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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Cómo miran las americanas

Publicado el 24 de agosto de 2000

1

Baba y yo íbamos en el Mustang; en su Mustang. Íbamos a ciento veinte, a ciento cuarenta, a ciento sesenta, a doscientos, a la velocidad de la luz, a la velocidad de la sombra, a la velocidad del pensamiento de Dios, a la velocidad de las velocidades veloces... Íbamos en un Mustang 1972. Más nada.

Aquel carro azul parecía un apartamento completo, enorme, descomunal. Más bien parecía un pent-house; un pent-house arrechísimo que se mueve y que te permite ir pleno, cómodo, relajado; sobre todo eso: relajado. Es de pinga ir relajado a tanta velocidad. No se puede viajar de otra manera en un carro así, en un carro que te permite verlo todo desde tu asiento como si fuera parte de una película veloz y frenética.

Baba manejaba orgulloso. Fumábamos. Nos sentíamos muy bien teniendo los ojos cubiertos con unos lentes negros que nos protegían del sol, y que a mí me permitían disfrutar de los lentos y fugaces dibujos que siempre generan las líneas de humo en el espacio. Íbamos con los vidrios arriba, con el aire acondicionado encendido a toda potencia y con la música a todo volumen. No sé por qué nos dio por ponernos a oír el primer acto del Tannhäuser y acelerar y acelerar y acelerar, como si el fantasma del propio Richard Wagner nos persiguiera en la carretera que nos llevaba casi en línea recta a Puerto La Cruz. Aquella música nos ponía a correr soñando, a soñar corriendo, a ver espíritus, ninfas, sátiros y calaveras volando alrededor del carro como en una nube maciza, rodeada de chispas que se desplazan a toda velocidad por el espacio, por el éter inerte de la eternidad. Y era que la música (como toda buena música) nos producía imágenes que para Baba y para mí eran diferentes. Baba decía que la obertura del Tannhäuser le sonaba a agua, a mar revuelto, a coje culo de abismos marinos, a olas que anegan y revuelven las piedras negras de la playa, a corrientes espumosas que se chocan y se mecen generando esa monótona diversidad del mar.

—¡Coño! Ya para la vaina del mar. Me estoy mareando en este océano borrascoso que acabas de meter aquí dentro del carro— grité.

Baba se sonreía.

—Tú fuiste el que empezó.

De bolas que empecé. Empecé porque ni siquiera la música se compara con las imágenes que ella misma genera en nosotros, los que encendemos el equipo de sonido y ponemos discos y le subimos el volumen al aparato para que los fantasmas que viven en la música nos envuelvan y nos cobijen con su presencia misteriosa. La música es un misterio sonoro hecho para producir apariciones, para hacernos ver lo que existe en nuestra imaginación, para hacernos evocar por igual momentos que hemos vivido y momentos que no hemos vivido.

—Por eso me fastidian tanto los músicos —dijo Baba con el cigarro bailándole en los labios—. Por eso me ladilla ir a conciertos. No es que tenga algo contra ti, pero me molestan los músicos. Me molestan las orquestas, me molestan los cantantes y todos esos instrumentistas. Si en vez de estar aquí en este carro que te lleva a ciento cuarenta a Puerto La Cruz, estuviéramos en una sala de conciertos viendo a Georg Solti (Sir Georg Solti) dirigir el Tannhäuser, te aseguro que yo estaría ladillado y no anduviese evocando mares agitados. Ver la orquesta mata la capacidad de generar imágenes que tiene la música.

¿Sería verdad lo que decía mi amigo o era otra de sus opiniones majaderas? En cierta forma tenía razón. Ver una orquesta repleta de viejos estáticos tocando el Tannhäuser le tumba la paloma a cualquiera que haya escuchado una y otra vez esa ópera en su casa o en su carro como nosotros. Lo que pasa es que eso que dice mi amigo-chofer es muy doloroso para mí, tomando en consideración que soy el violinista que va a tocar el Brahms y el Beethoven con la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela allá en Puerto La Cruz... A propósito: no les he dicho cómo me llamo. Llamadme Ismael y pensad que Baba y yo viajamos dentro de Moby Dick, la ballena azul que tiene equipo de sonido para oír el Tannhäuser a todo volumen y gozar una bola. Aquí en el asiento de atrás del Mustang-Dick está la maleta con mi violín... Digo... Por si no me creen...

—Y lo peor de los músicos —continu– Baba-Ajab— es que los tipos tienen una vaina miserable que a uno, que no puede tocar ni una nota, le da envidia. Se trata del mismo hecho de ser músicos y de saber leer un pentagrama y de entender cuándo y cuáles son las notas que aparecen frente a ti cuando estás oyendo una pieza cualquiera. No saber música y no poderla tocar son dos caras de una misma tragedia. Digamos que en el mundo existe mucha gente —y me incluyo— con ese sino trágico encima. Tú no puedes entender ese dolor porque tú tienes tu violín, tocas y eres hasta un niño prodigio con ese instrumento en las manos. Uno, que es un pelabola, tiene que conformarse con andar en este camastrón a ciento cuarenta, a doscientos ochenta, a mil, oyendo la música que componen y producen otros.

Yo le iba a preguntar que de qué se quejaba si Beethoven, Mahler, Prokofiev y Dvorak jamás en su vida viajaron en un Mustang a esta velocidad, pero no dije ni pío porque sé que Miles Davis tuvo no uno, sino varios Ferraris a los que corrió como le dio la gana hasta que los escoñetó por andar por ahí lleno hasta el culo de cocaína, heroína, creolina y quién sabe de cuántas drogas blandas más. Lo que a Baba le pasa es que le tiene envidia a los músicos porque, siendo músico, uno levanta más que él. Baba está despechado como sólo un tercio que tiene un Mustang sabe hacerlo... No, en serio, yo sé en qué consiste la ojeriza que Baba le tiene a los músicos porque a uno mismo le da una versión de esa envidia que es peor que la que siente Baba. La tirria de mi amigo tiene que ver con que él no conoce ninguno de los misterios que encierran la música y los instrumentos, y en cierta forma yo lo disculpo porque, como dije antes, a uno, que es músico, le da una envidia peor cuando estamos frente a otro músico más arrecho que tú. La última vez que sentí esa clase de envidia profesional fue cuando vi a Petrucciani en Caracas. Recuerdo que aquel enano salió a escena todo patuleco, todo muletas, y me dejó absolutamente pasmado cuando se puso frente al piano, se sentó en su banquito y se puso a tocar como loco durante hora y media sin parar, sin coger respiro, sin echar gasolina como si fuera un Mustang enano y tullido. Entonces yo escuchaba aquella música que en algún momento estuvo dentro de las volutas cerebrales de aquel tipo chiquito que era francés y que a mí me recordaba a Lautrec, y me parecía que estaba viendo un milagro extendiéndose a lo largo de las teclas blanquinegras del piano machucado, percutido, sudado y casi resurrecto por la gloriosa rabia de un Michel Petrucciani que estaba en las últimas de su vida.

A todas éstas, recuerdo que fui a ese concierto con Sofía. Por cierto que ese día mi sabia Sofía andaba rabiosa porque esa tarde lavó su ropa y la colgó en el tendedero de su apartamento del edificio de Bello Monte. Por vivir en un primer piso, y tener la ingenuidad de colgar su ropa en el alambre de su ventana, vinieron unos gamberros con un palo de escoba y le robaron las franelas, las faldas, las pantaleticas, los pantalones y hasta los sostenes deliciosos. Recuerdo que esa tarde, cuando la fui a buscar, me encontré con la chica más linda del mundo llena de la rabia y de la indignación más gruesas que había visto en mucho tiempo. No sé cuánto tiempo pasé convenciendo a mi sabia Sofía de que no importaba que no tuviera ropa porque teníamos tiempo y podíamos meternos en una tienda y comprar un vestido bonito y unas pantaleticas preciosas y una blusa maravilla para ella que era, en ese momento, una niña descamisada. En el camino no hicimos otra cosa que pelear porque Sofía es un fastidio de naturaleza telúrica cuando entra en una tienda y comienza a probarse ropa. La niña se prueba una falda, otra falda, otra y otra y otra... Esa noche discutimos varias veces, pero al final llegamos al concierto y se nos pasó la rabia. En especial a Sofía se le pasó la rabia cuando vimos a Petrucciani tocando. A ella se le trocó la arrechera en una especie de tristeza y de lamento cuando le dije en pleno concierto que el enano maravilloso que estábamos viendo y oyendo tenía una enfermedad degenerativa en los huesos que muy pronto se lo llevaría de este mundo. Sofía se estremeció y se puso a escucharlo con más atención. Cuando el tipo terminó y lo aplaudimos, ella me dijo que Petrucciani le recordaba a Lautrec, a Toulouse-Lautrec. A mí aquella comparación me parecía perfecta porque los dos eran franceses, los dos eran enanos, los dos eran grandísimos artistas y los dos vivían en ambientes oscuros, llenos de humo y rodeados de putas y de tipos como yo que los admiraban, los envidiaban y los tenían como dioses tutelares. Baba tiene razón. La envidia a los músicos existe y tiene razón de existir. Lo que pasa es que un músico entiende mejor esa envidia. El problema de la envidia de un músico hacia otro músico es que uno sabe que nunca podrá tocar como el otro porque la vaina no es un problema de técnica, de conocimiento o de las dos cosas juntas. Uno se da cuenta de que el problema es de bolas y de talento que el tipo tiene y que tú no tienes porque eres un güevón y un mamito incapaz de echarle bolas a tu instrumento. Por eso, y porque tuve que salir a comprarle ropa a última hora a mi sabia Sofía, recuerdo ese concierto de Petrucciani... Y claro, también lo recuerdo por el mismo Petrucciani a quien Dios tenga en su gloria, amén.

—¿Qué pasó? ¿Te quedaste dormido?— Preguntó Baba.

—No. Me quedé pensando en tu ojeriza frenética.

—No es «ojeriza frenética». Es envidia pura y cochina. Envidia jedionda.

—Te van a salir escamas— le repliqué para buscarle la lengua.

—¡Qué escamas ni qué carajo! Te digo que es envidia. Los músicos me dan envidia porque siento que se divierten más que yo —aquí empezó otra vez el despecho—. Los tipos, con el cuento de que son músicos, levantan más que yo y, por si fuera poco, las mujeres creen que por el sólo hecho de agarrar una guitarra, ya los tercios son unos vergatarios en la cama. Yo, cuando me quiero llevar a una caraja a la cama rápido, le digo que soy músico y que toco oboe.

—¡No seas acomplejado, Baba! ¡Deja los complejos, coño!

—Complejos tus ¿nalgas. Me vas a decir tú que eres tan arrecho que no envidias a nadie en esta vida?

—De bolas que sí, brother, pero no me acomplejo como tú. Yo te envidio a ti por tener este Mustang, envidio a David Oistrach por lo arrecho que era con un violín en las manos y, finalmente, envidio a unos carajos de Caricuao que conocí el otro día, que son unos bárbaros.

—¿Qué hacen los tipos?

—Nada. Agarran y persiguen gatos (dos o tres gatos por sesi–n), les amarran unas bolsas plásticas de basura en el lomo, suben al último piso de cualquiera de los superbloques donde viven, se meten una vainita y, cuando están bien jalaos, agarran a los gatos y los zumban y que esperando a que se les abran los paracaídas. ¿Tú has visto lo que hacen el ocio y las drogas?

—Yo nunca he hecho una vaina semejante. Ni en mi peor borrachera.

Eso lo dijo Baba muerto de risa.

—Bueno, a mí esa vaina de los gatos paracaidistas me da envidia. Me da envidia porque para hacer esa vaina hay que tener una mezcla de maldad con ingenuidad que yo no tengo y que sería muy bueno tener para tocar violín y para vivir en un país como éste.

—No joda, esos bichos son unos quemados ociosos. Eso no tiene otro nombre. ¿Tú te imaginas pasar por la puerta de tu bloque y ver un pocote de gatos moribundos porque unos manganzones los zumbaron desde el piso 19 así, porque les provocó o porque el perico que se metieron los puso creativos?

—Co—o, esa imagen que acabas de decir me gustó.

—¿Cuál?

—La de los gatos moribundos... Esa vaina se parece a «La Leona Herida», relieve tallado en las paredes del Palacio del Rey Asurbanipal... Arte asirio, por si no lo sabías.

—¡No joda! Vamos a seguir con Wagner porque si seguimos así, vamos a parar en maricos los dos.

Y seguimos oyendo el Tannhäuser, y seguimos mareándonos en esas estructuras musicales eternas y exuberantes que viven en la partitura de esa ópera. Baba seguía hablando y yo lo escuchaba; lo escuchaba hablando paja acerca de los gatos paracaidistas y acerca de qué hacía yo en Caricuao, que qué culito había conseguido por allá como para estar conviviendo con lanzadores de felinos desde azoteas... Él ponía su voz sobre Wagner, sobre la entrada de Tannhäuser con su arpa a la gruta de Venus, a la gruta donde lo esperaba un coro de ninfas-ninfómanas listas para rodearlo y para regalarle sus dones que al fin y al cabo son dones divinos. Yo escuchaba a Richard, a Tannhäuser y a mi amigo con los ojos cerrados, con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, con los ojos abiertos, oyendo el coro en que desemboca la obertura mientras Baba me hablaba sobre lo buenas que están las mujeres que viven en Caricuao, y entonces yo recordé que Baba era mi amigo, pero que era una tortura andar con él en estos días porque el pobre era presa de un despecho que vivía como sólo sabe vivirlo un tercio que tiene un Mustang.

A Tomás (que así se llama de verdad mi amigo Baba), la novia lo dejó con los crespos hechos y bien jodido. Como suele suceder, la mujer llevó a mi amigo al cielo y luego lo soltó para que se hundiera en el infierno y se muriera de consunción. Baba cayó del cielo a un infierno como cayó Ícaro por su propio peso. Mi amigo que ahora es un ángel caído, era un hombre feliz hasta que un día la novia le confiesa, así de buenas a primeras, que ella se encuentra en una «crisis de amor» y que está saliendo con su jefe. Yo no sé cómo Baba aguantó semejantes argumentos y no le dio, por lo menos, un cachetón a esa mujer que un día le dijo que lo quería y al otro le dice tan campante que ella «sufre una crisis de amor» y que está empatada con su jefe... Debe ser como para volverse loco descubrir de sopetón que la mujer que has querido y que has besado una y otra vez, te salió ligera de carácter y de faldas... En verdad Baba se volvió loco y no lo culpo para nada porque debe ser muy feo que te pase algo así.

Ya ni sé en cuántas borracheras he acompañado a mi amigo. Ya ni sé cuántas veces le he tenido que dar ánimo a este carajo que ahora maneja este pent-house azul y que hizo que entendiera definitivamente el mundo de las rancheras y de los boleros, y que respetara para siempre el sentimentalismo y el melodrama. Lo arrecho de un despecho era —según decía el mismo Baba— vivir viendo a Lucifer en tanga ahí, parado frente a ti, riéndose de tu desgracia, del golpe bajo que te dieron y que te tienes que mamar tú solito porque, por más que tus amigos te acompañen, ese infierno es tuyo y de nadie más.

Gracias a Dios que Tomacito Baba ha ido saliendo de ese barrial anímico en el que estaba metido. Ahora, por lo menos, no le da por salirse de las fiestas, o de su casa, a las tres de la mañana con su escaparate de martirios a cuestas listo para que unos malandros coños de madre lo conviertan en una mortadela. Ahora Baba sale en su Mustang y oye el Tannhäuser a todo volumen y echa vaina y habla paja como un loro, mientras el carro que él ha convertido en su oficina, vuela a la velocidad de la música, a la velocidad de la luz, a la velocidad del aire que desplazamos, de la distancia que nos comemos. El tipo se está recuperando lentamente, pero yo sé que salir de ese estado no es una mantequilla. Yo mismo me tardé como un año en salir de la arrechera que me dio cuando mi sabia Sofía decidió irse a vivir a Boston, a Tulsa o a qué sé yo dónde a trabajar y a vivir, dejándome aquí solo como un mismísimo bolsa. No puedo decir que me volví tan orate como se volvió Baba, pero también me apliqué en esto de la estulticia amorosa. No sé cómo, pero me vi enredado en los tentáculos de una secretaria tetona que me exprimía la rabia y la médula de los huesos, y, por si fuera poco, me preparaba unos arroces con pollo que eran una maravilla. Lo único malo era que después de salir y de tirarnos tremendos barrancos en los tugurios salseros de Sabana Grande y en los hoteles de El Rosal, tenía que llevarla a Caricuao. Recuerdo que en esa época me la pasaba hediondo a cigarro, a tasca y a jabón de hotel. A veces daba clases así, con semejante olor, y yo sentía que a las carajitas que empezaban en las mañas de la teoría y del solfeo, les repelía que su profesor oliese a mujer mezclada con botiquín.

En esas memorias de secretaria tetona y calentosa andaba mi imaginación cuando, de repente, sentí que el Mustang descendía su velocidad. Se me vinieron a la cabeza varias imágenes de Yude en su escritorio de la Escuela de Música sonriéndome, de Yude bailando, de Yude regañándome por andar hablando de Sofía, pero pronto, muy pronto, el encanto se rompió porque Baba le bajó el volumen a la discusión entre Tannhäuser y Venus y me dijo:

—Vamos a echar gasolinita y a vaciar la vejiguita.

—Perfecto, culito.

—Y nos vamos a parar aquí, al lado de estas gringas en problemas.

2

Ismael se reporta a Control de Misión... Cambio... Ismael se reporta a Control de Misión... Cambio... Ismael se reporta a Control de Misión y les dice que, a las siete y media de la noche de ese viernes, mi amigo Baba y yo estábamos muy bien porque nos encontrábamos bailando con las gringas en un restorán muy bonito que tiene un bohío gigantesco hecho de ramas secas entrelazadas como si fueran una tela vegetal.

Bailamos y bailamos muy bien, dando vueltas, rotando sobre nuestros propios ejes, doblando las rodillas, jugueteando con los pies, meneando lenta o rápidamente las caderas en uno y en varios movimientos repetidos según capricho propio y según el compás de la música sabrosa que salía de unas cornetas enormes conectadas a un equipo de sonido de lo más moderno. Las gringas que conocimos porque Baba paró el carro al lado del suyo, bailaban muy bien y se reían de nuestros chistes y nosotros nos reíamos de los suyos. Ellas hablaban muy bien español y nosotros hablábamos muy bien inglés. Aquella vaina parecía la ONU y nosotros parecíamos algo así como la ONU que está detrás de la ONU y que no es la de los embajadores, sino la de los traductores que son bi y trilingües y que pueden comunicarse en el idioma que quieran porque son como los administradores de la Torre de Babel...

Total es que bailamos como locos después de llegar a ese local que se llama La Guasa, y de tomarnos una sopa de mariscos y de comernos unos pescaditos fritos que resultaron ser una maravilla como resultan ser todos los pescaditos fritos del mundo.

En la bomba de gasolina Baba se portó como todo un caballero. Llegamos en el Mustang y, cuando abrimos las puertas para bajarnos, fue como si el ambiente se enfriara por obra y gracia del aire congelado y de la ópera ruidosa que traíamos dentro de nuestra nevera rodante y particular. Tomacito Baba y yo nos apeamos como si tal cosa, fuimos al baño que era roñoso como todos los baños de carretera, hicimos pipí, salimos y nos lavamos las manos en un lavamanos que está fuera del baño en la propia venta de sáunches, nos compramos una Colita en lata y una Sevenó y, hechos los guasinaris, los yo no fui, los «no quebramos un plato», nos fuimos hacia las gringas y Baba les preguntó:

—¿Quiubo?

