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[Carta abierta al presidente Hugo Chávez Frías] Conferencia Episcopal Venezolana Miércoles, 17 de mayo de 2000 Respuesta de Hugo Chávez Frías
Sr. Hugo Chávez Frías
Apreciado Señor Presidente:
En la celebración del Viernes Santo hay una oración especial por los gobernantes «para que Dios nuestro Señor, según sus designios, les guíe en sus pensamientos y decisiones hacia la paz y libertad de todos los hombres». La primera referencia interior de todos los obispos y sacerdotes, estamos seguros, fue por Usted y por Venezuela. Esta oración no podía dejar de lado el trasfondo de los ataques y agresiones a la Iglesia que desde hace algunos meses y en estos últimos días, ha dirigido Usted y algunos miembros de su Gobierno contra la Iglesia Católica y contra su Jerarquía. Por ello, los integrantes de la Presidencia de la Conferencia Episcopal sentimos el deber de conciencia de hacerle, con toda sinceridad y respeto, las siguientes consideraciones a la luz del Evangelio de ese mismo día: «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿Por qué me pegas?»(Pasión según San Juan). Acudimos al género de una «carta abierta» porque se trata de asuntos que han sido ventilados públicamente y porque desde la Presidencia anterior de la CEV no ha sido posible establecer un diálogo directo e institucional con el Primer Magistrado. 1.- Usted afirmó en La Habana, en noviembre pasado, que la Iglesia católica en Venezuela era cómplice de la corrupción porque había callado durante los últimos cuarenta años. Hace unos días, desde el mismo lugar, y a su regreso, se expresó en términos semejantes. Es conveniente hacer memoria, porque eso no es cierto. La Conferencia Episcopal Venezolana acaba de publicar en dos tomos titulados «Compañeros de camino», los mensajes, cartas pastorales y exhortaciones dirigidos a los católicos y a los hombres de buena voluntad, en los que consta que se ha hablado y mucho, colectiva e individualmente, sobre la situación del país, la necesidad de cambios profundos y la referencia ética que debe acompañar la conducta política. Estos mensajes han sido más claros y concretos en los últimos veinte años, cuando el deterioro del sistema político venezolano comenzó a ser preocupante. La historia nos enseña que no ha sido fácil para el episcopado mantener una postura serena, clara, de aprobación de lo bueno y de sana crítica. Casi siempre, desde las instancias de poder, existe una resistencia a encarar verdades, a recibir advertencias, a aceptar cuestionamientos, a reconocer errores. Usted mismo después del 4F, ha afirmado reiteradamente el importante papel que la Iglesia ha jugado en Venezuela. Y Usted y sus compañeros de alzamiento han sido testigos de la intervención de la Conferencia Episcopal, a través de varios obispos y sacerdotes enviados por ella, en la defensa de sus vidas, de su integridad física y de todos sus derechos ciudadanos. La mediación de la Conferencia Episcopal, igualmente, a petición del Gobierno presidido por Usted, en el conflicto del año pasado entre la Asamblea Nacional Constituyente y el Congreso Nacional, fue aceptada por nosotros por razones superiores. La paz, la convivencia y la institucionalidad de los venezolanos están por encima de cualquier parcialidad. Allí se juega la calidad de vida de todos. Basta recorrer las páginas de la prensa de esos días para ver los conceptos emitidos por algunos de los más altos personeros institucionales, en su mayoría correligionarios suyos, con reconocimiento o agradecidos por la labor de la Iglesia Católica. ¡Cuántas veces nos lo señalaron algunos de ellos en los frecuentes encuentros habidos en la sede de la Conferencia Episcopal! Nuestra postura no es producto de estar a favor de ningún movimiento ni en contra de ningún gobierno. El valor supremo de la vida y de los derechos humanos de cualquier persona o grupo, en cualquier circunstancia, es razón suprema para arriesgar vida y fama. Y para el cristiano es exigencia del mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo. 2.