Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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Puro Lusinchi

El Diario de Caracas, domingo, 29 de agosto de 1993

¡Tú no me vas a joder! ¡Tú no me vas a joder!

Carolina Espada, raro en ella, me llama a las ocho de la noche, preguntándome si me voy a perder a Lusinchi, cuando Lusinchi va y grita, arrechísimo, primo, furioso de espuma, primo, batido de puro arrecho, primo: ¡Tú no me vas a joder! ¡Tú no me vas a joder! ¡Porque eso fue lo que dijo! ¡Tú no me vas a joder! ¡Tú no me vas a joder! ¿Usted me está oyendo, primo? ¡Tú no me vas a joder! ¡Tú no me vas a joder! ¡Lusinchi, en persona! ¡Por televisión! ¡Tú no me vas a joder! Y allí estoy, lunes a las diez y hombre de citas aguardando ansioso mi ración de crónica, la patética pornografía verbal del ex presidente, queso de un ratón en el que no quiero convertirme, diciendo y repitiendo, tú no me vas a joder, tú no me vas a joder. En efecto la vida no me defrauda porque allí está en su despacho representativo, Jaime Lusinchi señalado por treinta micrófonos, motivo de lente exacto, blanco de lámparas que le hacen sudar, profiriendo, tal como fue anunciado, lo que veinte millones de venezolanos y dieciocho de caribeños acostumbramos proferir en circunstancias semejantes: tú no me vas a joder, tú no me vas a joder, es decir, tú no vas a joder.

La escena es estupenda, de esas que merecen una amplia felicitación de la Directiva de la Gerencia de Noticias dentro de una industria que premia los esfuerzos. Consiste en eso, exactamente: un señor mayor y de anteojos diciendo repetidas veces, tú no me vas a joder. De haberse incluido en un capítulo de telenovela, daría lugar a una multa de treinta mil bolívares con la correspondiente amonestación a cargo del Ministerio de Comunicaciones, pero al formar parte de la realidad, mucho mejor incluso, mucho más convincente que el más tumultuoso diálogo de Por estas calles, la palabra "joder" se convierte en testimonio y deja de ser fantasía. Mucho más: la palabra se hace gesto, porque en algún momento el que la pronuncia prepara el índice de la mano derecha y el albergue de la izquierda, como si deseara agregar un rabillo plástico, aquel mediante el cual los venezolanos acostumbramos prolongar el verbo joder, con la exclamación, ¡Miiiii! Y sin embargo, esta vez, no sucede: joder se queda en el aire transcurrido el estallido. Joder es el preámbulo de otro joder que viene.

Claro, es Lusinchi el sentado y en estas situaciones, un dignatario, según reza la costumbre, debe comportarse como Don Pedro Grases, sea cuál sea, el estímulo o la causa inicial del enojo. Tú no me vas a joder, dicho así a lo bestia, a lo Cela, es lo que somos a la hora de un deslinde; tú no me vas a joder proviene de la entretela nacional y cabe en un grito de Hernán Cortés al fondo de lo que solemos llamar cultura: ¡Tú no me vas a joder, Tehuantizipantli! Pero un hombre de estado, caballeros, todo un presidente electo, señores, debe ser necesariamente lo que no somos, debe empinarse por encima de nuestras miserables espontaneidades y exclamar con el didactismo del caso algo mucho más honorable, como por ejemplo: ¡tú no me vas a afrentar, Colmenares! ¡Tú no me vas a afrentar, Tehuantizipantli!, que es lo que hubiera dicho Don Miguel de Unamuno a las puertas de Salamanca. Eso haría, desde luego, a Lusinchi mucho más decente y menos cuestionable. Hernán Cortés, después de tanto ¿a quién le importa?

