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Sección: Bitblioteca
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Una incursión en Miraflores
Antes de que algún guasón comience a percibirme como una especie de Pimpinela Escarlata del presidente Pérez, permítame el lector aclarar por qué fui a Miraflores a sentarme, no sé aún si en su despacho o en un rectángulo crespista caribeño denominado sugestivamente el Salón Pantano de Vargas, denominación dicho sea de paso muy apropiada en los momentos que atravesamos. La confusión proviene de mi anfitriona, la Ministro de la Secretaría, una dama de espectaculares zapatos color nazareno, notablemente parecida a Lupita Ferrer. Llegué a las cinco y media de la tarde, más apoyado que guapo, porque lo hice en compañía del Ministro de la Cultura, quien en este tipo de protocolos se comporta como Necker en la corte de Luis XVI y me topé, simbólicos y reflexivos, junto a un busto de Napoleón Bonaparte, que tienen allí de centro de mesa a falta de mejor uso y más conciencia de la historia, nada menos que con Salvador Garmendia y Manuel Caballero a quienes uno esperaría ver no al lado del triunfador de Austerlitz sino debajo de un retrato de José María Vargas con fondo de gladiolas y nomeolvides, estratégicamente ubicado en un pasillo color merey cercano al mencionado busto, como para decir, aquí somos más cívicos que en Quito. Saludé a Adriano González León, mi complejo y mi mala conciencia de la vida desde que escribo telenovelas y a los pocos minutos estaba este servidor compartiendo un jugo de durazno de dudosa legitimidad con los más conspicuos representantes de eso que a falta de mejor nombre se denomina el estamento intelectual del país. Debo decir que jamás he sentido tanto orgullo de ser amigo de Salvador Garmendia, como cuando lo escuché decir, como si tal cosa, que él no podía quedarse demasiado tiempo hablando con el presidente Pérez porque tenía a las seis y media una conferencia sobre Rodin en el Banco Consolidado. En gestos como ese consiste la gloria de nuestro partido de la Maizina Americana, tan dignamente representado allí por el autor de Los pequeños seres y el de La dama de rosa. Por un momento pensé en José Gil Fortoul, setenta años atrás, comunicándole al sargento Tarazona, en el mismo pasillo y antes de una audiencia con el dictador Gómez: Viejito, dile al General que no se tarde mucho porque tengo una charla en el Club de Leones y no quiero llegar tarde. Me temo que su sentido de la responsabilidad no habría sido tan bien aceptado como lo fue el de Garmendia por Pérez, cuando una hora más tarde le dijo en mitad de la reunión. ¡Retírese, Salvador, y no haga esperar a los banqueros del Consolidado, no vaya a ser! Al ratico, después de dos juguitos, la Ministro de la Secretaría nos condujo a lo que ella llamaba el Salón del Pantano de Vargas y yo aprecié como el despacho del presidente de la República. La promenade me sirvió de visita turística, puesto que la otra vez que había estado allí, durante la gestión del doctor Herrera, en compañía de Román Chalbaud e Isaac Chocrón, no tuvimos tiempo de ver el palacio, de tan insólitos que nos parecieron unos guardias vestidos de cosacos siberianos, que a Herrera, vainas de él, le dio por tener junto a las puertas, que dan al patio principal como si aquello fuera el escenario de La guerra y la paz. Ahora, en estos tiempos de inquietud militar me pregunto si no haría bien el presidente Herrera en haber vestido a sus soldados de Miguel Strogoff, puesto que alzarse disfrazados de húsar y con esos penachos de pluma en la cabeza y esas calzas a lo Robin Hood, debe dar una pena horrible. A escasos metros del Pantano de Vargas, según entra uno en una antesala del más puro estilo belle époque habanero, descubre el visitante un óleo que representa una sorprendente botella de champagne Moët-Chandon, en pleno taponazo. Lo insólito es que la botella en lugar de expulsar burbujas o chorritos como toda botella alegre, dispara hacia el cielo un montón de angelitos tipo querubín, pero con alitas y todo. Dado que junto a mí estaba en ese momento nada menos que el padre Ugalde S. J., único representante de lo que podríamos llamar el clero intelectual en esa reunión, me permití ocultarle aquella ignominia y distraerlo haciéndole ver el techo de cenefas, un tanto más apropiado