Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela
Home
Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca Buscador
Roberto Hernández Montoya, Director 
Autores
Con imágenes
Sin imágenes
Categorías
Servicios
Argentina
Buscadores
Caracas
Colombia
Políticos
¿Qué es
La BitBlioteca?
Radios en español
Venezuela





La Independencia. Factores internos. La prensa

Lino Duarte Level

Historia patria
Edición patrocinada por
Andrés Duarte Vivas
(Publicado en: Horizontes. Ciudad Bolívar, 1913, agosto 31; setiembre 30; octubre 31; noviembre 30. Nº 122-125, p. 1887-1891; 1905-1909; 1954-1958; 1964-1969, respectivamente. Biblioteca Tulio Febres Cordero, Mérida.. Microfilm en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, Caracas)

Cuando Humboldt visitó a Caracas en 1799 se admiró de que no hubiese imprenta en Venezuela, y no vio los efectos de la prensa en el país. Muchos años antes de la llegada del sabio, venía ésta trabajando, especialmente en Cumaná. Al principio nada contenía contra el Rey ni contra la religión. Eran los periódicos de las colonias vecinas que entraban al país inocentemente y circulaban con más o menos facilidad. En las noticias que daban, en las doctrinas políticas que incidentalmente mencionaban, en los actos oficiales que registraban, ponían de manifiesto cómo se administraba y se gobernaba en las colonias extranjeras, cómo en ellas regía un espíritu de igualdad indiscutible, cómo allí todos tenían los mismos derechos, cómo se podía sembrar y cultivar libremente, y qué baratos se vendían los géneros y los víveres. La comparación no era favorable a Venezuela, y principió a germinar una sed de igualdad comercial, primer efecto de la prensa.

En 1780 se puso en vigor en Venezuela la Cédula Real que permitía el comercio libre, con ciertas restricciones. Ya para entonces los buques contrabandistas, especialmente los holandeses de Curazao, tenían establecido un tráfico corriente con las costas de Venezuela, de manera que no obstante las prohibiciones de la Corona y de la Inquisición, era posible introducir secretamente las obras de los enciclopedistas franceses, así como muchos libros publicados en español en Amsterdam y en Lieja, que exponían doctrinas políticas y comerciales enteramente contrarias al régimen español. Estos libros se leían ocultamente entre un reducido número de personas. En muchos casos la prohibición era el mayor aliciente. A decir verdad el peligro no era tan grande por parte de las autoridades españolas, que en este particular, en Venezuela, fueron tolerantes al principio. Era la Iglesia, era la Inquisición, las que perseguían los libros con mayor encarnizamiento. Cuando vino Ségur en 1783, el doctor Juan Perdomo, médico de La Victoria, y hombre que tenía allí buena posición, le mostró secretamente algunas obras de Rousseau y Raynal. Dos años después, en 1785, don Miguel Antonio Castro y Marrón, Comisario del Santo Oficio en Caracas, denunció a don Juan Perdomo «Médico y Teniente Justicia Mayor del pueblo de La Victoria, por lectura de libros prohibidos». Perdomo se fue para España, en mayo de dicho año, huyendo de la persecución y se llevó algunos libros. El denuncio lo siguió a la Península y en Cádiz le quitaron Los caracteres de La Bruyère, las Cartas provinciales de Pascal y Los delitos y penas de Beccaria y tuvo que irse oculto a las Canarias (Cartas del Santo Tribunal de Cartagena y de Sevilla, 16 de diciembre de 1785 y 30 de junio de 1786).

El 6 de agosto de 1785, The Political Herald and Review, de Londres, anunció la llegada de un americano que aspiraba a la gloria de libertar a su país. Era la primera vez que la prensa inglesa lanzaba la idea de la independencia de las colonias españolas. El London Chronicle de 30 de setiembre reprodujo el artículo del Herald. Estos periódicos, que se referían a Miranda, vinieron a Cumaná, de Saint Thomas, y los pocos que los leyeron u oyeron leer no hicieron gran caso del asunto por parecerles imposible la separación de una colonia como Venezuela. Por otra parte, el Rey acababa de contratar con la Compañía de Filipinas el envío anual de 2.000 toneladas de frutos y géneros a Caracas, Cumaná y Maracaibo, y el estado del país alejaba toda idea de trastorno político. La aspiración de los venezolanos era mejorar su condición de colonos, principalmente en la parte comercial.

Aun cuando en 1790 comenzó a ocuparse el Gobierno inglés de la independencia de las colonias españolas, ello obedecía sólo a un medio de hostilizar a España. A pesar de esto, el 9 de julio, el obispo Martí, a solicitud de la autoridad pasó una circular a los curas parroquiales en la cual les ordena que «persuadan, exhorten y encarguen (?) la conciencia a sus respectivos feligreses respecto a la obligación y fidelidad jurada que tienen de aplicarse a aquellas operaciones que se dirigen a defender la corona de nuestro Rey y Señor natural don Carlos IV» (Archivo Parroquial de Chacao). Esta circular no obedecía tanto a lo que pasaba en Inglaterra, como a los sucesos de Francia, donde era ya patente la revolución contra el Monarca. Los periódicos españoles habían traído los detalles de la toma de la Bastilla, recargados de negros colores, y la impresión de estos sucesos produjo en Venezuela un sentimiento de conmiseración hacia el Rey y hacia la Francia, cuyo castigo por Dios se esperaba a cada momento.

