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Si es Pérez, que no estoy
Ver artículo anterior: De verdad, a Pérez Tenía pensado escribir una carta regocijada a don Luis Piñerúa, felicitándolo por haber aceptado el Ministerio de Relaciones Interiores. Era un gesto, después de todo, un momento culminante, algo así como el capítulo cincuenta de El Conde de Montecristo, cuando Dantés se embojota en el saco y los carceleros dándolo por muerto lo arrojan al mar. Ciertamente, la venganza, al igual que las chuletas de cerdo, es ruin y propia de almas inferiores. ¡Pero qué sabrosa es! Anhelaba decirle, al querido don Luis, que por fin había llegado la hora de hacer justicia, y me lo suponía acaudillando una asamblea de policías, como el sheriff de Tucson cuando matan al muchachito. Casi podía oír sus palabras: Muchachos. Los quiero a todos presos. Quiero a Lusinchi preso. Quiero un comando estilo israelí en Miami y a la Ibáñez en Maiquetía, este viernes. Quiero que le monten un operativo a Zoppi en la Corte Suprema y al menor desliz, me lo encanan. No tolero una sabandija más en mi territorio. No acepto un corrupto desde aquí hasta San Antonio. ¡Muchachos! ¡Acción! ¡Pago a fuerte el ladrón, así que háganse millonarios porque los hay como soya! Esperaba eso y tenía el derecho a fabularlo. Porque el nombramiento de Piñerúa era el gesto que todos necesitábamos de Pérez, el inicio dramático de una rectificación visible, de Rubio a la historia, mucho más allá de continuar hablando de las bondades de la democracia en Guatire, como don Joaquín Trincado, cuando invocaba ectoplasmas en México. Tuvo el Presidente un buen tino, un instante lúcido en medio del drama que vive, al pensar en el nativo de Güiria como custodio de la institucionalidad, puesto que no existe un venezolano capaz de concebir a don Luis cometiendo una vagabundería. Sería algo tan insólito como imaginar al doctor Caldera rodeado de chicas en un yate, a menos que se tratara de un crucero de las ursulinas. Mi propia experiencia me lo dice, de este viejo puercoespín. Pero el hombre no quiso. No quiso, o no quisieron aceptarle sus condiciones, que de todo se ha dicho en relación a esa inesperada negativa de mi gallo, don Luis, a mucha honra. Declina el adeco de platino, pinchándome las ilusiones, ¿y a quién nombra Pérez en el Ministerio de Relaciones Interiores? A Carmelo Lauría, ¡a Carmelo Lauría, compatriotas! ¡Al dilecto de Jaime Lusinchi, vale decir el enemigo mortal de Pérez! ¡Al representante esencial de lo que el presidente de la República dice combatir en este instante cuando habla de Recadi o de la nueva ley de licitaciones! ¡Al hombre equipo del turno anterior! ¡Al representante del gabinete togado en la Universidad Santa María para aplaudir a la señora Ibáñez cuando se graduó de jurista! ¡Al emblema del gobierno que raspó la olla, según palabras de Miguel Rodríguez, dichas sin vuelta de hoja en Miraflores! Confieso que desde esa hora he dejado de entender al señor Pérez y su absurda manía, suicida en este caso, de echar todo por la borda, de botar el juego en un momento donde el país clama desesperadamente por cualquier gesto limpio capaz de inspirar confianza. Ni Javier Solís, cuando se hacía el despechado. ¿Será, me pregunto, que el Presidente piensa que todo pasó, que la cosa se hizo Pepe Grillo, que el intento de golpe fue un malhumor de tenientes, un episodio superado y sin consecuencias como las películas de Bruce Willis? ¿Será que Pérez se ha creído sus propias palabras, voceadas para el consumo de la esperanza, del buen deseo, como quien asegura después de un terremoto que la tierra no volverá a temblar hasta el próximo milenio con la única intención de darse ánimo y reconfortar a la familia? Porque no tiene otra explicación, pasar en venticuatro horas, de Piñerúa a Lauría, de los Mellizos de Minnesota a los Cerveceros de Cagua, a menos que nos haya dado por el spleen y el a mí qué? ¿Puedo entender que el presidente Pérez, amanezca un día en el buen deseo de nombrar a don Luis, con todas las implicaciones