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La superautopista de la información La obra incompleta de Aníbal Nazoa El Nacional, sábado 18 de marzo de 2000
Allá iba usted hasta los estudios creativos del cuartel La Planta para conversar con el caricaturista Iginio Yépez, o seguía disimuladamente una jaula desde El Junquito para adivinar dónde se llevaban al escultor Enrique Padilla, o rebotaba en la prevención de la Disip tratando de saber si seguía con vida el dibujante Edgard Rodríguez Larralde. Allá se internaba uno por sótanos y rastrillos de los talleres literarios de la Policía Técnica Judicial y cuando ya creía estar en un laberinto de Piranesi o en una ilusión óptica de Escher, le mostraban al más peligroso indiciado: Aníbal Nazoa. Soñó George Orwell una tiranía basada en un empobrecimiento infinito del lenguaje, que al eliminar la palabra que nombra la rebelión imposibilitaría pensarla y asociarla con sus equivalentes, la revolución o el amor. En plena dictadura de partidos Aníbal Nazoa estaba tras las rejas por el crimen de un enriquecimiento inagotable del idioma, pues escribir bien no es más que adivinar los secretos amores que unen sus vocablos. Por fechoría semejante rodaron al sitio donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido su habitación ese Miguel de Cervantes con sus corotos y ese José Rafael Pocaterra con sus Memorias. Un juez iletrado expidió orden de detención contra Aníbal porque éste denunció que en una sentencia aquél violaba salomónicamente tanto las leyes de la República como las del castellano. Tal es el destino del humorista en un país que se vanagloria de su sentido del humor. Los venezolanos hacen suyo el adagio de Wilde según el cual cada quien mata lo que ama, el valiente con una espada, el cobarde con una sonrisa. A juzgar por la cantidad de timoratas omisiones cometidas contra él, Aníbal debe ser el hombre más amado de nuestra tierra. Cuando yo era niño, leía unos artículos admirables firmados por un misterioso ANG. Con estas siglas de Asociación Nacional de Ganaderos disimulaba Aníbal sus apellidos, que para la dictadura militar olían a carcelazo y a exilio. De adolescente disfruté los lúcidos ensayos de Matías Carrasco. El más impenetrable secreto silenciaba que en tiempos de dictadura de partidos el nombre de Aníbal era de nuevo impublicable. Vino la época del secreto a voces, y las voces del secreto encontraron manera de negarle a Matías Carrasco no sé cual merecido galardón con la excusa de que no se podía premiar seudónimos. Llegó la dictadura del Fondo Monetario, y acabó con todo salvo con la certidumbre de que es Aníbal uno de los prosistas cimeros de la lengua española. Nuevo Martí, lo llamó Kotepa Delgado. Quizá los mezquinos esperan a que lo fusilen para reconocérselo. Aníbal concilia erudición con gracia, ternura con acidez, compromiso con libertad de conciencia, densidad con levedad, altura con profundidad. «Sin humor no hay literatura posible ni puede ser escritor alguien que carezca de él», declaró en un foro del Ateneo. Pues humor es el amor que late en la vida misma. En la raíz de toda maldad está la falta de humor, así como en la solemnidad la fuente de toda tontería. Sintetiza Stendhal el paso de la feudalidad al capitalismo señalando que Luis XVIII podía crear un duque, pero no un banquero. Compruebo la inevitabilidad de utopía verificando que todos los mandatarios y los banqueros del mundo no bastan para nombrar ni destituir un Aníbal. Ninguna autoridad puede autorizarlo y mucho menos desautorizarlo. El verdadero poder está en no padecer ni ejercer ninguno, salvo el de crear. Hasta que todos los seres no compartan esta modesta omnipotencia, la obra de Aníbal seguirá dolorosamente incompleta.
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