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Huellas de Humboldt

Luis Britto García

El Nacional, domingo 21 de febrero de 1999

1799

El velero está anclado en Tenerife y tiene la peste a bordo. En el puente de la corbeta Pizarro, el joven Alexander von Humboldt Colomb se siente contagiado por la plaga del fracaso. En 1797 la campaña napoleónica contra Egipto desbarata su expedición al Nilo con Lord Bristol. Poco después se malogra su exploración de Túnez con el cónsul Skieldebrand. Ahora zarpa hacia el Nuevo Mundo con la esperanza de visitar directamente México y Cuba. También este plan se frustrará. Humboldt propone, la peste dispone. Uno de los marinos que levan el ancla desfallece sobre el cabrestante, arrasado por la fiebre.

1999

Sobre la cubierta del inmenso velero dos decenas de marinos nos aferramos al cuadrilátero de soga del cambio de guardia. En nuestros pechos tintinean ganchos de arneses para evitar que vientos u olas nos arranquen de los aparejos. La campana canta las cuatro de la madrugada. Voces atenuadas por la oscuridad transmiten el parte de la guardia que acaba. Una voz en arcaico flamenco llano entona la liturgia. Go to ruh! gritamos a quienes se despiden. Go to watch! gritan quienes terminan su guardia. Sueltan la soga. El barco es nuestro. Es el velero de entrenamiento Alexander von Humboldt, de la Deutsche Stiftung Sail Training. La Asociación Cultural Humboldt me invita a bordo, a seguir la ruta del naturalista como simple marino. 24 manos y el viento deciden el destino de la gran nave en la oscuridad.

1799

Alexander y Aimé permanecen hasta tarde en cubierta, movidos, como anota Humboldt, por «la esperanza de contemplar esas hermosas constelaciones australes que jamás presenta a la vista la bóveda de nuestro cielo». Alex anticipa la aparición de la Cruz del Sur. Para honrarla, recita a Dante: Goder pareva il ciel de lor fianmmelle... Apresurados marinos se afanan sobre los aparejos.

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Apresurados marinos nos afanamos sobre los aparejos. Explico en inglés a Susan que la Cruz del Sur no aparece todavía sobre los cielos. En el firmamento gira der Grosse Wage, la Osa Mayor, culminan las Pléyades y Orión, que los caribes llamaban Maraguaray y Kaputano Tumonka. Apenas adivino las órdenes en alemán. Sigo los movimientos de la cuadrilla, cobro cabos, suelto cabos, adujo cabos. Gritos rítmicos acompasan los tirones.

24 manos liberan los gigantescos telones de las velas. En las vergas se hinchan los senos de la Grossegel (vela mayor), la Grossuntermarssegel (gavia alta), la Grossobermasegel, (gavia baja), la Grossbramsegel (juanete mayor, y así hasta que 25 velas y mil metros cuadrados de la lona ostentan en bauprés, trinquete, mayor y mesana toda su majestad. Apenas puedo creer que tan pocos hombres hayamos liberado tal potencia. Un gran velero es una mariposa titánica cuyas alas son desplegadas por hormigas.

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¿Qué ve Alexander, qué ve Aimé? La percepción es un nebuloso caos de sensaciones. El ingenuo y el pedante ignoran. Lo que otros llaman misterio, para ellos es obviedad o costumbre. Vemos y no vemos. Sólo el naturalista nombra, mide, pesa, especifica, relaciona. Como el inquisidor minucioso, con telescopio, barómetro, higrómetro, termómetro y reactivos interroga el pasaje, mide los sargazos, analiza el contenido de oxígeno de la vejiga natatoria de los peces voladores, escruta las contradicciones del mundo, ese monstruoso objeto de codificación al cual desea ver despojado de secretos. Se atreven a más los amigos. Compadecen a los esclavos, establecen correlaciones entre lo físicio, lo social, lo político. Osan codiciar en nombre de la razón el fruto que la gracia confiere al místico: La totalidad. La obra de Alex tendrá un título tan desmesurado como su propósito: Cosmos. La ruta es del tamaño del viajero.