Ya ni me acuerdo qué fue lo que las tipas le contestaron. Seguramente fue algo que le dio pie a Baba para acercarse más a las muchachas y decirles que él estaba a la orden para arreglarles el Fordcito que se les había echado a perder en plena carretera. Yo sólo sé que en menos de un decir «seibó», Baba les dijo que él se llama Tomás, y les dio la mano y les sonrió y les volvió a preguntar con la cara más seria y más austera del mundo si él y yo podíamos ayudarlas metiéndole mano al carro y a ellas también.

Al principio las niñas gringas, que eran pelirrojas, pusieron semblante de culo y de desconfianza hasta que Baba les dijo algo que yo no oí y que les cambió el mohín hacia una sonrisa seca con la que nos dijeron que aceptaban nuestra ayuda.

No sé por qué me dio un vahído extraño y una especie de fastidio extremo por dedicarle una parte de nuestro viaje sabroso a ayudar a unas prójimas que estaban bonitas y hasta buenas, pero que de seguro no nos darían más que las gracias, y quizás un Halls Mentholitus como premio, por nuestra buena obra del día. Por eso, y porque no sé un carajo de mecánica, puse rostro displicente y le pregunté a las gringas y a Baba si necesitaban algo de la tienda, y entonces una de ellas me dijo que sí y que me acompañaría a comprar unos refrescos y unas chucherías en ese local de carretera, igual a todos los locales de carretera de este país, donde venden arepas, sáunches de pernil, plátanos horneados, rollos de fotografía, pelotas inflables, refrescos y cualquier cantidad de vainas siempre acompañadas por un portugués sudado y una o dos maquinitas de pinball donde siempre están jugando unos negritos flacos y ociosos.

—¿Y tú cómo te llamas? —Le pregunté a la gringa después de pedir unas Coca-Colas y dos paquetes de galletas Óreo.

—Mira —me dijo tímidamente y con un acento extraño. —¿Y tú?

Yo me acordé de Moby Dick, como siempre que me preguntan mi nombre:

Call me Ismael —contesté, echándomelas de Melville.

Mira sonrió y ahí fue cuando pude ver que era dueña de una dentadura perfecta y de una sonrisa que le creaba unos huequitos muy lindos en los cachetes. Yo le miraba la boca en aquel gesto perfecto y creo que fue en ese instante cuando se me quitó el vahido y me puse a detallar bien el cuerpo de aquella deidad sajona que estaba ante mí con unos bluyines cortados a la altura de las rodillas y una camisa blanca de algodón muy fino que transparentaba y me permitía imaginarme la silueta de su cuerpo largo, firme y ligero.

—Mira, Mira —y le se—alé a esta reilona treintañera gringa unos calendarios viejísimos con unas mujeres medio desnudas que hoy deben tener como setenta años.

—¿A ustedes les encanta ese material erótico, verdad?

—Porque a ustedes no, ¿verdad? —le respondí medio picado para que no fuera pendeja y para que no me viniera con atisbos de superioridad racial y esas güevonadas.

Mira dejó de mostrarme los hoyitos de los cachetes y me puso una cara de culo fingida que vino aderezada con una subida y bajada de cejas que me hizo recordar a otra mujer preciosa. No sé por qué a veces me pasa que creo que los gestos de la gente se repiten y hacen que a todo el mundo le aparezca un hermano gemelo en el sitio donde uno menos se lo espera. El cuento es que el gesto de sube y baja que Mira acaba de hacer con sus cejas rectas y pobladas, acompañado de lo que acabo de decir sobre el racismo, me hizo volver otra vez al recuerdo de mi secretaria tetona. Resulta que un día Yude y yo salimos con Pedrique —que no se llama Pedrique, sino Pedro Enrique; lo que pasa es que la gente de Caricuao es muy floja para hablar— es el mismo tipo con el que yo andaba el día de los gatos paracaidistas. La verdad es que no recuerdo bien por qué Yude andaba con su hermanito. Sólo sé que los dos habían ido a verme a un concierto que di en el Teresa Carreño. Ese día el concierto estuvo a punto de ser una cagada porque resulta que al primer violín de la Sinfónica se le quedó el violín en la casa. El sábado anterior el carajo había sacado el instrumento de su estuche y había metido un par de raquetas de ping pong para irse a jugar en el club con una dama que lo traía loco. Yuri —que así se llamaba aquel primer violín— seguro que pasó toda la noche y todo el día con la jugadora de ping pong, jugando ping pong, y cuando llegó la hora del concierto, se fue al teatro con el estuche del violín sin violín y repleto de raquetas. Aquella vaina produjo un retraso que arrechó al director, a mí, a la orquesta y hasta al mismísimo Piotr Ilich en su tumba. Bueno, todo aquel barullo que se presentó por culpa del violinista gozón me produjo una ansiedad tremenda. Siempre que me da ansiedad, me dan ganas de echarme unos whiskys poderosos y si no me los tomo, puedes tener la seguridad de que me vuelvo el carajo más insoportable sobre la faz de la Tierra. El caso es que salí del teatro luego de ver la coñaza entre el director y el primer violinista, y me fui con Yude y Pedrique a echarnos el tan ansiado whisky. Lo malo fue que cuando estábamos en la puerta del bar chic adonde fuimos, se nos acercó un viejo pelón de aire caucásico que venía impecablemente vestido con un traje de tres botones color ocre, y nos dijo: Uds. no pueden entrrrrarrrr aquí. Uds. son negrrrros. El viejo diciendo eso y Pedrique sacando la pistola de su chaqueta a cuadros fueron dos acciones que se convirtieron en una cuando el doctor Mengele que fungía como portero de su propio piano-bar, recibió el cachazo en el coco más sonoro que he visto y oído en mi puta vida. ¡Eso es paí que respetes, alemán de mierda! Dijo Pedrique, y ahí mismo, y yo no sé de dónde, apareció un negro como de tres metros que tenía un doberman colmillúo amarrado a una cadena. ¡Negrrrro, zúmbales a Igorrrr! Gritó el Führer coñazeado desde el piso. ¡Si me zumbas al perro, lo mato, te mato a ti y mato a tu «negrrrro», teutón mal parido!. ¡Qué bolas! Me dije para mis adentros. Ese día estaba destinado a ver peleas a mí alrededor porque sí. De vaina, lo juro, saco el violín y me pongo a tocar en la entrada de ese bar racial, y que para probar si es verdad que la música aplaca a las fieras que en este caso eran Yude, Pedro, el alemán, el negro y el perro del coño que no hacía sino ladrar y ponerme los nervios de punta. Yo no hallaba qué decir porque Pedro y Yude tenían razón en su arrechera, y hasta tenían razón de darle sus manos al nazi ese que está aquí en esta tierra de negros por puro joder, pero la verdad era que me fastidiaba hacer el papelón del tipo diplomático que tiene que ponerse a discutir con un bicho que se merecía los coñazos que le estaban dando. Menos mal que Pedrique terminó de darle la redoblona y Yude de gritarle barbaridades cuando llegó la patrulla de policía que llamaron desde dentro y que para arreglar la situación. Lo que nunca se imaginaron los tipos del bar chic era que Pedrique también era policía y que tenía su chapa bien brillante y bien lista para desenfundarla en cuanto hiciese falta. Así que, como Uds. imaginarán, quienes pararon en la jaula fueron el alemán, el negro de tres metros y el doberman. De ese episodio saco dos moralejas. Una: nunca te metas con unos negros que estén en su tierra. Dos: uno sí piensa tonterías. Basta una pendejadita para que la cabeza se te dispare hacia el pasado y hacia todas partes...

Total es que Mira y yo volvimos al carro con los refrescos y ahí estaba mi pana Baba con las manos metidas hasta el fondo en el motor del Fordcito. Mi amigo estaba con la otra gringa. Aquella imagen de mi compadre me llamó mucho la atención no sólo porque tenía como veinte meses sin ver a Baba al lado de una mujer guapa, sino porque él es médico cirujano y a los médicos cirujanos nunca se les ve con las manos embarradas de grasa hasta los codos y hasta los tuétanos.

—Ismael, ella es Maya. Maya, this gorilla is Ismael —Baba dijo eso y yo me acordé de «mira, Mira» y de «ella es Ella». Vainas pajúas que a uno se le ocurren cuando conoces a dos gringas en un mismo día...

Maya me dio la mano, me saludó y me dio las gracias en un inglés muy amable y florido y me dijo que le daba pena retrasar a un violinista que daría un concierto al día siguiente. Yo no hice nada diferente a reírme como un tonto y a ver el show de presentación entre Mira y mi amigo médico embarrado de grasa hasta el culo.

No cabe duda de que Baba es un tipo complejo. Ahora lo recuerdo muerto de la risa con las gringas muertas de la risa y conmigo muerto de la risa por sus chistes y sus vainas, y más raro me parece que sea una eminentísima promesa de la cirugía traumatológica o de cómo se llame esa especialidad en la que te operan huesos y te dejan nuevecito para seguir echando lavativa. Lo más bárbaro de Baba es que su pasatiempo consiste en vivir metido en su carro probándolo y envenenándolo para que corra más, para que sea más carro y para que nadie pueda pasarlo sin su consentimiento en una autopista. Baba es tan contradictorio —y quizás por eso lo dejó su novia— que una vez operó a mi papá de una fractura y de un dedo engatillado, y parece que el tipo, en pleno quirófano, con anestesiólogo, enfermeras y todo, encendió su aparato de sonido y puso un disco de Black Sabbath. Lo peor era que los colegas que lo ayudaban en la operación gozaban una bola con mi amigo discutiendo sobre quién era mejor cantante entre Ozzy Osbourne, Ian Gillam y Ronnie James Dio. Ese cuento me lo echó mi papá, quien me dijo que antes de dormirse por la anestesia se asustó escuchando hablar de un tal Tony Iommi y de unas canciones que se llamaban Paranoid, War pigs y The mob rules. Hay que ser bien grueso de carácter para operar a alguien escuchando Black Sabbath o cualquier vaina que se le parezca...

Total es que Tomasito le cambió el no sé qué vaina del alternador al carro de las gringas, y después de comprarse un jabón azul en la tienda de carretera igual a todas las tiendas de carretera de este país, fue al lavamanos y se lavó las manos y los brazos hasta que quedó limpio como un lente de contacto de noche. Después, cuando Baba volvió, él y yo nos vimos las caras y creo que compartimos un bochorno silencioso de ésos que parecen bochorno de adolescente porque ya estábamos listos para echar gasolina, despedirnos, coger carretera y cada quien seguir su camino al infinito y más allá. El bochorno consistía en que Baba y yo estábamos de acuerdo en que no queríamos despedirnos de Mira y Maya. Por eso, y porque de verdad tenía hambre, propuse que fuésemos a comer.

Fuimos a comer, como les dije, en La Guasa y tomamos una sopa de mariscos divina y comimos pescado frito y hallaquitas y tostones y ensalada con tomate y palmito de pote; tomamos cerveza a borbotones y cerveza y cerveza y cerveza... Cuando de repente comenzó a sonar en el equipo de sonido La Murga de Panamá con su coro de trombones enormes que suenan a corneta de trasatlántico, saqué a bailar a Maya y nos pusimos en una esquinita del restorán que se fue llenando poco a poco a lo largo y ancho de la tarde. Aquel lugar era muy agradable. Todos los lugares que tienen como techo una enorme cesta son refugios frescos donde el aire corre tranquilo. En sitios como La Guasa uno puede hacer cualquier clase de desnalgue sabiendo de antemano que los elementos de la naturaleza están de tu lado y te dejan oír feliz de la vida a Héctor Lavoe cantando con su voz nasal de diapasón poderoso. A pesar de venir de Ohio, Maya se movía muy bien. A mí me daba mucha risa porque nunca se me ha dado bien bailar salsa, y entonces me sentía como si yo fuera un palo de escoba bailando con otro palo de escoba a quien la agradable brisa salada del atardecer le movía los cabellos rojizos hacia mí que soy una veleta en estas cosas del baile y de la rumba.

No hay nada como bailar. Bailar es un placer del que me privé por bolsa mucho tiempo. Ya ni me acuerdo por qué era que no bailaba. Creo que era pena o algo así. Yude me enseñó y me enseñó bien. Moverse sin ningún otro objetivo que moverse y seguir el ritmo de la música hasta el cansancio, hasta el delirio, hasta la inconsciencia, es una de las cosas que uno puede hacer con mayor entusiasmo en este mundo para sentirse vivo, para sentirse parte de algo, de un universo, de un planeta, de un esqueleto. Maya se movía al ritmo del bajo y yo le decía que tratara de centrarse en la percusión y en la clave. Bailar salsa es una de las cosas más difíciles, y más corporalmente racionales (si cabe el oxímoron), que existen en el reino de este mundo. Ese ritmo de cuatro por cuatro asincopado es una vaina compleja que se traduce obligatoriamente en un baile, en una combinación endemoniada de pies y caderas que intercalan en su humanidad la voz de la orquesta, del montuno, de los repiques y de las notas furiosas que, unidas, hacen la música. Yo bailaba a la gringa y me dejaba bailar por la gringa que olía rico, que miraba rico y que aquella tarde sacó, en plena sobremesa, una cámara Polaroid con la que nos tomó una foto a Baba y otra a mí antes de mostrarnos una considerable paca de fotos instantáneas. En todas aparecía una sola persona encuadrada de una manera semejante, como si la imagen tratase de decirnos que todos somos iguales ante los ojos y los lentes de esta fotógrafa gringa que logra que una Polaroid no parezca una Polaroid, sino otra vaina más parecida a la pintura que a la fotografía. Yo no sé por qué las imágenes tomadas con esta cámara se parecen a las imágenes que salen en los cuadros de Edward Hopper. Debe ser porque los colores quedan planos, fuertes, casi sin matices, estáticos y hasta secos como quedan las cosas que se mueven cuando nos las imaginamos inmóviles. Así son todas las fotos Polaroid, con la excepción de las que vimos en la sobremesa y que había tomado Maya. Esas fotos tenían un tratamiento que hacía que las imágenes se parecieran a un fresco romano, a una pintura de ésas que adornaban y adornan los muros de cualquier casa de familia patricia de la Roma imperial, incluyendo las paredes de las villas del emperador Adriano...

La música continuó sonando poderosa, y en una de las tantas vueltas y pequeñas maromas que Maya y yo dimos, vi a Baba bailando con Mira. La verdad es que se veían muy bien los dos dando brincos y haciendo unas cabriolas raras que me recordaron la manera de bailar de Cantinflas. Total es que seguimos bailando como los buenos, oyendo los tambores roncos de los seguidores de Chano Pozo, aquel conguero afincador de cubanos y negros, y en una de ésas, cuando Ismael Rivera declaraba que el hombre bueno no le teme a la oscuridad, Mira y Baba se nos acercaron a Maya y a mí al tiempo que una voz ahogada en ese mar invisible que es el mar de la música, nos preguntó una cosa absurda: ¿Habrá un tema del que nadie haya escrito? Era mi amigo preguntando necedades de ésas que son bien necias, pero que le sirven para acercarse y decirte cosas entre líneas. Una vez, bien borracho y en plena apoteosis del despecho, Baba agarra y me dice: Ismaelito, acompáñame al río de Willie Wonka. Yo, por supuesto, no supe qué decir. Para mí era muy críptica esa oración que se refería al río de chocolate de la película protagonizada por Gene Wilder, y más si nos estábamos cayendo a palos parejos en ese bar tan bonito y tan congelado que es el Barba. El caso es que Baba y yo estuvimos en ese lugar de recogimiento espiritual un buen rato más, hasta que en un momento extraño que no fue anunciado por ninguna seña ni por nada raro, mi amigo se levantó de su silla y me dijo que nos fuéramos. Cuando le pregunté por la cuenta, me dijo que ya la había pagado mientras yo meaba como los buenos en el baño. Esa noche Baba estuvo especialmente irritado. Debe ser que antes de vernos, habló con Lulu, la mujer que lo dejó hecho un coleto. Caminamos, caminamos y caminamos por todo Bello Monte... Eso sí: cuando llegamos a esos dos puentes casi colgantes, a los que la eterna jodedera nacional bautizó como «Las Nalgas de Rómulo», entendí lo que quiso decir Baba con lo del río de Willie Wonka... Me vi ahí, parado en ese puente que está justo encima de la gran cloaca de Caracas, del gran río marrón que transporta todos nuestros mojones hacia el mar, y me dio una mezcla de gracia y miedo. Era obvio que El Guaire era nuestro río de chocolate, pero también era verdad que mi amigo Tomacito Baba vivía un trance terrible. ¿Será que este carajo se va a zumbar de aquí? Me pregunté medio preocupado porque uno nunca sabe cuándo a los amigos de uno les picará el culo y les dará por suicidarse en un gesto absolutamente wertheriano. No te preocupes, Ismael. A mí me sacarán de esta vida a patadas. Yo, por mis propios medios no me voy ni a balazos. Aquella afirmación me dio risa porque el tipo me leyó el pensamiento. Al sacar del bolsillo de su chaqueta un pequeño sobre manila repleto de papeles, se le pasó todo requiebro de borrachera. ¿Tú sabes lo que hay aquí? —Me preguntó. Nada más y nada menos que todas las fotos y todas las cartas de amor de Lulu. Acto seguido zumbó el sobre al río marrón que estaba más espeso que nunca, se volteó y me dijo: ¿Ves adonde se van los amores? A mí no me quedó más remedio que responderle que a la mierda, como todo.

Maya y yo bailábamos muy sabrosamente, cuando se acercó Baba bailando con Mira y nos preguntó que si habría algo de lo que no se hubiera escrito ni una sola línea. Yo, como ya dije, no supe qué contestar porque sabía que mi amigo se acercaba como el tiburón de la película queriendo decir otra cosa. Entonces, y más rápido que un relámpago chino, el hombre soltó a Mira, le puso una mano en una muñeca a Maya, y de un culazo acompasado en el ritmo de Willie Colón y Maelo, me sacó del frente de mi compañera de baile gringa. Como Maya no era ni es nada mío, no me dio rabia y continué bailando con Mira. Ella sonreía y sonreía y sonreía en pleno meneo, y me mostraba los huequitos maravillosos de sus cachetes. Por esos hoyitos fascinantes parecía irse todo el curso de la música que sonaba agresiva, desbordada, envolvente como sus ojos y hasta como su pecho. En honor a la verdad me atraía muchísimo más Mira que Maya. Esta tarde, mientras estábamos sentados en plena comida, no hice sino mirarla y buscarle conversación, mirarla y buscarle conversación, mirarla y buscarle conversación... Y no me fue mal siguiendo ese esquema. Ahí me enteré de que Maya y Mira estudiaron Ingeniería Química en Mamachusets y de que ahora trabajan en el Complejo Criogénico de Oriente; también supe que Maya es divorciada y que tiene veleidades artísticas y que Mira publica los resultados de sus experimentos en tres revistas gringas que hablan sobre química. Yo me sentía muy bien hablando con estas dos madames Curies que no trabajan en la fisión atómica del plomo, sino en una asesoría muy bien pagada sobre asuntos de termodinámica.

Aquella mujer me parecía la mar de interesante. No sólo me gustaba su tono al discutir con Baba y conmigo tópicos tan interesantes como la fórmula química del aceite de oliva y de los formaldehídos graciosos que alegran con su presencia la tabla periódica. Me encantaba también su pecho anaranjado y pecoso que parecía un cielo estrellado y lleno de constelaciones. En aquel momento, y en los que siguieron, me dije a mí mismo como quince mil veces que me gustaría ser el astrónomo comisionado para estudiar y darle nombre a cada una de esas agrupaciones de estrellas y de puntos luminosos que generan figuras reconocibles en ese firmamento que está dibujado en su pecho. Lo curioso fue que más tarde, y en la intimidad de una cama, hice y vi de cerca esos dibujos...

