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Sección: Bitblioteca
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Iglesia y democracia Mayo de 2000 La desmesura presidencial no tiene límites y a veces pareciera querer emular el delirio fundacional de los movimientos heréticos, esos que llenaron la Europa inicial con sus pintorescas procesiones de peregrinos delirantes, endemoniados y poseídos. De uno de ellos, de Manes, nació el maniqueísmo, esa tendencia esquizoide a dividir el mundo entre buenos y malos, entre ángeles y demonios, entre incorruptibles y corruptos, asunto aparentemente del agrado del comandante. Llevado por esa patológica megalomanía que parece ser su más legítimo signo de identidad ha decidido desde hace algún tiempo enmendarle la página no a éste o a aquél obispo, sino a la conferencia episcopal en pleno. Libera de la acusación de reaccionarios y anticristianos a la feligresía, más a título de inventario que en obediencia al sentido común. Y empujado por sus ansias de grandeza pronto descalificará a Juan Pablo II y lo acusará de anticristiano. ¿Por qué no? Si lo hizo Napoleón, modesto suboficial que dejara Cerdeña en 1793 para convertirse en comandante francés, cónsul vitalicio y emperador de Europa coronado por Pío VII apenas 11 años después, ¿por qué no lo habría de hacer un teniente coronel venezolano que en menos de 6 años pasó de la sediciosa acción conspirativa en cuarteles de provincia a la primera magistratura de la nación? La capacidad de asombro de los venezolanos se ha embotado al extremo de aceptar que un aventurero que se hizo de la cosa pública como quien seduce a una ingenua doncella considere tener a Cristo en el bolsillo de la guerrera, se proclame el vicario político de Dios y se apropie del mensaje de la Iglesia como quien asalta la caja de una sucursal bancaria. En apenas 16 meses de poder se despachó a la constitución, a todas las instituciones democráticas, a los dos más importantes partidos políticos del sistema, a su dirigencia política, a su militancia, a buena parte del ejército y ahora quisiera ver rendida y a sus pies nada más y nada menos que a la Iglesia en pleno. Esta fagocitosis digna de Chapita Trujillo o de Fidel, de Franco o de Pinochet no tiene parangón en la historia nacional. Agallas semejantes, salvo las de Gómez, no las tuvo ni Pérez Jiménez. Sale del vientre mismo de la oscura tradición caudillesca de la América postcolonial. Para bien del país hay demasiados testigos mediáticos. Nadie se engulle a una Iglesia completa ante la indiferencia general. La ventana de la globalización es demasiado indiscreta. Aunque mucho más importante que la plaza pública de la red es el poder de resistencia de la misma Iglesia, su jerarquía y sus creyentes. Y de la conciencia democrática de un país que comienza a decir basta y seguramente terminará por poner fin a tanta impostura. Sabe Chávez que los plazos se acortan y su margen de maniobra comienza a reducirse dramáticamente. Por eso vuelve a la carga con la misma vehemencia y la misma desconsideración con las que ha enfrentado los anteriores procesos comiciales. Lo hace siguiendo los designios de quien creció alimentando la conspiración y pretendiendo hacerse con el Poder gracias a un osado golpe de mano: poniendo todo el aparataje del Estado al servicio de su campaña, atropellando toda discreción y pisoteando las más elementales normas de convivencia democrática y respeto por sus adversarios. Ahora, y para terminar de blindar su camino hacia la conquista del Poder total, echa mano del último recurso, el del chantaje: o triunfa el 28 o aquí habrá guerra civil. Chávez dixit. ¿Cómo dudar de su totalitarismo? La oposición no debe rendirse ante el chantaje. Y bien haría el principal aspirante distanciándose frontalmente de pasadas connivencias con quien fue, es y será un golpista. Por ello, antes que jurar fidelidad a los propósitos sediciosos que condujeron al nefasto 4 de Febrero de 1992 al pie de frondosos símbolos, el ciudadano Francisco Arias Cárdenas debería sellar un compromiso sagrado con la democracia. La única que existe, sin adjetivos que la enaltezcan ni propósitos que la envilezcan. Ese juramento, tan necesario en esta hora tan menguada de nuestra tradición política, no necesita de samanes. Se puede hacer a pecho descubierto ante todo el país. Pues ha comenzado la hora de dar la vuelta a esta tenebrosa página de nuestra reciente historia.
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