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Dos despedidas

Luis Britto García

El Nacional, sábado 10 de marzo de 2001

1.

«Ustedes no saben los entusiasmos, los desvelos, los abandonos, los recomienzos que requiere un libro», dijo hacia los años cincuenta Juan Liscano en el auditorio del Instituto Pedagógico. El niño que yo era no olvidó nunca aquella definición de la escritura. Como el amor o la vida misma, la creación es cosa de enamoramientos, derrotas, terquedades y rupturas.

Yo leía para entonces en este periódico una columna de Liscano que me daba primeras pistas sobre cosas tan prodigiosas como el estreno de Rinocerontes o los marcianos de máscaras plateadas de Ray Bradbury. La atildada expresión del poeta y sus gestos apacibles me hicieron pensar en el novelista que protagonizaba La bahía de silencio, de Arturo Mallea.

Vino después la década de los sesenta, con su violencia que persiguió, exilió, encarceló y a veces mató intelectuales y artistas. De ambos bandos llovió plomo grueso físico y moral. La izquierda apostrofó a Liscano como niño bien que dejaba su retiro dorado en París para romper el frente cultural revolucionario con una revista promovida por el gobierno, Zona Franca.

El tiempo permitió ampliar la perspectiva. Mientras tanto escritor salido del pueblo o de la ínfima burguesía terminó de bufón o de cómplice del poder, el niño bien dejó de lado la rapiña logrera de su clase para descastarse en el desamparado oficio de la poesía.

Allí ha podido coagularse en los hermetismos u orientalismos inofensivos que alguna vez lo sedujeron. Pero salió por las duras trochas del país a indagar en lo venezolano, cargando una anticuada grabadora del tamaño de una nevera para rescatar del olvido fulías, coplas, bailes de la fiesta de San Juan.

La toma de posesión de Gallegos lo vio en el Nuevo Circo, organizando un espectáculo folklórico en donde por primera vez muchos citadinos tomaban conciencia de la riqueza cultural de ese interior al que denostaban como monte y culebra. Echó canas promoviendo institutos y revistas de folklore, centros de estudio de esa venezolanidad que otros despreciaban como olorosa a nigua.

El exilio impuesto por la dictadura perezjimenista lo dilapidó, según confesión propia, en bohemia y tragos, hasta que reencontró las raíces de la cordura en la tierra y las aguas de su Nuevo Mundo, Orinoco. Digamos que acompañó brevemente al puntofijismo, para luego desarrollar una implacable diatriba sobre los vicios del sistema.

Añadamos que criticó las fallas de la Unión Soviética, para después reconocer que el socialismo era una de las escasas posibilidades de eludir el apocalipsis. Precisemos que mientras tanto mentecato se entregó a los espejismos de la globalización, Liscano desarrolló una vitriólica crítica sobre los horrores de la ciencia sin conciencia.

A diferencia de tanto zamuro que se creyó cisne y exigió torre de marfil, Liscano cursó los arrabales de la opinión, los despeñaderos de la polémica, los barrancos del odio y de la reconciliación. No tuvo tiempo de envejecer o, como los favoritos de los dioses, murió viejo verde.

2.

Un joven piensa en París un guión cinematográfico, decide escribirlo en forma de sinopsis literaria o quizá de novela y a los 24 años le sale Las lanzas coloradas, una novela hecha con luz y movimiento, inscrita ya de manera definitiva en las letras latinoamericanas.

Una gloria nacional investida de todas las galas del prestigio y los primores de la integración baja de su lujoso automóvil ante el Congreso, y provoca la envidia y la perdición de Argenis Rodríguez, que no sabe que el sistema muele fino, sobre todo a los talentos.

No sé si aquel joven de 24 años y el Úslar Único, el Úslar Supremo, volvieron a encontrarse o cruzaron alguna palabra. Si sé que el segundo recordó toda la vida al primero, según se le notaba siempre en la remotez de unos ojos claros, despaciosos, ya idos.


Luis Britto García en La BitBlioteca



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