Baba y Mira continuaron bailando, y en una de ésas no los vi más a nuestro lado porque se fueron a la terraza natural que aprovechó La Guasa para hacer un mirador gigantesco donde Alfred Hitchcock habría gozado una bola empujando gente al mar.

En eso Mira y yo volvimos a nuestra mesa y pedimos dos cervezas. A ratos había una brisa intermitente y salada que mitigaba el calor absolutamente tropical de la música y de la bailadera en aquel sitio abierto y agradable.

Cuando nos trajeron las cervezas, cambió de golpe la música. Ahora sonaba Dime cuándo cantada por Tito Rodríguez y ahí fue cuando Mira me terminó de sorprender.

—A mí me parece que Tito Rodríguez canta como Sinatra— dijo la chica mientras las parejas que bailaban se pegaban aún más en sus movimientos lentos y abolerados con la música.

—A mí me parece que tú estás drunk.

—No. I’m not drunk. I’m very happy.

—Yes, you are. You are very happy because you drank four or five beers.

—Dime: Frank Sinatra, ¿influyó o no influyó en Tito Rodríguez? —Mira pronunciaba «Roudríguez», y a mí me encantaba verle los hoyitos de los cachetes.

—No sé. No me he puesto a pensar en eso. Dímelo tú.

—Yo creo que sí. Tito Rodríguez tiene mucho en su estilo de Sinatra. Ahorita, cuando vayamos al carro, te voy a prestar un cassette para que oigas a Sinatra y los compares. Fíjate cómo Tito Rodríguez no se esfuerza por hacer la melodía de la canción. Cuando canta, Tito Rodríguez parece hablar. Su único esfuerzo está al final de cada verso, que es el único momento donde alarga la frase y hace un poquito de línea melódica. A mí me gusta mucho ese estilo. Es un estilo Sinatra.

—Oye, ¿y tú eres musicóloga además de ingeniero químico?

—Mi padre me ense—a discos, muchos discos, cada vez que nos vemos.

Qué de pinga es conversar sobre música con una mujer. Con ellas es muy difícil hacerlo porque no le paran bola a la música o porque oyen pura basura. Qué criatura más extraña y más extraordinaria es la mujer. El paquete de sus afectos es la cosa menos explicable de este mundo; hoy son así y mañana serán asao. Hoy esta chica me habla de Frank Sinatra y mañana quién sabe.

Baba y Maya desaparecieron de nuestra vista. A lo mejor mi amigo está haciendo lo que yo no estoy haciendo que es agarrarle las tetas a la gringuita. A decir verdad, me parece muy bien que mi amigo se me haya adelantado. Por lo visto a él le hace mucha más falta que a mí eso de terminar de vivir esta historia que parece sacada de una película porno: dos tipos viajan en un Mustang, se estacionan en una bomba de gasolina, conocen a dos atractivas ciudadanas norteamericanas que están aquí de paseo, se van juntos a comer y luego a tirar. ¡Qué belleza! Fuera de bromas, me parece muy bien que mi amigo se haya ido con su gringa. Desde el día de las fotos lanzadas al río de mierda, he sabido que mi amigo superó su despecho. Hubo algo que me lo dijo, algo esotérico que me pareció sacado de un cuento de García Márquez. Resulta que luego de que Baba lanzara las fotos a la línea de agua marrón, se le pasó la borrachera (eso ya lo conté) y, cuando comenzamos a caminar, las suelas de los zapatos se le quedaron pegadas en el pavimento de aquel puente con forma de nalga gigante. A cada paso que daba, Tomasito dejaba un pedazo de goma, un pedazo de cuero, un pedazo de clavo de toda la estructura del zapato. Literalmente fue como dejar atrás algo, como ir desnudo hacia una vaina nueva... Cada vez que le hablo a Baba de ese asunto dice que yo estaba borracho y que lo que pasó fue que con el sobre de fotos lanzó también los zapatos al Guaire... Eso dice riéndose, pero siempre termina aceptando que ahí pasó algo raro, algo que lo hizo subir un escalón. Vaya a saber usted si los dos estábamos tan borrachos que no nos dimos cuenta de que Baba dejó botados los zapatos y a mí me dio por creer que a mi hermano del alma se le pasó la pea. Con unos vodkas encima todo es posible.

Mira y yo seguíamos conversando sobre cantantes y discos, cuando sentí que me tocaron por la espalda. Eran Baba y Maya que venían a decirnos que ya la cuenta estaba cancelada y que lo que consumiéramos de ahí en adelante era asunto nuestro. Maya, con esa naturalidad tan típica de todas las mujeres del planeta Tierra, le dijo a Mira que la acompañara al baño. No sé por qué siempre he creído que las mujeres tienen una ventaja gigantesca frente a los hombres cuando, en una fiesta, una le dice a la otra que la acompañe al baño para chismear como sólo pueden hacerlo dos mujeres. A uno jamás se le ocurriría decirle a un pana y que: compadre, acompáñeme al baño porque, sencillamente, eso es de maricones. Uno siempre tiene que esperar a que las mujeres se vayan al baño para contar un cuento grosero o para contar una historia privada. El caso es que las gringas se fueron al baño, mientras Baba y yo nos quedamos conversando cosas de este talante:

—Brother —me dijo Baba—, voy a comprobar nuevamente mi teoría.

—¿Cuál de todas? —le pregunté.

—La que reza que los labios de las mujeres bonitas tienen el mismo color que sus areolas y pezones.

—Me parece muy bien.

—¿Trajiste condones?

—Aquí en el estuche de mi violín siempre cargo una cajita.

—¿Me la puedo quedar?

—¿Te he dicho que no alguna vez?

—Eso son– a mariquera.

—Ayy, gordo.

—¿Y tú qué vas a hacer sin condones?

—Nada. Comprar más. Lo único bueno que trajo Mr. Aids es que a uno ya no le da pena ir a la farmacia a comprar bichos de ésos.

—Esa es una verdad verdadera.

—Antes de irte a cantar una canci–n en inglés...

—Espérate un momento... ¿Qué es esa vaina de «cantar una canción en inglés»? —me pregunt– Baba arrugando la frente.

—“Sing a song”. Cuando te vayas de singaz–n, brother. ¿Ves que eres un animal?

—Sing a song... Cuéntame el cuento, pues...

—Nada, esta es la historia de un afamado pod–logo que resultó ser una joyita. Imagínate que el tipo se buscaba a dos mujeres que sufrieran de juanetes para convencerlas de que él podía eliminarles ese martirio vergonzoso mediante una sencillísima operación con rayos láser. Tú sabes que ingenuos nunca han faltado en esta vida. Por eso el tipo se agenciaba sus juanetudas, las operaba con el láser y en vez de eliminarles los juanetes a cada una, se los intercambiaba. Cuando las mujeres se levantaban de su pase de anestesia, se encontraban con un juanete ajeno en cada pie. ¿Qué te parece?

—Me parece una belleza de cuento, pero ¿tú me estás queriendo decir algo?

—No. Si te refieres a si este cuento tiene moraleja, te digo que no. No tiene moraleja. Este fue un cuentecito por cortesía de la casa para que se lo cuentes a Maya después del coito.

—Me lo imaginé. ¿Sabes algo? Deberías abrir una empresa proveedora de cuentos post-coitales. Con las güevonadas que se te ocurren, te harías millonario.

—Gracias por la idea. La tomaré en cuenta.

—Me parece muy bien que sigas los consejos de tu médico de cabecera.

—¡Qué bello! Y hablando de cabecera... Allá vienen Mira y Maya. Vienen peinaditas y perfumaditas.

—¿No te vas a ir a la cama con Mira?

—Mira, todavía no sé.

—Yo lo único que te digo es que en el carro de Mira está tu maleta. Nos vemos en el Neptuno mañana.

—Esa oración parece una contraseña secreta. A mí me dicen «En el Neptuno mañana», y yo agarro y me lanzo en un ataque masivo contra el cuartel general enemigo.

—Es que lanzarte masivamente al cuartel general enemigo es precisamente lo que tienes que hacer esta noche. Deja ese violín. No te vayas a poner a tocar ese bicho aquí ni en ninguna parte. Tú ya te sabes de memoria tu concierto de mañana. Disfruta. Recuerda, Ismael: ponte duro porque en esta vida hay muchas tetas que chupar.

—Sabio consejo

—Y otra cosa: deja de pensar tantas mariqueras.

—Otro sabio consejo. Lo tendré en cuenta. Te lo prometo —le respondí al tiempo que llegaron las chicas y todos nos sonreímos y todos fuimos felices.

Mira se sentó a mi lado y vimos a Maya y a Baba partir hacia la oscuridad y hacia quién sabe dónde.

3

Mira y yo llegamos al hotel Neptuno a las once y media después de tomarnos otras cervezas mientras hablábamos pajita y rayábamos con un bolígrafo las pocas servilletas que todavía quedaban en nuestra mesa. Cuando nos fastidiamos de andar en ese plan, le pedimos a João unas bolsitas de maní y nos las llevamos a la terraza natural donde sale el fantasma de Alfred Hitchcock. Ahí buscamos un banquito, nos sentamos silenciosos y nos pusimos a ver el mar, el mar que trae música, que trae sal en su fuero de ritmo. Quizás por intuir esa musicalidad del mar que rompía espumoso en las piedras que estaban allá abajo, me puse a imaginar las melodías que siempre le saco a mi instrumento. Cada vez que toco mi violín, me pasa algo muy raro que no sé cómo explicar porque la música en sí me parece un milagro, un milagro inconmensurable que no se compara con nada en este mundo. La música es un misterio, quizás el único misterio con el que los seres humanos nos sentimos cómodos y hasta felices. Mientras yo tocaba mentalmente pasajes del Brahms, Mira hablaba por el telefonito que sacó de su cartera. Yo la veía y me la imaginaba como el público, como mi público alelado que aprovecha el tiempo de mi concierto meditando vainas que nunca sabremos o tosiendo o simplemente mirando las musarañas. Yo seguí tocando e imaginándome el sonido de cada uno de los instrumentos que forman la orquesta que me acompaña en la interpretación imaginaria del Concierto para Violín y Orquesta en Re Mayor Opus 77 de Johannes Brahms. No sé por qué cada vez que toco y que practico y que estudio, comienzo a hacerme la imagen de un espiral con forma de caracol o de Plagatox encendido que da vueltas y que se consume con la música que toco y con la música que me imagino.

Esa noche, con sólo pensar en las cuerdas de mi violín, vi el espiral que siempre me arma los sonidos en el tiempo, a tiempo y a compás. Vi a Mira y la detallé tanto que me hirieron hasta el infinito sus pecas puntuales, sus manos afiladas y sus pies flacos llenos de dedos largos que terminan en una punta gordita y maravillosa. Mira me miraba y, cuando se sonreía, se le dibujaban los huequitos de los cachetes que causaban estragos en mi hidalguía de caballero respetuoso. Entonces, cuando ya todo estuvo dicho en aquel restorán lleno de baile, salitre, mar, alegría, pescaditos fritos y cerveza, le dije a Mira que nos fuéramos porque ya el cansancio del día me estaba pegando. Mira volvió a sonreír y en un santiamén los dos estuvimos montados en su Fordcito rodando, moviéndonos por la noche árida del trópico. Yo seguía imaginándome el espiral de música que nos envolvía y que nos hacía entrar, con todo y Ford, en la mínima cavidad de uno de esos hoyuelos que Mira muestra cada vez que sonríe.

En el camino escuchamos a Frank Sinatra. Oímos aquello de «Itís quarter to three, thereís no one in the place/ Except you and me / So set ‘emí Up Joe, I got a little story / I think you should know / Weíre drinking my friend, to the end / Of a brief episode / Make it one for my baby / And one more for the road...» Y Mira emocionada explicándome con ejemplos y detalles su teoría muy cierta sobre cómo Frank cantaba sin desgastarse, sin excederse un ápice en su modulación ni en nada. Yo oía las canciones que la mía Mira me ponía y yo tarareaba con ella la melodía que me sabía ía, ía, ía. Fue ahí, en esos minutos de apoteosis sinatriana, cuando decidí que si quería aprovechar la noche, era el momento para terminar de armarla. Entonces me puse a contarle que tenía miedo de tocar en una ciudad como Puerto La Cruz o en cualquier lugar que no fuese Caracas. Yo le dije que ya de por sí cargar con la responsabilidad de tocar un instrumento y de saber que un montón de gente paga por verte, produce cosquillitas en la barriga. ¿Y cómo lo haces? Me preguntó Mira. La verdad es que no sé cómo lo hago. Yo sólo sé que cuando estoy en el escenario no puedo hacer otra cosa que dejarme llevar por la historia, por el destino y por esas fuerzas ocultas de la vida que te llevan hacia adelante, adelante, adelante siempre. Y entonces, uno no puede hacer nada distinto a entrar en el primer compás de la música y avanzar decididamente hasta que se acabe el concierto y sólo se oigan los aplausos. Antes, cuando era un chamo y estaba comenzando a andar en este camino lleno de espinas, me daban nervios, me cagaba, me miaba, me peaba y todo lo que terminara en aba, hasta que comencé a tomarme unas pepas que lograban calmarme mientras tañía mi instrumento y el plectro de mi música era sabiamente gobernado. Aquel tema de las pepas que controlan el ánimo del artista fue un tema que interesó especialmente a Mira. Ella me preguntó que cómo había tocado con un Lexotanil encima y yo le dije que muy bien, que las veces que me tomaba la pastillita antes de ir a tocar un concierto o a presentar un examen, me iba muy bien y que luego me quedaba dormido como noventa horas seguidas hasta que salía del letargo, me comía unos sáunches enormes, me tomaba tres maltas, me volvía a acostar a dormir y me volvía a levantar para volverme a comer mi ración de sáunches y luego irme a la calle con mi sabia Sofía o con la que quisiera acompañarme al cine, a dormir siesta o a lo que fuese. Mira se rió y me dijo en pocas palabras que yo era un mojonero y yo le dije que dejara de echarme vaina y me puse a contarle algunas de las barbaridades que yo hacía cuando estudiaba en el Conservatorio Real de Bruselas, el lugar donde estudié después de ganarme la beca poderosa que me haría Músico y que me haría otras cosas más. Mira se mostró tan interesada en mis cuentos sobre Bruselas que le bajó el volumen a su amado Frank Sinatra. Yo le hablaba y le hablaba y ella se reía y se reía oyendo por qué no pude aprender nunca a hablar flamenco a pesar de haber vivido en Bélgica durante cuatro años. Mira también se reía de mis tardes interminables estudiando y haciendo ejercicios de digitación en una salita ínfima donde sólo había una silla para Carlo Van Neste, mi maestro, y un piano de colota jamás tocado. Mira se reía, además, de mis cuentos con mi amada profesora de armonía, quien me enseñó los misterios más hoscos de la música y del sexo. Mi gringa se reía a carcajadas oyéndome hablar de los desayunos con biscuits belgas-belgatarios que son diferentes a los biscuits gringos que no son iguales a los de Bélgica ni son belgatarios como los biscuits belgas. Y entonces nuestro Fordcito avanzaba a la velocidad de nuestras risas y de nuestras carcajadas que se hicieron más intensas cuando le conté a esta bella chofer que me llevaba de Píritu a Puerto La Cruz y del baile a la cama, la vez en que mis amigos belgas, Maurice y Ferdinand, me invitaron a una boda judía a la que no fueron invitados porque ellos no eran judíos ni sabían quiénes eran los novios ni los padres de los novios ni los abuelos de los novios ni los amigos de los novios ni nadie. Maurice y Ferdinand sólo sabían que en aquella fiesta ahíta de salmón, waffles, champaña, crepes, pavo, pretzels, vinos, quesos y pastelitos kosher donde para colmo hubo hasta borscht, había que gozar una bola como de hecho gozamos bailando que jode con las amigas judías y protestantes de la familia y con los amigos judíos y protestantes de la familia (porque los judíos bailan hombres con hombres y mujeres con mujeres y todos con todos), y nosotros bailamos y cargamos al novio con su kipá y a la novia con su vestido largo, y los cargamos a los dos montados en sus sillas, y dimos vueltas y le echamos bola a la vaina hasta que nos tomamos dos y tres y cuatro y cinco tobos de vino kosher y la pea fue tan grande que vi a un rabino pelado con sus patillotas larguísimas llenándose los bolsillos de su chaqueta y de sus pantalones con todos los chocolates que encontraba a su paso. Cuando tuve esa visión mística fui adonde mis amigos y les dije que era hora de irnos porque ya estaba viendo incongruencias a mi alrededor y porque ya mi prepucio se estaba sintiendo incómodo rodeado de tantos circuncisos. Ellos me dijeron que me calmara, que me tomase la taza de borscht que tenía servida y que cogiera mínimo porque había que seguir bailando y quebrando copas y sonriendo y oyendo muchos brindis en hebreo milenario mezclado con francés y flamenco.

Mira oyó mi cuento con una sonrisa de oreja a oreja. Era como si mi relato fuese una cinta que salía de mi boca y se le metiera directamente en los huequitos divinos tantas veces nombrados en este cuento agitado que les estoy contando. Lo de sentirme raro en aquella fiesta fue absolutamente verdad. Varias veces durante esa noche me imaginé que en la sala de banquetes de la sinagoga belga habría escondidas unas cámaras de rayos X, detectando quiénes eran y quiénes no eran circuncisos para agarrarlos por el cogote y sacarlos de allí por arroceros y sinvergüenzas. Pero nada de eso pasó. Estuvimos en la boda judía hasta el final. Fuimos los últimos chicharrones y hasta apagamos las luces del salón.

Les decía que mi querida Mira manejaba riéndose o se reía manejando lentamente este carro que me recordaba a Jack Kerouac, al tiempo que compartíamos cuentos sobre Bruselas, Amberes, Brujas, Lieja y sobre todo ese peo europeo que a nosotros, americanos del norte y del sur, nos parece incomprensible. Mira me habló de Bruselas y de su arquitectura; me habló de Víctor Horta y de lo maravillosos que eran sus edificios art nouveau, sus casas y sobre todo sus escaleras. Mira me hablaba de Brujas y de su gente hedionda, y a mí me daba por rememorar aquella vida de estudiante malvado en el conservatorio con mis amigos cellistas Ferdinand y Maurice, quienes eran y son un peligro por lo talentosos y por lo trogloditas que se volvían y se vuelven cuando salíamos y salimos de farra. En aquella época nos caíamos a vinos, a cervezas rojas Maudite y a todo lo que se nos atravesase. Lo normal era que nos la pasáramos encerrados dieciséis horas al día todos los días al lado de nuestros instrumentos, de los profesores y de unos chinitos coños de madre que eran los mejores músicos de la escuela, a quienes Ferdinand les tenía una arrechera y una envidia parecidas a la que describí hace rato cuando hablé de Michel Petrucciani. Ferdinand se la pasaba hablando mal de ellos diciendo que cómo no iban a tocar como unos demonios, si estudiaban veintinueve horas al día y hacían taichí y no hacían lo que hacíamos nosotros que éramos unos santos a la hora de estudiar y unos engendros a la hora de respetar los apetitos de los que nos provee la naturaleza cuando tenemos dieciocho años.

