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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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Discurso al asumir presidencia del Círculo de Escritores de Venezuela

Caracas, 23 de setiembre de 1999

Señoras, señores, compañeros y amigos del Círculo de Escritores:

En momentos en los que se escucha a la cabeza de la República decir ante el mundo entero que a raíz de la caída del muro de Berlín «alguien» dijo «ha estallado la paz». En momentos en que se relega a la cultura al sótano de un ministerio recargado de trabajo y burocracia. En momentos en los que el país parece haber caído en manos de los admiradores de José Millán Astray, aquel que el 12 de octubre de 1936 gritó en Salamanca «¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!», ante lo cual el sabio escritor y pensador don Miguel de Unamuno, a pesar de estar rodeado de armas que lo apuntaban, enfrentó con su dignidad y su inteligencia la barbarie militar. En momentos, pues, en que parecería que todo lo que un escritor ama y representa está amenazado por todo lo que detesta, asumo la Presidencia del Círculo de Escritores de Venezuela.

Pero, a pesar de los ásperos momentos que nos toca vivir, hoy no debe ser un día de prevención, sino de alegría. Por vez primera asume la Presidencia del Círculo un novelista que no estuvo entre los fundadores de la institución, lo que bien puede interpretarse como un relevo generacional. Y más importante aún es la presencia en la nueva Directiva de varios escritores jóvenes, y hasta muy jóvenes, que tienen ya una obra literaria de peso. Otros, en cambio, llevamos la juventud en el alma, que es una forma muy meritoria de llevarla. De manera que hay varias causas para estar alegres. En mi caso, me siento contento por recibir la Presidencia de manos de Luis Beltrán Mago, poeta a tiempo completo y fundador del Círculo, que en sus manos marchó por buen camino, y eso es algo a cuya continuación me comprometo solemnemente esta tarde. Sí, se trata de continuar una obra que ya es conocida y reconocida, y los que hoy asumimos la dirección vamos a seguir por los mismos senderos. Pero, desde luego, no nos vamos a conformar con seguirlos. Buscaremos montañas que escalar y valles que explorar, y las escalaremos y los exploraremos con toda la pasión que pueda salir de nuestras jóvenes almas, a pesar de los cuerpos ya añosos de algunos de nosotros. Una de esas montañas es la de luchar contra la ignorancia de nuestra existencia. Desde hace mucho tiempo he venido exponiendo en distintos escenarios algo que verifiqué en 1987, cuando investigaba acerca de la relación entre la obra escrita y el medio, en toda la América humana. Supe entonces que esa relación fue idéntica en Argentina, Perú, Colombia, Guatemala, México y Venezuela, hasta 1929. Y que el último escritor venezolano en disfrutar de esa situación fue Rómulo Gallegos, cuya novela Doña Bárbara, publicada en 1929, recibió de la crítica y de la sociedad un tratamiento equivalente al que habría recibido en cualquiera de los otros países de nuestra América. Y que las primeras víctimas de una situación absurda, que bien puede ser el rechazo del país hacia sus escritores, fueron Enrique Bernardo Núñez, con Cubagua y Arturo Uslar Pietri, con Las Lanzas Coloradas, obras publicadas en 1931. Cubagua, novela inventora de ese realismo mágico que ha convertido la narrativa latinoamericana en un fenómeno de primera importancia en el mundo entero, en Venezuela no sólo fue ignorada, sino que lo poco que se publicó sobre ella fue de tal naturaleza, que Enrique Bernardo Núñez, después de un segundo intento que él mismo frustró, abandonó la narrativa para siempre, con lo cual Venezuela y el mundo perdieron un mundo de posibilidades mucho mayor que la propia Venezuela. En cuanto a Las Lanzas Coloradas, Arturo Uslar Pietri le escribió una carta a Alfredo Boulton preguntándole que por qué la crítica lo silenciaba. Por algo Arturo sostiene que en el país no se le reconoce como escritor sino como político. Muchas veces he planteado esa realidad, que me hace ver que en 1929 alguna catástrofe se abatió sobre Venezuela, una catástrofe que la privó de la crítica literaria y, peor aún, de la capacidad de apreciar a sus escritores y de permitir que los escritores cumplan a cabalidad su papel en la sociedad. Jean Paul Sartre, escritor y pensador, novelista y filósofo, ha definido con toda propiedad ese papel. «El escritor -dice Sartre- tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Y cada silencio también. Considero a Flaubert y a Goncourt responsables de la represión que siguió a la Comuna, porque no escribieron una sola palabra para impedirla. Se dirá que no era asunto suyo. Pero ¿es que el proceso de Calas era asunto de Voltaire? ¿Es que la condena de Dreyfuss era asunto de Zola? ¿Es que la administración del Congo era asunto de Gide? Cada uno de esos autores, en una circunstancia especial de su vida, ha medido su responsabilidad de escritor. La ocupación nos ha enseñado la nuestra. Ya que actuamos sobre nuestro tiempo por nuestra misma existencia, queremos que esta acción sea voluntaria.» En ello está implícito que si es obligación del escritor asumir su deber, es porque la sociedad en la que desenvuelve lo toma en cuenta. Si Flaubert y Goncourt hubiesen escrito algo para evitar la represión posterior a la Comuna, no habría habido represión después de la Comuna, porque «cada palabra suya repercute.» Aquí en Venezuela, hoy, repercute la palabra de un pelotero o la de cualquier charlatán, pero no la de un escritor. Y ello