad conformada esencialmente por batallones de los ejércitos británico, estadounidense, francés, alemán e italiano, comenzó a ocupar en Kosovo las posiciones pactadas entre los representantes de la OTAN y del ejército de la República Federal Yugoslava el pasado 9 de junio en Kumanovo (Macedonia). Como todas las guerras, la de Yugoslavia está en vías de saldarse con una redefinición de mapas, una nueva distribución territorial. Esta certeza es casi la única que puede razonablemente tenerse de un conflicto bélico que, en todo lo demás, pocos rasgos comparte con los enfrentamientos armados que ha conocido Europa a lo largo de su agresiva, belicista y torturada historia. La novedad de la guerra en y contra Yugoslavia se desprende de varios factores. Retengo uno solo: la utilización por la OTAN de bombardeos convencionales como única y exclusiva arma ofensiva. (Hay otros, y muy llamativos: que Italia y Grecia, por ejemplo, a la vez sean miembros de la OTAN y, al menos en lo que atañe a Italia, parte activísima en la ofensiva bélica de esta organización y que simultáneamente no hayan declarado oficialmente la guerra a Yugoslavia y roto relaciones diplomáticas con este país debería alertarnos sobre el carácter inédito de esta guerra). Ahora bien, los bombardeos convencionales son (¿eran?) una parte de la panoplia de recursos estratégicos tradicionalmente considerados como elementos de intervención de apoyo al avance de tropas terrestres. Cabe constatar, pues, que la no intervención de tropas terrestres en combates convencionales se ha convertido en el espinazo de la «filosofía bélica» de la OTAN, y que esta nueva doctrina militar tiene consecuencias que los estrategas de dicha organización harían bien en meditar. Por lo pronto, a Milosevic le ha venido de perlas que el ejército yugoslavo, las fuerzas especiales del Ministerio del Interior y los paramilitares de Arkan y otros gángsters de su calaña que ya demostraron de qué son capaces en las campañas de «limpieza étnica» en Bosnia no se desgasten en un mano a mano con soldados profesionales y tengan las suyas libres para torturar, violar y expulsar de sus casas y pueblos a los kosovares de lengua y cultura albanesas (esta larga e incómoda fórmula es preferible a las mediáticas etiquetas «albanokosovares» o ethnic Albanians, condenables por su tufillo racialista y etnicista). Sin tantos rodeos: esta es una guerra dirigida contra la población civil. Desde el bando serbio, contra los habitantes de Kosovo, que se trataba de expulsar para lograr la recomposición «étnica» de un territorio al que el amo de Belgrado no quiere reconocerle otro estatuto que el de provincia serbia, y cuya «reconquista», anacrónicamente planteada como una revancha de la derrota infligida por los turcos al príncipe Lazar en el «Campo de los Mirlos» en 1389, constituye, desde hace exactamente diez años, el eje vertebrador de la política nacionalista de Milosevic. Desde la OTAN, contra los habitantes de Serbia, que se ha tratado de amedrentar lo suficiente como para que rechacen a su líder y abandone éste un escenario político que ha logrado monopolizar gracias, en muy buena parte, a los gobernantes de las principales naciones miembros de la coalición, quienes hasta antesdeayer no ponían objeciones al diálogo y la negociación con el tiranuelo panserbio. En otras palabras, esta es una guerra de intimidación; vale decir, una guerra de propaganda. De propaganda e intimidación mortíferas, sin duda. Pero esto no es una primicia. Desde Guernica y Dresde o Hiroshima y Nagasaki, el arrasamiento y aniquilamiento masivo de ciudades y poblaciones civiles por medios militares con la intención de atemorizar y doblegar al enemigo constituye uno de los más mortíferos aportes del siglo XX al espantoso arte de la guerra. Pero entre estos ya consagrados ejemplos y lo que ocurre actualmente hay más que una diferencia de grado, puesto que a lo que hemos asistido durante dos meses y medio no es al episodio de una guerra, sino a la única e insustituible estrategia militar de una guerra de un tipo novedoso. Si yerran los políticos, comentaristas e ¿intelectuales? de izquierdas españoles cuando hacen del pacifismo su única bandera ante la misma, ello se debe no tanto a lo que argumentan Mario Vargas Llosa y, con él, quienes han abogado a favor de una intervención de las potencias occidentales en Yugoslavia; a saber, que el pacifismo es una respuesta a destiempo una vez que se ha declarado la guerra y que es, cuando menos, pecar de angelismo en estas circunstancias el reclamar una paz rota ya de antemano. Tampoco hace falta incurrir en facilidades lingüísticas y hablar de «neoguerra», como ha hecho Umberto Eco, para constatar que los esquemas que subyacen a los ¿análisis? que la izquierda española hace de los bombardeos de la OTAN son a la vez anacrónicos y oportunistas. Curiosamente, los mismos que han desfilado en España bajo pancartas pacifistas apenas dijeron esta boca es mía a lo largo de los diez últimos años de agresiones contra kosovares de lengua y cultura albanesas, brutalmente intensificadas desde febrero de 1998, por no decir nada de los bombardeos serbios contra Sarajevo o las matanzas de civiles en Srebrenica. La izquierda española, que se nos ha mostrado unida a lo largo de diez semanas en su repudio de los bombardeos de la OTAN, carece, por ello mismo, de legitimidad moral a la hora de dar lecciones de pacifismo. Es, como bien ha visto el escritor albanés Bashkim Shehu, una Izquierda Hundida. Dicho lo cual, y a diferencia del otrora gran autor de La ciudad y los perros, no veo en esto una confirmación del talante antidemocrático o totalitario de la izquierda, sino una manifestación lamentable y condenable de sus desviaciones. En medio del marasmo al que parecen