Mis dos amigos y yo teníamos dieciséis añitos cuando entramos al Conservatorio Real de Bruselas como unos conejos asustados y conscientes de que estábamos entrando a un santuario de la enseñanza musical, a un lugar único en el mundo que está diseñado para convertirte en una máquina de hacer música, en un monstruo de circo entrenado para traer al mundo real la música que flota en el aire, en el éter, en la nada íntegra y eterna que es azul de día y azul oscura de noche. Quizás lo que le daba arrechera a Ferdinand era que esos chinos parecían vivir sólo para estudiar y para ser chinos y para ser unos robots de la música y no como nosotros, que estudiábamos y salíamos y acabábamos con todas las cervezas rojas que se nos aparecían en Bruselas y en todas partes. Maurice decía que esos chinos del coño no tiraban ni se reían ni fumaban ni nada; sólo tocaban su instrumento y se ponían más amarillos por las luces de neón y, total, ¿para qué? —Preguntaba Maurice— Para nada porque los chinos son unos huevos con un violín o con un cello en las manos, pero siempre les falta esa vaina grandota o pequeñita —aún no lo he definido— que hace falta para ser un monstruo como Heifetz o como Oistrach en el violín, o como Rostropovich, Casals o Janos Starker en el cello, o como Oscar Dí León y los dos Charles —Mingus y Haden— en el contrabajo. Ferdinand era más soez y decía que los chinos le abrían un huequito por detrás al violín y que por las noches, después de los ensayos y de la estudiadera, metían por ahí su pipicito mandarín para que los violines tuvieran violincitos chinos y así llevárselos a China y aumentar la población con unos chinos nuevos con cara de madera y bigotes templados.

Por esa época en que había más y más amalillos en el conselvatolio, mis amigos y yo comenzamos a frecuentar una escuela de danza donde daba clases, en calidad de invitado, nada más y nada menos que Marcel Marceau. Nosotros comenzamos a frecuentar aquel sitio lleno de maricones y de chicas lindas porque salíamos con tres tipas bellísimas que estudiaban en esa escuela y que, precisamente, se habían inscrito en las clases especiales dictadas por monsieur Marceau. Salir con aquellas mujeres era una experiencia rarísima porque de repente las tres se quedaban mudas, pelaban los ojos, cerraban la boquita y se ponían a hacer maromas mudas con las manos, con el rostro, con el cuerpo, con los brazos estirados, con las piernas combadas o abiertas como arcos, con las pestañas tensas, con los labios estirados como en un besito pasmado y en parálisis. A veces mis socios y yo nos reíamos de aquellas mujeres y nos poníamos a imitarlas y a jugar a los mimos grotescos y a quebrar nuestros movimientos en una partición más propia de maricas que de mimos. Y entonces ahí era cuando las chicas dejaban de actuar y nos decían que el problema era que las otras escuelas de mimos diferentes a la de Marcel Marceau (la de Lindsay Kemp y Adan Darius, por ejemplo) estaban contaminadas por un arte de la mariquera y del quiebre corporal que precisamente hablaba de mariconería afectada. Nuestras tres amigas nos decían que a ellas no les interesaba aprender a moverse con la afectación de una loquita, sino hacer de su cuerpo un punto en el espacio que se mueve en el silencio, haciendo dibujos con los propios recursos de la anatomía. Cuando llegábamos a ese instante de la conversación, las cervezas rojas Maudite nos batían contra el piso y su efecto se nos mezclaba con la llamada del sexo y de las hormonas que segregaron desde siempre nuestras humanidades y las de nuestras bailarinas voraces. Confieso que sufría y sufría porque, por aquel tiempo, yo era un manojo de taras sexuales, de inexperiencias, de eyaculaciones precoces, de erecciones flácidas y de desastres que me dejaban muy triste y con ganas de mandarlo todo al carajo; todo excepto mi violín. Ferdinand, Maurice y yo salimos muchas veces con las mimo-girls y al final de cada sesión, yo siempre quedaba solo y frustrado y arrecho y deprimido. Jackie, mi mimo particular, me decía que no me preocupara, que esas cosas pasan y que ya habría tiempo para arreglar esos problemas porque todo era cuestión de educación. En ese punto era donde yo me detenía, me explayaba y le decía a Jackie que yo venía de un país donde nadie habla de sexo en términos distintos al chiste y a la chacota; que yo venía de un lugar donde a nadie se le educa para el amor físico ni para saber cómo funciona su cuerpo ni nada. Ella sonreía y fumaba y me oía y yo sólo pensaba que aquello era igualito al caso de los chinos del conservatorio y que, poco a poco, yo iba a terminar como las chinas, haciendo el amor con el arco del violín, pero sin sodomizarme ni metérmelo por ningún lado.

Durante esa época me alejé de mis compañeros y me centré en mis estudios, ignorando que aquel retiro estratégico traería la solución a mis cuitas. Por aquellos días me la pasaba en mi árido cubículo practicando glissandos, distancias de semitonos y vibratos. No sé por qué me dio por estudiar tanto. Supongo que sublimar mis fallas sexuales metiéndome de lleno en el trabajo es un lugar común freudiano... El caso es que inusitadamente hice progresos descomunales. Mis maestros que por lo general tenían una cara de yuca europea todo el tiempo, me felicitaban. Maurice, Ferdinand, Silvia y Kim (las otras dos mimo-girls) vivían diciéndome que ya hasta me estaba pareciendo a los amalillos. Casi no salía a tomar Maudites, y lo mejor de todo era que lentamente ganaba seguridad en otros asuntos... Claro, yo era dueño de un secreto que no pensaba revelar fácilmente. Un día, estudiando armonía con la profesora Vera Argounova, tuve uno de esos instantes con los que todo adolescente sueña. No sé cómo llegué a la vaina, pero una tarde, en plena clase, me vi entre las tetas prodigiosas de mi profesora rusa. Me vi gozando, aprendiendo ruso, aprendiendo sexo, aprendiendo francés y aprendiendo nombres de pinturas y de pintores porque, mientras tirábamos, a mi profesora le daba por hablarme de cuadros y de lo sublime que era la belleza artística, y yo que no estaba pendiente de eso, sino de echarle bolas a la vaina, aprendía lo que me interesaba que era aguantar y aguantar como mi misma profesora Vera me había enseñado que debía hacer en medio de una clase de armonía. Yo le daba y le daba y le daba y, entre una minuciosa descripción de los cuadros de Vermeer, Van Gogh, Rembrandt y otros maestros holandeses, yo sentía que estaba invirtiendo bien mi tiempo porque por esos días todo era ganancia, todo era aprender, todo era estudiar, todo era llenarme de vainas que no sabía que existían. Y entonces ahí fue cuando se me mezclaron maravillosamente en mis neuronas haciendo sinapsis La Ronda Nocturna, El buey desollado y La lección de Anatomía, de Rembrandt, con el sonido de mi metrónomo; El geógrafo y La lechera de Vermeer de Delft con las corcheas y el solfeo; Los girasoles frenéticos y La noche estrellada de Vincent con mis ejercicios frente al espejo para agarrar cada vez mejor mi violín. Todo se me mezclaba en un caldo maravilla cuya materia prima y principal eran los líquidos corporales que ya no tenía conmigo porque los dejaba en cada encuentro con la profesora Argounova. Lo más loco de todo fue que en plena época de refocile con Vera, comencé a salir otra vez con Jackie-mimo y esta vez fui yo quien le hizo el show del silencio junto con el show del ruido y de la fuerza concentrada en mi pajarito, a quien yo llamaba Marcel Marceau. Jackie, toma tu Marcel Marceau, le dije más de una vez, y ella no hacía sino reírse y hacerme una mueca profunda y simpática.

Con Jackie me fue muy bien de ahí en adelante. La pasamos buenísimo, nos reímos, echamos vaina y visitamos los museos belgas para ver cuadros que no había visto nunca y de los que comencé a hablarle a Vera. Aquellos días fueron muy cómicos para mí porque de verdad me sentía como todo un gigoló de diecisiete años que tenía dos mujeres a quienes podía hablarle de Tintoretto y de Chaim Soutine. Ferdinand y Maurice comenzaron a llamarme «el violinista seductor» y yo me reía y ellos se reían y todos nos reíamos porque les conté lo de mi aprendizaje sexual en medio de una pea y les dije lo de las pinturas y de cómo, durante un orgasmo poderoso, le hablé a Vera de La entrada de Cristo en Bruselas, de James Ensor, y de cómo se había quedado loca y de cuántas veces me besó y me dijo que me quería en ruso...

Saliendo de Barcelona y entrando a Puerto La Cruz, Mira no paraba de decirme que yo era un vanidoso y que todo aquello que le contaba era producto de mi descomunal imaginación hecha para impresionarla a ella, una joven inocente que lo único interesante que había hecho en su existencia era haber estado empatada con un gringo sureño que se ganaba la vida cazando cocodrilos en los Everglades. El tipo arriesgaba su vida en esas expediciones para capturar a los saurios y vendérselos a los zoológicos y a los parques temáticos de toda Florida. Cuando me echó ese cuento fui yo quien se rió mucho. Ella me dijo que aquella era su historia para impresionar a este joven que vive contando cuentos en un carro. Primero fue en un Mustang que a esa hora dormía el sueño de los justos en un estacionamiento, y luego fue en el Fordcito de mi nueva amiga. Yo me reía del hombre-cocodrilo y a la vez pensaba que los viajes en carro eran en verdad un doble viaje. En uno, iba hacia adelante, comiendo distancias, desplazándome en el espacio; en el otro, me desplazaba hacia atrás, hacia los recuerdos, hacia lo que me pasó hace días, hace meses, hace años, hace siglos. Son recuerdos tan lejanos y tan bonitos que a veces creo que no son recuerdos porque se te mezclan con ese monstruo poderoso que es la imaginación.

Le silence va plus vite à reculons, «el silencio va más rápido en retroceso», decía Jean Cocteau, y yo creo que esa frase es verdad porque cuando me monto en un carro, viajo y me muevo y me muevo y me muevo hacia dos horizontes: hacia el que está adelante con todos los ruidos de la vida, y hacia el que está atrás con todo el silencio de la memoria buena y mala que en el fondo son mi vida.

—¿Y ahora qué hacemos, simpático Ismael?

—Ahorita nos vamos a dormir una siesta— le dije a Mira riéndome.

—¿Siesta? — contestó Mira. —No, baby. I wonít take a nap.

Con esa amenaza llegamos a la única farmacia del camino, a la única farmacia que tenía el único letrero de neón rojo que decía y debe decir todavía «Turno». Y entonces vengo y le pido al dependiente que tenía sus lagañitas por estar durmiendo o zingando o viendo películas de Bruce Lee o lo que fuese, que me diera un par de cajas de Dúrex, y el tipo agarró y se me quedó mirando y me dijo con un suspiro:

—¡Qué bolas! Uno aquí trabajando y ustedes gozando.

—¿Qué culpa tengo yo? —le contesté.

—No, ninguna. Tú eres un santo.

—Y si Dios quiere, me voy ahorita, dentro de un rato, al cielo.

—Pero vete con ropa, ¿oíste? A San Pedro y a los querubines no les gustan las bolas peludas.

—Esta bien. Voy a tirar con los interiores puestos por recomendaci–n de mi farmaceuta.

Y los dos nos reímos e hicimos chistes y pagué mis condones y me fui y me monté otra vez en el Fordcito. Me fui con Mira y dimos vueltas por toda esa playa fea y hermosa a la vez que es Puerto La Cruz. Dimos vueltas hasta que por fin llegamos al Paseo Colón, y seguimos dando vueltas hasta que divisamos el Neptuno. Por culpa del tráfico y del peo de esa ciudad llena de carajitos playeros, de luces y de carros y de motos zumbando por todas partes, giramos nerviosos hasta que Mira se arrechó y me dijo que me bajara y que arreglase el registro en el hotel mientras ella estacionaba el carro en un estacionamiento de su entera confianza. Y entonces ahí fue cuando cometí el único error trágico, la única cagada que puse en todo este cuento... Resulta que por primera vez, justo antes de bajarme del carro, le di un beso profundo, delicado, prístino y salivoso a la bellísima Mira. Lo malo fue que el beso duró su buen tiempo y el gordo del carro de atrás se impacientó y comenzó a tocar corneta como un degenerado. Yo me bajé del carro lo más rápido que pude y no me di cuenta de que dejaba mi vida con Mira.

En la recepción del hotel no hubo problemas de ninguna especie. Maya y Baba arreglaron la reservación y todo bien, sin problemas. Mientras esperaba a mi chofer, volví a evocar a Vera, a Jackie, a las mimo-women, a Ferdinand y a Maurice. Recordé a mis amigos de Bélgica y la vez que cometimos una barbaridad maravillosa que fue cuando mis panas cellistas y yo nos hicimos los locos en la puerta de un restaurant y le pintamos un pipí gigantesco a un reflector enorme, igualito a ése que usan en Ciudad Gótica para llamar a Batman. Fue de pinga (de pinga de verdad) pintarle la vergota al vidrio, y ver en las nubes de Bruselas un pipí descomunal que era una advertencia para los malos y para todos los pajúos que hablan mal de la música y de las mujeres.

No sé por qué, pero a pesar de estarme poniendo viejo y de haber aprendido muchas cosas con Vera, con Jackie, con Yude y Sofía, siempre me da una cosquillita en la barriga cuando me voy a la cama con una chica. Con Vera aprendí muchas cosas hermosas y útiles, pero nunca me quitó el susto. Una vez se lo dije y me contestó que tratara de no perder jamás ese pequeño temblor en las tripas porque eso no es miedo, sino ganas de que las cosas salgan bien. Por eso cultivo el dolorcito de barriga ese con las mujeres y con la música y con todo. Creo que Vera tuvo, tiene y tendrá razón en eso y en muchas otras cosas, y por eso la amo, le escribo y espero que siga bien allá en Rusia, en su casa, con su esposo y su perro afgano. Cada vez que recuerdo a Vera, me da un sentimiento bonito, un suspiro dulce y un pequeño desasosiego. Vera y yo nos despedimos en Bruselas porque, justo en los días en que mi profesora y yo hablábamos más sobre pintura y tirábamos menos y nuestra relación de amistad se hacía más y más bonita, a ella le sucedieron dos cosas importantísimas: por un lado, su esposo tuvo un accidente que lo postró durante meses en cama y en silla de ruedas con las dos piernas fracturadas. Por otro, Vera no pudo rechazar una oferta magnífica para ser concertino en la Orquesta Sinfónica de Moscú. Y entonces mi profesora se fue y me sentí solo y lloré su ausencia maternal durante un buen tiempo.

Pues bien, ahí en la puerta del Hotel Neptuno esperé a Mira. La esperé pensando y viendo al negrito que cuida la recepción, que fuma y atiende a los turistas viejos y desteñidos que hablan en inglés y que siempre están en todos los hoteles del mundo. Desde siempre me gustó mucho el Hotel Neptuno. Recuerdo cuando iba con mis padres y a mí me fascinaban el ascensor viejísimo, el restorán de la azotea y el ambiente de hotel viejo y playero. Me gustó mucho que Baba escogiera este lugar para quedarnos porque ahí viven recuerdos y viven historias pegadas a las paredes. Quizás lo mejor de todo es que cruzando la calle tienes el mar.

Siempre recordaré la vez en que me quedé con papá y mamá allí, y vi al buzo con escafandra y todo que iba a colocar un pesebre en el fondo del mar. Yo nunca supe muy bien para qué era aquella vaina. Supongo que era para una película, para un noticiero de televisión o para pagar alguna promesa religiosa que algún loco había hecho. Lo cierto es que del hotel salía un buzo con su escafandra terciada en el brazo diciendo que él estaba ahí para hundirse en el mar de Puerto La Cruz, y toda la gente se reunía y nos contaba que el tipo iba a poner el fulano pesebre debajo del agua. Yo me la pasé un buen tiempo dibujando al buzo y preguntándome si él le pondría al Niño Jesús una escafandra igual a la suya.

Mira llegó como a los quince minutos y de inmediato subimos a nuestra habitación. No sé cómo explicar que me gustó mucho estar con ella en el cuarto y reírnos de no saber qué decir y hacer. Ya yo no hallaba qué contarle porque le conté mi cuento del buzo y la vez en que Maurice y Ferdinand vinieron a Caracas y los llevé a conocer a mi amigo Pedrique y a mi amigo Baba y fuimos todos juntos a echar plomo en el Polígono de Fuerte Tiuna. Entonces fue ahí cuando terminé de armar mi noche y su noche. La abracé y le dije muy quedo al oído el Salmo 23 de David:

«El Señor es mi pastor; nada me faltará.

En prados de tiernos pastos me hace descansar. Junto a aguas tranquilas me conduce.

Confortará mi alma y me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Aunque ande en valle de sombra y muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Preparas mesa delante de mí en presencia de mis adversarios. Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.

Ciertamente el Bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por siempre».

Le quité la camisa de algodón y más tarde, mucho más tarde y entre besos y más besos y más besos y más besos, le quité los sostenes que traía. Me enseñó sus tetas bonitas que eran como ojos maravillosos que me miraban y que me decían Hello con las pupilas preciosas, puyudas y pequeñitas, acompañadas por un caleidoscopio de pecas puntuales que se movían como estrellas fugaces en el pecho de Mira, en la espalda de Mira, en los brazos de Mira y en toda Mira. Aquellas pecas se movían cada vez que yo abría y cerraba los ojos en medio de cada beso, de cada mordisco delicado y lleno de saliva. Mientras nos besábamos, las pecas pasaban de su cuerpo a mi cuerpo cascado y hundido en un furor único, en un goce perfecto que se me mezclaba con una dulzura de abrazos y de roces. Y entonces ahí fue cuando me quedé pensando en las pecas de Mira, pensando en plomo, en beisbol, pensando en toda vaina al mismo tiempo que miraba y gozaba a la mujer que tenía abajo, que tenía arriba, que le daba vueltas, que me daba vueltas, que me besó con su boca, con sus dos bocas que son húmedas como una esponja de mil ojos y de mil tentáculos que te absorben y que te convierten la vida en un agua que te brota desde dentro en un manantial espeso y feliz que se acerca y que a toda costa hay que retardar para no convertir a Mira y al Dúrex en un pantano repleto de cocodrilos rápidos y listos para ser cazados por el antiguo novio de mi amiga.

Si mi mamá me viera, pensé y me dio risa y seguí pensando que nuestros padres no nos educan para el sexo ni para dar pésames ni para nada importante en esta vida. Mientras tanto, Mira y yo sudábamos y suspirábamos en silencio, en un silencio tan profundo que me emplazó a oírme, a verme por dentro, a mirarme con ojos encendidos las venas, los nervios, los huesos, los músculos, la piel, la pleura, el esófago, los pulmones, el corazón tenso y golpeando como un tambor, el estómago, el páncreas, las tripas, la parte de atrás del ojo y la próstata.

Allí me detuve y vi y me imaginé y soñé una ciudad caótica y repleta de habitantes que se llama Semenlandia. Ahí me vi, pequeño, ínfimo, microscópico, reducido, caminando por esa ciudad que se parecía a un infierno, a los infiernos pintados por El Bosco, por ese pintor holandés que vivía rodeado de demonios con forma de pajarracos, de buitres y de búhos, de hipocentauros tocando flauta encima de un huevo, de homúnculos lidiando con ratones dentro de una botella transparente, de vírgenes cabalgando gaitas escocesas, de viejos sumergidos en barriles... Así estaba yo en ese momento: rodeado de hilitos de agua que pasaban y se movían saludándose y diciéndose qué hubo al tiempo que se reunían en una plaza donde mis espermatozoides elegantes recitaban a coro el Salmo 23 de David a ritmo de una música que no era de alegría ni de tristeza ni de nada que hubiese escuchado antes en toda mi vida. Entonces vi otra vez el espiral que siempre se me aparece cuando pienso o cuando oigo música y me pongo a seguirla para entenderla, para ver cómo está hecha y cómo está estructurada. Y allí vi maravillas que me aturdieron y que aturdirían el ojo y la imaginación de cualquiera. Vi sitios de luz y de música en lo más hondo de mí, donde mis hebras inquietas reían y gozaban y hablaban sobre el futuro, sobre su futuro, sobre mi futuro, sobre la vida y la muerte, sobre la cárcel para espermatozoides tullidos que llevan en sí las fallas malignas de la especie, las enfermedades genéticas y el mal concentrado para escoñetar, precisamente, el futuro. Cuando uno de esos espermatozoides presos se escapa de su celda, hay que temer, hay que llorar, hay que correr y rezar para que no sea él quien llegue al llegadero, al óvulo listo para ser fecundado y convertir el futuro en un síndrome, en una tara, en un mar de complejos...