y decente, sobre todo tratándose de un sacerdote a quien no se le debe humillar con semejante destape. Esa botella pintada, me corto la cabeza, se la tiene que haber regalado Guzmán Blanco a la esposa del general Crespo durante algunas de esas presidencias interinas de cuídame el coroto a que era tan afecto el Ilustre Americano. No otra explicación puede tener semejante loa báquica tan sospechosamente cercana al simbólico Pantano de Vargas. Minutos más tarde nos recibió el señor Pérez, caracterizado de presidente sudamericano. Algunos periodistas me preguntaron después si lo había percibido nervioso o descompuesto. Yo lo noté, si se quiere, un tanto cenizo, pero en modo alguno nervioso. Por el contrario, me sorprendió su notable fluidez al invitarnos a tomar asiento en unos butacones fin de siècle, convenientemente dispuestos en círculo como en las sesiones espiritistas. A la izquierda del Magistrado se sentó el Secretario General de la Maizina Americana, Salvador Garmendia y a la derecha, como Dimas, Adriano González León. Yo compartí un mullido sofá retórico con don Pedro Berroeta y mi admirado Joaquín Marta Sosa. Entonces pensé para mis adentros, que de un momento a otro podría aparecer en ese salón el fantasma de Agustín Codazzi, porque no otra cosa podría esperarse de un círculo de intelectuales instalados en Miraflores, en tomo a una mesa. El presidente Pérez se mostró aleccionador en su introito expresado en el más franco estilo ruquiruqui. La democracia como baluarte fundamental de la sociedad. (Aprobado). La desafortunada, pero a la vez impostergable necesidad de suspender las garantías constitucionales. (Murmullos interiores a cargo de Manuel Caballero). La promesa de restablecer de inmediato el 66, vale decir, la libertad de expresión. (Alivios generales). La honda amargura del neoliberalismo como una trágica necesidad contemporánea. (Suspiros usuales). La precisión de que en Venezuela, tampoco es que hay demasiado neoliberalismo. (Expectativas globales). El estado calamitoso en que su gobierno encontró las finanzas públicas y la ya clásica referencia a los 300 millones de dólares en el fondo de reservas internacionales. (¿Y quién será el que raspó la olla?). La frustración de las grandes mayorías nacionales, que hasta el momento no han visto la Tierra Prometida, ni nada que se le parezca. (Silencio general y auténtico drama de quien toda la vida se complació en dar buenas noticias). Convocatoria a una reunión del sector intelectual con los ministros de la Economía, a fin de que se nos explique por qué estarnos como estamos. (Favor llevar un diccionario de lenguaje cuneiforme cuando hable Miguel Rodríguez). Doloroso reconocimiento de que en el país hay la corrupción que juega garrote, pero al mismo tiempo enfática aclaratoria de que su gobierno acabó con Recadi y que hoy en día la ley de licitaciones impide muchas vagabunderías (Sí, señor, pero, ¿quién acaba con el que hizo Recadi?). Inauguración de un diálogo con todos los sectores del país a fin de ver cómo hacemos. (Consenso general). Autocrítica de un Presidente aislado en un macromundo y franca necesidad de saber cuánto está costando el kilo de lagarto. (¡Hombre! ¿Es que si no qué hace mi tía María Luisa?). Crítica a los editores por no haberse comportado como dijeron que se iban a comportar después del madrugón. (Murmullos). No se trata de haber aprobado las palabras del presidente Pérez frente a las cuales mantengo todo género de discrepancias y reservas. Por el contrario, creo que las respuestas de mis amigos, fueron, con diversos matices, duras y en ocasiones reciamente agresivas. La reunión sirvió para conocer un punto de vista expresado con honradez de parte y parte. Desde luego hay allí un gesto, una necesidad del señor Pérez, de que se le perciba hablando con alguien como Manuel Caballero, más allá del simple ceremonial, de la consideración del intelectual como simple adornador de la sociedad. Eso lo honra y así lo reconozco. Pero lo honra, sobre todo porque Caballero, muy a diferencia de como fueron apreciadas sus palabras por un mezquino titular del diario El Nacional, absolutamente desacertado, nos conmovió a todos, no solo por la lucidez de su intervención, sino por la valentía de sus palabras. Y empleo la palabra valentía, no porque quiera aprovecharme de sus bigotes para hacerlo aparecer