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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Hugo Chávez y el abismo Abel Posse El Mundo, Madrid, 25 de octubre de 1999 Desde España, con su actual éxito y estabilidad, empieza a ser difícil comprender muchos problemas y reacciones de nuestra América. Justamente el viraje de España, más hacia el Flandes de Carlos V que hacia el Atlántico suramericano, es la prueba de una permanencia de conductas que en España se superaron o se viven en otra dimensión. España prefiere el rostro europeo de su águila bifronte. Tal vez con toda razón, porque nuestra América sigue siendo el continente que se niega a nacer, a ser. Acabamos el siglo con democracias (por suerte). Pero se trata de democracias formales, asustadas y comprometidas con el economicismo amoral y el neoimperialismo político-globalizante, carecen de todo atractivo. Tienen tanto sex appeal como un par de tijeras. Los políticos no representan nuestra angustia ni las esperanzas de cambiar un mundo que se nos desmorona culturalmente y donde nos causa horror pensar cómo van a hacer para vivir nuestros hijos. Tienen más miedo que nosotros. Ya no se animan a nada. Se refugian en la ley para seguir igual, para evitar la nueva legitimidad, la creación de derechos vivos. Cada cinco años lampedusianamente inventan los cambios para que todo siga igual. No se los odia. Están allí, haciendo su carrera administrativa de puesto público en puesto público como pajarillo de rama en rama. Pero a veces asoma la ocurrencia: ¿Cómo sacudirnos de esta costra tenaz interpuesta entre el pueblo y el poder? ¿Por qué no hacer política, gran política? (Desde los conquistadores hasta los libertadores San Martín y Bolívar, todo lo que nos queda ha sido producto de decisiones espectaculares, de aventuras que siempre parecieron descabelladas, golpes de gran política). La metapolítica, disciplina novísima, es la expresión de esta angustia generalizada ante la partidocracia que impone esta versión boba, dependiente, deshuesada, de democracias incapaces de transformaciones de fondo. El profesor Alberto Buela la define así: «La metapolítica es la reflexión crítica acerca de los preconceptos de la política». Trata de desenmascarar la realidad de la política detrás de la máscara universalizada y represiva de lo «políticamente correcto». Se ubica a Max Scheler como fundador de esta corriente crítica que para él tenía un fin concreto: suplantar a los conductores y gobernantes eternizados en la clase del poder. En suma, esa seudodemocracia que se escuda en la falsa representatividad y en el formalismo importado (caso de la falacia de los tres poderes) se combate con verdadera democratización de los partidos, eliminando las costras de partidismo profesional que interrumpen la relación del pueblo con el poder. El demos, el pueblo, trata de recuperar la posibilidad de liderarse. Busca una profunda reorganización institucional para viabilizar su voluntad.
La convocatoria nacional al cambio conlleva el estremecimiento de toda gran política. Hay que recordar el surgimiento de Perón o el retorno del general De Gaulle en 1960 para desplazar a ese buen señor, el presidente Coty, representante de un estancamiento en nombre de la ley similar al que comandó el presidente Caldera. Gente que gobernaba con el sosiego de quien vive el mejor de los mundos. La legitimidad profunda de la soberanía popular y nacional crea una nueva legalidad. Es como una reacción de supervivencia cuando ya se huele la propia gangrena. Así es como se establece esa mayoría casi absoluta, nacional y transclasista, que convoca a la Asamblea Constituyente como madre indiscutible de toda nueva constitucionalidad. Nada más legítimo y legal que este proceso (pese a que el cardumen de casandras bienpensantes, desde Miami y México, difundan a la prensa incauta la versión de golpe de Estado y de despotismo). En realidad nadie más estrictamente democrático en este momento del continente. Como creen que la democracia está hecha para dejar todo igual, enseguida imaginan que detrás de toda movilización nacional y popular tiene que haber el tirano que urge demonizar. Lo que hay que comprender es que el pueblo venezolano vive con Chávez el poder como posibilidad abierta, el estremecimiento festivo de devolverse la política secuestrada. Una política donde ya no se habla de estadísticas, ni de candidatos dedicados a la cosmética del carisma aparente (la laboriosa captura de votos desganados). Una política donde la convicción prevalece sobre el balbuceo calculador. Supongamos que la Constituyente reorganice al país y barra con el pasado estancamiento, como en la Francia de la IV República degaullista o en la Italia post De Pietro. Chávez y su pueblo tendrán que afrontar el abismo de nuestro tiempo: el miedo al cambio y a crear Historia, la falta de libretos para darnos una nueva existencia política. Tienen a sus pies los cadáveres del socialismo fracasado y de un mercantilismo depredador, terminal, amoral y nordista. ¿Qué hacer con el flamante y bullicioso poder genuino? ¿Intentar un falansterio tropical, recaer en la trampa del petrofinancierismo? ¿Qué hacer con el freno previo y castrador de la deuda eterna/externa? Este es el abismo. El Sinaí que habrá que cruzar antes de la nueva Canaán. Chávez, el héroe, ¿corre como su Bolívar hacia la catástrofe de la imposibilidad o tendrá, él y su pueblo, la fuerza y el coraje para iniciar ese Gran Viraje al que nadie se atreve? La metapolítica nos enseña a despojarnos de toda ingenuidad: la fuerza del pueblo convocado puede ser igualmente desviada hacia una entusiasta dependencia o hacia el entusiasmo de un nuevo camino. Puede ser populismo demagógico o política fundacional. Autocratismo o expresión de voluntad nacional. En todo caso lo de Chávez, más allá de tratarse de Venezuela, es un serio llamamiento de atención para toda nuestra América, con políticos escépticos, más dispuestos a la triste sobrevivencia que a interpretar y protagonizar el nacimiento de este continente espiritual que todavía no es. O que es una cultura de valor indudable que no sabe darse formas civilizatorias propias: institucionales, políticas y económicas, para usar el lenguaje de Spengler.
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