Pero de repente comienza a circular en Venezuela la prensa colonial francesa que hacía activa propaganda en favor de la igualdad y del sistema republicano. No se hablaba de independencia sino únicamente de igualdad comercial, igualdad legal, igualdad en la distribución de los empleos, libertad de pensamiento, libertad de transitar y los demás principios políticos proclamados en Francia el 4 de agosto de 1789. Esta propaganda a raíz de la formación de los partidos políticos en Venezuela, hizo gran efecto y condensó en una sed de igualdad del criollo con el español, las aspiraciones del partido criollo en Caracas, a tiempo que el partido del pueblo en Cumaná y en La Guaira, acogió con calor la idea republicana, que entrañaba la igualdad de todos los ciudadanos. Tal fue el segundo efecto de la prensa en el país. Naturalmente que junto con los periódicos vinieron los libros llamados impíos porque proclamaban principios condenados por la Iglesia.

Esta propaganda llegó al conocimiento de la Corte y el 7 de junio de 1793 ordenó al Capitán General de Venezuela que recogiera todos los libros y papeles perjudiciales a la pureza de la religión, quietud pública y debida subordinación de las colonias, que se introdujeron al país. El Capitán General pidió al Obispo de Caracas que le ayudase en la tarea, y éste contestó el 7 de setiembre «que ya se había principiado por medio del confesionario a hacer las pesquisas necesarias» (Asp. I, 247).

En la Asamblea francesa germinaba el pensamiento de excitar a los americanos a sacudir el yugo español y Cotein escribió un Manifiesto que fue enviado a todas ellas. El conde de Floridablanca dio noticia de ello y la Corte se dirigió al Capitán General de Venezuela el 23 de setiembre de 1789, ordenándole prohibir la introducción de estos papeles «cuyo primer objeto es el espíritu de independencia y de irreligión», esos papeles «tan sediciosos y abominables que además de perturbar la tranquilidad pública, son diametralmente opuestos a nuestra sagrada religión, fidelidad a nuestro Augusto Soberano... y a las buenas costumbres que en todos tiempos han caracterizado a la nación española». Y el Consejo de Indias manda al Capitán General que «tome las precauciones posibles para impedir por medio de los Prelados eclesiásticos, la introducción y expendio de los papeles que se citan y cuyo principal objeto es el incitar a la independencia de las colonias» (Registro Público de Caracas).

Había razón para esta alarma. Desde marzo de 1792 se ocupó el Gobierno francés del proyecto de hostilizar las colonias españolas. La prensa antillana comenzó a escribir acerca de la emancipación de éstas, exaltando el gran principio de la igualdad; los periódicos circulaban en Cumaná y Margarita y pasaban por Guayana a Barinas, donde había un gran centro social avanzado que se daba la mano con el de Mérida. Para fines del año se pensó en Francia en promover la insurrección en las colonias, apoyando el movimiento desde Santo Domingo, a cuya isla vendría Miranda con el carácter de Comandante General de las islas francesas de las Antillas (Pickering. Mss. XXIV, 150).

Los Derechos del hombre fueron la pesadilla del Gobierno colonial. El 1 de noviembre de 1794 anunció el Capitán General de Venezuela a los Gobernadores y Prelados de la Provincia que había aparecido en Bogotá y daba las señas del impreso. Esta obra había sido condenada por la Inquisición el 13 de diciembre de 1789, y era objeto de tenaz persecución, porque su intento «era seducir las gentes fáciles e incautas con especies dirigidas a favorecer la libertad de religión y a turbar el buen orden y gobierno establecidos en los dominios de S.M.I. (Oficio reservado del Virrey Ezpeleta, setiembre 5, 1794. Ibídem del Virrey de Lima, 12 diciembre 1794).

El Capitán General pidió a los gobernadores que consagrasen todos sus desvelos a averiguar y descubrir si por desgracia se había introducido el tal papel u otro de su especie y al Prelado que coadyuvase al fin deseado «confiando el asunto sólo a aquellos eclesiásticos de probidad y de quien le asista pruebas de prudencia y penetración» (Ibídem)

Triste era, por decir lo menos, el papel que habían de representar en este asunto los ungidos del Señor y huelgan comentarios, pues manifiesto está cómo el clero se hallaba enteramente al servicio del Rey de España en la colonia, y el confesionario era un vehículo de espionaje, como se demostró cuando la revolución de 1797.

A La Guaira llegaron algunos ejemplares de los Derechos y también a Cumaná; pero no eran los mismos de Bogotá; era una impresión hecha en francés en las Antillas, para circular en todas las colonias, así inglesas como españolas. Era una propaganda doctrinaria en favor de la libertad y la igualdad. Eran las doctrinas de Payne que la Francia había acogido. Soberanía del Pueblo y no Soberanía del Derecho Divino; igualdad de todos los ciudadanos, libertad, igualdad, propiedad y seguridad, no como gracia sino como un derecho. Inviolabilidad del hogar, abolición del fuero personal, abolición de la esclavitud, libertad de la prensa, libertad religiosa.