como una especie de Emiliano Zapata, reclamándole vainas a Porfirio Díaz, sino en el sentido de audacia conceptual, de dar en el blanco, de interpretar el sitio y el momento. Habló Caballero de un país expulsado, de un país no convocado, de una democracia que se ha convertido en abstracción económica donde el Presidente equivoca su verdadero liderazgo, convirtiéndose en un divulgador de redescuentos, tasas de inflación, diferenciales cambiarios y demás sortilegios probablemente oportunos en los hechizos de Pedro Tinoco a la hora de lanzar los caracoles, pero que poco o nada tienen que ver con otra realidad más inmediata, más significativa por lo que tiene de urgente, de ahora y de ya. Fue lúcida la convocatoria de Adriano González León cuando se permitió invitar al señor Pérez, toalla incluida, cualquier mediodía al baño turco de El Bosque, posiblemente el mejor escenario para hablar de política en este país. Pero si algo me hace admirar a estos gallos amigos, es haberlos visto reivindicar la miseria histórica del intelectual venezolano, reducido al tequeño o esas chapitas que se otorgan en Miraflores los días de fiestas patrias. Beatrice Rangel, la ministro de la Secretaría, tendrá en mi vida el significado de un día insólito donde en el palacio de gobierno se llegó un poco más lejos. Ver a Pedro Berroeta exigirle al Presidente una conducta capaz de responder al golpe militar con los verdaderos temas del país y no con simples acusaciones de vesania y traición, es casi historia en mi vida. Pienso que esta tarde el presidente Pérez, tuvo la buena suerte de un privilegio. Ojalá haya sentido, más que entendido, que Venezuela es hoy en día, después de 34 años de democracia, un país dividido, un país y un duplicado. La verdad cotidiana, la política que los venezolanos percibimos como real, no son esas declaraciones, inauguraciones, firmas y gestos que surgen del Palacio de Miraflores convertidos en la imagen del Gobierno, en lo que supone que el Presidente, hace por nosotros. Es por el contrario, el indignado comentario de un país donde la corrupción se ha instalado, simplemente porque goza de una casi absoluta impunidad. Suele ser más verdad este desagradable asunto que la inauguración de un hospital o el tramo de una carretera. Cuando el señor Pérez pone la mano en el fuego por su predecesor o por quien fue su jefe de seguridad, convierte ese hospital o ese tramo de carretera en una ficción. Él mismo se hace fantástico e irreal, porque en este clima de corrosivas sospechas, de incredulidades generales, el hospital se convierte en «quién se cogería los reales cuando se fabricó ese hospital», el tramo de carretera se transforma en malicia, en guiño, en «lo que hay detrás» más allá del pavimento convertido en cuenta bancaria, en refugio suizo, en simple vagabundería. La palabra «confianza» que con legítima razón preocupa al Presidente en esta hora difícil, va más allá de mostrarles a unos inversionistas los balances de pago a fin de exhibir una buena salud económica. Confianza, no es solo la oportunidad de hacer un buen negocio. Confianza, es un estado general de la opinión, que debería abarcar a quienes contemplamos desde afuera el negocio con el irrenunciable derecho de hacernos preguntas y encontrar respuestas. Establecido ese clima, el Presidente volverá a ser real, probablemente polémico, admitido o rechazado, pero en todo caso auténtico, y no una especie de Rocambole que choca en El Marqués a una ciudadana y le regala una Mitsubishi, chisme que fue categóricamente desmentido por el Primer Magistrado para alivio general de la concurrencia, no tanto porque el Presidente choque, sino porque ande regalando Mitsubishis. ¿Sirvió para algo esa reunión? se preguntará con razón el lector. Mi respuesta es sencilla: sirvió para demostrar, aparte de dos jugos de durazno, que en este país hay intelectuales. Está por verse si sirve para demostrar que en este país hay un Presidente. Hay un afán en Miraflores, lo entendí a la salida, de reparar troneras abiertas por los proyectiles del 4 de febrero. Casi no queda ninguna. No hay tierra, no hay polvo ni cascajos. La apariencia de majestad caribeña, se ha vuelto a instalar con eficaz prisa. Ojalá esa premura, se extienda al resto del país. Que tenga usted suerte, señor Presidente.
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