Y yo seguía allí, pequeñito y convertido en miniatura, viendo la reunión de espermatozoides desde un rincón de mi propio epidídimo. Aquellas hebras de largas y finas colas hablaban sobre mujeres, mujeres enamoradas, mujeres chéveres, mujeres sílfides, mujeres adivinas, mujeres gráciles, mujeres putas, mujeres locas, mujeres ingratas, mujeres queridas, mujeres aprovechadas, mujeres dulces, mujeres lindas, mujeres madres, mujeres juguetonas, mujeres lloronas, mujeres niñas, mujeres viejas, mujeres amadas, mujeres terribles, mujeres melancólicas, mujeres agónicas, mujeres cuaimas, mujeres sabrosas, mujeres maduras, mujeres reilonas, mujeres coquetas, mujeres desnudas, mujeres pérfidas, mujeres virginales, mujeres histéricas, mujeres flacas, mujeres gordas, mujeres con celulitis, mujeres mujeres... Lo malo de las mujeres es que no hay tiempo para amarlas a todas... Y mis espermatozoides se movían en ese laberinto de engranajes, en esa maraña, en ese muñuño de conductos deferentes, de conductos eyaculadores, de utrículos prostáticos, de glándulas de Cowper, vesículas seminales y de nervios enredados como calles, plazas, redomas, casas, edificios, bungalows y todo. ¡Qué bolas! ¡Cuánta vaina tiene uno dentro de las bolas!

—¿Qué haces tú, aquí? —me preguntó uno de los espermatozoides.

—No, nada. Yo nada más estoy aquí viendo —le contesté.

—¿Y te gusta?

—¿Qué cosa?

—Lo que estás viendo.

—Ahh, sí. Me parece muy bonito.

—¿Quieres ver más?

—Bueno...

—Pasa por acá y no te asustes. En realidad no sé qué haces tú aquí, pero como estás de visita hay que tratarte bien.

—Ahh, qué bueno... ¿Y eso lo hacen con todas las visitas?

—No. En realidad no. El otro día se aparecieron unos tipos extraños que fueron repelidos por los anti-cuerpos de seguridad... Bueno, vamos a darte el tour. Se está haciendo tarde.

—¿Se hace tarde? ¿Cómo que se hace tarde, si hoy estoy aguantando más que nunca?

—¿Y tú qué crees: que puedes estar allá y aquí toda la noche? ¡Ni que tuvieras una manguera!

Virgilio, mi espermatozoide, me dijo que si quería acompañarlo, no habría ningún problema. Y entonces me llevó al sitio de la reunión, y me vi ahí mismo con esas células que tienen como misión en la vida perpetuar la información genética que me dieron mis padres y mis abuelos y que yo les daré como legado a mis hijos y a mis nietos siempre y cuando no se atraviese un condón, una pastilla anticonceptiva, un diafragma o una disfunción —como eufemísticamente le dicen los sexólogos a la impotencia— trágica.

Ellos (Virgilio y sus colegas) me dijeron que me calmara porque pronto entrarían en acción. Es curioso, viéndome ahí, frente a mis hilitos de agua, me pasó algo muy extraño. Uno siempre tiende a creer que los espermatozoides son una especie de bolitas con unas colas móviles pegadas atrás. Uno también cree que todos los espermatozoides son machos y que después de todo uno es hombre (y es como es) por tener dentro del cuerpo miles de millones de células masculinas. Pues resulta que en mi visión casi mística esas dos mentiras pajúas desaparecieron. Por un lado, supe que la bolita de agua y su cola no son más que un traje que se coloca, como un guante en todo el cuerpo, un ser humano pequeñito, microscópico, mínimo, que viste ese uniforme para ir a un terreno oscuro y misterioso. Por otro lado aprendí que hay espermatozoides hombres y espermatozoides mujeres. Como cada uno viaja escondido en su traje, resulta difícil reconocerlos. Tan sólo cuando los ves sin su escafandra de combate, logras saber quién es quién y qué es qué. Ellas llevan siempre un traje negro muy ceñido al cuerpo con una «X» dibujada en el pecho. El traje de ellos es exactamente igual en su confección y costura, y sólo varía en el color (que en el caso de los espermatozoides es rojo), y en la letra «Y» dibujada en el pecho. Pronto supe también que aquellas células cumplían un ciclo exactamente igual al de los seres humanos. Esas células nacen y mueren; se enamoran, se cortejan, trabajan, se compran un apartamento, luchan por irse de vacaciones, tienen líos en el trabajo, se van de rumba los viernes por la noche, se despechan cuando su espermatozoide los deja, se casan, tienen hijos, los llevan a la escuela, los ayudan a hacer la tarea, los ponen a hacer karate y luchan toda la vida para que un espermatozoide hombre no se ponga jamás un traje negro con una «X» en el pecho.

Yo estaba muy contento de ver cómo era todo. Pero me sentí aún más interesado cuando mi amigo Virgilio me trajo uno de aquellos vestidos y me lo puse y me fui adonde estaban los demás espermatozoides flotando y esperando su turno para saltar al vacío, para salir de mi propio cuerpo expulsados a una velocidad abismal hacia el supuesto infinito de un espacio acuoso, hacia la nada que iluminaríamos con la minúscula linterna que viene con nuestros trajes. Todo estaba preparado para ir hacia la ciudad de los ovarios, de las trompas de falopio, del óvulo maduro y listo para ser fecundado...

Mira y yo continuábamos en aquella función amorosa, en aquel intercambio de humores arrullado por un murmullo de besos y jadeos. Mira y yo continuamos siendo un abrazo fuerte que confunde las piernas, las manos y las espaldas en una masa corporal única que se infla de placer. Yo me sentía muy muy bien con Mira y con mi visión parecida a los cuentos de Woody Allen. La vida se me estaba yendo en aguantar y evitar el desbordamiento de las aguas. Mi cuerpo era como un muro de contención, como una represa con las compuertas cerradas y dentro de mí estaban mis espermatozoides acompañándome en los temblores, en el delirio maravilloso en el que mi amiga y yo andábamos.

Al rato, al ratote, ese momento lleno de trémolos, temblores, ardores y jadeos, llegó. Era un delirio, un glorioso delirium tremens espermatozóidico que terminaba con un final de trompetas, tímpanis, oboes, violines, tubas, cellos, contrabajos, fagots, y toda la orquesta sonando en una gran cascada de música pura.

Y antes de quedarme dormido definitivamente, me reí hasta el cansancio con Mira. Nos reímos a carcajadas del cuento de los espermatozoides cocodrilos y de todas las vainas que a uno se le ocurren cuando hace ese acto maravilla que nos permite estar cerca, muy cerca, cerquísima, de una mujer bella, de una gringa compota como Mira, de una chica con hoyitos gloriosos en la sonrisa como la que tuve esa noche a mi lado en una cama del Hotel Neptuno. Y no sé cómo ni cuándo ni por qué descubrí cosas en la gringuita que me gustaron más y que me hicieron reírme más y sorprenderme más y encantarme más, mucho más y más y más... Resulta que no sé cómo ni cuándo descubrí que la mía Mira sufre de una enfermedad dermográfica que hace que cualquier raya que uno le haga en la piel, por leve que sea, se marque y se fije con una fuerza escandalosa en su dermis blanca y delicada. En plena risa y en plena charla post-coital, me puse a detallar el cuerpo lleno de ternura de mi americana reilona, y de pronto le vi tres o cuatro líneas rápidas, rojas y perfectamente bien definidas en el hombro izquierdo. Era un trazo perfecto y cuidado. No tenía la apariencia de un mordisco o de un arañazo violento. Era otra cosa. Era como si aquel dibujo estuviese premeditado... Yo me asusté y le pregunté a Mira que qué vaina era ésa. Por un momento me sentí mal creyendo que había sido yo el que le había hecho semejante salvajada, convertido en vampiro chupa-sangre en medio del frenesí del sexo y de la pensadera de güevonadas. Nuevamente Mira me turbó con su risita, diciéndome en un español perfecto y mostrándome sus dedos larguiruchos: No, Ismael, no te preocupes. Tú no eres un Drácula. Fui yo rascándome con mis uñas que están un poquito largas. Y entonces yo respiré más tranquilo porque entendí que no le había hecho daño sin querer ni tampoco me había convertido en Mr. Hyde... No sé por qué en ese momento en que Mira me explicaba los pormenores de su enfermedad que consistía en una extraña manifestación del estrés por la que, en ciertas épocas del año, su piel estaba exageradamente sensible a los agentes externos, yo me puse a recordar la vez en que Yude me vio por primera vez el pipí. Recuerdo que le pregunté que si le tenía miedo a semejante machete, y ella me contestó: ¿Y por qué, si de esa puñalada no se ha muerto nadie? No sé por qué me pareció pertinente la evocación de una respuesta tan inteligente como soez. Debió ser la extraña mezcla de sexo con risas, ternura y curiosidad que había en el ambiente... Mira me contaba y yo la oía con interés. Me contó cosas espeluznantes sobre cortadas diabólicas, sobre mordiscos de cocodrilos que se veían peor de lo que eran en verdad, pero que por culpa de su dermografitis dejaban de ser unos mordisquitos para convertirse en unas auténticas heridas de guerra. Yo la escuchaba y por un momento sentí celos de aquel aventurero que seguro le dio mala vida a Mira, pero que también debió darle aventuras que yo, un pobre y peorro violinista, jamás podré darle aunque me vista y me las tire de Indiana Jones. El caso es que poco a poco me puse a dibujar con la uña de mi dedo índice derecho en la barriga de mi amiga. Cada línea que trazaba en su vientre blanco me enseñaba cómo miran las americanas, cómo sonríen con los ojos y cómo son capaces de llenarlo todo de ternura con sólo una mueca de labios. Yo rayaba caballos y hombres, motos y flores, elefantes hechos de líneas delicadas que no tenían nada que ver con el dolor. Mientras hacía aquella gracia, pensaba en los tipos pelúos que rayaron las cuevas de Altamira. Me decía a mí mismo que en esta vida no hay un placer que se acerque siquiera un poquito al que produce dibujar. A mí siempre me ha gustado el dibujo, y ahora creo que me gusta más porque probé rayarle la piel a una mujer hermosa convertida en formato, en soporte para mi pensamiento hecho líneas, hecho formas. Aquella noche el dibujo se me convirtió en una confirmación de lo erótico, rayándole las nalgas a esa niña blanca y carnosa. Como el cuarto estaba en una clara penumbra sugerida por las luces que entraban desde la calle, veía extasiado mis dibujos y pensaba en las cosas que Vera vivía diciéndome sobre el oficio artístico. Vera me dijo una vez que el dibujo era una actividad muy afín a los humanos porque era en sí un acto racional y porque, además, somos las únicas criaturas que nos damos cuenta de que vivimos arrastrando un dibujo con nosotros. El día que Vera me dijo que ese dibujo que arrastramos sempiternamente es nuestra sombra, entendí que las vainas artísticas están más allá de la comprensión natural de los fenómenos. Ese día entendí que la música y que el dibujo y que la pintura y que todas esas cosas, forman parte de un misterio insondable del que también formamos parte los que tocamos violín, los que dibujamos con el dedo en la batata de una mujer hermosa, los que oímos el Tannhäuser en un Mustang y todos los que nos metemos en ese mundo de misterio. No sé por qué, pero a mí siempre me ha preocupado eso de comunicarle mi vivencia artística a mis amigos, a mis novias y a todos los que me rodean. Lograr ese acto de comunicación perfecta es una de las cosas más difíciles de este mundo. Siempre que oigo música acompañado, me pasa una vaina terrible, y es que siento la imperiosa necesidad de comunicarle a mi acompañante dónde están los momentos de revelación mística que en mí produce la música. Y es allí donde comienza el peo porque siempre me da por retrasar el disco, por volver a poner un pedacito de la pieza para oírlo mejor, para entenderlo, para desentrañar el profundo enigma sonoro que encierra en su diseño. Y entonces la gente se arrecha conmigo, y con razón, porque aún no he acabado de comprender que el misterio de la música se le revela a la gente de diferentes maneras. A unos, como a mí, se nos revela con una intensidad inusitada, con una alegría poderosa sólo comparable al placer que producen un beso amoroso y unas tetas bonitas. A otros, ese placer se les resuelve en una ecuación débil, en una displicencia hacia el misterio sonoro que te llama y te grita para que lo enfrentes y lo resuelvas... Conste en acta que ese llamado a resolver el enigma de la música se me aparece por igual ante Marilyn Manson y Gustav Mahler, ante el Carrao de Palmarito y John Coltrane. No hay nada peor que un mamagüevo discriminando a la música...

Total es que de dibujarle flores y perros meones en la barriga a Mira; de soñar con disfraces de espermatozoides; de pensar en la música y recordar a Vera y a Yude, pasé a un estado de ensoñación en el que se me volvieron a encender los motores del sexo y de la vida. Mira y yo nos abrazamos entre besos como dieciocho mil veces más durante aquella noche llena de estrellas y de sexocositos. La pasamos muy bien hasta que un sueño sonriente nos arrulló y nos hizo gozar del silencio atolondrado que gestó durante toda la noche el aire acondicionado de nuestra habitación.

4

Hoy me desperté soñando, soñando con vainas raras, con imágenes locas que desembocaron en un sueño que tuvo como guión el recuerdo de cuando Maurice y Ferdinand vinieron a Caracas, y Baba, Pedrique y yo los llevamos al Polígono de Fuerte Tiuna a disparar las pistolas de mis amigos. Ese día fue una maravilla porque no hubo nubes y el sol no nos quemó el cogote ni el calor nos jodió demasiado la vida. Nada nos detuvo el placer que significa disparar una Beretta y una Glock en un campo abierto y diseñado para que a uno se le vayan las arrecheras en cada disparo. Ese día gastamos como quince cajas de municiones Corbon. Echamos todo el plomo del mundo, practicamos puntería y le oímos todos los cuentos a Pedrique sobre el tiro defensivo. Según él, esa vaina es un arte y una oportunidad para defenderte de los mil y un coños de madre que andan en la calles dispuestos a joderte, a asaltarte, a quitarte la vida, el carro, la casa, la novia y hasta los pantalones... Bajo esa premisa reventamos las dianas de cartón que nos sirvieron de blanco aquella mañana. Como ya dije, echamos todo el plomo del mundo y luego nos fuimos a comer helados en Crema Paraíso. Yo me comí una tinita de mantecado, Pedrique y Maurice se dieron duro con un sundae de fresa, Baba se tragó tres barquillas de mantecado con maní y Ferdinand se conformó con un Banana Split para él sólo. Ese día terminó muy bien porque no hay nada mejor que ir a echar plomo, ir a comer helados y luego zumbarse a dormir en su camita y despertarse con legañas en los ojos como a las siete de la noche. Así fue como me levanté yo esa mañana en el Hotel Neptuno, soñando con disparos y tinitas de mantecado. A mi lado seguía durmiendo la bellísima Mira. Dormía un sueño pausado, silencioso y limpio, muy limpio. La verdad es que aquella chica me gustaba. Más de una vez me pasó algo terrible y era no reconocer la belleza de la mujer que se levantaba a mi lado porque precisamente en la noche no hubo tal belleza, sino un maquillaje que fraguaba un espejismo que se disolvía en la mañana, justo cuando uno se despertaba y se daba cuenta de que había tenido sexo con una mujer adefesio. Pero eso no era ni por asomo mi caso con Mira, con la bellísima Mira que ahora dormía y que seguramente soñaba con Ohio, con Mamachusetts, con los cocodrilos de su novio, con Frank Sinatra, con el Kukux Klan y con mi violín... Con mi violín... Al pensar en mi violín, me percaté de que, por andar de sabroso y de besador, llegué al hotel sin mi instrumento. Y entonces me dio un yeyo, una trombosis cerebral y un temblor tremendo porque estaba sin mi violín, mi violincito querido, mi máquina de hacer música.

—Mira, precious Mira, wake up, please! —Le susurré a los oídos a la chica que apenas se movió en la cama revuelta. —Levántate, mi amorcito, porque Godzilla is coming.

Y no era mentira, Godzilla llegaría pronto, si no tenía rápido conmigo mi violín. Las orejas se me fueron poniendo rojas y calientes. Mientras me iba vistiendo, hice todo el ruido del mundo para ver si Mira se despertaba, pero esa mujer hermosa era una piedra, un cálculo durísimo que dormía más que una morsa.

Ya yo estaba desesperado, dando vueltas por todo el cuarto, cuando se me ocurrió que lo mejor que podía hacer para sacar a la gringa de su sueño era ponerme a cantarle canciones de Frank Sinatra a todo gañote. Eso hice y eso funcionó. Mira abrió los ojos, me miró con una sonrisa capaz de descarrilar un tren, bostezó y debe ser que mi cara hablaba por sí misma porque se levantó de pronto diciendo:

—¿Qué pasó?

—Mi violín.

Mira se vistió lo más rápido que pudo. Los dos salimos de la habitación teniendo los ojos hinchados y repletos de legañas, los pelos revueltos y la ropa toda llena de arrugas. Estábamos bellos. Parecíamos unos monstruos, unos gorilas revolcones acabados de salir de la selva umbrosa. En el camino ni Mira ni yo nos hablamos. Confieso que me carcomía el alma no tener conmigo mi violín. Mi cabeza no estaba ni podía estar en otra cosa. Lo espantoso, lo grotesco, lo terrible y lo que no tuvo que pasar, pasó. Al llegar al terreno baldío que fungía como estacionamiento del hotel Neptuno, nos encontramos con que el fordcito de Mira tenía un vidrio roto. A Mira le robaron el reproductor del carro y a mí mi violín. ¡Qué cagada! No puedo dejar de decir que grité, que lloré, que me dio una arrechera espantosa y que sentí una indignación horrible. No sé cómo no le di unos carajazos a la bellísima Mira y al tipo de la recepción del hotel. A Mira por dejar mi violín en el carro y al recepcionista por tratarme mal, por gritarme y decirme que ni él ni el hotel se responsabilizaban por objetos abandonados en el carro. Y entonces me arreché más y se me salieron las lágrimas porque no podía con la indignación de haber perdido mi instrumento y de que nadie —ni siquiera yo mismo— pudiese responder por mi violín, por mi violín adquirido en Bruselas en 1984 en una tienda que es propiedad de un luthier griego y viejito a quien nunca vi sin su saco impecable ni su corbata de lazo ni sus ganas de venderle a uno un arco nuevo, un afinador, un metrónomo o lo que tuviese a mano. Y ahí se me encendió nuevamente el recuerdo... A pesar de esa manía vendedora que hacía al viejito más judío que Moisés, yo pasaba unas tardes fabulosas en esa tienda que olía a madera y que tenía unas campanitas pegadas en la puerta que se abría a cada rato por culpa de los violinistas que iban para allá a presumir y a poner cara de virtuosos y de que todo lo que tenía el viejo Constantino Focas en su tienda era de mala calidad. Constantino se reía de aquellos tipos diciendo que los de segunda, eran ellos, porque a su tienda fue una vez el mismísimo David Oistrakh y probó un montón de violines antes de quedarse con uno para regalárselo a su hijo Igor. Como prueba de que estaba diciendo la verdad, Focas me sacaba siempre una foto viejísima en la que aparecía él con una mole humana calva y sonriente que no podía ocultar su barriga ni con el traje que vestía su presencia de carnicero gigante. Pues bien, en esa tienda donde compraban estrellas de la música e iban envidiosos de oficio, compré el violín Amati con el que terminé mis estudios y toqué en Bruselas, Zagreb (que al revés es bergaZ), Viena, Salzburgo, Londres, Bristol, Berlín, Hannover, Colonia, Nueva York, Chicago, Madrid, Buenos Aires y yo no sé dónde coño más. Toda mi vida como concertista la he vivido junto a ese (y sólo a ese) instrumento. Por eso, y porque me recordaba al viejito con quien tomaba café tres veces por semana, me dio de todo el haber perdido mi violín. Con Focas pasé tardes enteras oyendo música y hablando como locos sobre Bach, Mozart, Beethoven y Brahms, los únicos cuatro músicos que, según el viejo, eran de verdad.

