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Sección: Bitblioteca
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Las memorias De Obras incompletas, Caracas: Monte Ávila, 1969 Desengáñese de una vez, lector: no es nada fácil escribir nuestras Memorias. Por el contrario, el libro de «Memorias» constituye uno de los géneros más difíciles y complicados por ser el que exige el más alto vuelo de la imaginación y la mayor audacia. Cuando un hombre o una mujer se decide a escribir sus memorias se está comprometiendo de hecho a batir todos los récords del embuste sin dejar el menor resquicio para el desmentido y ganándose a la vez la complicidad del lector. Esto último se logra a través de constantes referencias a hechos, circunstancias y personajes con los cuales puede estar relacionada cualquier persona corriente; no es imposible, por ejemplo, que el lector haya estado presente en el recibimiento a algún ilustre viajero como Lindbergh o el General De Gaulle, que haya visto a Tito Guízar en persona o sufrido el latigazo de la Gripe Española. El memorista es algo así como un trapecista de la literatura. En su trabajo cualquier pequeño descuido puede ser fatal. Porque en las Memorias solo se pueden consignar grandes acontecimientos. Nadie va a introducir en sus memorias sus relaciones con el repartidor de la tintorería, su participación en una pelea a botellazos en el bar «Centro de Amigos» o sus amores con aquella gordita que después se casó con Giuseppe el del taller mecánico. No: en las memorias han de figurar entrevistas con Mussolini y con Teodoro Roosevelt, duelos con el Conde de París en el Bois, asambleas tormentosas en el Comité Revolucionario de Petrogrado y noches de amor desesperado con Greta Garbo o con Gertrude Stein. Aquí es, precisamente, donde está el peligro: puede suceder, pongamos por caso, que usted incluya en sus memorias una charla con un personaje histórico a quien usted daba por muerto y de pronto aparece no solo vivo, sino declarando que usted debe estar loco y que «yo jamás he oído mencionar a ese señor Nazao o Novoa». Como puede también suceder que, habiéndose tropezado usted con Einstein en el hall de un hotel de Zurich, por timidez se haya perdido de inventar una bonita conversación con el sabio que nadie estaría interesado en desmentir. Nada más podemos decirle sobre el difícil tema de las memorias. Nos limitamos a resumir nuestros conceptos en esta recomendación: en tratándose de memorias, ningún embuste es lo suficientemente grande, porque el objeto de aquellas no es otro que demostrar nuestra importancia ante aquellos que no la han notado y entrar en la Historia por esfuerzo propio en el más estricto sentido de la expresión. En otras palabras, si no está usted en capacidad de inventarse una grandeza aplastante y restregársela en la cara a los demás, déjese de memorias y dedíquese a algún negocio menos arriesgado. Y para mejores informes, aquí está nuestro ejemplo: El trancazo de la gloria (memorias de Aniceto Portones) CAPITULO XIV De Caracas a Marsella. París me recibe mal. Un encuentro en Viena. «No hay nadie en Budapest». Le juego una mala pasada a Stalin. La reunión de Hong Kong. El amor me persigue en Bangkok. Una salida inesperada para Beirut. No me entiendo con De Gaulle y me detienen en Sidi Bel Abbes. Fuga y persecución en Nairobi. Mi visita más corta a Australia. Regreso a Londres y mi reencuentro con Winston. No acepto la Presidencia de Venezuela. Inútiles ruegos de Delgado Chalbaud. Después de los días placenteros que pasé en mi posesión de Carautalito, el regreso a Europa se me planteaba como una verdadera pesadilla. Mucho iba a echar de menos aquellas cacerías salpicadas de buen miche y adobadas con la sorpresa del tigre y el éxtasis poético del vuelo tembloroso de la garza; aquellos plácidos atardeceres, tumbado en el chinchorro comiendo huevos de iguana y oyendo el rasguear de los cuatros y la fabla alucinante de los peones mientras se asaba la jugosa lapa; las salvajes noches de amor con la llanera arisca que decía encontrar en mí modestia aparte lo que no le podía ofrecer su marido, el todopoderoso coronel Escolástico Trabilla. Pero el deber es el deber. Así que abandoné aquel remanso de paz en el convulsionado mundo