ha sido así desde que Venezuela, en 1929, se convirtió abiertamente en país petrolero, monoexportador y monoimportador. Y, sobre todo, en un país que parecía riquísimo y sintió la necesidad de negarse a sí mismo para que los vecinos le perdonaran ese cambio tan notable. Eso fue lo que ocurrió a partir de 1929, y uno de sus efectos fue la negación del escritor. Porque no se quiere tener conciencia, no se quiere que cada palabra de un escritor repercuta. Las de los escritores extranjeros hay que resaltarlas para hacernos perdonar esa riqueza que nos cayó del suelo y no importa mucho lo que digan, puesto que ellos se ocupan de sus propios países, salvo el caso reciente de Mario Vargas Llosa, que se ocupó del nuestro, y fue sometido al escarnio público. El rechazo se manifiesta en la ausencia casi total de la crítica literaria en los diarios y revistas de Venezuela. Se manifiesta en la casi total inexistencia de editoriales en Venezuela. Se manifiesta en el hecho de que no hay apoyo alguno, ni social ni oficial, para la literatura en Venezuela. La música recibe miles de millones de bolívares de subsidio del Estado y de los particulares. Las artes plásticas reciben miles de millones de bolívares del estado y de los particulares. La literatura no. En el caso de la música, el resultado de ese gasto no ha sido nada bueno: Venezuela tuvo un gran movimiento musical en la Colonia, que continuó siendo importante en el siglo XIX y se hizo aún más importante en el XX, con hombres y mujeres de la talla de los maestros Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza, Antonio Estévez, Carlos Figueredo, Inocente Carreño, Blanca Estrella, Angel Sauce, José Clemente Laya, Evencio Castellanos, Antonio Lauro, Raimundo Pereira, Gonzalo Castellanos, Modesta Bor y muchos otros, a los que siguieron en el tiempo compositores como Alfredo Rugeles, Sergio Tulio Marín, Juan Carlos Núñez, Ricardo Teruel, Francisco Rodrigo, Alba Quintanilla, Federico Ruiz, Alexis Rago, Luis Morales Bance, Alfredo del Mónaco y otros, de quienes también se puede decir que ya la juventud la llevan en el alma, pues sus cuerpos han estado en este valle de lágrimas por más de cinco décadas. Después de ellos, hay un vacío casi total. No hay generación de relevo, porque los obsequios del gobierno han sacrificado la calidad en aras de la cantidad. Y algo muy parecido puede decirse de las artes plásticas, que en otros tiempos dieron hombres tan brillantes como Armando Reverón o Federico Brandt o Alejandro Otero o Jesús Soto o Carlos Cruz Diez, sin que hoy aparezca la generación de relevo que sí se encuentra entre los escritores. Y aquí parece haber una contradicción, pero Unamuno decía que solamente los necios no se contradicen tres veces por día. Parecería que yo, por un lado pido que se le reconozca al escritor su posición en la sociedad, y por la otro demuestro que el haberla tenido ha sido terrible para los músicos y los plásticos. Pero es que no solicito ni un centavo de subsidio del Estado. Lo que quiero que logremos, como una tarea del Círculo de Escritores, es que la sociedad reconozca nuestra existencia. Que nos oiga, que «cada palabra (nuestra) repercuta. Y cada silencio también.» Y para eso no hace falta dinero del Poder Público, sino voluntad de la sociedad. Fue también Sartre el que dijo que el escritor «proporciona a la sociedad una conciencia inquieta y, por ello, está en perpetuo antagonismo con las fuerzas conservadoras que mantienen el equilibrio que él procura romper.» Justamente es eso lo que me propongo lograr: romper el equilibrio de silencios que pretende ignorar a los escritores venezolanos. Para ello vamos a fomentar hasta lo imposible la publicación de libros venezolanos, y lo vamos a hacer con la creación de un auténtico Fondo Editorial del Círculo de Escritores de Venezuela, con el que puedan contribuir todas las empresas y personalidades que quieran hacerlo. Y, desde luego, vamos a continuar con el trabajo de la Sociedad de Amigos del Círculo, con las emisiones en la Radio Nacional, con la publicación de la revista «Equinoccio», que también será difundida al mundo entero por la red mundial Internet, y con el excelente programa de encuentros en los que se leen textos, se dictan conferencias, se entregan premios y reconocimientos y, sobre todo, se intercambian ideas; pero todo eso lo vamos a complementar con otras actividades y con otro tipo de encuentros menos formales, en los que rendiremos el debido homenaje a Atenea con la ayuda de Baco y trataremos de que se conozca cada vez más la realidad de la literatura en Venezuela, que es excelente, y quizá lo sea porque el Estado no ha metido en ella su inmensa mano dadivosa, que tiende a corromperlo todo. Hoy en día podemos hablar de no menos de trescientos escritores en el país. Argentina, Chile, Colombia, México, Perú, Ecuador, Bolivia y quizá todos los países de la América humana pueden decir más o menos lo mismo. Pero a los nuestros el dios petróleo los ha obligado a ser héroes póstumos, como lo fue Ramos Sucre, como lo fueron Enrique Bernardo Núñez y Guillermo Meneses; aunque no hay que olvidar que también lo fueron Cervantes, Kafka y Proust, que al fin y al cabo no son mala compañía. Esta nueva Directiva, la de los jóvenes de cuerpo y los jóvenes de alma, se propone luchar para que la situación del escritor venezolano se transforme. Es posible que no lo logre para los que hoy escriben. Pero solamente los muy necios trabajan para el presente. Nosotros lo haremos para el porvenir.


Eduardo Casanova en La BitBlioteca


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