que semejante decisión habría tenido en el alboroto nacional y que al recibir una negativa monte en el mismo autobús, con idéntico pasaje, a un ciudadano que no es ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, para seguir riéndonos del mismo chistecillo? Es como si un productor de cine dijera: Como en esta película no tengo a Julia Roberts, voy a darle ese papel a la India María, que con un rellenito por aquí y una alisadita por allá, sale adelante. ¿Quién es Pérez? Esa es la pregunta que me hago desde que amaneció el lunes. ¿El secretario afortunado de Betancourt? ¿Aquel señor de patillas que saltaba charcos? ¿El interlocutor de la Internacional Socialista? ¿Un animal político a la manera de Aristóteles? ¿O un político animal, según creía Darwin a la hora de visitar el Ecuador? El nuevo gabinete del presidente Pérez es un anticlímax, prácticamente la ratificación casi olímpica de que aquí no ha pasado absolutamente nada, que las tanquetas y las troneras fueron un simple arrebato, un incidente fortuito y sin consecuencias mayores que lamentar. Lejos de defender la democracia, como desea el oral profesor Cova, este gobierno se mira el ombligo y se cuenta los dedos de los pies para entender que son diez y que seguirán siendo diez en los próximos años, como todo lo que se constata y se da por hecho. Es insólito. No ha pasado nada. Tres huecos en los espejos de Miraflores que pasarán a ser motivos turísticos, visitas guiadas, y todo normal, todo de martes para miércoles como el movimiento de la bodeguita Mi Esperanza, santamaría que se alza a las siete y media, santamaría que se cierra a las ocho, después de apagar los bombillos. Rutina. Sábado de cerveza. Nada. ¡Y después hablamos de Fidel Castro, que es como escupir a la familia, porque jamás vi primos tan parecidos! Debe ser, me digo, quién sabe si por encontrarme, que el poder enloquece a los hombres de tanto medirlos... Doy por sabias, las palabras de Esquilo al final de Las coéforas: Es la tercera tormenta que con tremendo empuje se descargó repentinamente sobre esta regia mansión. Niños devorados, fue el primer hecho. El segundo, la muerte de quien mandaba la armada. Ahora, en tercer lugar, viene éste: ¿Qué trae? ¿Diré, salvación? ¿Diré ruina? ¿En qué acabaría en que llegará a su fin, dormido ya para siempre el rencoroso encono? Tendremos que volvemos griegos para asumir por qué Pérez ha dejado de entender lo que sucede. Es un sino. La Moira. Edipo enamorando a su mamá. El país, digámoslo con la esperanza de ser leídos, no da un centavo por este gobierno. Nadie cree en este gobierno. Nadie le augura buenos deseos, ni esperanzas de rectificación. Nadie contesta el teléfono. A los venezolanos de esta hora les importa un bledo la rectificación o la aurora. Andrés Eloy Blanco Iturbe es el jefe de la peor agencia de publicidad del país. Aquella que anuncia carne podrida, huevos pasados y exceso de carbohidratos. Desgarradoramente, duélale a quién le duela, la democracia, esa que comenzó con Larrazábal, minutos después de que el general Pérez Jiménez arrojaba malhumorado su guerrera en el avión que lo llevaba a Santo Domingo, ha dejado de ser una razón de vida. Tragedia nacional. Dolor de la razón. Nadie concibe ni entiende el motivo mediante el cual los quinquenios constitucionales son una maldición inconmovible e inmodificable. Nadie entiende por qué el gobierno no renuncia después de semejante crisis, vale decir, por qué el presidente Pérez no salva la democracia, no somete al país a un referéndum, aunque sea como el de don Vicente Emparan con dedito de cura chileno incluido. Es que en 1810 lo veíamos con mucho mayor claridad a pesar de ser una colonia de iletrados. ¿Me queréis por vuestro gobernador? No. No te queremos, viejo, ¿qué te vamos a querer? Entonces, nos veremos en Madrid, porque yo tampoco tengo que estarme aquí con este solazo. Y se acabó. ¿No es eso lo que nos ronda? El Presidente necesita un relanzamiento. Un borrón y cuenta nueva, ya y ahora. El Presidente debe encabezar la democracia, asumirla