de la época y me presenté ante mi oficial de enlace en Caracas. Antes de salir hacia Europa, por cierto, tuve que arreglar un pequeño asunto: estaba en marcha una conspiración para derrocar al Gobierno. Inmediatamente me fui a hablar con el Coronel N... y este, al enterarse de que yo no apoyaba el golpe, desistió de su intento rogándome de paso que no lo denunciara ante el Presidente. Le di mi palabra, por supuesto, y esa misma noche me embarqué para Marsella... Solo quien lo haya realizado puede decir cuán incómodo y angustiante es un viaje submarino a través del Atlántico, aún en un submarino como este, que por orden del Gobierno Británico había sido equipado especialmente para trasladarme a mí con las máximas comodidades que pueda ofrecer una de esas diabólicas embarcaciones. Para colmo de males, llevaba yo una encomienda destinada a nuestro Cónsul en Amberes, consistente en dieciocho kilos de queso llanero y veinticinco de huevas de lisa, que era el precio pedido por el jefe de la Kommandantura alemana de Bruselas para liberar a un compatriota. A los dos días de viaje, los tripulantes ya no sonreían al darme los buenos días. A la semana solo me dirigían gruñidos ininteligibles de vez en cuando. A los trece días se reunían en los rincones a murmurar sabe Dios qué barbaridades, dirigiéndome de tanto en tanto miradas de odio. A los dieciocho, a no ser porque recordaron la importancia que yo tenía para el Almirantazgo, me hubieran lanzado a las profundidades del Océano por un tubo lanzatorpedos, según proposición aprobada del contramaestre, un galés bigotudo a quien jamás olvidaré. Sorteando toda clase de peligros, me trasladé desde Marsella hasta París para encontrarme con que los jefes de la Resistencia no aceptaban mis credenciales inglesas y se me ordenaba partir inmediatamente para Moscú por tren. A mi paso por Viena tuve la desagradable sorpresa de encontrarme con el Mariscal Rommel, que estaba de paso para Berlín. Erwin, que no me perdonó jamás la partida de truco que le gané cuando ambos estudiábamos en el Gimnasio de Griinenthalmunde, me saludó socarronamente: Aniceto me dijo, no sé de dónde vienes ni para dónde vas, pero al Führer le encantará saber que uno de sus Mariscales te ha visto en Viena. Era evidente que sospechaba de mí. A partir de ahí, mi viaje era una carrera contra el tiempo. El terror estuvo a punto de apoderarse de mí cuando el enlace, el Príncipe rumano Ion Lucea Poliantea (que en realidad era el ingeniero finlandés Pailo Polaainen), me deslizó al oído la frase de alarma: «No hay nadie en Budapest». Eso significaba que mi misión peligraba si no lograba llegar rápidamente a un entendimiento con los rusos. Así que cuando llegué a Moscú me negué a entrevistarme con Molotov y pedí que me llevaran directamente ante Stalin. Pepe Vissariónovich le dije, yo sé que esto te va a caer mal, pero debo anunciarte que, según me dijo Winston, los Aliados han decidido cambiar el Día D para la Noche R. De manera que mis órdenes son pedirte que refuerces la región de Krásnaia Triaka y estés listo para avanzar sobre las posiciones alemanas de Chincheropol. (Esto, por supuesto, era mentira. Yo no veía a Winston desde hacía por lo menos catorce meses, cuando me advirtió en el baño turco que la princesa Elizabeth estaba loca por mí y había jurado arrastrar por las mechas a su rival, Ingrid Bergman... ¡No sabía la impulsiva Princesa que yo era y soy un buen amigo de Roberto Rosellini, como lo soy del doctor Lindstrom, incapaz de arrebatarles el amor de Ingrid. Además, estaba Lana Turner, y... Pero dejemos esas intimidades que no interesan al lector). Dejé, pues, a Pepe Vissariónovich más encocorado que aquel día en que le eché salsa de Worcestershire en el vodka y le insinué que alguien trataba de envenenarlo, y salí en el Transiberiano con destino a Hong Kong, donde debía entrevistarme con cierto chino alborotado llamado Mao Tse-Tung, a quien no veía desde que fuimos compañeros de cuarto en la pensión de Madame Tachon, en el 14 Rue Marcel Pompier de París. Ahora aprovecharía para cobrarle los 20 francos y el par de calcetines que entonces le presté... (Continuará. En el próximo capítulo: De Gaulle se humilla ante mí).
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