- En ocasión de la reciente Asamblea Episcopal Extraordinaria de Guanare (11-13 de abril), señalaba el Presidente de la CEV que «la situación del país ofrece elementos que requieren un análisis y una visión desde la óptica concreta de lo religioso y lo ético». Entre los aspectos concretos, figuraban: el valor ético de la verdad en la vida pública, ante el mentir sistemático; la necesidad de trasparencia, credibilidad y representatividad del Consejo Nacional Electoral para que tenga la fuerza moral y pueda ser árbitro indiscutido del proceso comicial; la falta de institucionalidad ante la provisionalidad legislativa que abre brechas a la discrecionalidad. La respuesta fue: «una cúpula de obispos pretende oponerse a los cambios», porque «uno, dos o tres obispos son parte del régimen anterior»...»porque aquí hay muchos obispos que tienen otra actitud»...»no puede esconderse detrás de una sotana para decir que le están faltando el respeto a la Iglesia»... Se responde, en efecto, descalificando e insinuando división. ¿De qué cambios se trata? ¿Todo cambio es válido, sin más? ¿Señalar la necesidad de clarificar principios y defender valores es pertenecer al régimen anterior? Si el argumento esgrimido fuese válido, valdría la pena devolver la pregunta: ¿Representa su opinión el pensar y sentir de todo el gobierno y de todos sus seguidores? O, el parecer de la cúpula gubernamental? ¿Qué se esconde siempre detrás del poder? ¿Cuál es la permanente tentación de sus tentáculos? 3.- Aducir falta de unidad en el episcopado, acusar en el contexto reciente venezolano, de conducta cupular y hacer referencia reiterada a amistades personales de clérigos que representan, ipso facto, compromiso con su proyecto político, es, al menos, una ligereza cuando no una manipulación indebida. Es jugar, apostar o suscitar a una división de la Iglesia que no existe. No es papel de la Jerarquía de la Iglesia proponer ninguna opción o proyecto político concreto como «el único proyecto válido», sino «dar al César lo que es del César». Todas las opciones políticas son parciales, incompletas, perfectibles. No se pueden proponer como el proyecto que Dios bendice; y quien no lo sigue está con el diablo. Eso es falso. Es hacer absoluto un proyecto político y convertirlo en una ideología, y eso no puede ser porque «hay que dar a Dios lo que es de Dios». A ese respecto, vale la pena recordar este texto del Documento de la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla de los Angeles: «Las ideologías llevan en sí mismas la tendencia a absolutizar los intereses que defienden, la visión que proponen y la estrategia que promueven. En tal caso, se transforman en verdaderas «religiones laicas». Se presentan como «una explicación última y suficiente de todo y se construye así un nuevo ídolo, del cual se acepta a veces, sin darse cuenta, el carácter totalitario y obligatorio» (Octogessima Adveniens 28). En esta perspectiva no debe, extrañar que las ideologías intenten instrumentar personas e instituciones al servicio de la eficaz consecución de sus fines. Ahí está el lado ambiguo y negativo de las ideologías» (Puebla, 536). Pero es más peligroso aún, confundir y emitir juicios sobre «la verdadera Iglesia», trayendo como testimonio la prédica de un ex sacerdote para mostrarlo como el rostro de la Iglesia. Así apareció el Domingo de Ramos en su programa radial. No juzgamos a la persona, -quien libremente optó por dejar el ejercicio del sacerdocio-, pero sí la representatividad que pueda tener alguien que ha abandonado una función institucional para hablar en nombre de dicho cuerpo. ¿Aceptaría Usted, que las clases de ética a los cadetes de la Escuela Militar las diera un oficial expulsado o que dejó la carrera militar por otro oficio? ¿Juzgaría Usted correcto u oportuno que la «revolución chavista» la explicase alguno de los que estuvieron con usted y ahora no lo están? ¿Qué explicación tendría, que un opositor a su gobierno adujera ser amigo de diversos miembros del mismo, y afirmara que por esa razón, lo seguirían a él más que a usted? ¿No se debería calificar eso de manipulación indebida, de distorsión o falsedad de la realidad? 