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Sección: Bitblioteca
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Breve historia de la pintura mural El Nacional, sábado 20 de marzo de 1999
El Santo Tribunal de la Inquisición interrumpe sus labores de quema de libros, cuadros y herejes e irrumpe en el despacho de su santidad Giulio II. Hemos sido informados, lloriquea su eminencia Castruccio Jettatore, de que el infame pintamonas Miguel Ángel proyecta ejecutar un mural en pleno Vaticano. Según fuentes bien informadas, gime el exaltado monje Torquemada Savonarola, planea retratar ángeles, arcángeles y serafines como Dios los hizo, es decir, sin trapos encima. Una blasfemia tal, solloza el vicario Fúlmine Borgia, seguramente alejará los turistas de Roma y arrojará irreparable descrédito sobre nuestra Capilla Sixtina. Antes reformar la Iglesia, que tolerar este sacrilegio. Los meros meros zopilotes todos a uno le cayeron de a montón al ministro José Vasconcelos a las puertas de la Secretaría de Educación de México. Dicen que dicen, gruñe el almirante de la Orden de los Caballeros de Colón, que iquique se va a encomendar a un tal Diego Rivera pintarrajear con subversivos murales el Palacio Nacional. Chismean chísmenes, chilla la corregidora de la Cofradía de las Huérfanas del Emperador Maximiliano, de que van a permitirle a un tal Orozco embadurnar la capilla del Hospicio Cabañas con visiones que no son de este mundo ni del otro, sino todo lo contrario. Y qué me dice del corrido muy mentado según el cual David Alfaro Siqueiros ya cubre las alturas del Palacio de Chapultepec con la propia gesta de los de abajo, se desgañita la comendadora de la Cofradía de las Nietas de la Malinche. Con semejante afirmación de lo que somos, desacreditaremos el arte latinoamericano y ahuyentaremos el turismo. Ay, Vasconcelos, no te rajes, gritan todos a coro, ese mural en blanco que tienes junto a la boca, no te lo pinte nadie, que no le toca. La Asociación de Enemigos de la Ciudad Universitaria está exaltada. Mire, chamo, y que el primer muralista del país va a ejecutar una obra maestra en ese paredón gris del noreste reservado por nosotros para meadero de perros y pintas electorales. Por encima de mi cadáver, pana: una propuesta estética no combina con los galpones estilo Carapita que perpetré al norte de la Facultad de Arquitectura. Y mucho menos sin pedirme permiso a mí, bróder, que ranchifiqué la planta baja del edificio Este de la Plaza del Rectorado. Mire, maestro: después del trabajo que me tomé para destruir la obra de Villanueva insertándole Trasbordo, el único edificio del trópico sin una sola ventana, tampoco yo voy a permitir que cualquier asomado venga a defender la propuesta de integración de las artes. Y cómo quedo yo ahí, yo que tapié la universidad con el muro de la Técnica, yo que llevo tres décadas clausurando vías, emparedando puertas, tabicando corredores, reservando estacionamientos para bedeles, derribando pasillos cubiertos originales, añadiendo otros con modelo distinto y pintando de gris la obra limpia de concreto, yo que demostré que la capacidad de deterioro de la universidad es infinita, no me la calo. Y yo, que por acción u omisión permití esta chiverización académica, yo que llevo toda mi vida tolerando que al Alma Mater la traten como al Retén de Catia, ahora no me da la gana de que vengan a dignificar con un mural este resto de Ciudad Universitaria que nos queda. El mural, museo y libro del pueblo, biografía de todos, altar del culto colectivo, guiño cómplice del instante a la eternidad, siempre ha tenido enemigos porque es el único amigo estético del ciudadano en la tierra de nadie de la urbe.
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