|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
La nueva utopía Ver Pierre Bourdieu, La esencia del neoliberalismo Roberto Hernández Montoya, Miseria de las naciones
Suele insistirse en estos tiempos en la necesidad universal de concebir una nueva utopía. Como el marxismo se volvió trasto, y su mayor esperanza es el disimulo (por ejemplo, ¿qué hacer con la momia de Lenin?) día a día, comienza a percibirse el inmenso vacío de la causa justa, de la transformación humana, de quitarle al rico para darle al pobre. Todavía los cálidos caraqueños, aplauden en el cine Altamira, la secuencia final de Robin Hood, tan contraria a la filosofía empresarial, y yo, que soy un resentido, llego a encontrar al señor Rojas, actual presidente de Fedecámaras, singularmente parecido al sheriff de Notingham, el villano de la película. Así, la historia se remite al sueño, y más de uno se reconforta con esta nueva visión humanística, según la cual el hombre no perderá jamás su justa rebeldía, su afán de justicia ni dejará de asumir la redención del paria como causa fundamental de vida. Será cuestión de aguardar al diseño de una nueva aspiración, y hasta un querido amigo tengo, que ve en Sendero Luminoso y en las peripecias del camarada Gonzalo, la prueba viviente de esa esperanza continua. Lo que nunca imaginé en mi vida es que la nueva utopía de la humanidad, sería el capitalismo. Refugios, compensaciones y sucedáneos de los buenos deseos ha habido en los últimos años. Noriega y Saddam Hussein, significaron nada menos que un futuro y fueron percibidos como estandartes del anhelado orden, novedosos representantes de los pobres, antes de que nos enteráramos de dos crudas verdades, esto es que el primero era un modesto y pertinaz agente de la CIA y el segundo un simple payaso bocón. A partir de esta hora, a su manera, trágica, el reclamo de una vida digna, la simple protesta ante el destino de las mayorías, la indignación frente al costo de una latica de petit-pois, han comenzando a verse como simples nostalgias de un pasado errático e imprudente. Es la hora de la verdad o si se quiere de la resignación ante la realidad. Emeterio Gómez me lo dijo en un artículo hace algunos años: el hombre es una mierda y el capitalismo lo expresa a partir de esa definición. Emeterio utilizaba la metáfora del lobo, tan querida por los ingleses, herederos aventajados de la Enciclopedia. De acuerdo a ella el mercado es la única realidad económica, y el juego de la oferta y la demanda traduce una condición humana, un verdadero soporte de la civilización desde el descubrimiento de la rueda hasta el mismísimo IESA. Vuelvo entonces al ejemplo del petit-pois. Se indigna usted ante el precio de esa latica, y la fama de Cro-Magnon no se la quita nadie. Me sucedió hace unos días, cuando me permití ante un grupo de economistas, consignar mi asombro por el alza del picante chirelito. Sentí una mirada fea, reprobativa, y de alguna manera civilizada. Fue entonces cuando alguien me dijo: José Ignacio, ¿tú no te has dado cuenta de que se cayó el Muro de Berlín? Por un momento pensé en qué diablos tenía que ver el Muro de Berlín con el precio de chirelito, pero opté por callarme porque hoy en día uno no puede hablar con un rico, o con un teórico de la riqueza, sin que nos acompañe la sensación de estar metiendo la pata y diciendo una estupidez. Te miran, en efecto, de arriba a abajo, se les dibuja una sonrisita de esas de ¿y ese pendejo de dónde sale?, y proceden a calificarte de simpático, o de gracioso, como si uno fuera un osito panda extraviado en un coctel del beneficio. Hace unos años, los capitalistas de entonces discutían por lo menos su vaina y decían frases por el estilo de: ¡Sí hombre, bolsa, vete a vivir a la Unión Soviética y ponte en la cola para ver si consigues queso! Hoy, ni eso. Hoy chasquean la lengua y de casualidad no hacen una colecta con la intención de mejorarles la vida a los rusos. El lector se imaginará el drama de mi vida: una existencia donde cada día hay menos interlocutores, menos personas con quienes polemizar. Debe ser por eso que le busqué pleito a Ocarina. Años atrás yo era idéntico a estos economistas que me acaban de hacer el vacío del chirelito, remitiéndome al Muro de Berlín. Yo tenía mi muro, mi constancia, mi pasaporte en regla con el visado del futuro. Cuarenta de mis años fueron vividos con extrema seguridad, con la sensación orgullosa de pertenecer a la causa justa, al extremo del mundo, y no precisamente por pertenecer al club de admiradores de la Unión Soviética, sino porque en Venezuela, que al fin y al cabo es mi único extremo, la gente del MAS, había comenzado a poner las cosas en su sitio, a liberarse del sambenito de Sajarov y de las cochinadas burocráticas de Brezhnev. Pero cuando me hicieron el «fo» del chirelito sentí una sensación de tránsito, de vida pasada, algo parecido a lo que debe sucederle a un anciano de Guasipati, durante una visita al Departamento de Computación de Maraven. ¿Y esto? Pero no todo es sonrisita. Hay otra faceta que había logrado descubrir en mis conversaciones neoliberales. Es cuando Moisés Naím o el querido Emeterio Gómez se te quedan mirando, superado ya el reconocimiento maorí, y acceden a explicarte el nuevo orden, como quien se dispone a una piadosa pedagogía. Es cuando te expresan que no hay remedio, que los intentos de ajustar al mundo hacia lo equitativo pertenecen a la poética y al desván de las buenas intenciones. Suelen comentar esto con rostro benigno, casi con la recóndita complicidad de quien te dice: Yo también, mijo, tuve mis sueños y mis ilusiones. Yo me leí Los miserables