Allí estoy pues, lo confieso, lunes a las diez de la noche, pantalla digestiva, animado a compartir el asombro de Carolina, que ve en estas cosas y no sin razón, los signos de un país dispuesto a disolverse día a día en quincallas y reflejos verbales capaces de sustituir las expresiones. El cerdo que hay en mí disfruta gozoso esta mazorca puesto que nada hay más perversamente cómico que un hombre fuera de sí, sobre todo cuando este mismo ciudadano, escasos años atrás fue amplio motivo de himnos y protocolos institucionales que una modesta colección de videos revelaría no sin sobrecogedores asombros. Se entretiene mi común ante el espectáculo del poderoso humillado puesto que allí se hace patente, explícita, la noción del rasero en nuestro caso, sucedánea de la democracia. Lusinchi, hecho de una sola mejilla, es el gran animador del espectáculo y lo de que no lo va a joder nadie, va en serio. No lo va a joder, Curiel, Curielito que alguna vez le hizo antesala y ahora denigra. No lo va a joder Álvarez Paz, su compañero de viajes representativos. No lo va joder Caldera, que en aquella fiesta le manifestó su desdén por la partida secreta, que antes de salir de Miraflores quemó los archivos de unas denuncias, que rellenó de billetes un maletín destinado a impedir la nominación de Herrera Campíns; no lo va a joder Herrera Campíns, porque él salvó a la honorable esposa de Herrera Campíns en una escena digna de Casa de Muñecas; no lo va a joder Granier que buscaba unos dólares en el artificio de Recadi y fue a Miraflores con esa original demanda; no lo van a joder los homosexuales calamitosos, ni los jorobados agnósticos; no lo va a joder Tablante que era policía a sueldo y acusador ad honorem, no lo va a joder la memoria de su cargo, no lo va a joder nadie, puesto que al fin y al cabo toda la población del país pagó un recibo durante su mandato, necesitó del gobierno, reclamó una deuda, solicitó una intervención de las autoridades, escribió un papelito, se tomó un trago, vivió de un contrato. Nos conocemos, puesto que no es Carolina Espada la única prima en un país de primos. Faltaría decir: todos fueron tan cochinos como yo, tan ilegales como yo, tan soplamocos como yo. Todos somos inocentes, porque todos somos culpables.

Pero en esta respuesta de Lusinchi, desgarradora si se quiere, a la hora de rechazar el joder, se esconde una de las más graves calamidades de lo que en Venezuela hemos convenido en denominar pensamiento político, a falta de una definición más humilde o más reveladora de lo que discurrimos. Más que una historia, nos estamos refiriendo a unas reputaciones provinciales, más que a un método nos acercamos día a día, suicidamente, estúpidamente, a la simple constatación de unas porquerías sistemáticas. ¿Qué es Jaime Lusinchi, senador de Acción Democrática, jefe habitual de la fracción parlamentaria de ese partido y ex presidente de la República? ¿Dónde concluye su significado? En eso. Tú no me vas a joder.

Y al hacerlo, al cerrarse con una palabrota muchísimo más honda y más legítima que todas las que pronunció en el Congreso o durante el quinquenio, Lusinchi acierta como nunca en el gran conflicto nacional, que consiste en eso exactamente: la memoria del resguardo, la memoria condón que nos acerca a lo precavido y nos ubica en la realidad, aquello que los venezolanos acostumbramos a denominar, hijos de un buen castellano como somos, el rabo de paja.

Álvarez Paz, por ejemplo, no puede hablar y referirse en lo sucesivo al doctor Lusinchi, puesto que no tuvo el menor pudor en sentarse en el avión presidencial durante un ejercicio de comitiva. La simple presencia del ahora candidato en esos vuelos, el culo depositado en un asiento, anula cualquier otro comentario. Herrera Campíns menos, porque si diez años atrás solicitó una hidalguía con la doña, era Lusinchi, tan leproso como ahora o tan corrupto como ahora o tan jodedor como ahora. ¿Cómo puede criticar Curielito, después de lustrar algún butacón de Miraflores antes de pedir la gracia presidencial en un litigio de tierritas?