La Guaira y Carúpano fueron para entonces los dos puntos donde se maquinaba en favor de la independencia.

Celebrada la paz entre Francia y España en 1795, toda la isla de Santo Domingo pasó a poder de los franceses. El Directorio dio al agente francés en la parte española de la isla las instrucciones fechadas el 19 de abril de 1796, que debían servirle de norma en su gobierno. Esas instrucciones se tradujeron al español y se imprimieron para darles mayor circulación. Muchos ejemplares vinieron a Venezuela, traídos por los mismos españoles que emigraron de Santo Domingo. En ellas se trataba como amigo al Gobierno español; pero sosteníase que «el cristianismo no es incompatible con las Repúblicas libres e ilustradas, sino cuando quieren hacerle servir de pretexto para sus fines los ambiciosos y malvados». La doctrina era peligrosa en Venezuela, pero el impreso ya no podía recogerse y ejemplares de él se hallaron hasta en el Guárico y en Barinas. Ensalzaban las instrucciones todas las conquistas de la revolución francesa, reconocían la igualdad de todos los hombres, la libertad de los esclavos, y ponían de manifiesto las ventajas alcanzadas en la parte francesa de la isla, a la vez que enaltecían el sistema republicano. También circuló en Coro, Barinas y Caracas la «Carta Encíclica de muchos obispos de Francia a sus hermanos los demás obispos y a la Sede Vacante». La Audiencia dijo el 10 de mayo de 1796 que en esos papeles impresos «se excita a los habitantes de estas provincias a salir de la obediencia a S.M., a elegir a su arbitrio un Gobierno independiente y abrir un comercio franco a todos los otros pueblos del mundo» y por tanto debían recogerse en todas partes. Y el 12 de julio de 1797 reiteró estas disposiciones «aumentándose si es posible el celo y las providencias más oportunas a estorbar la introducción de semejantes papeles, su lectura, su propagación y su imitación» (Academia de la Historia. Mss.).

Los sucesos de Haití trajeron a Trinidad, colonia entonces española, muchas familias francesas, que llevaron allí sus ideas republicanas y sembraron en la isla el sentimiento de la igualdad. Ocupada ésta por los ingleses en 1797, algunos franceses se vinieron a La Guaira «donde exaltaron con su trato y con su ejemplo los ánimos de aquellos pacíficos naturales» (la Real Audiencia al Gobierno español, agosto 23, 1797). A esto hay que agregar, según la misma Audiencia, «la inevitable introducción de papeles de las islas extranjeras y del antiguo continente, a pesar de la activa vigilancia de los magistrados para prohibirlo». Entre estos papeles figuraba uno impreso en Trinidad que contenía las más avanzadas ideas sobre la independencia de Venezuela.

El Gobernador de Trinidad alentó a la independencia, ofreciendo en su proclama de 1797 el apoyo de Inglaterra. A este respecto menciona la Audiencia: «Las sugestiones del Comandante inglés de la isla de Trinidad, desde la cual no sólo ha inundado la costa de papeles impresos y manuscritos, sino que ha añadido las ofertas de una protección poderosa y de un comercio libre y extendido a los caraqueños, que los hará felices». Hablando del asunto dice el Escribano Real de Caracas que los ingleses «esparcían por la costa papeles manuscritos e impresos excitando a estos moradores a la revolución con la oferta y protección de un comercio libre y de una felicidad cierta en la independencia a que deseaban acercarse aquellos hombres mal contentos y seducidos de las primeras máximas revolucionarias» (Asp. I, 371).

Y el Gobernador de Trinidad decía a su Gobierno: «El único modo de abrir un comercio extensivo con nuestro país es producir una revolución, que puede fácilmente dar resultado, armando en general al pueblo» (Picton a Dundas. Setiembre 18, 1797. P.R.O. Trinidad 1).

El Oriente estaba lleno de hojas sueltas, y así lo denunció el Gobernador de Cumaná en oficio de 23 de abril de 1797 y el de Margarita el 13 y 28 del mismo mes. El de Cumaná logró obtener un impreso que decía así:

La fortuna ofrece a los habitantes de la Costa Firme:

libertad entera y completa para todo su comercio;

supresión de todos derechos de entrada y salida;

permiso de cultivar todo lo que dé gusto y vender sus frutos lo mismo;

elección del Gobierno a quien quieran dar la preferencia, bajo la protección eficaz de las Armas Británicas (Academia de la Historia. Archivos).

Emparan, que era para ese entonces gobernador de Cumaná, dice al Capitán General que «ese papel sólo arguye hambre o necesidad de alimentos frescos para Trinidad». Don José Herrera, gobernador de Margarita, dice que es obra de los ingleses «para engañar a los incautos y subvertir por este medio los ánimos».

