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El gobierno y el imaginario colectivo
El Nacional, domingo 10 de setiembre de 2000 Podría decirse que el lugar donde el gobierno gobierna realmente es el imaginario colectivo. Nuestra experiencia política más reciente avala esta tesis. En efecto, son ya muchos los individuos que se extrañan por la resistencia de la popularidad del presidente Chávez, inmune, al parecer, a la confrontación con la realidad. Pero este estupor se disipa si pensamos que la «gramática» de la imaginación posee reglas propias, reglas que no se dejan contradecir por la lógica de los hechos. La estructura del imaginario colectivo es profundamente metafórica y se inserta en una de las características más notorias de la condición humana, a saber, su dimensión simbólica. El hombre sólo esporádicamente es racional; a no ser que se lo eduque con rigor, no se deja guiar por los argumentos, sino por los símbolos. De esta manera, no podemos suponer un electorado que tanto en la política como en la economía conoce los propios objetivos e intereses e intenta satisfacerlos. Más bien, el ser humano percibe la situación política y económica a través de símbolos y metáforas que lo envuelven, reacciona en términos emotivos y se satisface más mediante los estereotipos que a través de resultados concretos y tangibles. Desde esta perspectiva, gobernar significará, entonces, manejar un conjunto de metáforas que funcionan en calidad de brújula para orientarse en el seno de un complejo sistema de informaciones que sofoca al hombre contemporáneo. El símbolo y la metáfora tienen el don de simplificar tales informaciones, resultando familiares y, por ende, comprensibles a las grandes multitudes que conforman los actuales electorados. Dentro de este esquema director, la inconsistencia política equivale a una pobreza metafórica, es decir, a una mala conducción del imaginario colectivo. Ciertamente, las metáforas contribuyen a aclarar, intensificar, explicar y reforzar un argumento, cuando lo hay; pero, igualmente, pueden petrificar un problema y ubicarlo en un esquema desgastado, eclipsar todo argumento, confiscando las definiciones. Cuando eso sucede, el símbolo y la metáfora colocan los protagonistas de la acción política y sus opositores en una serie de roles y posiciones más allá de los cuales ya no hay solución. Los opositores de Chávez pierden la contienda porque no alcanzan esas estructuras más profundas representadas por lo simbólico. Por más incómodo que resulte admitirlo, una oposición eficaz en este momento no se logra mediante la construcción de sólidos argumentos racionales. Tales argumentos sólo pueden ser empleados de manera persuasiva si antes se ha conectado con el imaginario colectivo. Es necesario, por tanto, efectuar una doble operación: 1) vincularse al imaginario ya existente y, por así decirlo, reconstituirlo «desde adentro», para, de esta forma, 2) proceder a construir una estructura argumentativa más idónea. Así, pues, en lugar de apelar a ideologías más o menos articuladas, en la política práctica, dado el nivel en el que nos encontramos, debe hacerse un uso bien ponderado de las metáforas y símbolos que alcanzan las estructuras del imaginario colectivo de la mayoría de los venezolanos. Hay que saber «sorprender» al electorado con nuevas metáforas más ricas y que «propongan» más. Los opositores de Chávez no pueden defender sus fracasos apelando a la «ignorancia» del pueblo. Pues, en el nivel simbólico y metafórico, el pueblo «sabe» muy bien reconocer las «propuestas» más ricas, y tildarlo de «ignorante» respecto de los parámetros de la argumentación racional, significa confundir el debate académico con el debate político. Puede que la diferencia entre estos dos ámbitos deba ser aminorada, pero no puede pasarse por alto que tal diferencia no se elimina de la noche a la mañana, pues solo es fruto de un largo proceso educativo que hemos descuidado y seguimos en gran medida descuidando al considerar más o menos inútil gran parte de la formación humanística. De Chávez hay que saber aprender. En mi opinión ha sido maestro en personalizar y dramatizar las fuerzas impersonales y abstractas que gobiernan la vida humana y ha sabido crear la confortable ilusión que tales fuerzas puedan ser controladas por él. El que se le enfrente deberá empezar a ganarle en ese terreno. |
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