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Hacia una nueva metafísica de la escritura

Roberto Echeto

Caracas, 11 de febrero de 1999

Escribiendo la lectura hoy

Una maligna desilusión laboral logró que me refugiara en el fármaco más poderoso que ha inventado el hombre. Me refiero a la palabra escrita, a la que queda fija, a la que sustituye la presencia y mata a la metafísica... En estos días he necesitado las palabras que funcionan como prótesis del alma herida... No entiendo por qué a ellas —a las palabras ungüento— se les hace denuestos y se les rechaza en funci—n de verlas como algo puro e independiente de su conexión con el alma humana... Partiendo de esta premisa, y de otras que saldrán en el camino, comienzo un análisis que pretende dar cuenta de cómo el mundo contemporáneo (con toda su parafernalia tecnológica) le está devolviendo a la palabra escrita su conexión con el ser.

Roland Barthes proponía a la Lectura como una actividad capaz de reconstruir, deconstruir, revisar y reconectar con otras referencias personales el corpus significativo de un texto literario. Si bien los que tenemos el hábito de leer suponemos obvio semejante aserto, no podemos hacer otra cosa que aceptar que nunca nos hemos detenido a pensar la Lectura; nunca nos hemos detenido a convertirla en sistema, a convertirla en un gesto cargado de la misma importancia que la escritura

Antes, en ese tiempo que llamamos «antigüedad», la escritura era concebida como un corpus sagrado, como un elemento contenedor de la verdad cosmogónica de un grupo humano. Había que ser un iniciado en el arte de la escritura para acceder a su poder mágico y a su capacidad de convocatoria cultural y religiosa... Pasó el tiempo, pasaron los siglos indetenibles, y esa actitud de respeto sacro hacia la escritura quedó como un sedimento que se transformó en una obediencia ciega a los mandatos del autor. Como dice el propio Barthes, en varios momentos de su obra, la Lectura se sistematizó para servir a lo escrito. La crítica se convirtió en esclava exégeta de los caprichos y de los delirios escriptóreos del autor. Él ha sido el gran heredero de esa tradición sacralizadora de la Escritura. Él ha tenido el poder, desde siempre, de manipular los hilos, no sólo de sus historias, de sus conceptos y de sus percepciones, sino de la lectura que otros hacen de su trabajo. Tuvieron que venir Mallarmé, el combo surrealista con sus cadáveres exquisitos, Foucault, Barthes y compañía, a darle muerte al autor para que al fin la humanidad cambiara su posición frente a la Lectura y a la labor crítica.

Con esa muerte del autor proclamada definitivamente por los críticos en los años sesenta pasaron tres cosas bien interesantes:

  1. La obra literaria dejó de tener un carácter sagrado. El autor perdió su carácter de iniciado capaz de manipular una materia que nadie más podía ni sabía moldear.
  2. La obra literaria dejó de tener una sola cara; dejó de cargar consigo la voz de un sólo hombre. La obra se transformó en un Texto, es decir: en un corpus forjado a partir de la escritura del autor y de la lectura activa de los lectores. Quizás esa noción de Texto sea uno de los aportes más importantes de la Crítica del siglo XX, y esto precisamente porque le devuelve a la literatura escrita algo que tenía cuando apenas era literatura oral: se trata del carácter colectivo donde la obra (o mejor dicho: el Texto) se hace a sí misma en la medida en que se entrecruza con las experiencias íntimas de cada lector. El Texto se convierte así en una excusa para el diálogo y para el intercambio de información.
  3. Como consecuencia de los dos presupuestos anteriores, la labor del crítico adquirió legitimidad. Se convirtió en una actividad libre y no servil. El crítico deja de ser un Indiana Jones de lo que supuestamente quiso decir el autor, y se transmuta en alguien que tiene la capacidad de dejar constancia también escrita de su Texto, de su diálogo con la obra.

Digamos que esta ruptura ha sostenido a la Crítica desde comienzos de siglo hasta esta fecha. Pero ahora nos encontramos con algo totalmente nuevo, con algo que está quebrando todos los conceptos de escritura que hemos sostenido hasta ahora... Hace unos párrafos describimos someramente la muerte de la sacralidad autoral y afirmamos que el poder de la palabra residía en su propia capacidad de ser Texto, de ser signo abierto para la multiplicidad de lecturas... Hoy en día el hombre ha inventado un medio tecnológico que democratiza a la palabra escrita y que la vuelve viva. Se trata, señoras y señores, de los famosos chats en Internet.