Aquella entrada de papeles por todas partes alarmó al Gobierno. La Audiencia se ocupó de tan grave asunto el 11 de mayo y organizó una propaganda eclesiástica para inculcar a los fieles «cómo es verdad y verdad notoria al Universo, que ningún gobierno es más equitativo que el de España, que en ninguna otra parte del mundo se hacen menos exacciones sobre los vasallos, en ninguna son tratados con más atenciones, en ninguna están más bien conservados los derechos públicos y particulares y en ninguna tan respetada la Santa Religión Católica» y luego añade: «Podrá también convenir que los sacerdotes, seculares y regulares, obligados a dar la doctrina a sus feligreses, les hagan entender sustancialmente lo mismo desde el altar, en el púlpito y las pláticas particulares, introduciendo prudentemente las mismas especies en las conversaciones privadas, pasándose a este fin los oficios convenientes a los Reverendos Obispos de esta Diócesis, la de Guayana y Maracaibo y aún a los Provinciales y Prefectos de las comunidades regulares, para que por sí mismos y por sus súbditos hagan entender las propias especies, no con un empeño de que se pueda hacer misterio, sino discreta, suave y oportunamente y como por incidencia, de suerte que la persuasión tenga todo el valor que perdería si pareciese muy estudiada».

Contra la prensa, el púlpito, el confesionario y el altar. El cura era, según el criterio español, el llamado a desvirtuar las aseveraciones contrarias al Rey y por lo tanto a Dios. Así pensaba también el obispo Viana y contestaba al Capitán General el 8 de junio. «Están ya advertidos los sacerdotes que me han parecido más a propósito a efecto de hacer conocer prudente y oportunamente entre estos vasallos las ventajas, comodidades y quietud del sistema de gobierno de nuestra Monarquía, como lo insinúa V.S. en 23 de mayo próximo (Academia de la Historia).

Mientras tanto, la acción de las autoridades ingleses iban directamente sobre Cumaná y la costa. «No será difícil, dice Picton a su Gobierno el 17 de diciembre de 1797, sublevar las provincias españolas de Cumaná y Caracas, cuyo efecto y ejemplo conmoverá su imperio en todo el continente» (Picton to Dundas. P.R.O. Trinidad 1).

La prensa hizo sus efectos en La Guaira y con motivo de la tentativa de independencia iniciada por Gual en 1797, la Audiencia, reflexionando particularmente acerca de las causas que influyeron eficazmente en ella afirmó «que las dos más descubiertas han consistido en la adhesión a varios libros y papeles torpes y sediciosos y papeles sueltos y manuscritos y en el empeño de los extranjeros en su introducción y extensión... especialmente un libo impreso en 8º, encuadernado a la rústica, del cual hay en la Guadalupe muchos ejemplares y cuyo título dice así: Derechos del hombre y del ciudadano. Era menester acabar con ese folleto que tantos desvelos causaba a las autoridades españolas y la Audiencia el 11 de diciembre de 1797 renovó las prohibiciones respecto a él, bajo pena de azotes, presidio y hasta muerte, según las circunstancias, a los introductores o poseedores de él o a los que divulgasen sus doctrinas; y que se pase testimonio «al Reverendo Obispo para que comunique a los párrocos y demás eclesiásticos las órdenes más eficaces y oportunas de que apliquen todo su celo en defensa de la Religión y buenas costumbres contra la pestilente infección de las doctrinas indicadas» (Asp. I. 328).

A pesar de todo, los Derechos del hombre entraron a Venezuela en 1798, acompañados de una hoja suelta titulada Españoles americanos: en la cual se excitaba a sacudir el yugo español. Era una nueva edición de los Derechos a la cual Picornell había puesto un prólogo «en gravísima ofensa de S.M. y de su gobierno». Según la Audiencia se habían impreso en Guadalupe 729 ejemplares para introducirlos a la tierra firme entre los paquetes o fardos del comercio. También vino la Carmañola Americana, de la cual hay una copia manuscrita en la Academia de la Historia. El obispo Viana se apresuró a lanzar excomunión contra los que leyeren, recibieren o condujeren los Derechos. El Capitán General dijo al Virrey de Santa Fe el 17 de abril de 1798 que por informes de don Antonio Villavicencio sabe que «a principios de este año había comprádose y traídose a la tierra firme de Cumaná muchos ejemplares» (Academia de la Historia). El 12 de junio de 1799 dice la misma autoridad de Caracas al Capitán General de Cumaná: «La multiplicación de papeles sediciosos es muy a propósito para pervertir las gentes sencillas y hacer en los pueblos odioso el gobierno más suave del mundo, que es el nuestro», y concluye aconsejándole que encargue «a los párrocos, religiosos, doctrineros y misioneros procuren descubrir, recoger y remitir todos los papeles sediciosos que hayan entrado y entraren en nuestro país, ofreciendo V.S. los premios que le pareciese proporcionados y amenazando con severidad a los receptores, ocultadores y disimuladores» (Academia de la Historia). Refiriéndose a los Derechos del hombre, dice el Capitán General a la Corte el 22 de junio: «Presumo que entrarían algunos a pesar de la vigilancia, providencias y diligencias activas de la Audiencia y de este Gobierno para impedirlo, y hubieran entrado todos, si por consecuencia de ellas no se hubieran visto precisados aquellos criminales (Gual y España) a salir de la isla de Curazao» (Asp. I).