4.- Con frecuencia utiliza Usted el lenguaje religioso y citas bíblicas para avalar su proyecto, su programa e incluso sus medidas políticas. Dice Usted, y con razón, que la Biblia es patrimonio de todos los cristianos, quienes, por lo mismo, pueden hacer uso de ella. Pero, lo que no es válido es interpretarla de cualquier modo. Menos aún, lo es querer encontrar en textos de la Sagrada Escritura, pruebas fehacientes de que Dios está con mi causa, para concluir que el que no está conmigo está contra Dios. Las Cruzadas se hicieron poniendo por delante que Dios estaba con sus promotores. Con los otros, con los enemigos a vencer, estaba el demonio. Dicha argumentación fue y es una barbaridad. Ello mismo llevó entonces a una purificación del lenguaje y del manejo de lo religioso. Y el Santo Padre Juan Pablo II ha renovado solemnemente, hace poco, la solicitud de perdón, por cuestiones semejantes. En ese sentido, Dios no está ni bendice ningún proyecto del hombre, en ningún campo, incluido el político. Es el hombre quien debe adecuarse, examinarse, preguntarse, si lo que hace o propone está conforme con lo que Dios quiere. Dios es la medida del hombre y no el hombre quien domestica a Dios y lo vuelve aliado de su causa. El Documento de Puebla nos ilumina de nuevo: «Las idelogías y los partidos, al proponer una visión absolutizada del hombre a la que someten todo, incluso el mismo pensamiento humano, tratan de utilizar a la Iglesia o de quitarle su legítima independencia. Esta instrumentalización, que es siempre un riesgo en la vida política, puede provenir de los propios cristianos y aún de sacerdotes y religiosos...La tentación de otros grupos, por el contrario, es considerar una política determinada como la primera urgencia, como una condición previa para que la Iglesia pueda cumplir su misión. Es identificar el mensaje cristiano con una ideología y someterlo a ella, invitando a una «relectura» del Evangelio a partir de una opción política. Ahora bien, es preciso leer lo político a partir del Evangelio y no al contrario» (558-559). 5.- Una última consideración de índole histórica y de proyección institucional. Sus juicios sobre la Iglesia y la descalificación genérica de la misma, son los más negativos emitidos por un Jefe de Estado en toda la vida republicana. Qué lejos están esas expresiones del auténtico ideal bolivariano: «Protegeré la religión hasta que me muera» (Carta a María Antonia Bolívar, 27 de octubre de 1825). No se trata de un texto aislado y familiar, es el reflejo de una postura que mantuvo cada vez con mayor convicción a partir de los años que siguieron a la gesta emancipadora. Ni siquiera los presidentes que expulsaron sacerdotes, religiosos y obispos se valieron de semejantes calificativos. Sus argumentos se movían en el plano de la Ley de Patronato y en determinadas ideas acerca del progreso de las ciencias. En cambio, puede Usted afirmar responsablemente que: «Ellos (los obispos) estaban allí cuando los presidentes se daban abrazos y levantaban la copa de vino y rezaban juntos. Sabían que esos presidentes estaban robando al pueblo, y los bendecían, bendecían el robo»? Si esto se dice de la Iglesia, qué se puede esperar para el resto de las instituciones del país y para los ciudadanos individualmente. Su opinión contrasta con la alta credibilidad de que goza la Iglesia como institución en la sociedad venezolana. Esto, si bien debemos asumirlo responsablemente, es producto del compromiso real con las mejores causas de los más pobres y necesitados. Los sacerdotes, monjas y seglares que trabajan en los barrios, en las zonas marginales, en las fronteras, en las escuelas, orfanatos, asilos, etc. no son personas castigadas que cumplen un obligado ostracismo. Es la presencia de la Iglesia toda y una que concreta el precepto del amor en cualquier ambiente o situación. ¿Sería válido afirmar que Usted no trabaja por los más necesitados porque