y sentí mi vainita, cuando el policía persigue al Valjean por robarse una canilla en la panadería. Pero el mundo es una crueldad infranqueable, un pupú real y cada vez que alguien decide salvarlo, el asunto termina en un desastre o en un mono encaramado en el poder. Debo decir que este tipo de consuelo lo soporto en Emeterio, que es un señor de mi edad más o menos, pero me deprime y me revuelve en Naím, un carajito que podría ser hijo mío a pesar de que llegó a ministro. Es el capitalismo como una resignación angustiada, instancia anterior a toda utopía. Su icono es Reagan, nada brillante, nada excepcional, quién sabe si un señor bastante bruto, pero dotado de una extrema virtud, esto es, haberle apostado una gestión al presente, al aquí estamos para vivir sabroso a partir del próximo miércoles, sin preocuparnos demasiado por el viernes, pero sin ser totalmente irresponsables con el jueves. Así se habla de una economía en flotación, de una armonía generada por las simples leyes del mercado, donde el hombre se ubica y corre sus riesgos en el camino hacia la calidad de la vida. Suele invocarse entonces a Darwin y su teoría del más fuerte, después de un suspiro resignado. Es cuando Naím te dice que Jean Valjean, en el capítulo 37 de Los miserables, ha debido aclarar su situación del pan robado, en la PTJ donde el comisario Yánez se habría mostrado comprensivo y de allí, haber acudido al Ministerio de La Familia, con la intención de obtener una beca alimentaria prevista por el presidente Pérez. Nada más puede hacerse. Es más: es mejor no intentar algo diferente, no vaya a romperse la flotación, o el mi bemol donde se albergan las sonoridades de tan espléndida sinfonía social. Confieso que me había resignado. Me sucedió el 14 de julio de 1989, cuando me visitó Teodoro Petkoff en un trance de spaghetti. Como siempre el diálogo se inició con el clásico: ¿cómo está la vaina?, apetitoso y estimulante. Teorizó Petkoff algunas consideraciones más o menos rituales sobre la corrupción ambiental y por un momento, cuando el búlgaro se deslizaba por alguna repotenciación o compra de municiones yugoslavas, sentí la implacable necesidad de preguntarle: ¿Tú no crees que estamos bien jodidos? No el país, sino nosotros. Porque hasta ese día, mis conversaciones con Teodoro, por citar mi emblema favorito, se referían al país jodido. Pero esa noche, saltándome el pudor de treinta años de amistad, yo quería hablarle de nosotros jodidos y arrinconados y pulverizados por Emeterio, arriesgándome incluso a no ser entendido. Quería decirle que Naírn me acomplejaba, que me sentía Guzigú, que en lo sucesivo me refugiaría en la piscina del hotel Macuto Sheraton o en la acariciada fantasía de terminar mi vida en un pueblito llamado Santa Fe, convertido en maestro de escuela y relatando mis sempiternas anécdotas del general Bolívar. Me inhibí por el insondable respeto que le tengo, pero debo haber puesto cara de teórico neoliberal cuando le escuché decir que el MAS, gracias al cielo, había comenzado a ser un partido plebeyo de orgulloso mal gusto. Me maravilló esa esperanza porque, en el fondo, había comenzado a asombrarme cualquier persona capaz de hablar de cambio y de injusticia. Unos meses después le habría hecho la pregunta del chirelito: ¿tú no te has dado cuenta de que se cayó el Muro de Berlín? Esa noche dormí poco, de tanta conciencia remordida. Después opté por pensar que era un destino, una manía suicida, como la de los protagonistas de ese portentoso western llamado La pandilla salvaje, ladrones, aventureros que eligen la muerte por simple fidelidad a un principio que ni siquiera conocían. Y acepté resignado el error de mi vida. Después de todo, una equivocación no es más que el matiz de una conducta. Hasta ahora, cuando creo haber descubierto, por lo menos en mi propio código, el tercer rostro de esta farsa, el desenlace de la flotación y el mercado. Permítame el lector enumerarlo de esta manera:
Pero hay una diferencia. Y es, ante nuestro asombro, el establecimiento de una nueva utopía, que nada tiene que envidiarle al marxismo-leninismo, a las profecías de Stalin, a las ensoñaciones de Fidel, a los poemas de Pablo Neruda y a todos los que proclamaron al hombre nuevo, antes de la caída del muro de Berlín. Es cuando el nuevo capitalismo nos dice: muchachos: estamos ahora en un túnel, estamos enderezando el timón de la historia, hay hambre, hay necesidad, hay pobreza e injusticia. Pero acabamos de entrar en la ruta correcta, en el viento de la historia, en el futuro luminoso, medio metro más allá de esta sombra provisoria donde nos encontramos. Es cuestión de esforzamos, de apretamos la correa, de admitir el tránsito penoso al cambio del desenlace formidable. Los precios flotan, el mercado protagoniza, la maquinaria de la economía acaba de encenderse. Pasaremos hambre, sentiremos la desesperanza, pero al final nos aguarda un futuro hermoso donde todos seremos prósperos y felices, donde cada hombre encontrará su sitio y su acomodo, donde superaremos el odioso pasado y entraremos en el jardín de la humanidad nueva. Que nadie nos toque, que nadie mancille la ruta. Ciertamente, el Paraíso sigue quedando lejos, pero con buen ojo y mejor criterio, puede verse en lontananza. ¿No era lo mismo que decía Lenin, en 1919, antes de transformarse en momia? ¿No será que hemos cambiado simplemente, el rumbo de la esperanza? ¿No es esta la nueva utopía? En ese caso, prefiero el cachivache anterior. Solo porque era un poquito más decente, un poquito más mentiroso. O quién sabe si más loco.
|
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|