Otra hoja subversiva fue introducida en Oriente este año y de ello da cuenta el Capitán General en oficio de 22 de junio. Esta hoja suelta, de la cual hay un ejemplar en la Academia de la Historia, tenía por objeto a juicio del Capitán General «esforzar la seducción de los vasallos de S.M. en lo cual funda el Gobernador de Trinidad las esperanzas de una turbación que abra el paso a sus expediciones, mientras está cultivando la inclinación de los habitantes fronterizos de nuestras costas, comprándoles carne y otros víveres a grandes precios y vendiéndoles muy baratos los géneros que necesitan».

José María España, que venía de Trinidad con estos impresos y con papeles revolucionarios, fue capturado y juzgado como «introductor de papeles revolucionarios dispuestos en la isla de Trinidad por el jefe de la sublevación Manuel Gual y su asociado Juan Manzanares, bajo la protección del Gobernador inglés de la misma isla» (Archivo de Indias 133.3.11). España fue condenado por sentencia de 8 de marzo de 1800 a servir en las obras de San Juan de Ulúa con grillete y cadena por diez años, con prohibición de volver a Venezuela.

Cuando el Capitán General informó al Secretario de Estado el 23 de junio de 1799, acerca de la introducción de impresos subversivos, le dice lo siguiente: «Semejantes papeles son muy útiles para imbuir al vulgo de opiniones falsas y perjudicialísimas al sistema justo y equitativo del Gobierno español y de sus leyes, que es lo que desea su autor el Gobernador de Trinidad y el Ministro de Londres» (Academia de la Historia). Si bien la autoridad inglesa protegía esta propaganda, ella era obra de algunos venezolanos asilados en la Isla. Allí estaban Gual, Manzanares, Isnardi, etc. Además, había llegado José Caro, enviado como agente de Miranda, y patrocinada por los señores Turnbull & Forbes. Picton desconfió de Caro y lo expulsó de la isla.

Don Nicolás Toro pensó que lo mejor sería establecer una imprenta en Caracas. La idea tuvo buena acogida y el 17 de febrero de 1800 se reunió el Real Consulado de Caracas en junta extraordinaria con asistencia del segundo Cónsul don Nicolás Toro, don Juan Illas (teniente de don Juan José Echenique, ausente) y de los conciliadores José Toribio Espinoza, Pablo Hernández Romero, Juan Nepomuceno de Ribas y Mariano Campins, el síndico Juan Bautista Ornezagasti y el contador Francisco de P. Navas.

«En esta Junta, dice el acta de la sesión, se trató, a propuesta del señor segundo cónsul de la utilidad y beneficio que resultarían a estas provincias, que se establezca en esta capital una imprenta de que se carece, pues con ella se comunicarían los experimentados labradores cuantos conocimientos hayan adquirido sobre los respectivos ramos de sus aplicaciones, a los demás sus compatriotas a fin de aumentar y mejorar el cultivo. Los artistas ejecutarían lo propio a beneficio de los de su clase, y los demás ciudadanos se animarían a dar a luz el fruto de sus tareas; y en consecuencia, penetrada la Junta del deseo de facilitar por todos los medios posibles los ramos de su instituto y considerando que no influiría poco para el efecto el establecimiento propuesto, se acordó por los señores prior y cónsules, que por medio del Excmo. Señor Ministro de Real Hacienda y del competente informe, se represente a Su Majestad todo lo expuesto, suplicando se digne, si fuese de su Real agrado, conceder a este Consulado la gracia de que establezca en esta ciudad una imprenta a costo del fondo de avería, bajo la circunstancia de reintegrarse con sus provechos de la suma que adelante para plantificarla, según y en los términos que contrate con el sujeto que haya de servirla, y que por los mismos señores se prevenga al Apoderado que sin perder tiempo se imponga de la clase de imprentas que hay y de lo que cueste cada una de ellas, con distinción y expresión de sus respectivos valores, bajo las circunstancias de que sean de buenos caracteres y éstos de bronce, como también las Láminas y demás que corresponde, y que por las primeras ocasiones informe de todo».

El 26 de junio de 1801 se dio cuenta a la Junta del resultado de las gestiones hechas en España acerca de la imprenta por el Apoderado del Consulado, don Narciso Sáenz de Azofra, quien remitió «una nómina del costo que tendrá el establecimiento de una imprenta»; pero ya para esa fecha el Real Consulado, tenía la respuesta del Rey a sus gestiones. En efecto, por Cédula firmada en San Ildefonso el 10 de agosto de 1800, Su Majestad negó el permiso que se solicitó para establecer una imprenta, y por Cédula de 21 de enero de 1801 mandó la Corte que el Consulado se suscribiera al Semanario de Agricultura que se publicaba en Madrid, por el mismo número de ejemplares que anteriormente se había ordenado se suscribiese al Correo Mercantil» (Actas del Consulado de Caracas).

El British Chronicle de agosto de 1803 publicó un testamento burlesco de Napoleón. Dejaba a España cuatro caricaturas que representaban a los Borbones destrozados, degradados, penitentes y arrepentidos y perdonados y humillados. El periódico fue introducido en Angostura y de allí lo envió al Capitán General el gobernador Inciarte. Este sistema de ridiculizar al Rey hizo impresión en el ánimo de los mandatarios y el periódico fue perseguido tenazmente.

