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Barajitas repetidas
Que levante la mano quien de niño no padeció bajo el poder de la barajita repetida. Nos anunciaban en los quioscos el maravilloso Álbum del Reino Animal y para completar el zoológico teníamos que comprar setecientos u ochocientos cromos en sobre cerrado. Así era: cerrado y sin derecho a pataleo. Allí no valía aquello de devuélvame el dinero que esta ya la tengo, ni lo de ahora resulta que no me gusta. O la compras o las compras, sin derecho a saber qué adquieres. El resultado de aquel correo del azar era enteramente previsible. Por lo regular terminábamos con doscientas barajitas repetidas del repelente Mapache Algonquino y nunca conseguíamos el Colibrí Irisado que nos faltaba. La tiranía de la barajita repetida hacía florecer imperios de la corrupción. Podía ser que la Garza Blanca alcanzara la injusta cotización de doscientos pez espadas. O que, al estilo Rosalinda, hubiera que conquistarla en viciosos juegos de pared donde se iniciaron la mayoría de los apostadores compulsivos que hoy llenan los casinos de Chacao, Baruta y El Hatillo. El sobre cerrado y la barajita repetida fueron culpables de que nunca estuviera completo el álbum de nuestra infancia ni el de nuestra vida. Comprenderá el lector por qué cada vez que veo un paquete cerrado tiemblo, y por qué en los aeropuertos obedezco el letrero que recomienda no aceptar encomiendas cuyo contenido no conocemos. Ya no somos niños, y nadie puede obligarnos a comprar un envoltorio lleno de algo que ignoramos. Desde que cumplimos la mayoría de edad política sabemos que toda participación se fundamenta en un proyecto, con etiqueta que advierta la composición del producto y asegure que no tiene cancerígenos ni arroja efectos colaterales. Ante el proyecto que me quiere vender una parte de la oposición siento el mismo desasosiego que cuando niño experimentaba ante el sobre cerrado. No dudo de las buenas intenciones del vendedor, pero, ¿y si me sale el Gorila repetido? ¿No tengo derecho entonces a saber qué contiene el sobre cerrado? ¿No me sale que los preparadores del paquete del Septiembre Negro, del Octubre Horroroso o del Diciembre Abominable me enteren del cromo con el que piensan llenar el álbum de mi vida? Durante cuarenta años el negocio del sobre cerrado se sostuvo con la trácala de la barajita repetida; y nos calábamos la barajita repetida porque venía en el sobre cerrado. ¿Y si me toca de nuevo el Escorpión Venenoso, o sea el plan de privatizar PDVSA? ¿Y si reinciden con la Rata Pestífera, vale decir, el autoritarismo ordinario? ¿Si reestrenan el Buitre Carroñero de la dictadura patronal? ¿Si resucitan la Solitaria Parásita, vulgo discriminación social? ¿Si reciclan la Cuaima Venenosa, alias privatización de la Educación, de la Salud y de las Pensiones? ¿Si salen otra vez la Sanguijuela Viernes Negro, la Hiena Crisis Bancaria, la Araña Mona devoradora de créditos indexados, el Gusano Cogollo, la Langosta Bipartidista? ¿O una vez más el Gorila Repetido, y el Gorila Repetido, y el Gorila Repetido? No, gracias. Así será ese programa, que no se atreven a publicarlo. Si se trata de otra cosa, deberían proponérmelo en sobre abierto, con nombres, listas, planes, proyectos, metas, pelos y señales. Para ello disponen de todos los medios de comunicación y de todo el tiempo del mundo. La trampa cazabobos y el sobre cerrado se parecen en que solo nos enteramos de su contenido cuando ya es demasiado tarde. Postdata: Un gran saludo para mi fraternal amigo Augusto Hernández. Juntos aprendimos periodismo en condiciones difíciles y sabemos que la única forma de ejercerlo es sin complacencias. Seguiremos leyéndote, o adivinándote.
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