Hasta hace muy poco tiempo sospechábamos del proyecto deconstructivista derridiano. Nos parecía que eso de que las palabras fuesen piezas vacías y sin asidero en el alma humana sonaba a presunción extraña; una presunción extraña que, sin embargo, funcionaba; que funcionaba hasta el punto de sostener el edificio teórico levantado con todo mérito por Roland Barthes y por todos sus colegas contemporáneos... Eso de afirmar a la obra como Texto no es más que quitarle a los párrafos y a las palabras su valor intrínseco y dárselo al acto milagroso de leer... Pero, gracias a esa desquiciada invención que son los chats de Internet la concepción que la cultura tiene de la palabra sigue mutando y sigue moviendo su propio sedimento. Primero fueron las palabras pronunciadas que cargaban en su phone el peso de una comprobación de la propia existencia del hablante. Luego vino la sagrada escritura en la piedra, en los rollos de papiro y en el pergamino... Más tarde vino la imprenta produciendo la crisis del libro religioso y creando un nuevo personaje sagrado: el autor. A mediados del siglo XX se generó el proyecto inmanentista, según el cual cada objeto, cada material y cada sustrato hablan su propio lenguaje. Ahora le toca el turno a un proyecto digital que vino a devolverle a la palabra escrita su punto de unión con el ser, con el que escribe, con el que traduce su voz en escritura, logrando que lo escrito sea así más fármaco que nunca...

En un chat la gente conversa ocupando un espacio virtual donde no se oyen las voces, se leen. Eso sin contar con que ya no interesa el autor como entidad suprema porque ahora la escritura expresiva está en manos de cualquiera. La escritura, como forma de expresión del alma y de afirmación de la propia presencia se están instaurando lentamente desde las computadoras. Pronto eso generará una nueva literatura, una nueva concepción del ser y un montón de nuevos recursos expresivos para los cuales la crítica literaria debe abrirse y estar alerta siempre.

Hacia una nueva metafísica de la Escritura

La crítica literaria se encuentra en una frontera extraordinariamente interesante desde donde puede ver sus glorias pasadas, sus alcances y sus problemas a futuro. La Crítica es un oficio legítimo del pensamiento que encontró su asidero codificando los rincones de su propia intimidad. Pero ahora el reto que se le presenta al espacio crítico es mucho mayor que en tiempos pasados. Ya no basta con haberse convertido en una institución intelectual capaz de dar cuenta de sus forcejeos frente a las obras de arte. Hoy todos sabemos que la escritura de la Crítica es una actividad igual de válida e igual de importante que la lectura del Texto que se analiza. Es más: ya asumimos como una certeza aquella máxima romántica que afirmaba al crítico como un «lector ampliado» capaz de dejar constancia escrita de su enfrentamiento con una obra... Lo interesante es que la historia no ha culminado, ahora vienen las dudas y las preguntas a futuro. ¿Qué pasará con ese aparato crítico en un mundo dispuesto a crear nuevos medios de expresión y comunicación cada día? Quién sabe. Lo único cierto es que si la crítica no se apura tendrá que correr para alcanzar el autobús; peor que eso: tendrá que perder el tiempo argumentando una nueva legitimidad... En todo caso, lo que importa es asumir una apertura frente a los cambios que ya están aquí. Hoy, por ejemplo, es muy común oír discusiones sobre los libros y sus formatos digitales; es muy común ver a los puristas argumentar que esa es una trivialidad más de la tecnología contemporánea. Es fácil ver a esos ortodoxos decir, por ejemplo, que nadie puede leerse el Ulises de Joyce en la pantalla de un ordenador, o que los cuentos infantiles en formato CD Rom aburren a sus hijos... Y tienen razón. Nadie leerá jamás el Ulises en una pantalla. Nadie considerará interensantísimo el cuento de La Caperucita Roja en un CD Rom por el sólo hecho de estar editado en un nuevo formato. El problema es que esas percepciones sobre los nuevos caminos que está tomando la literatura son erradas. Esos argumentos suponen justamente el paso de una literatura escrita desde el sustrato papel al sustrato digital, y resulta que lo que no ven bien los puristas, es que el Ulises fue concebido para leerse en papel y no en una pantalla iluminada... Obviamente, allí hay un error. Esa discusión enfoca muy mal su centro; el problema no es que el libro, como vehículo ideal de lo literario, vaya a desaparecer; el problema verdadero es que aún el uso de la tecnología no está lo suficientemente codificado como para que nazcan nuevos géneros literarios capaces de ser leídos, analizados y comprendidos desde la misma plataforma tecnológica; pero, créanme, queridos interlocutores: eso llegará. Llegará la hora en que surgirán nuevos géneros literarios a partir del uso consciente que los escritores hagan del medio digital. Y ahí tendrá que estar la crítica atenta para desmontar eso que digan los nuevos Textos, de lo contrario, y como referimos anteriormente, el autobús habrá arrancado sin el crítico adentro.