Eran el Oriente y Caracas, Barinas y Mérida, los puntos donde la prensa clandestina y revolucionaria, había hecho mayores males al Gobierno español. Como en Curazao sólo se ocupaban del contrabando, de allí no fue a Coro ni a Maracaibo nada subversivo, así es que estas dos ciudades permanecieron fieles a su Rey de una manera incontrastable.

Cuando Miranda llegó a Coro, hizo circular impresa su proclama de 2 de agosto de 1806, que era un llamamiento a la independencia y un programa de gobierno. También circuló un folleto en 8º con 42 páginas impreso en Londres en 1801 titulado Carta dirigida a los españoles americanos, obra del jesuita Guzmán. Ya antes de 1779 se había impreso esta obra en Filadelfia, pero no hay constancia de que antes hubiese sido traída a Venezuela. Contra esa proclama expidió el obispo Milanés de Mérida su pastoral de 18 de agosto de 1806, fechada en Carache, en la cual dispuso lo siguiente: «Si llega a cualquiera de vosotros cualquier papel seductor al instante nos lo presentaréis o a los jueces públicos, so la pena de excomunión major latae sentenciae, so la pena de que no seréis ya miembros de Nuestra Iglesia, de que ya no sois nuestros hijos legítimos, sino espurios y malditos de Satanás». Y en pastoral de 22 de setiembre firmada en Mérida reitera la excomunión «cuya absolución, dice, reservamos a Nos, especialmente la que ya tenemos impuesta a todos los que la tuviesen, y ahora la extendemos a los fieles de Nuestro Obispado que supieren y no delataren dentro de cuatro horas a los que la retuvieren» (Diócesis de Mérida).

El Capitán General, Guevara Vasconcelos, tomó gran empeño en recoger los impresos circulados por Miranda y al efecto el 5 de setiembre se dirigió al Obispo citado excitándole a «hacer sus prevenciones al referido clero para que procuren recoger cualesquiera papeles sediciosos de los que ha derramado el rebelde Miranda, entregándoles a V.S. que se servirá pasármelos, advirtiendo a cualesquiera, que si las personas que los entregaren fueren pobres lo exprese al tiempo de remitirlos a V.S.I., para que yo señale la gratificación que me parezca conveniente». El Obispo el 14 de octubre reiteró sus disposiciones anteriores sobre la materia y excitó a los curas a hacerse más acreedores a la estimación y gracia del Soberano, trabajando con celo y actividad para lograr el fin deseado (Diócesis de Mérida). Lo más curioso del asunto era que en Mérida, donde estaba Milanés, circulaban los impresos republicanos y separatistas, llevados de Barinas.

A principios de 1807 fue introducido en el Oriente y en Caracas un pañuelo con los retratos de Popham, Beresford, Washington y Miranda con estas inscripciones:

No es comercio sino unión.

Que florezcan las artes, la industria y el comercio.

Que se proteja la Religión y sus sagrados ministros.

Que haya libertad en las personas, la conciencia y el comercio.

Llenaba el centro del pañuelo la Apoteosis de Colón, y los colores de Inglaterra adornaban los lados. Inglaterra aparecía como la diosa de los Mares con el león español a sus pies. Un joven con la enseña francesa desplegada, hincaba al león con su espada. Tenía el pañuelo esta inscripción: La Aurora de Sur América. Vasconcelos dio cuenta de este asunto el 1 de abril de 1807 (Archivo General de Indias. Audiencia de Caracas 133-4-9). Mucho ruido hizo el tal pañuelo en Venezuela y dio motivo al Capitán General para afirmar la connivencia de Inglaterra con Miranda.

El London Times del 9 de enero de 1808 trató de la conveniencia de que Inglaterra protegiese la independencia de Venezuela, conforme a los planes de Miranda, apoyados por el nuevo Gobernador de Trinidad, Mr. Hislop, planes que hizo públicos el mismo periódico en su edición de ese día. Miranda proponía un gobierno separado compuesto de Caracas, Santa Fe y Quito. La llegada de este periódico a Caracas, poco antes de saberse el resultado de los sucesos que ocurrían en España, no causó impresión alguna a las autoridades, porque estaban preocupadas en sumo grado con el cambio de la dinastía. Esto facilitó su introducción en el país, y así se conocieron las verdaderas ideas e intenciones de Miranda. Se trataba de una república federal, bajo la protección de Inglaterra durante la guerra. Entonces comenzó en Venezuela a tomarse en consideración el sistema federal (Correspondencia de Castlereagh VIII, 403). El Times llegaba con regularidad a la Capitanía General y Andrés Bello traducía las noticias y artículos que contenía. Fue el Times quien trajo a Caracas nuevas del motín de Aranjuez y de la caída de Carlos IV y de Godoy.