consignar a la izquierda los va-ten guerre, los querenciados con la guerra, que no ven en lo ocurrido en los Balcanes más que una continuación de los enfrentamientos de la guerra fría, y los pacifistas sesgados, que ocultan sus verdaderos intereses y afinidades políticos y hablan exclusivamente, al menos en este país, desde la llaga nunca restañada de la adhesión de España a la OTAN en 1982, no parece haber lugar para la manifestación de una izquierda, sea marxista, gramsciana, trotskista, maoísta o cualquier otra, que reivindique lo que constituye su esencia. Esa esencia no es (¿era?) otra, desde que Engels describiera y fustigara las inhumanas condiciones de vida de la clase trabajadora en Manchester hace ciento cincuenta años, que la descripción, análisis y denuncia de la explotación de los más débiles por los poderosos de la sociedad. Y desde que Zola acusó públicamente a quienes habían degradado, humillado y privado de libertad a un solo hombre por ser judío y, por tanto, sacrificable, el intelectual sabe (¿sabía?) con Sartre que basta con que un solo niño padezca hambre en el mundo para que todos los premios que pueda cosechar su obra sean ceniza muerta. No puede decirse que la guerra en Yugoslavia no haya movilizado a prácticamente la totalidad de la intelligentsia europea, así como a notables pensadores y escritores de EEUU. De Noam Chomsky y Gore Vidal a Susan Sontag, de Peter Handke a Juan Goytisolo, de Harold Pinter a Salman Rushdie, de Régis Debray a Paolo Flores dArcais, de Pierre Bourdieu a Bernard Henri-Lévy, la flor y nata del pensamiento ha desfilado por las tribunas de opinión de los más prestigiosos periódicos del planeta. Los unos han tomado la defensa de Milosevic y los serbios y repudiado la intervención de la OTAN desde las más variadas posturas, que van de los razonamientos soberanistas de Debray, algo más que teñidos de rancio antiamericanismo primario, a la negativa a razonar de Handke, quien se escuda tras su radical serbofilia para justificar unas reacciones meramente viscerales. Los otros han apoyado los bombardeos desde extemporáneos paralelismos entre el gobierno serbio y el régimen hitleriano, como hizo, entre otros, Sontag, o exhumando el comunismo de ayer de Milosevic y cía., como André Glucksmann y, claro está, Vargas Llosa, para ofrecerlo, más que como explicación, como espantajo. Hemos podido leer en la prensa algunos textos de innegable calidad, magníficamente argumentados y trabados, que razonan la necesidad de intervenir en los Balcanes para detener la orgía sanguinaria del ultranacionalismo serbio. Así, mientras el gran escritor albanés Ismail Kadaré nos explicaba por qué la península de los Balcanes es una parte consubstancial de la historia y la cultura europeas, Sontag advertía en la indiferencia con que las potencias de Europa occidental habían reaccionado hasta antesdeayer a los desastres de las guerras desatadas en Yugoslavia por Milosevic y Tudjman, una prueba de que los Balcanes son vistos por los europeos ricos, instalados en su privilegiado modo de vida, como un patio trasero poblado de subeuropeos incivilizados, una especie de Ruanda en el corazón de Europa. Desde el otro lado de la barrera, Rosanna Rossanda ha argumentado por qué la intervención de la OTAN es apenas una escalada en lo que vendría a ser un plan concertado de antemano de invasión de los Balcanes por EEUU y sus aliados, y los más rabiosos antiatlantistas declaran que los desplazamientos masivos de los habitantes de Kosovo son sobre todo la consecuencia de los bombardeos de la OTAN. Todo esto está muy bien. Los espectadores y ciudadanos de a pie, sin intereses políticos o gremiales que defender, hemos tenido el ¿privilegio? de que se nos instruya en los pros y contras de la guerra. Podemos sopesar una extraordinaria variedad de argumentos, y sin duda más de uno habrá que haya seguido la sangrienta actualidad distribuyendo puntos a estos voceros de calidad, como ante un ring de boxeo. Lo que estaba en juego, de atender a los términos en que han sido vertidas estas polémicas públicas, era el triunfo de uno u otro contrincante, de la OTAN o de Milosevic, de la democracia o del nacionalismo identitario, de los kosovares o los serbios, de la hegemonía norteamericana o de un mundo más diverso. Mientras, los unos y los otros, los intelectuales y políticos, por un lado, y los espectadores y ciudadanos de a pie, por otro, hemos ido perdiendo de vista lo esencial: que esta es una guerra dirigida contra la población civil. Cuando acabe que, a pesar de las apariencias, aún no ha acabado, se habrá redefinido el mapa de un rincón de los Balcanes; también el perfil y la función misma del intelectual. Quién sabe si, también, la noción misma de «población civil». Son cerca de un millón, nos dicen, los desplazados a la fuerza por la policía y el ejército serbios en Kosovo. Miles de kosovares de lengua y cultura albanesas se han estado pudriendo en lo que no cabe sino llamar campos de concentración. Hemos asistido en directo al triunfo de la biopolítica*, y ni uno solo de nuestros afamados pensadores y escritores ha manifestado interés en analizar este hecho novedoso, fundamental, preñado de terribles consecuencias para todos. Un siglo después del J'accuse, no se vislumbra ni mucho menos un Zola que piense y escriba por quienes han sido degradados, humillados, privados de libertad y, en muchos casos, de vida. En la era de la biopolítica, el neointelectual piensa y escribe sólo en función de la casilla que ha de conquistar y ocupar en el tablero mediático. Las piezas están dispuestas. Jaque a la humanidad. * Remito al brillante análisis de Giorgio Agamben
Proyecto de resolución de la ONU sobre paz con Yugoeslavia |
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