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Sobre Dios y el amor divino: Luis Alberto Machado y Carmen Cristina Wolf Eduardo Casanova Lunes, 11 de octubre de 1999
En 1996 Luis Alberto Machado y Carmen Cristina Wolf ofrecieron al mundo la interesante experiencia de dos poemarios paralelos, Canto a la mujer y Canto al hombre , respectivamente, en la que los poetas, cada uno desde su texto, dialogaban entre sí y entrelazaban ideas y hermosas palabras. Ahora, en 1998, ambos poetas publican libros que, por sus títulos, parecerían aún más paralelos, pero quizá lo sean menos que aquéllos: Canto a Dios , de Luis Alberto Machado, y Canto al Amor Divino (Caracas: Cármina, 1998), de Carmen Cristina Wolf. Utilizo la palabra quizá, que expresa duda, porque, sin que con esa afirmación pueda llegarse a una conclusión definitiva, parecería que, en efecto, son menos paralelos: la relación entre ambos Cantos no es de diálogo preciso, y, más aún, se trata de libros distintos, con distintas intensidades y diferentes enfoques, aún cuando los relaciona su acercamiento a lo divino, a Dios. Y al ser humano. En su Canto a Dios Machado parece alejarse deliberadamente del universo lírico propiamente dicho y acercarse a la antigua poesía griega, que, como en el caso de Parménides o Hesíodo se valía de la expresión poética para adentrarse en el mundo de la divinidad. Podría decirse que varias partes del libro están formadas, más que por poemas, por aforismos, como el Poema 36, que dice:
Los textos no dejan de ser líricos, sino que se someten, por voluntad de su autor, no sólo a varias interpretaciones, sino a muchas formas de interpretación. Ello coincide plenamente con la tesis de la investigadora alemana Hilde Domin, cuando afirma que No hay ‘instancia’ alguna para el poema. El poema está ahí para utilizarlo: mientras tanto ‘mejor’ sea el problema y mientras tanto ‘mejor’ sea el lector -mientras más ampliamente tensa, mientras más múltiple sea la experiencia del lector y la que se hizo palabra en el poema, mientras más ‘mundo’ viva en los dos- tanto más puede hacer con el poema. Aquí, como por doquier, la cualidad eleva el placer en el asunto. Sólo que la ‘cualidad’ es mucho más difícil de determinar que en objetos de uso de grado menor. La única receta para el lector y el autor es orientarse siempre por las obras maestras del pasado, escuchar siempre la voz del pasado -y ante todo escuchar la propia voz y dejar que esta levísima voz se haga palabra (Domin, Hilde, ¿Para qué la lírica hoy?, versión castellana de Juan Faber, Barcelona: Alfa,, 1975. Pp. 214-215). Con ese inspirarse en la poesía griega (y en la romana, al parafrasear a Terencio y citar a Virgilio y a Horacio), Machado dispone con maestría de todos los elementos para que el lector escuche en el texto su propia voz, y su propia voz se haga palabra, pero palabra divina, que es algo a lo que Machado se adelanta en el Poema 47 , cuando dice:
Poema que, por cierto, es la reiteración del último del Canto a la Mujer :
Hecha esta precisión, hay que señalar que Machado, armado con la palabra y una fe inquebrantable, se atreve a usar la poesía como instrumento de esa palabra. Como un instrumento poderoso, que de entrada plantea que no percibe a Dios como un ser extraño y tan lejano que no puede verse, ni a la religión como una antigualla que no entiende la ciencia ni permite el avance del pensamiento. Ello está claramente expresado en el Poema 1 :
Luego de la referencia al Big Bang, con lo que establece la relación entre su fe, su religión, y su admisión de la ciencia como realidad, el poeta usa una metáfora implícita o tácita: la no utilización de la mayúscula en los pronombres cuando habla de Dios, y una afirmación: tú divinizaste mi vida, lo que es decir que al Dios hacerse hombre hizo dioses a los hombres, y por eso los dotó del elemento propio de los dioses, que es la palabra, la voz que hace belleza, la poesía. Y ya desde ese primer Poema, Machado se adentra con valentía en la tarea de usar la palabra, la poesía, como instrumento para difundir sus ideas, su teología, que se manifiesta con decisión y fuerza en detalles como el traducir correctamente la Vulgata en el Poema 3 : No era el Verbo, sino era la Razón. Y si la Razón era Dios y se hizo carne, Dios se hizo carne y, por lo tanto, nuestra materia está en el cielo. Y además, podemos tocar a Dios, como afirma el Poema 4 . Y en el Poema 5 está una de las afirmaciones más polémicas de la teología del Canto a Dios: María no sólo es la madre de Dios, sino que