anda en limosina, con escolta, vive en palacio y come con los poderosos de la tierra? Todos cometemos errores, también los hijos de la Iglesia, así seamos obispos o el último de los bautizados. Si hubo hechos aislados de complacencia o de silencio ante situaciones morales escandalosas, no por ello se puede emitir una condena general sobre el Episcopado entero o sobre toda la Iglesia. Lo que no se puede es generalizar. Sin embargo, es bueno recordar que ante la complacencia de gran parte de la sociedad venezolana, hubo posturas muy dignas y valientes de obispos, sacerdotes y seglares. La experiencia de siglos nos enseña que desde el poder, se intenta comprar, callar o complacer con dádivas, inobjetables en su fin, pero a menudo ambigüas e incluso perversas en los medios utilizados. Por ello, tenemos años abogando para que las llamadas asignaciones eclesiásticas se den institucionalmente, para que todo sea más trasparente, se cumpla el rendir las cuentas debidas y no se pueda aducir ningún tipo de amiguismo. Lamentablemente esta práctica, quiere continuar, «dándole a quienes sí están trabajando con los de abajo». ¿A quién le toca determinar esto? ¿A alguna oficina de gobierno? ¿Sería aceptable, por ejemplo, que cualquier instancia foránea al gobierno, determinara cómo y a quién debería asignar recursos para sus planes propios? 6.- Señor Presidente: las anteriores consideraciones no tienen otra finalidad sino esclarecer la razón de ser de la misión de la Iglesia, y la necesaria búsqueda de la autonomía y legítima colaboración que debe existir entre las instituciones que conforman una sociedad. El Estado y la Iglesia son dos, entre muchas otras, que desde distintas ópticas, con funciones diversas, debemos trabajar por el bien material y espiritual de todos los venezolanos. En un clima de diálogo sereno, de respeto mutuo, de altos ideales. Sin combates extemporáneos ni tensiones anacrónicas o injerencias trasnochadas, porque bien lo afirmó el Libertador: «La guerra es el compendio de todos los males» (Proclama a los ciudadanos de Cundinamarca, 17 de diciembre de 1814). Es lo que deseamos y buscamos. Esta es la única razón de por qué opinamos en las cuestiones que tienen que ver con la vida pública. El Documento de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín lo clarifica: «Nuestra misión pastoral es esencialmente un servicio de inspiración y de educación de las conciencias de los creyentes, para ayudarles a percibir las responsabilidades de su fe, en su vida personal y en su vida social...la carencia de una conciencia política en nuestros países hace imprescindible la acción educadora de la Iglesia, con objeto de que los cristianos consideren su participación en la vida política de la Nación como un deber de conciencia y como el ejercicio de la caridad, en su sentido más noble y eficaz para la vida de la comunidad» (Doc. Justicia, n. 6 y 16). Esta es la razón que nos mueve a intervenir en la cosa pública. Para los cristianos ha llegado el tiempo de la Pascua. Resurrección es la vida que nos viene de Jesús. Es tiempo nuevo, de construir, de edificar, en paz y solidaridad. A ello nos invita la fe. Cambios y transformaciones necesarios, sin denominación altisonante, para una mejor vida de todos los venezolanos porque «la revolución es un elemento que no se puede manejar. Es más indócil que el viento» (Bolívar. Carta al General Rudesindo Alvarado, 18 de marzo de 1823). Con nuestros mejores sentimientos. Reiteramos la solicitud de una audiencia para continuar avanzando en un diálogo constructivo que establezca las bases de un discurso basado en la verdad y el mutuo respeto. Que Dios y la Virgen lo bendigan. Baltazar Enrique Porras Cardozo Arzobispo de Mérida y Presidente de la CEV. Ignacio Antonio Velasco García Arzobispo de Caracas y Primer Vicepresidente de la CEV. Ubaldo Ramón Santana Sequera Obispo de Ciudad Guayana y Segundo Vicepresidente de la CEV. Mons. José Hernán Sánchez Porras Secretario General de la C.E.V. |
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