1999

Descansamos en cubierta esperando la próxima orden. El jefe de nuestra guardia, Claas Bellermann, cuando grumete escapó casualmente de naufragar con el legendario velero Pamir. Es fuerte y escueto. Se mueve entre los aparejos como si formara parte de ellos. Es narrador apasionado y apasionante. Durante horas cuenta sagas en las que apenas distingo los nombres de Colón, de Pinzón, de Magallanes, de los Welser. Todas las historias del mar son la misma historia: la maravilla, la distancia, la muerte. El encanto de palabras que aún no comprendemos: que jamás comprenderemos. El Alexander von Humboldt y su compañero el Roal Amundse recorren las islas de los caribes, habitantes del paraíso exterminados por la primera globalización. Recorre todos los oficios de marinero, desde vigía en el palo mayor hasta lavaplatos hasta timonel. Una pluma, una espada, un timón deben asirse sin flojedad y sin crispación. Recorro los rostros y las historias de compañeros de guardia a quienes sólo conozco por el primer nombre inscrito en sus arneses: Alex, Susan, Joseph. Como en la Legión Extranjera, nadie habla de su pasado: en aquella por demasiado oscuro, aquí quizá por demasiado brillante. Pagan por desempeñar este trabajo, que en tiempos de Humboldt era considerado esclavitud. No intento ahondar en sus miradas. Son las de quien vive un sueño. Una mujer, una utopía, un velero altivos nos retan y nos enferman de finitud. Sólo al tenerlos sabemos que sólo posee el poseído.

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El Pizarro recorre impulsado por los alisios y sin escalas su trayectoria hacia Cumaná. Los cielos son diáfanos, las bodegas fétidas. Huye de cuanto barco divisa, temiendo que sea corsario. De él escapan las pequeñas embarcaciones, pues lo creen corsario. En sus bodegas lleva algo peor que el azote pirático. Uno tras otro los tripulantes enferman de la peste. Un joven asturiano muere de ella a los 19 años de edad. Para Humboldt y Bonpland es la catástrofe. Deciden interrumpir su viaje a México, desembarcar en Cumaná. Esta derrota es un triunfo. La imprevista muerte es ocasión para crear una obra inmortal.

1999

Al sur de La Tortuga veo una lancha al garete. Corro al puente. Se balancea como una pequeña urnita blanca. Comienza el zafarrancho de rescate. Bajamos el bote auxiliar. Sólo al ras del agua se aprecia el desmesurado velamen del «Alex», alto como un edificio de seis pisos. En el horizonte blanquean las velas del «Roal». Alcanzamos la lancha. Nadie a bordo. Sólo un motor y un desamparado nombre: «Doña Antonieta». El capitán Ulrich Lampretch me encarga radiar la posición a la Capitanía de puerto: 10 grados 48 Norte, 65 grados 38 Oeste. Apenas me responde el yate Kerkora II. El «Alexander» remolca al botecito, como un gigante que lleva a un niño de la mano. Me viene a la cabeza el «Polo doliente» de Aquiles Nazoa: Quedan los remos en alta mar/ como un abrazo sin terminar/ como un abrazo sin terminar...

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Termina la guardia nocturna. Bajo el bauprés saltan los delfines. La cercanía del puerto crea una exaltación superior al cansancio. En la proa corean una parodia de canto gregoriano. En la popa surge una prodigiosa voz. La bella Alex, el ángel de nuestra guardia, interpreta Amazing Grace. Sólo es afortunada una melodía si se acompasa con el corazón o con el mar. Luego comienzan una vieja canción marinera: Wir lagen für Madagaskar und hatten die Pest an Bord. Estamos anclados frente a Madagascar y llevamos la peste a bordo.

1799

Alexander y Aimé están anclados en La Guaira, admiran su sofocante calor y sus amables tiburones, ascienden por el empinado camino de los españoles, presienten la Independencia al escuchar en la posada del Guayabo encendidas discusiones políticas sobre el reciente alzamiento de Gual y España. Dejan atrás la peste de la nave, encuentran la de las máscaras. Alex se asombra al encontrar en Caracas «individuos que han perdido su individualidad nacional, sin haber recogido en sus relaciones con los extranjeros nociones precisas sobre las verdaderas bases de la felicidad y el orden social». En toda la capital no localiza una sola persona que haya tenido curiosidad por escalar La Silla. Entonces, como ahora, las oligarquías mimetizan servilmente modas culturales europeas, ciegas y sordas al prodigioso mundo, quizá en trance de liberación, que crece ante sus ojos. Hacia él se dirigen los pasos de Humboldt. Bolívar se enorgullece de seguirlos. Todavía están ante nosotros sus huellas.

1999

Sueño que timoneo un gran navío con velámenes altos como torres que navega silencioso como un sueño. No quiero despertar.


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