Supongo que muy pocas veces se habrá materializado de tal manera la materialización de Dios como planteamiento del cristianismo. Como pocas veces se habrá hablado de Dios en términos de locura, como ocurre en el Poema 9 :
No muere por amor, sino de amor, lo cual establece aún una mayor identidad entre Dios y el hombre, ese Dios que en el Poema 3 habitó entre nosotros. Por amor, y ahora, seis poemas más adelante, tan impregnado está de ese amor por los seres humanos, por todos y cada uno de nosotros, que muere de amor. Una bella metáfora que puede servir de ejemplo de la gran metáfora que habita todo el libro. En el mismo Poema 9
Otro planteamiento atrevido, que más de uno querrá discutir y hasta tachar, en la creencia de que Dios es infinito y no puede morir. Pero Machado plantea que si se hizo hombre, pudo morir y murió. De amor. En Poema 10 me obliga a hacer una disgresión, que es la siguiente: en 1993 se publicó mi tetralogía de novelas llamada Cuarteto en Sol, cuyos segundo y cuarto libros tienen un capítulo común, el XVIII, en el que el personaje Francisco Monroy desarrolla su teología particular. Y hay un fragmento que dice: El error es no darse cuenta de que la expansión es aparente. Es que cada uno es el centro del universo y ve alejarse todo, aun sin saberlo. Es el proceso de que el Todo, que es el centro, se va transformando en Nada para volver a ser Todo. Es el paso del inmóvil absoluto, que se mueve a una velocidad incomprensible, al móvil absoluto, que no se mueve y, por lo tanto, se encuentra con la velocidad incomprensible para que el proceso vuelva a ser. Ese fluir permanente es la gran trampa de la naturaleza (Eduardo Casanova, Corazón de Dinosaurio, Caracas: Actum, 1993, p. 112, y La muerte del novelista, Caracas: Actum, 1993, p. 111). En tres palabras: Todo es Nada. O en seis palabras: Todo y Nada es lo mismo. Luis Alberto Machado, en su Poema 10 , dice:
Lo cual es como la antítesis de lo que plantea en su teología particular mi personaje Francisco Monroy, antiguo terrorista que se ha alejando de la vida en la medida en que entra voluntariamente a la muerte, con lo que es también la antítesis de lo que Machado plantea en su Poema 12 :
Curiosamente, el personaje Francisco Monroy, que ha perdido todos sus ideales y se limita a sobrevivir en una exilio cargado de penas, llega prácticamente a la misma conclusión desde el extremo opuesto, cuando remata su cuasi-monólogo con estas palabras: Al ser humano lo que debe interesarle es vivir bien, en calma, sin dañar ni ser dañado (ibidem, p. 113, ibidem, p. 112) En dos palabras: ser feliz. Machado, como poeta, cumple a cabalidad el propósito que se ha trazado. El Poema 20 lo demuestra más allá de toda duda:
Que es una clara expresión de felicidad. Y no sólo en lo teológico Machado vuelve a la tradición de la gran poesía griega. Se vale de la suya para divulgar sus ideas en materia del desarrollo de la inteligencia, cuando en el Poema 24 dice:
Habrá quien diga que en esta especie de oración no hay poesía. Que le falta tono poético y es algo demasiado directo. A lo que Hilde Domin responderá de nuevo: No hay ‘instancia’ alguna para el poema. El poema está ahí para utilizarlo, que es, exactamente lo que hace Luis Alberto Machado con su poesía. Lo que queda más que confirmado en el Link Poema 57 , con el que se cierra el libro:
En cambio Carmen Cristina Wolf, con su Canto al Amor Divino, no sustenta tesis alguna en sus poemas. Simplemente expresa sus emociones, su amor a Dios. Porque el Amor Divino no es el amor de Dios, sino el amor a Dios, que se manifiesta un muchas formas y con muchas voces que son una sola y múltiple: la de la mujer-niña, la de la poeta que sigue llevando en su alma la candidez y la visión maravillada y maravillosa de la niña que sigue siendo. El primero de los poemas tiene dos vertientes claramente diferenciadas: empieza con un credo muy personal de su autora:
Que luego de una pausa se transforma en un canto no exento de sensualidad:
Con lo que se establece el tono dual del poemario: mujer-niña, candidez-sensualidad, rezo y canción. Pero siempre, en todo momento, poesía. Es la mujer, la poeta en plenitud, la que canta en el Poema 2:
Que es un acertadísimo poema-metáfora, relacionado también con la ciencia y el Big Bang, lo cual parece ser una respuesta al planteamiento del Poema 1 de Machado, adornada con una imagen tan acertada como esa de las flechas ataviadas / de su propio blanco, que dan una idea de movimiento continuo, de estructura atómica, que hasta ahora habría parecido muy difícil de expresar en poesía. Y es también poesía exquisita la contenida en los cinco tresillos del Poema 7
Y es la niña, la poeta niña, la que dice en el Poema 9:
Es la voz aguda de la niña, admirada ante la presencia del Dios hombre que hasta puede volar, tal como la niña vuela en sueños. Pero no falta el toque de sensualidad en ese abrazar una cortina
Sensualidad que es aún más evidente en el Poema 11: Y que desaparece en los Poema 12, 13, 14 y 15, cuando la voz de la niña se multiplica y oculta la de la mujer, mientras le recuerda al Niño Dios cómo jugaban cuando ambos cabían en una casa de muñecas. Hasta que en el Poema 16 vuelve la mujer que recuerda cómo el hombre Dios "le pidió en corazón a cambio del suyo". Mujer poeta que eleva sus versos a la región celestial cuando le canta a Dios, a Jesucristo, al Dios hecho hombre, palabras de tanta belleza como las del Poema 22:
Dignas de figurar en cualquier antología de la poesía más bella imaginada por la humanidad a lo largo de la historia. Tal como el Poema 25, en el que la poesía asciende hasta la Madre de Dios en ocho pares y un cuarteto, en los que la palabra "Madre", reiterada hasta la saciedad, se convierte en una oración, que culmina cuando la mujer poeta pide que se le permita saciar su sed y que
Una sensualidad llena de valentía y exaltación, de amor de mujer de carne y hueso, que se sublima en el poema 31:
Lo que retoma en diálogo con el Canto a Dios, de Machado, si recordamos lo que Machado dice en el Poema 5:
De manera que la sangre "embanderada" no sólo es de la mujer poeta, sino es la de la mujer, y por lo tanto, la de la madre de Dios. Es Dios parido valientemente por todas las mujeres del mundo. Y también hay un diálogo entre el Canto al Amor Divino y el Canto a Dios cuando se hablan el Poema 10, de Machado:
y el Poema 34 de Carmen Cristina Wolf, que afirma que de no haber una vida eterna
Lo cual, en medio de la nada, me permitiría volver a la disgresión acerca de mis textos novelísticos de 1993 y empezar a girar, eternamente, de la nada a la nada. El Poema 38 del Canto al Amor Divino, es otra pequeña joya digna de cualquier antología:
En toda esa forma de hacer poesía, de estar inmersa en la poesía que se hace, hay ecos, sin duda, de esa suerte de sensualidad sublimada que está presente en aquellos versos archiconocidos de Santa Teresa de Jesús:
Pero también de una cierta picardía femenina, como la que aparece en los versos, menos conocidos, de Gabriela Mistral:
¿No parecería que se encuentran en el tiempo y cantan en un hermoso dúo, cuando Carmen Cristina Wolf dice:
En resumen, el Canto al Amor Divino de Carmen Cristina Wolf es un libro que bien merece el amor humano de todos los que aman la buena poesía. Y en cuanto a su relación con el Canto a Dios, de Luis Alberto Machado, creo que no puede hablarse de libros paralelos, pero sí de poemas unidos por un gran amor, amor a lo que está en todas partes, está aquí y está más allá de todo horizonte posible. A Dios. |
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