Para 1808, firmado el pacto de la Alianza entre Inglaterra y España comenzaron a circular en Venezuela los periódicos ingleses, que daban noticias verídicas acerca de la guerra de España. Miranda se aprovechó de esta circunstancia y en enero de 1809 hizo publicar en el Edinburg Review un artículo sobre la lucha de la supremacía entre Francia e Inglaterra y las ventajas comerciales que se derivarían de la emancipación de la América y los persistentes esfuerzos de Miranda en favor de la independencia de su país. Ese periódico vino a Venezuela traído de San Vicente, donde el general Beckwith, gobernador de la Isla, prestaba su cooperación a los planes separatistas.

La política de la Regencia española se dio a conocer el 30 de abril de 1810. Por decreto de esa fecha se prohibió la introducción en Venezuela de toda publicación por la prensa, aun emanada de España, si no tenía la aprobación de aquella autoridad. Esto era pretender contener un torrente desbordado. Le Courent, de Trinidad, registró sistemáticamente todas las noticias de España y circulaba en toda la colonia.

El Ayuntamiento de Caracas en su informe al Rey en 1813 acerca del 19 de Abril dice así: «Entre tanto la filosofía propagaba sus ideas en esta capital: los libros impíos y subversivos del orden se multiplicaban... La prensa abortaba gradualmente los escritos más incendiarios para ir disponiendo los espíritus al grande objeto a que se encaminaban... Los libros perniciosos en todas materias circulaban por todas partes con más o menos publicidad a proporción del carácter de los sujetos que frustraban los esfuerzos del celo de los prelados».

A raíz del 19 de Abril recibió la Junta el Manifiesto de la Regencia de 14 de febrero, en el cual se pintaba a España en una situación desesperante y se clamaba a las colonias por auxilios monetarios. La Junta hizo publicar ese documento, por si los particulares querían ayudar a la madre patria. La publicación abrió los ojos de todos y con asombro se supo el verdadero estado de España, que hasta entonces se conocía por unos pocos.

La Gaceta de Caracas del 29 de junio abrió campaña contra la Regencia, y puso de manifiesto los vicios legales de que adolecía, según su propia acta de instalación. Caracas, dice, presenta a la faz del Universo, su situación el día 19 de Abril y pregunta a los pueblos del continente americano que no hayan renunciado a su dignidad política y al honroso carácter de vasallos de Fernando VII, si merecerían el aprecio de sus compatriotas y la gratitud de la posteridad, sometiéndose ciegamente a los que se arrogaban su soberanía sin el consentimiento de la América declarada parte integrante de ella y cuando exijan un reconocimiento servil a la sombra del hábito de obedecer y con el ilusorio aliciente de unas mejoras que estaban absolutamente en sus manos».

Después del 19 de abril de 1810, dos grandes fuerzas entraron a trabajar en favor de la independencia: la prensa y la Sociedad Patriótica. El Semanario de Caracas, fundado el 4 de noviembre, hábilmente redactado por Sanz fue llevando el ánimo poco a poco a la necesidad de la separación, sin mencionar la palabra independencia. Su plan fue desvestir a la monarquía y al derecho divino de todos los atributos con que aparecía. El número 4 de 25 de noviembre dice: «En el gobierno monárquico... fastuosos títulos, pomposos trenes, insignias inventadas y presuntuosas ínfulas... Todo personal, nada de verdadero interés común, desigualdad en todo y proporción en nada. Puede ser que en las monarquías haya virtudes sociales; pero aquella noble altivez que hace no aceptar a título de favor lo que se debe de justicia, que detesta el cortejo y baja lisonja, que menosprecia consideraciones personales que no nacen del mérito, servicios y talentos; sólo se halla en los gobiernos democráticos porque es una insolencia en los monárquicos y autocráticos», y para hacer comprender que Fernando VII era un hombre ignorante, dice con la mayor candidez: «Feliz Caracas que adora a un Rey que, enseñado más por la adversidad que por la educación, recibirá y sancionará las modificaciones que sean necesarias para perpetuo beneficio de la Provincia, honra de la humanidad y gloria de su reinado».

Junto con esta prédica se hacía una edición de los Derechos del hombre y se circulaba en la República. Cuando llegó a Mérida este impreso, el obispo Milanés impuso censura eclesiástica el 10 de diciembre a los que retuvieren dicho papel «por contener errores contra nuestra Santa Religión, contra las buenas costumbres, y aún contra la seguridad del Estado». La Junta de Barinas pidió al Prelado que derogase tales disposiciones y Milanés consulta con el Arzobispo si «no lo juzgaba digno del anatema» (Diócesis de Mérida).

Al celebrarse las honras de las víctimas de Quito, cuyo acto se verificó en la iglesia de Altagracia el 3 de noviembre de 1810, el catafalco representaba la Confederación Americana bajo los auspicios de Fernando VII, pero abajo aparecía esta significativa inscripción: «La esclavitud de Quito producirá la libertad de la América Meridional. ¡Caracas! Tú la has proclamado de antemano: no la pierdas». El folleto que contenía la descripción de estas honras circuló en el país, y creó un clamor general contra la injusticia cometida contra los patriotas de Quito. El Semanario del 2 de diciembre exclamaba: «No hay magistrado absoluto que no amenace la libertad... Cuando la potestad soberana reside en un príncipe, raro es que no pretenda gobernar y juzgar a discreción».

