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La nobleza de un oficio

Lunes 22 de mayo de 2000

Parecen caminar por caminos contrapuestos y sin embargo, como esos amores contrariados, guardan el secreto anhelo de encontrarse y fundirse por fin en un emotivo abrazo. Él aguarda paciente y sin despechos en el andén de la historia, fortaleciendo su espíritu en la contrariedad y afinando su voluntad con el esmero de un hombre demasiado sabio para su sólida juventud. Ella, casquivacana, entregándose irresponsable al primer ambicioso que le calienta los cascos, sorda a los exigentes requiebros de la razón y el buen juicio y entregada en una loca pasión a infecundas aventuras amorosas. 

Él es Claudio Fermín. Ella, la Venezuela de sus desvelos. Él, el último mohicano de una esplendorosa generación de grandes políticos venezolanos, empujado a la acción callejera, al fragor de multitudes y a la entrega a raudales de la mano de maestros de la sabiduría y la experiencia de Rómulo Betancourt, de Ruiz Pineda, de Valmore Rodríguez y de Andrés Eloy Blanco. También —¿por qué no?— de políticos venezolanos que optaron por otras alternativas, respetando, sin embargo, la regla de oro de la política: sumar fuerzas y unir voluntades en bien del único país que poseían. Hablamos de Rafael Caldera, de Jóvito, de Arístides Calvani, de todos a quienes debemos —entre muchos anónimos y olvidados luchadores sociales— estos zarandeados cuarenta años de democracia, la etapa más polémica, más vilipendiada y zaherida pero, sin ninguna duda, la más rica y productiva de nuestra accidentada historia republicana, más pródiga en dictadores que en estadistas, en hombres de armas que en espíritus ilustrados.

Suena extemporáneo Claudio Fermín: demasiado ponderado, demasiado juicioso, demasiado culto y preparado para una algarabía de montoneras como la que nos ensordece el tino en estos azarosos días de la república. Asombraría en sus labios la palabra «traición» para enjuiciar el destino asumido por un contrincante. O el recurso a una esmirriada ave de corral para descalificar a su oponente. Muestra un profundo respeto por los otros dos candidatos presidenciales, pero es implacable a la hora de desvelar sus desaciertos, sus errores pasados y sus compromisos con un camino que ha llevado al país por un barranco que presagia temporales. E insiste en esperar de ellos el momento de reflexión que permita debatir sus amores por la pretendida con las palabras que se merece tan alta prenda: con inteligencia, con conocimiento, con altura. Casi está uno tentado —escuchándolo hablar de Hugo Rafael Chávez Frías o de Francisco Arias Cárdenas— que lo hace honrando el consejo que guiaba el espíritu de los grandes pensadores romanos: sine ira et estudio, con indulgencia, sin rencores, con reflexión.

Civilista medular, guarda un gran respeto por el oficio de las armas, pero aborrece la intromisión de la espada en los asuntos públicos. Detesta la algazara y la tropelía como instrumentos de combate político, al mismo tiempo que le avergüenza la improvisación, la guasa, la ignorancia y la procacidad en el tratamiento de los graves problemas de Estado. Insiste en mantener la cabeza erguida por sobre los tristes avatares que le depara la lucha política cotidiana y reivindica el derecho a soñar con un país serio, responsable, eficiente, guiado por gerentes públicos que den cuenta permanente de sus actos en obras y no en amores. No renuncia a la utopía posible de la modernidad y parece aterrarle la insistencia de sus conciudadanos en caer bajo la seducción de mitomanías y mistificaciones.

¿Es posible esa Venezuela adulta y responsable con la que sueña Claudio Fermín? ¿Podrá ese 70% de pobreza y marginalidad que enloda el rostro de la patria sacudirse la hipnosis de la demagogia y el populismo y optar por un sendero cargado de esfuerzos, de sacrificios y renunciaciones? Quisiera uno, simple espectador del drama que se libra en el solitario corazón de este ejemplar hombre público, tener algunas claves en tiempo real de este titánico combate entre subdesarrollo y progreso, entre incultura e ilustración.

Pero es vano esperar respuestas concretas. Claudio parece hallarse todavía en medio del desierto. Debe pesarle saber lo que un esclarecido espíritu de su tiempo, Ortega y Gasset, dijese de los profetas, esas bíblicas premoniciones de los grandes hombres públicos de la historia. Que otros se encarguen de las alabanzas y las falsas promesas. Que el profeta, dijo Ortega, profetiza contra su pueblo.

Nadie acompañó a Claudio durante este encuentro. Llegó y se fue solo. Ojalá crezca en su grandeza. Venezuela se lo merece.


Antonio Sánchez en La BitBlioteca


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