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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR El lado oscuro del corazón Adriana Urdaneta Incapacidad de dar respuesta. Ausencia de combatividad. Incapacidad para razonar. Silencio. Males que, según algunos, padecemos los artistas venezolanos. Qué mas combatividad y capacidad de respuesta que la existencia de un movimiento cultural con prestigio internacional, con cientos de premios y reconocimientos, una sólida reputación, propuestas originales y únicas que nos han constituido muchas veces como ejemplo a seguir. Todo esto en medio de un Estado que se ha debatido incansablemente entre ser protector y benefactor o, la mayoría de las veces, abandonarnos a nuestra suerte. ¡Cuántas veces los pagos no llegaron! ¡Cuántas veces hicieron reducciones violentas e inconsultas! ¡Cuántas veces se ha hablado de un irrisorio presupuesto para la cultura! ¡Cuántas veces protestamos! ¡Cuántos años hemos tenido que justificar quiénes somos y por qué existimos! ¡Cuánta energía creativa se ha ido en justificar nuestros fines! Esa es historia sabida. ¿A quién le importa que se cierren los teatros? ¿A quién que los museos desaparezcan, que los músicos callen su voz, que los bailarines se detengan, que las cámaras de cine se apaguen, que la poesía se esfume? ¿A quién, que el espíritu de los venezolanos se muera de hambruna sin alimento? «La ignorancia es la madre de todos los vicios», eso dice la sabiduría popular. Esperábamos reconocimiento. No, una vez más, tener que presentarnos. Ahora pareciera que necesitáramos salir a la calle como un lote de los olvidados de la sociedad. ¿Dónde está la valorización del trabajo? ¿Dónde el respeto al genio creador? ¿Dónde el respeto a la experiencia y al conocimiento? ¿Hasta cuándo vamos a hablar gritando como si todos fuésemos sordos? ¿Hasta cuándo vamos a repetir las mismas palabras? ¿Cuándo será el día en que los hechos y el camino recorrido sea más fuerte que mil palabras? ¿Hasta cuándo vamos a estar inventando un nuevo país en cada gobierno, demoliendo la historia vivida y los espacios ganados? En la historia hay males y debilidades; también, virtudes y fortalezas. Uno de los pilares de la personalidad positiva del país, en todos estos años, hemos sido los artistas, quienes hemos entregado como misión, miles de horas de trabajo y dedicación para darle glorias y una mejor forma de vida. Cuántos pintores, escritores, coreógrafos, bailarines, músicos, cineastas, actores, dramaturgos, diseñadores, escenógrafos, iluminadores, técnicos de teatro, compositores, instrumentistas, directores, productores, vestuaristas, arquitectos, cantantes han alcanzado renombre internacional, galardonados y reconocidos por su fuerza, su originalidad y el alcance de sus logros. Cuántos países se han nutrido e inspirado en el movimiento artístico venezolano. Gracias a ciertas políticas culturales hemos podido llevar a cabo algunos proyectos. Pero no ha sido esa la única razón, ni tampoco esas políticas han cubierto totalmente los costos. Más bien el Estado tiene una deuda inmensa con sus artistas. El ingenio, la imaginación, la fuerza creativa y de adaptación, la resistencia, la capacidad de organización y utilización de los recursos, no tienen precio. Si eso se pagara a los artistas venezolanos, la deuda sería mayor que la deuda externa. Nuestra protesta ha sido creer en nosotros, creer en el país, trabajar sin descanso, con o sin dinero, bajo condiciones de toda índole, y nuestras acciones y logros como el arma más certera. Hemos hecho todo, lo hemos dado todo. Hoy nos jugamos una carta distinta: la elocuencia de nuestro silencio. Quizás la corrupción y la politiquería existente nos mataron la inocencia y la credibilidad. Quizás una historia de rapiña y mendicidad nos marcó el coraje. Quizás la globalización y las multinacionales nos invadieron la autenticidad y el arraigo. El nihilismo nos llegó al pensamiento. Como defensa, nos hemos dedicado a trabajar solos con la fe puesta en nuestras propias fuerzas, talento y la esperanza de que hacemos patria. Hemos tomado un voto de «exilio» voluntario. Personalmente, hablo también, desde mi genealogía como descendiente directa del general Rafael Urdaneta, uno de los venezolanos más ilustres, aguerridos y leales a la causa bolivariana, heredera de sus valores, y, quien fue obligado al exilio verdadero, muriendo en la pobreza y la ignominia, y peor aún, desconocido por aquellos por los cuales había dado la vida, oscureciéndosele, para siempre, un lado del corazón.
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