Así Lusinchi, estable un singular criterio: todos aquellos ciudadanos que alguna vez emprendimos alguna acción en Miraflores durante su gobierno, todos aquellos que alguna vez le narraron una cuita o le dieron una palmadita, somos tan mierdas como él. ¿No es eso?

No me atrevería a decir, sin embargo, que el ex presidente está exento de razones a la hora de renunciar a su papel de víctima. La respuesta visceral, explosión aparte, está a la altura de las acusaciones que le han sido formuladas y resultan tan ligeras como los agravios de una supuesta oposición que sin mediar la menor prueba, día a día lo acusa en la prensa o en la televisión de haber sido el autor o eufemísticamente, el responsable de los sobresbombas y del estallido de un automóvil propiedad del señor Zingg en el Centro Comercial Ciudad Tamanaco. Siendo así, menospreciando el más ínfimo respeto por los procedimientos legales, o incluso, policiales, cualquier joder es posible. Igual podría decirse, es marico porque yo lo oí cuando dijo que algunos homosexuales le caían bien, es el autor del crimen que se le atribuyó al padre Biaggi, es cualquier cosa, lo que usted desee, o mejor dicho, lo que a usted le convenga.

¿Es eso, pregunto, el imprescindible deslinde de unas posiciones? Esa lengua fácil que se va de la boca y que nuestra prensa transcribe a diario, ¿de qué diablos se nutre? ¿Cómo puedo asegurar, sin que me tiemble el pulso, a punta de boleo, a pepa de ojo, que Jaime Lusinchi es el autor de un sobrebomba dirigido al magistrado? ¿No sobra entonces la policía? ¿Tienen alguna vigilancia los tribunales?

País de apodos, la vocinglería de las reputaciones gritadas comienza a resultar bochornosa, sobre todo, cuando se nos invita a preservar la democracia y a condenar el terrorismo. No puedo creer que haya cobardía en las palabras del diputado Pablo Medina, cuando acusa a un sector de las Fuerzas Armadas de andar propiciando un golpe. Pero ¿dónde está el complemento, el argumento detallado, el yo lo vi, yo lo leí, a mí me consta, más allá de la galería complacida por mis cojones?

Era hasta hace nada la Corte Suprema de Justicia un antro de corruptos y el motivo de un inmenso desprecio, en lo que podría llamarse la matriz de opinión opositora. Juez, igual bandido, se convirtió casi en un resultado aritmético. La condena de Pérez, redimió a los magistrados y de la noche a la mañana, la misma institución con parecidos hombres, es un ejemplo de idoneidad y dama ciega que ni el quisquilloso Tribunal de Nuremberg. Aquí exalto al golpismo, allá lo condeno, aquí reclamo la libertad de Arias Cárdenas a fin de devolverlo al pueblo, pero el 5 de febrero, apoyo la suspensión de las garantías constitucionales y hago una excepción de mis habituales denuestos contra Pérez, porque el sistema ha sido amenazado.

Y cuando este país presiente la peor de sus pesadillas y haría falta alguna solvencia de juicio, la mínima posibilidad de una campaña electoral donde pueda debatirse un criterio, ahora, cuando ese criterio, ese vislumbrar el mes de enero, resulta indispensable, la respuesta no es más que un repertorio de etiquetas.

Caldera es un viejito populista incapaz de una miserable idea contemporánea. Caldera no me va a joder.

Álvarez Paz es el continuador exacto de la política económica de Pérez. Álvarez Paz no me va a joder.

Fermín es la expresión de los reaños de Alfaro. Fermín no me va a joder.

Curielito me hizo antesala. Curielito no me va a joder.

Granier quería unos dólares. Granier no me va a joder.

Lusinchi puso la bomba. Lusinchi no me va a joder.

Entonces, así... ¿quién nos va a joder?


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