En el fondo lo que se plantea (y lo que está planteado a futuro) es una nueva concepción de la escritura. En la primera parte del presente ensayo vimos que lo literario es una materia móvil cuyos ingredientes (escritura, lectura, voz, autoría, Texto, sintagma, paradigma y análisis) cambian en función de variables tecnológicas, culturales, filosóficas y sociales... La literatura ha definido muy bien su metafísica mutante. Wolfgang Iser conceptualizó esa movilidad de lo literario al afirmar que «...mientras el objeto de la percepción se presenta como un todo ante la mirada, un texto sólo puede abrirse como objeto en la fase final de la lectura. Mientras al objeto de percepción siempre lo tenemos enfrente, en el texto nosotros nos encontramos inmersos en él...»

Esa definición fenomenológica de la Lectura que da Iser resulta especialmente importante a la luz de lo que sucederá con la crítica literaria, y con la literatura, en el futuro. El crítico y el lector se ven a sí mismos hoy en día como unos buzos que se sumergen, con escafandra y todo, en el mar textual de la literatura... Esa metáfora marina resulta especialmente importante en un momento de cambios mediáticos y tecnológicos como el que vivimos. Si hasta ahora el analista de las letras y del arte ha estado dispuesto a bucear, a ir a la deriva dejándose llevar conscientemente por las corrientes del Texto, ¿entonces por qué no va a hacerlo en el futuro? ¿Por qué va a negar los cambios que en su disciplina generan los avances producidos en otras áreas del saber humano?

La literatura es ahora una actividad viva, una producción que se hace en cada lectura, en cada interpretación y en cada oportunidad que tenemos de hablar de un Texto. En el futuro estas posibilidades no sólo continuarán vigentes, sino que se verán impulsadas por las redes de comunicación, y por las facultades expansivas de la palabra en manos de cualquiera y no sólo de esa figura «sagrada» que era el autor. Hace rato mencionamos a los chats de Internet como un ejemplo de espacio donde se está gestando la literatura del futuro. En esos nuevos ámbitos lingüísticos, lo primero que ve un estudioso es que la palabra se ha vuelto a poner al servicio de la necesidad comunicativa de cada ser humano, se ha despojado de su rigor connotativo y ha vuelto a ser algo sencillo, algo que le sirve y le da aliento a quien la necesita. En un chat la palabra escrita vuelve a ser voz, vuelve a ser comprobación de la presencia, de la existencia, de un estar aquí y ahora escribiendo, conversando, rompiendo, además, la barrera de las distancias físicas... Ningún medio escrito había alcanzado tanta sofisticación a la hora de parecerse al acto casi milagroso de hablar, de poder decir lo que siento y pienso... La literatura que en un futuro generará semejante capacidad de interactividad y comunicación, será muy distinta a que, al Fausto, a Cien años de soledad, al Poema del Cid, o a La Odisea. La literatura que viene es un enigma y una fascinación. Ella traerá consigo miles de requiebros y de caprichos aún insospechados para nosotros los lectores, los críticos, los buzos que flotaremos a la deriva por ese mar paradigmático y terriblemente móvil de la Lectura. Preparémonos para lo que viene y no nos cerremos a los cambios. Abrámonos al estudio de la escritura (desde la escritura) que viene, que ya está aquí y que llegó para quedarse. De lo contrario no seremos sino unos inútiles nostálgicos a quienes la historia barrió.

Bibliografía

BARTHES, Roland: El susurro del lenguaje, Barcelona: Paidós, 1987.

ISER, Wolfgang: El acto de leer; Madrid: Taurus, 1987.


Roberto Echeto en La BitBlioteca



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