A mí me encantaba escuchar música con mi amigo anciano. En su trastienda tenía un pequeño depósito repleto de discos que oíamos todas las tardes antes de irnos a tomar café en un lugar maravilloso del que les hablaré dentro de un rato. Decía que me encantaba verlo colocar la aguja sobre el disco de pasta y cerrar los ojos hasta que, de repente, los abría y comentaba exaltado un momento musical, un instante que podía ser de la Quinta de Mahler, del Don Juan de Strauss, del Concierto para Cello de Dvorak. Óyelo bien, me decía. Óyelo bien. Oye el fagot. No te lo pierdas. Y en el mismo momento en que yo pensaba en esas delicadezas sinfónicas, llegó Baba diciéndome:

—¡Qué cagada!

—¿«Qué cagada» qué? —Le respondí yo.

—Que te robaran tu violín.

—No me lo repitas porque me vuelven a dar ganas de llorar— Era verdad. Había llorado como un niñito. No me da pena aceptarlo. Mi violín lo valía.

—Vamos a desayunar, brother. Con el est–mago vacío no puedo pensar y, por lo tanto, no te serviré de ayuda, de consuelo ni de nada... Y menos con la nochecita de anoche.

—¿Cómo te fue? —Le pregunté.

—Un solo meneo. ¿Y tú?

—Varios meneos y un violín robado.

—¡Qué cagada!

—¡Sí, qué cagada lo del violín!

—Qué cagada, pero vamos a tomar café.

Baba y yo nos fuimos a una panadería que quedaba como a una cuadra del hotel. Él se comió dos pastelitos de jamón y un con leche y yo apenas me tomé un marrón pequeño antes de pedirle a Baba que me llevara al teatrico donde ensayaría la orquesta.

—¿Y qué hacemos con las gringas? —me preguntó Baba preocupado.

—No sé. Diles que se vayan a Manhattan o a Wichita.

La verdad es que, viéndolo bien, me puse grosero con quien no debía, pero mi amargura era tal que no me importaba nada. No me importó andar cochino ni andar arrecho. A mí sólo me importaba la rabia que sentía por ser un violinista desviolinizado, por ser un güevón y por tener que ingeniármelas para conseguir un instrumento decente antes de las ocho de la noche, hora pautada para mi bendito concierto. Lo peor era que estaba convencido de que en una equivocación urbana como Puerto La Cruz no podría conseguir un violín como aquél que me había vendido Focas a mitad de precio hace años, hace siglos. No sé por qué pienso en Constantino Focas y me parece que estamos hablando de historia, de una historia antigua y corroída por la distancia temporal, por la muerte, por el recuerdo y porque me estoy poniendo viejo. Y entonces el café de la panadería de Puerto La Cruz me trajo a la memoria el Café que el viejo y yo visitábamos en Bruselas. Era un lugar que se llamaba Les voies. Allí podías sentarte a conversar durante horas y horas porque era un sitio especialmente diseñado para eso. En la planta alta de la gran casa que albergaba este singular espacio para la tertulia y para la reunión, funcionaba un tranquilo bar donde podías tomarte el trago que quisieras en unas cómodas poltronas que acompañaban unas mesas mínimas. Allí podías sentarte a meditar o a compartir opiniones con un buen interlocutor el tiempo que desearas. Pero lo mejor de Les voies quedaba en el piso de abajo... Resulta que a lo largo y ancho de la gran casa había un mesón cubierto por un gigantesco pliego de fieltro color verde que funcionaba como formato para un larguísimo recorrido de líneas que servían de rieles a los trencitos de juguete que el público traía al local. Para mí aquel lugar era una maravilla. ¿Cuándo en Caracas iban a abrir un sitio como ése? Nunca. Estoy seguro. Allá ibas con tu tren y te sentabas en cualquier punto del gigantesco mesón, pedías un sandwich, un chocolate caliente, una Coca-Cola o lo que fuese y ponías a rodar tu pequeño tren hasta que te diera la gana. Allí siempre había gente que pasaba días enteros hablando de locomotoras, vagones, trenes, vías y récords de velocidad. A los viejos les encantaba reunirse en ese Café y dedicarse a despotricar de los nuevos tiempos y de la nueva tecnología. En ese particular mi amigo Focas no era un viejo típico. A él no le gustaba hablar de las glorias pasadas ni de las viejas locomotoras. Por el contrario, le fascinaba hacer pasear por aquella súper maqueta repleta de montañas, túneles, casitas, árboles, contracarriles, estaciones, rampas helicoidales, muñequitos y musgo, los modelos a escala de los trenes que en su época rompieron récords de velocidad, Constantino siempre ponía en las vías un modelo del Borsig, un tren alemán que en 1936 fue el primero en llegar a doscientos kilómetros por hora. También tenía un modelo del TGV, cuyo referente real corría a trescientos ochenta kilómetros por hora. Ir a ese lugar era una maravilla no sólo por los trenes a escala ni por la ciudad en miniatura que a mí me recordaba a la ciudad celular que me imaginé la noche anterior, sino por la intensidad que se respiraba en el ambiente.

—Aquí es la vaina, ¿no? —me dijo Baba señalándome el edificio del Teatro Teófilo Leal. Yo ni me di cuenta del momento en que nos montamos en el Mustang y rodamos hasta ese sitio.

—¿Por qué le pondrán nombres de gente a las vainas? —pregunté.

— ¡Olvídense de Godzilla, carajo!

Ahí sí me reí. Si algo agradable tiene mi amigo es que es gracioso.

—Y ahorita, compadre Baba, a poner cara de piedra. Voy a decirle al director que me pasó lo mismo que a Yuri Koldjadkin.

—¿Y quién es ése?

—El ruso de las raquetas de ping-pong dentro del estuche de su violín. ¿Te acuerdas?

—Otro sing–n, ¿no?

—Exacto, bro. Otro puy–n. La lujuria pierde violines.

—¡Qué horror! ¿Y qué vas a hacer? —Baba me hizo esa pregunta mirando al horizonte.

—Nada. Hablar con el director, aguantarme el rega—o y decirle que lo ideal para mí sería suspender el concierto.

—Eso no sería nada diplomático. ¿Por qué no nos buscamos otro violín?

—¿Y tú crees que eso es así tan fácil? Aquí en este remedo de ciudad no deben saber ni siquiera qué es un violín.

—Ismael, yo sé que estás arrecho por el robo, pero las cosas no se hacen así.

—¿Y cómo se hacen?

—Vamos a hacer algo: yo te prometo un violín para hoy mismo, pero no canceles el concierto.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a irte a Caracas a toda velocidad con tu Mustang? ¿Vas a ir a una tienda y me vas a comprar un violín igualito al que yo tenía? Algo así es lo que tendrías que hacer porque aquí, en esta mierda, dudo mucho que vendan violines en las licorerías.

—Si eso es lo que hay que hacer, se hará, brother.

—¿Y mientras tanto qué hago?

—Cuéntales chistes, háblales las güevonadas ésas que a ti te gustan y que le gustan a la gente.

—Como si fuera tan fácil.

»Como si fuera tan fácil». Esa oración me gustó. Me gustó para decírsela a mi amigo que se alejó en su Mustang poderoso, dejándome íngrimo y solo en la puerta de aquel teatro de marras. No sé por qué, pero me dio ladilla entrar a esa hora y verme así, todo ruñido y escoñetado por culpa de la tristeza y la desazón. Entonces me senté en un banquito de la plaza que está en frente y que a esa hora aparecía repleta de ancianos leyendo el periódico. Y no sé cómo, pero de repente me vi muerto de la risa imaginando que alguien pasaría a mi lado y me dejaría una limosna, y yo le diría que no, que no me diese plata porque yo no estaba pelando bola, que yo estaba vestido así porque andaba arrecho. Y entonces también me imaginé montado en el Mustang de Baba, corriendo a toda velocidad por la carretera, buscando otro violín que habría que afinar en el camino de vuelta. Soñé despierto con que el Mustang corría y volaba conmigo, con Baba y con el Tannhäuser dentro, y que de repente se nos pegaba atrás un Porsche negro dispuesto a picarnos el alma con su velocidad. Yo veía a mi amigo manejando como un poseso del volante y de la palanca de cambios para no dejarse vencer por la maravilla de máquina que nos perseguía y cuyos ocupantes seguramente no estaban oyendo a Wagner ni a nadie interesante. En mi imaginación Baba y yo parecíamos un soplo que vuela y que se deja llevar por los ocho cilindros de un engendro mecánico en el que viajábamos detrás de un violín y delante de un Porsche manejado por un demonio que en mi cabeza era teutón y gordote con papada y lentes oscuros.

De ahí, de esa persecución veloz que disolvía mi cuerpo, el cuerpo de Baba y el del alemán en una estela de humo y polvo, pasé a evocar nuevamente al viejo Focas. Del Café de los trenes mi cabeza me llevó al día en que, estando en su tienda, Constantino me pidió que buscase a dos amigos y que formáramos un cuarteto para tocar sólo cosas de Schubert.

—¿Y por qué sólo cosas de Schubert? —le pregunté.

—Porque me da la gana.

Maurice y Ferdinand comenzaron a venir conmigo a la tienda del viejo hasta que un día el propio Focas nos invitó a su casa. La primera vez que fuimos nos quedamos lelos porque él y su esposa tenían una estupenda colección de Morandis magníficos. A mí me impresionó mucho que Constantino tuviera once pinturas de ese extraño artista que sólo pintaba botellas con colores planos.

Pasaron los días, los meses y los años con nosotros dándole duro a la música de cámara de Franz. Ensayamos con fuerza hasta que hicimos nuestro el Cuarteto número quince, y lo tocamos y nos lo aprendimos para arriba y para abajo. Lo mismo hicimos con La muerte y la doncella y con otras piezas. Focas tocaba viola. Maurice tuvo que cambiar el cello por el violín para tocar conmigo y completar la formación. Lo cómico era que el viejo no quería salir y tocar en público. Pasamos dos años tocando en su casa sólo con su esposa y su gato como público porque él no quería mostrar lo que hacíamos a nadie. A cada rato nos decía que lo importante para un artista era ejecutar bien su programa y no ser entretenimiento de ningún mojón con aires de aristócrata. Constantino Focas decía que todo el que dedicaba su discoteca sólo a la música clásica era un infeliz que se creía Duque o cuando menos Vizconde.

El viejo Focas murió hace dos años. Era tan terco y tan particular que dejó escrito en su testamento que, por voluntad expresa, prohibía a sus sucesores utilizar su nombre para nombrar calles, escuelas o tiendas. Cada vez que recuerdo a mi amigo, lo hago pensando en el chiste que él y el mesonero que siempre nos atendía en Les voies siempre se prodigaban:

—Garçon, servez-moi le repas dans la cabine —decía Focas en perfecto francés cada vez que se sentaba a la mesa.

—Avez vous mal au coeur?

—Je nΥai jamais le mal de mer.

Eso quería decir, ni más ni menos que Constantino se ufanaba de comportarse como un tipo aplomado. Y eso era lo que yo tenía que hacer en aquel momento en el que definitivamente iba a entrar al teatro.

5

Me hubiera gustado tener aquí, en Puerto La Cruz, a Pedrique. En tres horas él hubiese revuelto cielo y tierra hasta conseguir mi instrumento. Mi amigo habría llegado y se hubiera ido a los rincones más recónditos de la ciudad para buscar a los malandros más malditos de cada barrio, de cada cuadra y de cada centímetro de Puerto La Cruz, y los habría interrogado con la Glock en la mano hasta dar con el paradero de mi violín. Pedrique trabajaba de esa manera. Yo lo sé porque más de una vez lo acompañé a los lugares más raros y variopintos del mundo. Muchas veces vi a Pedrique meterse por el ojo de una aguja para interrogar a gamberros en bares de putas, maricos, viciosos y mal vividos profesionales. Lástima que mi amigo pistolero se haya ido al carajo a hacer lo que era su pasión secreta: la lucha libre.

Un día Pedrique me fue a buscar a mi casa. Recuerdo que esa tarde yo estaba ensayando el Sibelius. Cuando llegó, se sentó, se fumó un cigarro y esperó a que yo terminara de estudiar. Luego nos fuimos a un barcito viejo que todavía queda en la avenida Victoria. Allí me pasó algo muy loco porque yo creía que Pedro Enrique me iba a reclamar mis salidas sexuales con su hermana, pero, para mi sorpresa, y luego de tres Gin Tonics, mi compadre me enseñó una pequeña bolsa que traía en uno de los bolsillos de su chaqueta. Como no me dijo nada especial, aquel gesto me agarró desprevenido. Así de pasada, pensé que aquella bolsa estaba llena de perico o de alguna vaina para viciosos. Sin embargo, eso no era lo que contenía. Cuando abrí la bolsa, me encontré con un trozo de tela plateada y amarilla. Al desenvolverla y buscarle la forma, me encontré con que tenía en las manos una máscara de las que usan los luchadores clásicos mexicanos.

—¿Y esto? —Le pregunté con sincero interés.

—Me voy a México, brother.

—¿A qué?

—A echarle bolas a la lucha libre.

—¡Coño! —Cuando Pedrique me dijo aquella vaina, no pude morirme de la risa porque me lo dijo poniendo el rostro más severo que le había visto nunca.

El tipo me contó que estaba entrenando fuertemente en un gimnasio que queda en Quinta Crespo y que se quería ir a México porque allá la lucha libre sí se toma en serio como espectáculo y como forma de arte enteramente popular. Y entonces mi amigo se levantó de su asiento y se puso la máscara. Aquello me impresionó porque no estaba acostumbrado a verlo con el rostro escondido detrás de un trozo de tela plateada y amarilla que a mí se me asemejaba a una calavera que hacía que mi amigo pareciera un esqueleto barrigón. Y por fin pude reírme de Pedrique cuando me dijo que qué de pinga sería ponerse esa máscara e ir a la iglesia, oír misa, prosternarse, orar, cantar y hasta comulgar caracterizado con esa careta de donde asomaría la lengua para recibir la hostia. Y ahí el absurdo de la lucha libre se hizo indetenible porque pronto me imaginé a Pedrique saliendo de la iglesia para irse a una sinagoga donde el rabino le exigiría ponerse el kipá y sentarse tranquilito a escuchar la charla que sobre la circuncisión estaba dando.

Después de morirnos de la risa durante un buen rato, Pedrique sacó de su bolsillo un billete, pagó y me dijo que lo acompañara a un sitio que quería mostrarme. Nos montamos en el carro y nos fuimos lentamente por la noche caraqueña hasta el lugar donde quedaba su gimnasio. Eran como las nueve y media cuando entramos a aquel galpón que tenía las paredes cubiertas con una pintura azul y brillante como el cielo. La luz de neón mordía el ambiente lleno de adminículos de fuerza física. Por todas partes había pesas de todos los tamaños, peras, sacos de arena, colchonetas, cuerdas para saltar, camillas para hacer abdominales, máquinas para bíceps, tríceps y muslos. Todo estaba hecho para tallar cuerpos, para inflar y endurecer los músculos de tipos que parecían inofensivos, pero que regularmente, y como impulsados por una música muda, doblaban los brazos sosteniendo las mancuernas, pujaban doblando sus cuerpos hasta tocarse los pies, saltaban la cuerda, le daban golpes a los sacos, corrían y golpeaban con toda su humanidad las colchonetas pegadas a las paredes. Todo el sitio era un reverbero de disciplina física que tenía su apoteosis en el enorme cuadrilátero que estaba en todo el centro del gimnasio. Allí había dos tipos enmascarados brincando y contorsionándose en forma de golpes, tacles, pasarelas, topes, patadas voladoras y saltos mortales, llaves doble Nelson y proyecciones por los aires, trampolines y tijeras bajo la supervisión de un gordito viejo y moreno que saludó efusivamente a mi amigo. Aquellos sujetos libraban un combate de entrenamiento en el que podían vérseles las costuras al espectáculo de la lucha libre. Una y otra vez repetían la rutina de una coreografía de carajazos y brincos que muy pronto se convertirían en aplausos, en gritos de admiración, en fotos y más y más aplausos gordos iguales a los que me prodigaron al salir a escena en el Teatro Teófilo Leal de Puerto la Cruz con un violín prestado a cuestas...

Sí. Entendieron bien. Salí a escena con un violín prestado a cuestas y toqué el Brahms con toda la arrechera y con toda la emoción del mundo porque me pasé todo el día pensando en cómo resolver este concierto de marras sin el instrumento con el que estudié tanto tiempo. Digamos que me paseé por todas las posibilidades de la rabia desde que entré al teatro y el director me armó un lío de los mil demonios por ir a ensayar tarde, desganado, con facha de borracho y sin mi violín. Por poco me cae a golpes en medio de los gritos y de los insultos que yo oía sin oír porque después que hablé con Baba me quedé lelo pensando en no suspender el concierto y en no dármelas de divo por tener que tocar con un instrumento ajeno.

No sé cómo, pero después de estar sentado un larguísimo rato en la plaza que está aquí en frente, me dije que podría matar mi rabia horrorosa con un violín prestado y a la vez purgar ese ardor en el estómago que a uno le da cuando lo roban, urdiendo un plan para la noche. Según ese plan, yo saldría a escena y, en vez de mirar y reverenciar al público, al director, al primer violín, a la orquesta, a mi abuelita, a la señora gorda que está en primera fila y al mismísimo coño de su madre, yo le hablaría a la gente y le contaría mis cuitas. En vez de un hermoso y reverencial espectáculo en el que la orquesta toca una obertura, un concierto para instrumento solista y una sinfonía, yo haría un stand up comedy serio con el que seguramente me convertiría en el hazmerreír de los violinistas criollos, en el Seinfeld de la música. Yo me pararía ahí, con el violín en la mano, y les hablaría de que, por andar de puyón, me robaron, me jodieron, me pusieron la pata encima, me hicieron llorar y lograron que mi memoria borrara los excelentes polvos que había echado con la gringa la noche anterior.