El 4 de enero de 1811 la Gaceta de Caracas emprende campaña contra los vicios legales de que adolecían las Cortes de España respecto a América y la burla de que ésta era objeto con la mínima representación que se le daba en ellas.

Por todos medios se exhibía a la Regencia y a las Cortes, como realmente estaban, animadas de un profundo desprecio por Venezuela. El Mercurio Venezolano en su número de 4 de febrero interpreta el pensamiento de las autoridades de la Península y lo pone de manifiesto en estos términos:

«La América está amenazada de ser víctima de una nación extraña o de continuar esclava nuestra... Manifestemos de antemano nuestra intención de no reconocer a Fernando sino con ciertas condiciones: éstas no se verificarán jamás; y mientras que Fernando ni de hecho ni de derecho es nuestro Rey los seremos nosotros en América, y este país tan codiciado de nosotros, y tan difícil de mantener en la esclavitud no se nos irá tan pronto de las manos».

Esta manera de hacer conocer lo que pensaba la Regencia, acerca de Venezuela, exasperaba los ánimos contra ella. El Semanario de 24 de febrero de 1811 exclamaba: «Estamos preocupados desde que nacimos, de máximas y errores que un gobierno tirano, ignorante y desconfiado regó y fomentó en la América, creyendo que así aseguraba para siempre el dominio que usurpó y adquirió a fuerza de injusticias y maldades, horrores y violencias y que ha conservado fomentando astutamente la oposición, desunión y discordia entre los individuos que la habitan conduciendo todas sus operaciones a beneficio sólo de la España». El Semanario, tenaz y elocuentemente iba exhibiendo en toda su desnudez el dominio español, y sin mencionar la independencia, preparaba hábilmente los ánimos hacia ella. El 24 de febrero de 1811, exclama: «Esas falsas ideas han dado al Gobierno español fundamento o pretexto para justificar el desprecio de los americanos y continuar sus injusticias, deprimiéndolos en su mismo país y estorbando que se comuniquen con las demás naciones, para que no se conozca la maldad con la evidencia de la calumnia».

El 24 de marzo dice: «Ni los deseos ni los esfuerzos de la libertad son suficientes contra las mañas del Tirano... Libertad o morir, ésta es vuestra divisa, ésta es la voz que debéis seguir, ésta es vuestra gloria». El 31 de marzo va más allá: «Caraqueños si continuáis por los principios que vais adoptando, y no os dejéis desviar de la senda que habéis elegido, tendréis la gloria de recuperar y afirmar vuestra libertad a pesar del sordo manejo con que los ambiciosos soberanos y egoístas, es de temer que procuren formar un partido que desbarate vuestro intento».

El 28 de abril habla claramente acerca de la situación política. «Comparadas sus actuales ideas (las de Caracas) con las de ahora un año se conocerán las ventajas que ha adquirido, los pasos agigantados con que marcha y las muy fundadas esperanzas de presentarse entre las naciones con la mayor dignidad. No hay quien pueda disputarle la gloria de haber dado el primer golpe a los tiranos».

La misión de la prensa en el período de 1810 a 1811, fue poner de manifiesto el desprecio con que se trataba a los americanos por las autoridades de España, el estado de ruina e impotencia en que estaba la madre patria y la conducta poco honrosa de los reyes de España. Desquiciada la monarquía de su aureola de gloria, y la España de su bombo de grandeza, quedaba ésta al igual de Venezuela y la colonia se irritaba cada día al ver que se la trataba como esclava.

La Sociedad Patriótica, en sus proclamas de 22 de diciembre de 1810 y de 25 de enero de 1811, categóricamente anunció que no había otro camino que la independencia y así lo manifestó en el Prospecto del Periódico de la Sociedad. La Gaceta de Caracas publicó también un artículo de Burke sobre el asunto. Al despedirse Sanz de los caraqueños, dice en el semanario de 28 de abril de 1811: «La esperanza de vuestra recíproca confianza, unión y afecto me sirve actualmente de consuelo y me será de completa satisfacción en mi vejez veros enlazados por ese amor a la patria libres y absolutamente independientes. ¡Quiera Dios que en mi muerte oiga los dulces himnos de una libertad fundada en la acción y obediencia de la ley; y las armoniosas canciones de una independencia sostenida por una Constitución».

El 13 de mayo circuló en Caracas el Manifiesto de don Fernando Toro, referente a los sucesos del 19 de Abril. En él se expresa clara y terminantemente que la idea separatista fue el móvil que lo guió así como a su hermano el marqués del Toro, en los pasos que dieron para la revolución y que estaban resueltos a que ésta comenzase por Valencia y los Valles de Aragua «proclamando la independencia y levantando el estandarte de la libertad» si pasada la pascua de resurrección no hubiese ya Caracas tomado el camino que se indicaba. Esta publicación acentuó de una manera definitiva las ideas del mantuanismo de Caracas y venía en apoyo de la Sociedad Patriótica.

La misión de la prensa estaba concluida. El país sabía la verdad de las cosas y el Congreso empujado por las injusticias y agresiones de que eran víctimas los venezolanos por parte de España, declaró la independencia el 5 de julio de 1811.



Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos.
Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas.