Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela
Home
Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca Buscador
Roberto Hernández Montoya, Director 
Autores
Con imágenes
Sin imágenes
Categorías
Servicios
Argentina
Buscadores
Caracas
Colombia
Políticos
¿Qué es
La BitBlioteca?
Radios en español
Venezuela





Demonios del mar

Luis Britto García

El Nacional, domingo 24 de enero de 1999

1. En 1492 Cristóbal Colón descubre un continente. En 1494 el papa Alejandro VI lo reparte salomónicamente entre España y Portugal. En 1519 el adolescente Carlos I de España alquila porciones del Nuevo Mundo a los banqueros Welser y Fugger para comprar a los príncipes electores que lo designan emperador del Viejo Mundo. Comienza un juego global que aún no concluye. El oro mexicano y la plata del Potosí financian las guerras con las que España asegura sus dispersas posesiones y mantiene la hegemonía en Europa. Tras ella asoma el milenario proyecto ecuménico de la monarquía universal. Del dominio del Mundo Nuevo depende la hegemonia sobre el Viejo. De ésta, la dominación planetaria.

2. Los restantes soberanos también lo perciben así. Fransisco I de Francia desafía al Papa a mostrarle la cláusula del testamento de Adán que lo excluye del reparto del Nuevo Mundo. Inglaterra y Holanda se suman a la carrera por el dominio de los océanos, que es el del orbe. A falta de bendición papal, está pronta la de los ideólogos. El geógrafo inglés Richard Hakluyt, el almirante francés Gaspar de Coligny, el converso británico Thomas Gage, el jurista holandés Hugo Grocio incitan a sus compatriotas a la expansión ultramarina. Para repartirse el paraíso, monarcas de derecho divino, letrados y compañías corsarias pactan con los demonios. Bajo su protección abierta o embozada durante dos siglos los mares americanos son un infierno arrasado por contrabandistas, corsarios y piratas. O, como los llaman los caribes, Palanakalis: espíritus o demonios del mar.

3. ¿Quiénes son los demonios? Al principio, cortesanos que comparten proyectos de expansión y botines con sus reyes: el cosmógrafo Verrazzano, los versátiles Francis Drake y Walter Ralegh. Luego, lobos de mar a quienes las compañías corsarias holandesas encomiendan el saqueo del orbe: los pata de palo Pyet Heyn y Peter Stuyvesant. A veces, vicealmirantes en regla, como el aristocrático conde Jeans d'Estrées, comandante de las flotas del Poniente de Luis XIV. Pero bajo los estandares reales o las banderas negras del pillaje se cobija la tropa de los pobres diablos desalojados por la codicia de los terratenientes y las atroces leyes contra los pobres: indigentes reclutados a la fuerza, siervos vendidos o contratados en condiciones peores que la esclavitud. Si los piratas son demonios, es porque vienen del infierno. Europa usa sus marginalidades como carne de cañón y cimiento de imperios. Llegadas al Edén americano, a veces desertan, se dedican a la cacería de ganado y la siembra de tabaco, fundan sociedades igualitarias y libertarias de mutua ayuda como la Hermandad de la Costa. Son los cimarrones blancos. En la huída de las operaciones de exterminio de los españoles, a partir de 1629 algunos se dan a la mar en barquichuelos y asaltan los más grandes navíos. Expulsados del paraíso terrenal, encienden el Averno en las aguas del Edén caribeño. Son los filibusteros, piratas que, como cantará Espronceda, tienen por única patria la mar.

4. La batalla planetaria por los océanos se libra también en la Costa de las Perlas, litoral de lo que luego será Venezuela. Centenar y medio de ataques piratas y corsarios la devastan entre el asalto de Diego Ingenios contra Cubagua en 1528 y la concesión por la Corona del monopolio del comercio y del corso a la compañía Guipuzcoana en 1727. El cálculo es conservador: totalizo como una sola embestida las incursiones consecutivas de medio millar de urcas holandesas a Araya entre 1599 y 1604. Los demonios vienen en oleadas. Cada una corresponde a la arremetida de una potencia europea para quebrar la hegemonía española en Europa y América. Ni treguas ni armisticios los detienen. Su diplomacia se resume en la atroz frase: «No hay paz bajo la línea». Entre 1528 y 1567 nos roban perlas corsarios franceses: el piadoso Roberval y el sacrílego Jacques Sore. Entre 1565 y 1604 rastrean nuestro Dorado jaurías de perros del mar ingleses: traficantes de esclavos como Jack Hawkins, poetas eruditos como Walter Ralegh, piromaníacos como Amyas Preston, que incendia Caracas en 1595.

Entre 1565 y 1648 las Compañías Corsarias holandesas envían ladrones de sal gema con fortalezas prefabricadas en sus urcas, como Daniel de Mugeroles, o flotas como las de Van Baalbeck y Pierre le Grand, que nos arrebatan Aruba, Curazao y Bonaire. Entre 1629 y 1671 nos roban cacao filibusteros con bases autónomas en La Tortuga y Haití, como el inhumano Jean Nau o el codicioso Henry Morgan. Entre 1670 y 1697 saquean cuanto encuentran forajidos alistados en las flotas francesas, tales como Francois Grammont, asaltante de Maracaibo, Gibraltar y Trujillo. A partir de entonces las costas sufren las pertinaces correrías de filibusteros de Nueva Inglaterra, como el excéntrico Edward Teach «Barbanegra» o contrabandistas holandeses como Matheus Christian, llamado «el marqués de las Tucacas».

5. La política de los demonios del mar engenda una economía infernal. Sus incesantes asaltos estrangulan el comercio con la metrópoli. C.H. Haring reporta que entre 1504 y 1527 zarpan 882 buques hacia América: sólo regresan 538. Esta pérdida del 39% se debe en gran parte al azote pirático. España limita su comunicación con el Nuevo Mundo a los costosos convoyes armados llamados flotas, que zarpan una o dos veces al año. En 1654 la metrópoli ya no puede costear su envío periódico. El intercambio queda librado a las precarias naves sueltas o «de registro», fácil presa de los merodeadores. Colapsa el monopolio de España sobre el Nuevo Mundo. Piratas y corsarios suplen con el contrabando este mercado hemisférico. Según Ferdinand Braudel, más de la mitad del comercio con América se realiza en esta forma. Los colonos privilegian los cultivos favoritos de los contrabandistas, como el tabaco y el cacao. Para arruinarlos la Corona fulmina contraproducentes prohibiciones, como la establecida contra la siembra de tabaco a partir de 1604. Lo ilegal se vuelve sustento de la oligarquía legal; la complicidad principal industria de las autoridades.

6. La economía infernal propulsa una geopolítica satánica. Los demonios contribuyen a la desaparición de poblados como la antigua Borburata, San Carlos y Cabo de la Vela, causan la mudanza de otros como Santo Tomé de Guayana y Trujillo, provocan la migración de autoridades religiosas y políticas desde sitios repetidamente asaltados, como Coro, hacia lugares resguardados como Santiago de León de Caracas. Gracias a ello ésta deviene capital de provincia y luego de la República. La plaga de los demonios impone la cooperación política y militar entre las autoridades de las provincias de Venezuela, Nueva Andalucía y Margarita, al extremo de que la Real Cédula dada en San Lorenzo el 17 de septiembre de 1597 reconoce como indispensable tal liga estratégica y sienta con ello las bases de la unidad del futuro territorio de Venezuela.

7. Esta comprometida geopolítica obliga a la Real Hacienda a dispendiosos gastos en guardacostas, puestos de vigilancia permanente, milicias y fortificaciones. En épocas de guerra consumen 90% de los recursos disponibles y deben ser costeados con gravosos tributos. Tales cargas mueven a la corona española a otorgar el monopolio del comercio y del corso a la Compañía Guipuzcoana, contra sus abusos los primeros venezolanos protagonizan protestas y motines precursores de la Independencia. Así como contribuyen a quebrar el monopolio económico ibérico sobre el Nuevo Mundo, los demonios socavan su monopolio político. Si llega a haber una América inglesa, otra francesa, otra holandesa y otra independiente, ello se debe en parte a la contumaz, heroica, depravada furia de los demonios.

8. Tras usar a los demonios del mar para repartirse el pastel del Nuevo Mundo, desde la paz de Ryswick en 1697 las grandes potencias los persiguen y los cuelgan en los patíbulos de los puertos conquistados por sus sulfurosas legiones. No dejan un imperio, una cultura, sino una moraleja. Quien sacrifica todo a la codicia es sacrificado por ella. Así paga el capital a quien le sirve.

9. En 1998 buceo con una expedición que localiza restos de la flota tripulada por filibusteros del vicealmirante Jean d'Estrées, naufragada en Aves de Sotavento en 1678. Días después irrumpe el barco Sea Explorer, con grúas y equipos rastreadores, para arrebatarle a Venezuela ese patrimonio cultural y arqueológico. Mario Sanoja e Iraida Vargas denuncian que esgrime un contrato ilegal, que le habría entregado nuestro patrimonio submarino. No podemos tolerar que se saquee así nuestra herencia histórica. Poco a poco perece nuestra memoria como nación. Los piratas nunca mueren.


Otros textos de Luis Britto García
Rajatabla



Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos.
Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas.