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La franquicia del patriotismo

Augusto Hernández

Sábado 11 de enero de 2003

En lo que se refiere a nuestros hábitos de consumo, bailamos al son que nos tocan los gringos. Los hermanos Álvarez y sus exitosas areperas caraqueñas hace tiempo fueron sustituidos por cadenas de establecimientos de «comida rápida» que despachan hamburguesas, perros calientes, pizzas, pollos fritos y pare usted de contar, con nombres tan globalizados como McDonald’s, Coronel Sanders, Pizza Hut y otros por el estilo.

Son franquicias para el expendio de «comida chatarra» cuyos manuales de procedimientos especifican en cada caso cómo se debe servir un refresco y colocar la servilleta o el sobre de azúcar. El tiempo que cada cliente se tarda en comer y vaciar el puesto para que otro consumidor lo ocupe está científicamente previsto. Los empleados deben ceñirse al manual y vestirse, moverse y actuar conforme lo señale la Biblia empresarial.

Con el éxito no se discute y ningún venezolano le regateará méritos a quienes han hecho de Santa Claus y Disney World epítomes del progreso y las ventas al por mayor. Pero tampoco se puede negar la chispa de quien registró la franquicia para los carros de chicha andina, que revela la capacidad criolla para adaptarse a las innovaciones capitalistas.

Sin embargo, lo que aún no se ha reconocido es la adaptabilidad de la oposición venezolana, guiada por los franquiciarios del partido Primero Justicia y otros organizadores de la nueva ola política, para homogeneizar las marchas, concentraciones y cacelorazos que tanta aceptación han tenido entre la gente bien. Los perspicaces ejecutivos de la alta sociedad civil se dieron cuenta de que las aglomeraciones chavistas eran eventos espontáneos y bochincheros, donde imperaban el desorden y la desorganización. Tras los correspondientes estudios de mercado decidieron patentar su versión corregida, mejorada y sanitizada de la efervescencia patriótica, a la que Chávez, con su impericia habitual, no le sacó todo el jugo.

La franquicia del patriotismo cuenta con un manual de procedimientos para marchas de oposición. El kit del marchista incluye franela, bandana, koala, morral, cachucha, sombrero y demás prendas tricolores. Naturalmente serán artículos nuevos o de pinta impecable. Además se debe portar bandera, cacerola, tapabocas, botella de Évian y toallines impregnados en vinagre. Se trata de lo más selecto del patriotismo chatarra, la última moda del activismo político.

Si todavía no lo ha practicado, incorpórese al próximo happening el 2 de febrero, durante el simulacro de votación, o sea el referendo voluntario para la comunidad.



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