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A régimen sin proyecto, cultura sin proyección

Luis Britto García

El Nacional, domingo 31 de enero de 1999
Para reflexionar en torno a la idea del fin de siglo, tres pensadores venezolanos levantan su pluma para analizar los acontecimientos que han determinado el curso de los casi cien años que culminan. Luis Britto García interpreta la cultura como la capacidad del hombre para modificar su contexto. Tulio Hernández detecta tres síntomas de quebranto en el ámbito cultural. La reflexión de Simón Alberto Consalvi discurre por diversos dominios: va desde Pablo Picasso hasta Aldous Huxley, para concluir que el desafío de los escritores venezolanos es liberrarse del hastío burocrático del Estado (nota de El Nacional).

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Entender la cultura en forma integral. Esta no se limita a las bellas artes ni se agota en el consumo exquisito. Cultura es lo que los hombres son, lo que hacen, la forma en que modifican creativamente el medio social y natural. Toda política cultural ha de ser formulada en términos de totalidad.

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Aceptar y respetar la diversidad. Conocer que lo creativo no es mimetizar la macdonalización planetaria, sino cultivar y desarrollar la especificidad. Reconocer que, paralelamente a la cultura académica y a las industrias culturales, se desarrollan dinámicamente culturas populares, conservan su fisonomía las autóctonas y tradicionales, e irrumpen las emergentes. Hay que procurar que los encuentros entre ellas sean enriquecedores y no excluyentes, vitalizadores y no destructivos, fecundantes y no esterilizadores.

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Reconocer los vínculos entre desarrollo creativo y sociedad. Las grandes épocas innovativas —el Siglo de Oro ateniense, el Renacimiento, el Siglo de Oro español, el Iluminismo francés, el Constructivismo soviético— coincidieron con procesos de afirmación política, económica y social de los pueblos respectivos. En todos ellos se produjo la conjunción entre un cuerpo de valores que proclamar, un público dispuesto a acogerlos, mecanismos de protección para los creadores que los expresaran y sistemas de divulgación de sus obras. La política cultural es el arte de favorecer la relación armoniosa de estas condiciones.

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Ello supone en primer lugar investigar, conocer, divulgar los valores de nuestras identidades. Una nación es un hecho cultural. Corresponde al Estado preservarla, garantizando el acceso de todos a la educación y la cultura, y asegurando que en los programas vigentes estén incluidas materias que, como la Historia, la Geografía, la Formación Cívica y la Literatura de Venezuela, transmiten al educando una imagen integral de su país. Compete asimismo al Estado apoyar las iniciativas y proyectos que indagan y conservan nuestras tradiciones, y las declaratorias de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural de aquellos lugares, monumentos y expresiones que lo ameriten. Le corresponde admitir que forman parte privilegiada de este patrimonio las prácticas vivientes, tales como las lenguas aborígenes y las expresiones afroamericanas. Sugerimos algunas iniciativas puntuales. Crear el decretado Museo Nacional de Historia. Rescatar Cubagua. No desamparar estudios sobre la realidad actual del hombre venezolano como el que avanza Fundacredesa. Estimular y reconocer las iniciativas que en igual sentido adelantan fundaciones, ateneos, particulares.

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No hay auge cultural sin protección y formación de creadores y promotores. Ello requiere impartirle a la promoción rango de disciplina reconocida, acreditada y dignamente remunerada. Incorporar la Educación artística en todos los niveles educativos como práctica creativa y no como mera acumulación de conocimientos. Instaurar un Sistema Nacional de Educación Artística y Cultural orgánico, coherente y coordinado, cuyos títulos estén reconocidos en el sistema educativo y tengan equivalencias legales con los expedidos por éste. Reestructurar los principales centros de formación artística a fin de que cumplan de manera plena sus objetivos y asegurar la creación y continuidad de instituciones de tal índole de nivel superior. Es indispensable perfeccionar los mecanismos de apoyo y estímulo a creadores y productores culturales, y racionalizar los procedimientos para otorgarlos. Eliminar, en fin, dádivas clientelares o gratuidades meramente destinadas a comprar conciencias o silencios.

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Hay que garantizar los medios para la divulgación cultural. Ello presupone reactualizar la concepción de servicio público en las políticas relativas a los medios de comunicación de masas. Implica adelantar el rescate o la habilitación de televisoras y radioemisoras para la difusión cultural. Continuar y ampliar las políticas de fomento y protección del teatro, el cine y el video nacionales. Aprovechar al máximo la capacidad vacante de editoriales e imprentas públicas para lanzar políticas masivas de difusión de libros, revistas y partituras. Sancionar medidas de protección arancelaria para los insumos y bienes culturales. Favorecer los proyectos de instalación de medios de comunicación alternativos promovidos por universidades, centros educativos, fundaciones sin fines de lucro y otros entes dedicados a actividades de interés social.

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Es indispensable, en fin, facilitar el acceso de las grandes mayorías a la cultura. Se debe estimular audazmente la experimentación en los géneros de los medios para las masas, tales como la telenovela, el comic, el videoclip y el espectáculo musical, para convertirlos en vehículos de mensajes culturales y recreativos de alto nivel. Hay que rescatar infraestructuras y locales, actualmente vacantes, subutilizadas o destinadas a tiempo parcial a otros fines, tales como auditorios de colegios u otras edificaciones públicas. Es preciso habilitar creativamente espacios públicos tales como plazas, parques, bulevares y locales deportivos para la recreación popular. Hay que estimular la inclusión en los acuerdos laborales de cláusulas que aseguren el disfrute y participación cultural de los trabajadores, velar por el cumplimiento de las ya acordadas y promover el buen uso del tiempo libre en actividades festivas, «cúlticas», de movilización popular y de turismo social.

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Para coordinar y promover tareas de tal magnitud es indispensable contar con órganos provistos de elevado rango ejecutivo, recursos suficientes, personal capacitado y normativas que le acuerden competencias y potestades suficientes. Los más altos directivos de dichos órganos deberían recuperar su rango ministerial. Es imperativo elevar la inversión cultural a los porcentajes del presupuesto público recomendados por la Unesco. Se requiere crear un organismo sectorial de la cultura que coordine los programas del área en cuyo cumplimiento colaboren diversos despachos. El servicio exterior debe perfeccionar sus actividades de difusión y apoyo de las expresiones culturales venezolanas en el exterior, y de rescate del patrimonio indebidamente llevado al extranjero.

9

Sólo mediante el ejercicio incesante de la creación se desterrará la cultura del autodesprecio y la desesperanza inculcada durante el medio milenio precedente. Para ello debemos atrevernos a la innovación permanente en lo social, en lo económico, en lo político. A régimen sin proyecto, cultura sin proyección.


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