... Y hablando de eso, ustedes saben que una vez andaba yo montado en el Metro y vi a una chica bellísima. Era una rubia alta y hermosa acompañada por un tipo de rostro limpio y hermoso también. Los dos se besaban amorosamente en público y en el tren en movimiento con cierto pudor. Yo los veía y me admiraba de cómo la belleza que vivía en dos cuerpos distintos se atraía para reproducirse. Ya me imaginaba cómo serían los hijos de aquella parejita, cuando, de pronto, llegamos a la estación y los dos se bajaron. Mi visión de ella, al verla de cuerpo entero, no cambió. Pero al verlo a él, me sentí decepcionado. Era uno de estos tipos que son flacos de la cintura para arriba y que del ombligo para abajo tienen algo así como el vientre abultado, como retención de líquido... No sé... Era muy desagradable. Yo me dije inmediatamente que los feos tienen una suerte gigantesca y que las mujeres magníficas y cimbreantes como aquélla tienen el gusto en el culo. Basta ver a una mujer hermosa para intuir que uno no le va a gustar porque a ellas sólo le gustan los lagartos... Gracias... Gracias... La otra vez, una amiga muy querida me dijo que tenía algo delicado que contarme. «¿Cuál es tu problema?» Le pregunté. Ella me respondió, con los ojos iluminados por una luz virginal, que estaba saliendo con un tipo chévere, inteligente, gracioso, millonario y sensible, pero que a pesar de todas aquellas cualidades el caballero tenía un detalle. «Seguro que es marico», dije yo. «No. No es parcha», me respondió mi amiga. Yo no sé por qué siempre que me dicen que un tipo tiene un problema, inmediatamente pienso que es marico... Bueno, el punto es que mi amiga me dijo que su pretendiente era chévere, pero que era muy feo y que ella no sabía qué hacer porque todas sus amistades tenían un «alto nivel estético»... No sé qué habrá querido decir con eso de «un alto nivel estético», pero eso fue lo que me dijo. Yo no sé si quiso decir que sus amigos eran tan bellos que nunca le perdonarían tener un novio feo que se mezclara con ellos, o si a ella le daba pena, asco o qué sé yo, andar con la bestia negra y peluda. Lo cierto es que le pregunté si le gustaba el tipo y me dijo que sí. Le pregunté que si se había acostado con el tercio y me dijo que sí. Le pregunté también que si se llevaba bien con él en la cama, que si era buena gente, que si la trataba bien, que si era de buena familia, que si era honesto, decente y trabajador, y a todo me dijo que sí. Entonces yo le dije que sería una pendeja, si dejaba escapar a aquel hombre cuyo único delito en la vida era ser feo. «Pero es que es horrible», me dijo. «Coño, entonces no salgas con él», le dije. «Es que yo lo quiero» me dijo. «Bueno, bésalo a ver si lo conviertes en príncipe», le dije. «Ya lo hice», me dijo. «¿Y te dio herpes?» Le pregunté. Me respondió que no. Y como mi amiga ya me tenía harto, le di la solución: «hija mía, empátate con el tipo, trabaja mucho, ahorra y págale la cirugía plástica. Conviértelo en un tipo bello, en un muñequito, en un bicho artificial cuya belleza no tenga nada que ver con lo bien que te trataba cuando era feo... Porque seguro que cuando sea bello, no te va a querer igual. Seguro que te va a decir que tienes las tetas y las nalgas caídas y que ya no te quiere... No joda, mejor no salgas más con ese tipo...

Hace años tuve una novia muy extraña que se llamaba Sofía. Una vez Sofía encendió la estufa para calentar en una pequeña olla la cera para depilarse. Todo iba bien hasta que la llamaron por teléfono y se puso a hablar como loca durante una hora entera, olvidándose de lo que dejó calentando. Cuando por fin soltó el auricular, y el olor le trajo a la memoria lo que se estaba quemando, corrió a sofocar un pequeño incendio que ya estaba chamuscando la fórmica y las cortinas de su cocina. Sofía trajo agua del baño, y de un sólo remojón apagó la candela. Si bien las llamas no hicieron desastres graves, hubo algo que le llamó poderosamente la atención a mi novia: en el techo, justo encima de la hornilla donde estuvo ardiendo la olla con la cera, había una mancha producida por el humo. La mancha mostraba un dibujo exacto, certero y medular que mostraba la imagen de la Virgen de Coromoto a quien bauticé desde ese día como la Virgen de la Depilación. Yo no sé cuánta gente fue a la casa de mi sabia Sofía a rezar el Rosario y a ver la imagen que supuestamente lloraba. Para mí que en ese techo había una gotera y no una virgen llorando... Lo malo era que no podía estar ni un momento tranquilo con mi novia porque a cada rato llegaba una turba de viejas acompañadas por un cura y por una fila de tullidos que venían a aliviar sus males con un milagro. Para colmo, mi sabia Sofía se puso mística y lloraba a cada rato por la aparición de la Virgen depilada y no quería nada conmigo... Ni un besito... Qué horror... Yo no gano una... Y hablando de japoneses... El otro día vinieron a Venezuela unos luchadores de sumo quinceañeros que no le aguantarían un round a un camionero maracucho. Los tipos vinieron a dar unas demostraciones de sumo en un programa de televisión. Eran enormes. Tenían unas tetas más grandes que la plaza de toros de Valencia. Dos de esos gordos comenzaron a desnudarse, y cuando quedaron cubiertos sólo con sus taparrabos, se pusieron a luchar frente a las cámaras. Los dos forcejearon, se agarraron y se empujaron hasta que algo extraño pasó. Los dos gordos detuvieron la pelea y uno le hizo una seña al otro para que se esperase un instante... En eso el que hizo la seña se metió la mano en el taparrabo y adivinen lo que sacó... Un huesito de pollo. ¡Qué bárbaro! ¡Hay que ver cómo está el mundo hoy en día! ...A propósito de vainas extrañas, de luchas y de tipos pujando, resulta que yo tengo un amigo a quien le fascina la lucha libre. No sólo le gusta verla, sino practicarla. Es tan fiebrudo que se compró su máscara y todo. Es un antifaz rojo muy fuerte que simula una calavera y que le cubre toda la cara. Yo no sé por qué, pero todo carajo que se pone una máscara ya quiere meterse a superhéroe. Debe ser, como dice otro amigo mío que se llama Joaquín Ortega, que es porque la máscara representa al hueso fuera de la piel y que como el esqueleto es una estructura sólida, entonces aquello es como una armadura ósea que tiene el luchador para contrarrestar los golpes y los ataques del enemigo... El caso es que mi amigo Pedrique —el de la máscara— se compró su máscara y me pidió que entre él y yo adquiriéramos una cámara de video para filmar las historias de su personaje que sería como El Santo, pero en esta época. Yo le dije que sí. Nos compramos la cámara y comenzamos a filmar unas historias más locas que el carajo. En una mi amigo iba a visitar, con su máscara puesta, a su novia, una mujer bellísima que también tenía su máscara terciada en el rostro. En otra historia, mi amigo manejaba una carrucha de madera pintada de rojo, con llamas amarillas a los lados, en la que perseguía a un villano que iba en moto y le disparaba con una pistola gigantesca. Y así íbamos inventando historias tontas hasta que un buen día la esposa de mi amigo descubrió nuestras películas y nos regañó con toda la saña del mundo porque y que parecíamos unos carajitos ociosos que no hacen sino agregarle al mundo más y más porquería...

Más y más porquería era lo que había en el sótano del teatro donde me puse a ensayar. Adonde volteaba había una cucaracha, dos cucarachas, tres cucarachas, mil cucarachas que se movían felices y risueñas en medio de unas tablas de madera que seguramente fueron escenografía de alguna obra de teatro.

No sé exactamente cuándo decidí que iba a tocar. Lo único que sé es que le había dicho al director que iba a tocar mi vaina y que no se preocupara porque yo asimilaría el regaño que me lanzó por ponerme divo y decirle en su cara que no tocaría. Todo el tiempo que transcurrió entre los gritos de mi director y la llegada del violín que me trajo Baba, lo pasé afinando a mi manera los cinco o seis violines mediocres que cinco o seis músicos de la orquesta me prestaron. Ese trabajo fue horrible. El problema no era que estuviesen bien o mal afinados. El asunto estaba en que el instrumento es una prolongación necesaria de tu cuerpo y de tu capacidad para hacer música. Tú tienes que adaptarlo a tus manías, a tus mañas, a tu piel, al largo de los brazos y a todo tú. Semejante labor me consumió casi toda la tarde. Lo peor fue que no me sentía bien con ninguno de aquellos cagajones ajenos. Mientras los manipulaba, me puse a pensar por quincuagésima vez en cómo podía quitarme de encima la arrechera espantosa que cargaba conmigo desde el momento en que supe que me habían robado mi objeto más preciado, y cuando estaba en lo más álgido de esa meditación, llegó Baba con un violín en las manos diciendo:

—¿Qué hubo?

Cuando lo vi, de vaina me da un espasmo. Baba se había ido en la mañana después de dejarme en la puerta del teatro. Mi amigo se fue diciéndome que me quedara tranquilo porque él haría lo imposible por encontrarme un violín tan decente como el que me habían robado. Baba no me mintió; cumplió su promesa. El tipo regresó al teatro con una roña de violín que, según él, sólo yo amansaría para mi concierto. Aquello, a pesar del instrumento astillado y raído, me emocionó mucho. No puedo negarlo. ¡Qué bolas!

Al principio creí que Baba usó toda la potencia de su Mustang para buscar mi instrumento en Caracas. Me lo imaginé corriendo en la carretera de ida y de vuelta a ciento veinte, a ciento cuarenta, a ciento sesenta, a doscientos, a la velocidad de la luz, a la velocidad de la sombra, a la velocidad del pensamiento de Dios, a la velocidad de las velocidades veloces para buscar y traerme un excelente instrumento a mí: a su hermano del alma que lo necesitaba con pasión única e infinita. Pero resulta que la vaina no fue así tan idílica, tan entregada, tan Richard Wagner. La cosa fue de otra manera.

—Nada. Yo te dejé aquí en la puerta del teatro y me devolví al hotel. Fui a cepillarme los dientes porque tú sabes, Ismael, que si hay una vaina que yo detesto es el mal aliento... Te lo digo porque me acabo de acordar que tú eras el dragón perdido celta esta mañana. ¡Olías a mierda, coño! Y entonces busqué a Mira y a Maya, las llevé a comerse unos cachitos y nos fuimos a buscarte tu violín. Te confieso que lo primero que pensé fue en hacer lo que tú mismo sugeriste: volar a Caracas, buscarte tu aparato y venirnos para acá, pero me dije que esa vaina me iba a joder la correa de los tiempos, el cigüeñal y el alternador, y entonces decidí que lo mejor era encontrar ese violín aquí. A todas éstas Maya y Mira se arrecharon conmigo porque y que yo era un desconsiderado contigo por haberte dejado solo en ese estado de ira con el que te fuiste a ensayar y a hacer tus cosas. Yo les dije que no se preocuparan porque yo no te había dejado solo; que yo, con la ayuda de ellas, encontraría un violín para ti. Y entonces, Ismael, ahí fue cuando estuve un rato sin saber qué hacer. Dimos unas cuantas vueltas por toda Puerto La Cruz montados en el carro hasta que se me prendió el bombillo y me dije que yo podría encontrar lo que andaba buscando. Anduvimos por licorerías, por discotecas que a esas horas de la mañana y del mediodía estaban cerradas, por centros comerciales y casas de señores muy respetables hasta que un viejito que trabaja en una venta de carros me dijo que lo que yo andaba buscando estaba en el Hilton. Fuimos a ese hotel, preguntamos, dimos vueltas, nos hicieron esperar hasta que por fin dimos con el dueño de un violín. Era el dueño de un mariachi muy famoso que se estaba presentando en la boite del hotel acompañando a una vedette mexicana que se llamaba Mireya Cañas. El dueño del violín nos hizo esperar bastante porque seguramente le hizo la gracia a Mireya y se quedó dormido en una habitación distinta a la suya. Cuando por fin dimos con él, nos atendió un tipo alto, maduro y con cara de buey que se llamaba Margarito Fernández Bonacía paí servile a Ud. Le pedimos que nos prestara, que nos alquilara o vendiera su instrumento porque estábamos en una emergencia. Él nos preguntó que de qué emergencia se trataba, Mira le explicó y cuando le estaba explicando, se le salió una teta que nos dejó locos a mí y al mexicano. Al final del cuento, el mariachi nos dijo que él no aceptaría ni un centavo ni una teta por prestarnos el violín. Él nos prestaría el instrumento con la única condición de que él y la estrella Mireya pudieran asistir al concierto y sentarse en un buen asiento. Nada de balcón ni de últimas filas. ¿Entendido, cabrón? Dijo.

Yo le conté a Baba lo que pensaba hacer al salir a tocar mi concierto. Le conté que me pondría a contarle cuentos al público para que se riera y así yo destilaría la rabia que aún sentía. Mi amigo me escuchó y al darme el violín del mariachi me contó un cuento a propósito de mi mal aliento matutino para que yo lo dijera en mi presentación.

Y esto que a continuación oirán los amigos de esta prédica es un caso de la vida real. Ninguna ciencia —cartesiana o esotérica— pudo dar cuenta del extraordinario fenómeno referido en este breve relato. Lo que narraré para Uds. conmocionó las mentes más brillantes de este fin de siglo. Agárrense muy duro porque lo que están a punto de oír probablemente no los deje dormir con tranquilidad nunca más.

Un amigo mío tenía el aliento más horrible que pudiera existir. Más de 15 médicos trataron de diagnosticar la causa de aquella halitosis propia de dragones sulfúricos, y ninguno logró dar con la razón biológica de tan podrido olor que salía de la boca del muchacho. Odontólogos, gastroenterólogos, psicólogos, veterinarios, médicos forenses y hasta brujos fracasaron en su intento. Todos hacían los análisis pertinentes y terminaban rascándose las calvas porque no encontraban nada anormal en el cuerpo menudo del paciente. Pasó el tiempo y mi amigo era puro desconsuelo. Cada vez que se levantaba por la mañana debía correr las cortinas y amenazar con un palo a los tres o cuatro zamuros inocentes que se paraban en su balcón. Ellos creían que el mal olor que reinaba en la habitación provenía de un animal muerto que pronto se comerían.

Una tarde cualquiera mi amigo recibió la llamada de un tal Dr. Bloom. El médico le dijo que estaba interesado en su caso y que le gustaría examinarlo. Por eso le dio una dirección y le dijo que lo visitara lo más pronto posible. Mi amigo hizo caso. No tenía nada que perder. Quizás aquel doctor extranjero daría con el remedio para su terrible mal. Era una pequeña esperanza. Por eso inmediatamente se vistió y se fue a visitar a la eminencia gringa laureada con trescientos diplomas grandes y chiquitos colgados en su lujosa oficina de Parque Cristal. Bloom le hizo un montón de exámenes. A los tres o cuatro días llamó nuevamente a mi amigo para decirle que su mal aliento no tenía remedio, pero que él tenía una propuesta que hacerle... Mi amigo quedó sorprendido. El científico le contó que pronto la Nasa lanzaría otra misión a Marte. Habría otro robot Pathfinder y se harían nuevos experimentos. Bloom le dijo que la Nasa estaba muy interesada en su mal aliento y que si él lo permitía ellos querían llevarse a Marte muestras de su hediondez bucal.

Al principio mi amigo se sintió indignado, pero al oír la suma que le pagarían por simplemente soplar en unos potecitos de compota, se dejó de tonterías. «A un hombre con billete no le huele mal nada», se dijo.

Y así fue cómo meses después la sonda norteamericana amartizó sobre el planeta rojo cargando consigo nueve muestras de mal aliento terrícola tomadas de un sólo ser humano. Al tercer día de misión, las pinzas a control remoto del robot Pathfinder destapaban en Marte el primero de los potecitos que contenían la pudrición bucal de mi compadre. Las cámaras del cohete y del carrito hicieron tomas que sorprendieron y crisparon los pelos de los científicos en Houston. Pronto, ante sus pantallas, los hombres de ciencia vieron que la superficie de Marte se cubría de chayotas...

Gracias... Gracias por esos aplausos... Lo peor no fue que me contara este cuento, sino que después que me contó éste que les acabo de referir, me contó una versión jazzeada... Ahí les va... Se trata de la historia del profesor Alex Calderón, quien se levantó un día de la cama y vio que en su balcón había un zamuro esperando a que él le abriera las puertas.

El profesor sabía que aquel zamuro estaba ahí porque creía que en el apartamento había un muerto. En verdad no había ningún cadáver. Era el aliento de Calderón que era horrible. Por eso le dijo al pajarraco carroñero que allí no había ningún difunto y que él se lavaría la boca para que el olor desapareciera. Así hizo el profesor, pero de pronto el zamuro soltó una lágrima que corrió por sus cachetes. «Anda y ve por el mundo, hermano zamuro, diciéndole a todos que yo no estoy muerto y que sólo tengo mal aliento». Tales palabras pronunció el profesor, condoliéndose del ave. Pero el zamuro le dijo que él no lloraba por eso, sino porque no tenía donde vivir. Entonces Calderón le pidió que no se preocupara porque ese apartamento era muy caro y muy grande para él sólo y que un room mate no le caería nada mal. Y así, queridos amigos, fue cómo el profesor y su zamuro vivieron felices para siempre amén.

Yo le dije a Baba que dejara de echarme varilla y de llenarme la cabeza con esos cuentos fastidiosos que yo mismo invento para holganza propia y deleite de mis amigos. Lo más loco de la vaina fue que cuando estuve listo para entrar en el escenario, se me pasaron mis delirios de comediante y me puse a tocar como Dios manda. Toqué y toqué como un coño de madre que ama lo que hace sin importarle lo malo que era el violín que me prestó el mexicano y que con tanto esfuerzo consiguieron Baba y las gringas. No me importó nada ni nadie. No me importó la debilidad del arco ni lo feo del cuerpo del instrumento. Sólo me importó el espiral de música que se me apareció en mi horizonte, en la mirada perdida que tenía en pleno segundo movimiento y a lo largo de toda esa cabilla sinfónica que es el Concierto para violín de Johannes Brahms, el único, el inimitable, el más arrecho después de los más arrechos... Y era que yo tocaba y me sacudía entre cada contraste y cada timbre de la orquesta que dialogaba con el violín mexicano que, no sé por qué, me hacía recordar muy dentro de mí la lucha libre de mi amigo Pedrique, de mi pana enmascarado que seguramente estaba dándole golpes de aire a un gordo que lanzaría patadas ficticias en el ring, y entonces ahí fue cuando me imaginé a mí mismo con la máscara puesta tocando aquel concierto mientras Pedrique y su contendor intercambiaban coñazos y más coñazos de utilería... Es curioso: los violines y los carros que se parecen a Moby Dick me despiertan la imaginación. Mejor aún: la música y el movimiento estimulan esa parte de mi cerebro que se va sola, rodando, a la memoria. Imagínense una masa de imágenes mentales que rueda como una inmensa bola de nieve —o de mierda— que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Esa bola se va haciendo cada vez más y más y más grande porque arrastra consigo palabras, dibujos, oraciones completas, recuerdos, sentencias y retazos de sentimientos vividos o imaginados que a veces me ponen nostálgico, alegre o rabioso, según sea el caso. El punto es que, cuando me muevo o cuando estoy frente a la música, esa bola de mierda se hace tan densa que tengo que traducir a palabras la sensación que su peso me genera. Quizás por eso ande a cada rato concibiendo y pensando tonterías y buscando dónde decirlas para quedar como un tipo inteligente y para que mis amigos y conocidos me quieran... Y que conste en acta que sobre esta vaina he reflexionado muchas veces. No es posible que yo estuviera tocando el Concierto para Violín de Johannes Brahms y que a la vez estuviese pensando en esta misma vaina que les estoy contando ahorita o que al estar verbalizando estas ideas, mi cabeza se fuera a la vez en que Maurice, Ferdinand y yo, invitados por el viejito Focas después de uno de nuestros ensayos, pasamos a su cuarto de fumar, a su pequeño santuario donde oía música, saboreaba el tabaco de sus pipas y se entregaba a los deleites que le prodigaba una respetable colección de películas pornográficas antiguas.

Ahh... Les gusta la pornografía, ¿no? ¿Ustedes saben por qué la música de las películas porno es tan escandalosa? Para que no se oiga el flos, flos, flos, flos... Y hablando de música y pornografía, ustedes saben que yo iba mucho a casa de un querido amigo que tocaba viola. Nos reuníamos siempre en su casa porque él tenía una edad bastante avanzada y, como ustedes comprenderán, a los ancianos no les gusta salir mucho a echarse palos y a echar vaina. Aquellas tardes eran maravillosas porque yo iba con dos amigos más y conversábamos o ensayábamos alguna pieza hasta que se nos hacía bien tarde y teníamos que volver en taxi a nuestros respectivos hogares. La esposa de mi amigo violista era una viejita encantadora que nos interrumpía sólo un par de veces en cada sesión. A las cinco de la tarde nos llevaba té con galleticas y a las ocho nos llevaba whisky. Focas (que así se llamaba mi amigo anciano) tuvo tres vicios conocidos: el escocés en las rocas, el tabaco de menta de su pipa y una colección de películas porno antiguas que nos enseñaba al finalizar cada ensayo. En esa vaina vimos de todo. Cada cinta era más sorprendente que la anterior. Una vez vimos una de 1940 que era una especie de documental sobre los tesoros prohibidos del Vaticano. La cosa comenzaba con un narrador estirado con cara de inglés frígido que contaba los trámites burocráticos que tuvo que sortear para entrar a una estancia vaticana que era como un pasadizo secreto. El inglés comentaba con su acento enredado que de vaina tuvo que pelar el culo para que los cardenales lo dejaran pasar por unas catacumbas oscurísimas que remataban en un gigantesco salón dorado en el que había un grupo de esculturas licenciosas que fueron el deleite de cardenales lascivos y ociosos. Allí, en el centro de esa estancia descansaba un mármol gigantesco que representaba a un sátiro cogiéndose a una cabra; en un rincón había una estatua de oro que representaba a un burro sodomizando a una dama muerta de risa; en otro lado había un hombre también de mármol que tenía la paloma más grande del universo... Era tan grande que tenía estrellitas... Más allá había otro burro de oro metiéndole el machete a un ancianito... ¡No joda! Aquella película me crispó los pelos, pero Focas tenía otras de los años veinte que no se quedaban atrás. Había una de ésas en la que una mujer llegaba y sodomizaba a un tipo con una langosta viva; en otra de esas cintas inocentes un tercio utilizaba unos supuestos poderes hipnóticos para desnudar mujeres y raspárselas sin que ellas chistaran ni se dieran cuenta... Pero la que a mí más me gustaba era una donde había como cinco o seis tipos desnudos alineados en fila frente a un sujeto uniformado y con un silbato en la boca que, al dar una señal, hacía que los cinco o seis tipos se sentaran en unas bacinillas de oro todas lujosas y todas llenas de adornos como florecitas y angelitos y esas vainas. En la películas se sugiere que ha pasado un rato con una ida a negro. Cuando vuelve la imagen, vemos que el tipo uniformado pasa revista a cada una de las bacinillas y ahí es cuando vemos en detalle de qué trataba la cosa. Poco a poco vamos viendo la cagada que ha puesto cada bigotudo desnudo. Allí hubo toda clase de mierda: flojita, durita, mamarrúa, pequeñita. Todas las clases de mierda del mundo estaban allí... Si quieren, les digo cómo eran los mojones, pero seguramente ustedes se van a horrorizar... Mejor les digo que la película termina con que al tipo que puso la cagada más grande le dieron un trofeo enorme y le regalaron la bacinilla... Y ahora, cerrando el tema pornográfico que a ustedes tanto les gusta, les tengo un cuento para que vean lo bellas que son las damas de la alta sociedad: Felicia Zingg Cisneros Belutini se casa con Octavio Febres Figueroa Worcestershire. Para celebrar el acontecimiento y para despedir la libertad de la niña corrida en dieciocho plazas, las amigas de Feli decidieron organizar una despedida de soltera. Entonces le pidieron la casa a la Coco Arnal, una señora que gentilmente cedió sus aposentos, a pesar de tener a su esposo padeciendo una penosa enfermedad. La Kiki y Menena —dos amigas de la infancia de la novia que estudiaron con ella en el colegio de monjas de Suiza— se encargaron de la torta y de los adornos fálicos; Mecha y Consuelo contrataron al stripper, no sin antes manosearlo en el asiento de atrás del carro... La abuela de Feli preparó los tequeños. La tía Mecha se vino a la despedida de soltera con sus compañeras de las Damas Cristianas con sendas garrafas de ponche. Cuando todo estuvo listo, se prendió la fiesta. A los cinco minutos, la tía Mecha comenzó a darle consejos eróticos a Felicia, pero ella le dijo: «no, niña, si todo eso ya lo sé». Y llegó la prensa y les tomó fotos de sociedad donde las damas salieron alegres con sus peinados hechos de tinte y laca. Como siempre que hay alegría, el tiempo pasó volando, y como las señoras se estaban dando sus buenos traguitos, se pusieron bien entonadas. Fue entonces cuando salió el stripper gozón meneando las caderas como loco, echándosele encima a las jóvenes y a las viejas, contoneándose en ellas como si estuviera en un coito múltiple y bailado. Unas gritaban y se reían; otras no pudieron sino correr detrás de aquel muñeco asesino... Todas saltaron, brincaron, se rasgaron las vestiduras ante tanto despliegue erótico hasta que vieron una imagen que las dejó a todas crispadas. Era el dueño de la casa, el esposo de la Coco Arnal, que estaba ahí mismo, parado y empantuflado, con una escopeta en las manos. «Vamonós. Me dejan este relajo porque si no me las raspo a todas y me quemo a este mamotreto en cueros que dejó la ropa tirada en el baño. ¡Vergüenza debería darles! ¡Tan viejas y tan zafriscas!» Y así se les acabó la sátira. Todas las viejas se quedaron con los crespos hechos porque la escopeta justiciera del viejo a quien recién le habían hecho una quimioterapia no las dejó ponerse más gozonas...

La música y el movimiento me estimulan la imaginación porque la música es movimiento; es movimiento en otro espacio diferente al espacio físico, y en ese lugar infinito soy libre y nado y navego feliz en mis propias fantasías porque allí el mundo es como yo quiero: con forma de espiral que se mueve sobre sí mismo y me permite ver a Mira en el público e inventar que está desnuda y que me espera para alborotarnos mutuamente los sexocositos y cantar canciones de Frank Sinatra y oírle los cuentos sobre su antiguo novio cazador de cocodrilos en el lago Okeechoobee, cosa que a mí no me va a importar porque yo también tengo cuentos de cacería...

...Una vez mis amigos Baba, Pedrique y yo nos fuimos de cacería al llano. Allá la pasamos muy bien, viviendo las bondades que ofrece la vida rural: sol hereje, sequía, garrapatas, calor y más calor, silencio y soledad. Como ustedes pueden ver, una belleza... Sin duda... El caso es que mis amigos y yo nos fuimos con la firme intención de traernos un venado, un chigüire, un conejo o un simple gato con toxoplasmosis. En realidad lo que queríamos era echar plomo con la escopeta de repetición que se acababa de comprar Pedrique. Pues bien, resulta que salimos de Caracas con la idea de llegar a Calabozo de noche. Según mis amigos pistoleros, no hay nada mejor que irse a cazar sin el fastidio de la luz del sol quemándote la vista e hirviéndote el coco. Cuando llegamos allá, fuimos a la casa de un baquiano que se llama Inacio. Supongo que se llama Ignacio, pero ustedes saben la imaginación que pone la gente en inventarle nombres extraños a sus hijos. Inacio era un tipo con cara de buey cansado, gordo y con un pito de asmático en la respiración. Antes de irnos con nuestras escopetas llano adentro, nos bajamos entre los cuatro una botella y media de whisky. Lo mejor, y lo más inexplicable, es que el whisky era Etiqueta Negra doce años. Yo no sé cómo Inacio, un tipo asmático con un solo diente bailarín en la boca, tenía Etiqueta Negra en su casa... Bueno, como les iba diciendo... No se rían tanto que se van a orinar... Pedrique, Baba, Inacio y yo nos fuimos de cacería con un par de linternitas apenas. Yo no veía un carajo. Aquello era una boca de lobo. No se oían sino los ruidos de los aguaitacaminos y de los murciélagos que a esa hora andaban por ahí encaramados en los árboles y cagándolo a uno. Íbamos los cuatro en fila india. Inacio comandaba la expedición con una linterna cuya luz llegaba primero que nosotros a todas partes. Detrás de él iba Pedrique, atento con la escopeta a tiro por si acaso nos topábamos con una buena presa. Atrás marchábamos silenciosos Baba y yo, llevando la otra linterna que temblaba más que el carrizo porque a mí me daba miedo tanta oscuridad. La estrategia era la siguiente: el baquiano nos llevaría a lugares donde supuestamente pacían los animales. Allí, nosotros esperaríamos a que el mismo Inacio nos iluminara la presa y —pum— halaríamos el gatillo hasta tener en nuestras manos el trofeo ansiado... Pero como siempre pasa, basta que uno quiera una vaina para que ocurra otra. Esta vez pasó algo desmesurado. Íbamos caminando muy silenciosos (el voto de silencio es una de las reglas de la cacería nocturna) cuando el baquiano se detuvo sin explicación alguna. Yo dije «nada. Hasta aquí llegamos». Y de pronto, desde la oscuridad más negra de la noche, sonó un cañonazo acompañado de un enceguecedor instante de luz azul y amarilla que, al igual que el disparo, se perpetuó como un eco en el llano... No crean que aquello era cosa de extraterrestres. No vimos platillos voladores ni nos topamos con unos cuatreros... Resulta que en el momento en que el baquiano se detuvo, la linterna iluminó algo que se movía agazapado en la noche. Pedrique, sin pensarlo, agarró la escopeta, se la llevó al hombro, dio un paso hacia un lado para no pegarle un tiro por la espalda a Inacio y disparó... Matamos a un burro...

Tocando el Brahms en Puerto La Cruz redescubrí algo que sé desde hace mucho tiempo: la cabeza de uno viaja simultáneamente por muchos sitios. Es como si cada pensamiento fuera una línea que fluye desde un comienzo hasta un fin contando una historia. Y lo más loco de la vaina es que cuando fluye una de esas líneas, fluyen dos, tres, cuatro, cinco, siete, cientos, miles, millones, millardos, trillones de líneas al mismo tiempo. Y lo mejor es que esos trazos de luz consciente corren paralelos, pero en algún momento desvían su curso, se tocan, se vuelven un muñuño, se contaminan, de desplazan unos a otros, se transforman y desaparecen hasta que surgen rayas nuevas que también se desplazan y se conectan hasta el infinito. La línea que forma mi memoria que contiene al Brahms (hasta que lleguen la muerte o el Alzheimer, lo que llegue primero) se conecta con la línea que tocaba al Brahms en ese momento, y ésas a su vez se conectaban con las líneas de la lucha libre, con las líneas de mis recuerdos belgas, de las películas porno de los años treinta que con gusto me enseñaba mi amigo Focas, del robo de mi violín, de lo bien que había pasado la noche con Mira, del remordimiento que nos dio cuando matamos al burro nocturno, de la noche en que fui a ver con Sofía a Michel Petrucciani, de lo maravilloso que hubiera sido tener las bolas cuadradas como para pararme en el escenario y recitar esos monólogos poderosos que se me ocurrieron antes de que Baba me trajera el violín prestado... La memoria y los pensamientos se mueven en el vacío de la cabeza, engendrando ideas que se vuelven discursos completos con principio y final, y cuando no generen discursos ni nada es porque uno se volvió loco o se murió o cayó en un estado catatónico producido por un exceso de sexo o de cansancio.

...Les voy a contar un cuento que me contó mi amigo Carlos Abreu. Se trata del cuento del hombre de la carretilla. En el llano venezolano hay un nuevo espanto que tiene aterrorizados a todos los llaneros: se trata del hombre de la carretilla. Este espectro ataca a los campesinos que se emborrachan y que luego se quedan dormidos en la cuneta de la carretera. Al verlos ahí tirados en plenos ronquidos, el espanto los levanta del suelo, los monta en su carretilla y se los lleva a un mogote cualquiera donde los sodomiza en plena madrugada. Ahora los campesinos, a pesar de no haber abandonado sus hábitos alcohólicos, están tan asustados que ya no se duermen, ni a tiros, en la cuneta de la carretera al lado de los perros atropellados. No vaya a ser que se les aparezca el hombre de la carretilla...

Pensando toda esta vaina me vino a la cabeza la imagen de Yude, mi secretaria tetona y preferida. Con ella pasé ratos agradabilísimos hablando de estas güevonadas mentales. Las tardes en los hoteles se nos iban rápidamente entre polvo y polvo, conversando sobre la insoportable levedad del ser y la multiplicidad de los pensamientos. No sé cómo esa morena alta y de buen ver se las arreglaba para alimentarme las neuronas con datos y ocurrencias brillantes. Una vez, en uno de nuestros últimos encuentros antes de casarse con un Guardia Nacional y de irse a vivir a Maracaibo, Yude me dijo a propósito de una temporada de insomnio que tuve, que a ella eso de contar ovejas le parecía una pazguatada. Tú lo que tienes que hacer, papito, es hacer lo que hago yo: en vez de contar ovejas, ponte a pensar en dos cosas al mismo tiempo. Primero piensas una y a esa imagen mental le montas otra encima. Si no te mueres de una aneurisma, te duermes fresquecito. No sólo le hice caso y pude dormir bien de ahí en adelante, sino que me abrió la cabeza para entender por qué toda mi vida es un gran hipertexto y por qué todas las vainas que me pasan, que pienso y que recuerdo, al final terminan convertidas en un gran cuento polifónico y desordenado. Quizás por todo eso me den risa los músicos que dicen que cuando tocan, sólo piensan en sonidos, en un lenguaje puro regido por una gramática hecha de pentagramas, notas, teoría y solfeo. A mí esa pureza me hiede y me ladilla, como me ladillaban los chinos del conselvatolio. Tal vez sólo viva esa plenitud al comienzo de cada concierto, cuando se me aparece esa sensación de estar frente a un espiral que desenrolla los misterios de la música al tiempo que se mueve y que la misma música va saliendo de la caja de resonancia de mi violín. A mí los sonidos ordenados en el tiempo (y desde el tiempo) se me mezclan con palabras, con cosas vividas —ya lo he dicho— y con toda la potencia de mis neuronas que se conectan unas a otras y producen en mí una fuente infinita de líneas de conciencia, de líneas puras que me provoca contarles y compartir porque me arrastran con su fuerza inagotable.

...Cuando yo era niño jugaba con un amiguito que se llamaba Agustín. Los dos no jugábamos a ser superhéroes ni jugábamos Monopolio ni ninguna de esas majaderías. Nosotros jugábamos a que éramos mocos. Como lo oyen: jugábamos a que éramos mocos. Agustín y yo decíamos que mi cuarto era la nariz de un tipo. Hicimos esa analogía porque en mi cuarto había dos ventanas separadas por una distancia muy similar a la que separa a los dos orificios nasales. El juego consistía en revolcarnos por todo el cuarto. Cada uno por un lado se movía y se agarraba a las cosas como si un huracán nos estuviera arrastrando. En realidad, nuestra fantasía nos decía que aquel jaleo era muy distinto al que produce un terremoto o un ciclón en un juego infantil, porque para mi amigo y para mí aquello era exactamente lo que debía pasar dentro de una nariz cuando su dueño se sopla los mocos. Recuerdo que un día mi mamá entró a la habitación justo cuando Agustín y yo nos preparábamos para un estornudo. El estornudo consistía en salir corriendo hacia la ventana y lanzarnos al vacío. Lo malo era que vivíamos en un tercer piso. Menos mal que mi mamá nos disuadió de dejar esos juegos. Si no hubiera entrado ese día con una jarra de Toddy y unos bizcochos con queso crema, los moquitos habrían terminado en la Funeraria Vallés... Gracias... Gracias.

Cuando culminó mi concierto, sentí que nuevamente tuve éxito. Los aplausos fueron atronadores. Es impresionante sentir esa sensación que produce en el cuerpo el ruido honesto de los aplausos. Por cierto: ¿quién inventaría eso de aplaudir? No sé. Lo cierto es que inventó algo sabroso, algo divino. Esa noche me aplaudieron tres veces: cuando salí a escena, cuando quité el piano que brutamente dejaron atravesado en medio de la tarima y cuando terminó el concierto. Supongo que les gustó. Me hicieron salir al escenario siete veces y tuve que tocarles un bis inventado por mí después que el mismo director de la orquesta me lo pidiera. Cuando entré al tugurio lleno de cucarachas que fungía de camerino, Baba me esperaba con los brazos abiertos y con un Gatorade bien frío en las manos. Baba vino con Mira, Maya, Margarito Fernández y la vedette. El dueño del violín me abrazó frenéticamente y me dijo que le fascinó el uso que le había dado a su instrumento. En cuanto a la vedette, debo decir que fui yo quien se hizo el frenético y la abrazó con fuerza para gozarle las tetas aunque fuera por un instante. Mira me vio y me dio un abrazo profundo y un beso largo al tiempo que Maya nos aturdía con los disparos de su cámara Polaroid. Sinceramente no sé cómo le salían fotos instantáneas de tan buena calidad en un lugar tan oscuro como la trastienda de aquel teatro. Sin duda, la gringuita sabía bien su oficio. De ahí nos fuimos todos a tomarnos unos vodkas y unos whiskys. La pasamos muy bien. Margarito Fernández y Mireya nos llevaron a ver su tremendo show de mariachi sexy en el Hilton y se empeñaron en pagar nuestra cuenta. De ahí salimos como a las cinco de la mañana. Baba se fue con Maya y yo me fui con Mira. Esa noche, o más bien esa mañana, sólo dormí. Dormí muy bien como ocho horas seguidas. Soñé. Soñé que Baba y yo íbamos en el Mustang a ciento veinte, a ciento cuarenta, a ciento sesenta, a doscientos, a la velocidad de la luz, a la velocidad de la sombra, a la velocidad del pensamiento de Dios, a la velocidad de las velocidades veloces. Me sentí muy bien con mi sueño porque comprendí que los viajes en carro son como los viajes en la música. Ambos son desplazamientos en tiempo real que reproducen el viaje de una idea. Viajar en carretera oyendo música es colocar en el espacio el tinglado que montan nuestras neuronas cuando generan información; información que a uno le sirve para hablar pajita y para divertirlos a todos.

Ahorita estoy en la playa, viendo a Mira tomar sol. Recorro su cuerpo con la mirada y me alegro de que sea tan hermosa. Me es imposible verla y no pensarme a mí mismo como un cazador de cocodrilos, como un tipo bigotudo que anda para arriba y para abajo con un tabaco, una escopeta y una gorra, disparándoles una y otra vez a los cocodrilos. Es bonito verse así, de distintas maneras, tener muchas caras y no ser plano ni aburrido. Al final de cuentas todos vinimos aquí a divertirnos, a pasarla bien y a echarle bolas a la vaina. Dentro de un rato me meteré en el mar y seguramente me imaginaré como un tiburón o como una mantarraya que juega entre las olas y la espuma. No importa. El sólo hecho de estar vivo hace que tu imaginación sea infinita e indetenible. Seguramente tendré otros cuentos que contarles, pero ésos se los contaré otro día.

Caracas, noviembre de 1999


Roberto Echeto nació en Caracas en 1970. Realizó estudios de diseño en el antiguo Instituto de Diseño de la Fundación Neumann y se graduó en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello en 1995. Actualmente es Editor de Publicaciones en el Banco del Libro; además produce y escribe Macho y no mucho y el Último round, dos programas de radio que se transmiten diariamente desde la emisora 92.9 fm. En 1997 el sello editorial Ballgrub publicó Cuentos Líquidos, su primer libro de relatos. Ese mismo año co-produjo y co-dirigió Corte de pelo, otro programa de humor transmitido por 92.9 todos los domingos a las 12 del mediodía.


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