con todas sus consecuencias, simplemente porque no somos una monarquía ni hay el menor derecho divino en Miraflores, ni nos obliga nadie a vivir un acto trágico a partir de que nos ensuciaron el meñique. El Presidente debe considerar la opción del atascamiento y del no va más. Es su deber. No es el primer gobierno del mundo que estalla en pedazos, que se hunde en sus contradicciones, que se declara incompetente porque el momento lo rebasa. Voltear la página es señal de madurez. Y lo honesto, para seguir con Esquilo, es lo que hace Orestes, que lo quisiera yo en este país aunque sea de gobernador del Estado Guárico, cuando en el extremo del fracaso convoca al pueblo ateniense y se somete a un plebiscito: ¡Que termine la Discordia! ¡Que no se enrojezca el polvo de esta plaza, con la sangre ardiente de sus ciudadanos, que unos a otros en venganza se matan con ruina perdurable para el pueblo! Que sea el mismo amor, para todos los corazones. Y el mismo odio. Para bien uno y para mal el otro. Que la asamblea diga. Tal es la más bella forma de remediar innumerables males entre innumerables hombres. La solución no es exigirle al doctor Úslar, mediante oficio de tribunal, el nombre de unos corruptos para aparentar que la semana sigue. Pérez sabe quiénes son los corruptos, por Dios de la vida, a menos que haya olvidado distinguirlos de tanta costumbre y tan frecuente paisaje. No es ese el gesto. El liderazgo es devolverle el rostro al país, es provocar el punto final de esta estúpida comedia de gracia vencida. Es ver a Pérez en televisión diciendo, en la más pequeña de las medidas, que la hora de dudar de sí mismo ha llegado, que es posible que su gobierno haya sido un desastre, que su política de servirle de escudo, confiado en un carisma, al partido del señor Lusinchi, es un endemoniado fracaso. No es la esquina de la democracia el refugio de este aguacero. No es un paragua retórico, ni el recuerdo de la pipa de Betancourt, la manera de conjurar esta lamentable adversidad. Porque el señor Betancourt, cerca ya del desenlace, amargó sus últimos años diciéndole a quien quería oírlo, un rabioso discurso sobre la corrupción convertida en pesadilla, una bilis derramada sobre Morales Bello convertido en estigma, un hartazgo de viejo maniático por lo que pudo ser y no había sido de tanto pillo escondido al pie de la antorchita. ¿Qué? ¿Lo llevamos también a la oficina del Fiscal General para que diga nombres? Me devuelvo al comienzo. ¿He acusado al señor Lauría de corrupto? No. Lo acuso de emblema. Más que su obra de político malcriado y efectista, me interesan su significado, sus lealtades, sus razones de vida. Lo rechazo como Ministro del Interior. Me parece un disparate y sostengo que es el peor hombre en el peor momento. representa la desazón de la calle y por el contrario reduce la hora a un gesto obtuso a una simple falta de inspiración. Es la soledad de un hombre que llama por teléfono y consigue pausas en lugar de respuestas. No estoy. El señor salió. El señor está viaje. El señor no dijo cuándo venía. En lugar de decir, el señor no quiere formar parte del gabinete. El señor no compra en bodega quebrada. Después de todo, mi oficio es el drama, hasta el último día de mi vida, conservaré el recuerdo de Pérez en Miraflores. Es un tema. Como esos que discutí con Rafael Briceño, camino de Maracay. Shakespeare habría escrito una segunda parte de tanto estímulo. Un hombre y un fantasma. A escasos metros del palacio, el espacio es suficientemente grande como para reproducir la plaza donde Orestes creyó en la democracia. Cabe el pueblo. La asamblea puede aún decidir. Más allá, están los cuarteles. Esparta. No Atenas. Y por tercera vez, Esquilo. Que vuestro amor, ciudadanos, a su amor corresponda. Y unidos todos hacia la prosperidad haréis subir el pueblo, Y cuanto es vuestro por las sendas rectas de lo justo. Que la plaza crezca. Porque de otra manera... ¿qué más puede crecer?
Ver artículo anterior: De verdad, a Pérez Coedición con |
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