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Genoma El Nacional, sábado 8 de julio de 2000 Así como el siglo que termina fue el de la mecánica, el que comienza será el de la biología. En sus inicios se decodifica el código genético del ser humano. Las 24 transnacionales dueñas de más de la mitad del planeta tratan de patentarlo para cobrarle derechos de autor a cada ser humano. Los científicos aíslan el 2% de los genes que nos separan de los primates. Los trusts inventan otro 98% de nuevos genes para distinguir al pobre del rico. Los geneticistas aprenden a leer los cromosomas para prever las dolencias hereditarias que padecerá el ser humano. Los gerentes los revisan para despedir a los empleados propensos a enfermarse. Queda por fin al descubierto la trama exacta de las facultades que heredamos de nuestros antepasados. Las agencias de tarjetas de crédito la marcan para que también heredemos de ellos saldos deudores, intereses sobre intereses, cuentas por pagar. No hay facultad física o intelectual que no pueda ser programada para generar seres renacentistas, hombres universales con espléndido dominio de todas las aptitudes imaginables. Las corporaciones diseñan la implantación genética de la codicia, la avaricia, el consumismo. El desciframiento del código permite curar las enfermedades genéticas y virales. Los monopolios desarrollan nuevas dolencias incurables para obligar a los pacientes a comprarles los tratamientos. Se encuentra la fórmula de detener el reloj genético que produce el envejecimiento. Los inversionistas la reservan para sus gerentes mientras lanzan un virus que acelera el envejecimiento de los jubilados. Nada es imposible ni siquiera desarrollar nuevos órganos que nos garanticen facultades o sentidos prodigiosos. Las transnacionales planifican el corazón minúsculo, la boca capaz de tragarse el mundo, la mano que jamás se abre. Viene entonces la técnica para clonar al artista, al genio, a la bella. Los consorcios la aplican para multiplicar especuladores, parásitos, usureros. Los laboratorios crean las técnicas para hacer seres perfectos, indestructibles, imperecederos. Los inversionistas aplican al hombre las tácticas mercantiles que rigen el cambio de modelo inútil, la sucesión de modas intrascendentes, la obsolescencia planeada. También se aisla el gene de la muerte y se lo convierte en el de la inmortalidad al alcance de cualquiera. Las multinacionales le instalan un parquímetro para cobrarle los intereses de la hora, el rédito del minuto, la renta del instante. Se diseñan cerebros inconmensurables capaces de abarcar la totalidad de los pensamientos. Los oligopolios sólo financian la neurona única donde cabe el pensamiento único. Es hacedero añadir al ser humano todos los órganos, facultades, sentidos que necesitaría para convertirse en superhombre. Los financieros eligen restarle todos aquellos accesorios costosos que, según Karel Capek, basta quitarle al hombre para hacer al robot: el amor, la sensibilidad, la duda. Tras decodificar el genoma hay que descifrar un acertijo aún más complicado: o el hombre o el capital. Aquél que lo decodificare, gran decodificador será nombrado.
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