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Nuestra rabia

Roberto Echeto

Caracas, marzo de 2000

 Finished with my woman 'cause she couldn't help me with my mind
People think I'm insane because I am frowning all the time
All day long I think of things but nothing seems to satisfy
Think I'll lose my mind if I don't find something to pacify
Can you help me occupy my brain?
Oh yeah
I need someone to show me the things in life that I can't find
I can't see the things that make true happiness, I must be blind
Make a joke and I will sigh and you will laugh and I will cry
Happiness I cannot feel and love to me us so unreal
And so as you hear these words telling you now of my state
I tell you to enjoy life I wish I could but it's too late

Black Sabbath: Paranoid (1970)

Cuando la especie humana entendió que para vivir en sociedad debía regular sus apetitos fisiológicos, comenzó un proceso represor de energías que trajo como consecuencia la instauración de ciertos espacios culturales que permitían liberar esas fuerzas escondidas en lo más oscuro de nuestro ser. Tales instancias fueron desde siempre el arte y el deporte.

Hasta mediados del siglo XX la energía reprimida más importante fue la sexual, seguida por la tendencia que todos sentimos hacia la violencia. Con el paso del tiempo esos apetitos reprimidos salieron a flote en forma de manifestaciones de la más diversa índole: dibujo, pintura, escultura, música, cuento, novela, teatro, poesía, danza, pugilato, competencias de velocidad, juegos de pelota, natación, gimnasia, gastronomía, ritos religiosos y quién sabe cuántas actividades más. Lo cierto es que todas esas manifestaciones culturales cargaron consigo durante mucho tiempo la responsabilidad de sostener las muestras elusivas de aquello que no se podía mostrar: el sexo y la violencia. El interés de esos espacios culturales llegó a ser tan grande que toda referencia que se mostrase fuera de sus predios se consideraba un excedente de la propia cultura. Esos excedentes constituyeron siempre el mal, la locura y lo que atenta contra el propio orden de la especie.

Resulta interesante observar que mientras más reprimidas son las energías naturales que mueven a los humanos, más interesante se tornan las manifestaciones encargadas de representarlas. Antes, cuando la sexualidad era asunto de escondrijos y de oscuridades, las bellas artes se encargaron de producir el efecto de sublimación de la sensualidad que tanta falta le hacía al público. Por eso la pintura y la escultura tradicionales están repletas de imágenes llenas de cuerpos ideales y de texturas que simulan pieles mullidas, tipos perfectos y modelos de placer infinito. En estas obras de arte la representación se encuentra diseñada para objetivar no el deseo sexual, sino la necesidad de hablar de él, y como de eso no se hablaba directamente y llamando a las cosas por su nombre, había que generar un sistema elusivo que representara lo sexual sin que fuese evidente. Eso trajo como consecuencia el desarrollo extremo de las artes como portadoras de un conjunto de información sensible, sensual y hasta sexual que se convirtió en la bandera iconográfica de Occidente. Sin embargo, estas circunstancias no permanecieron inmutables. Con el paso del tiempo hemos visto que el discurso sexual se ha vuelto corriente, tan corriente que se ha trocado en asunto trivial del que todo el mundo habla libremente y con naturalidad. El haber hecho público un tema que antes era del dominio privado produjo un relajamiento progresivo de la estructura represora de la sexualidad. De no hablar del asunto llegamos a vernos invadidos de sexo; de no poder siquiera mencionar el tópico, pasamos a tener demasiada información. Semejante proceso generó la libertad de la conciencia sexual y el progresivo desgaste de las instituciones encargadas de sublimar esa conciencia cuando era reprimida en el pasado. He ahí la razón de la pérdida de rumbo y del vacío que rodea al arte contemporáneo: si ya no hay que representar las cosas elusivamente, ¿qué sentido tiene mantener el espacio donde se generaba esa representación? Ninguno. Al menos no tiene sentido mantenerlo con las cotas y premisas del pasado.

Otra de las consecuencias que trajo consigo el desgaste de la represión sexual fue la consolidación de la violencia como energía a controlar y a reprimir. Basta con mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que existe una tendencia cada vez más marcada a asumir que lo violento es el espacio cultural con mayor número de manifestaciones diseñadas para generar un efecto catártico en el público. La violencia es una condición natural en todos los seres vivos; sin embargo, en el caso de los humanos, esa tendencia está definida por una regulación impuesta por el propio hecho civilizatorio estipulado en las bases de todo contrato social. Desde allí nadie puede, idealmente, matar, golpear, maltratar, depredar o insultar a nadie. La violencia real queda proscrita porque atenta contra el orden de la sociedad, convirtiéndola en un reducto silvestre donde las reglas tienen más que ver con el hecho atávico de la supervivencia que con un proyecto racional. Esto supone la propia represión de lo violento en aras de una vida organizada por leyes e instituciones. Sin embargo resulta obligatorio observar que por mucho que se desee, y por buenas que sean las intenciones, es imposible contener una fuerza natural. Todo lo que se le opone a la naturaleza tiende a regirse por equilibrios muy precarios, y hoy, cuando miles de razones atentan contra la estabilidad de los contratos sociales, es fácil ver que la vida regida por reglas de convivencia ciudadana se encuentra amenazada por la fuerza expansiva de una barbarie que brota como un magma hecho de anarquía. Basta con otear fugazmente nuestro entorno para darnos cuenta del proceso de degradación en el que estamos inmersos y del que somos partícipes. Basta con observar los muertos que deja un tiroteo en la puerta de un banco o la violencia verbal que se prodigan un chofer de autobús y un motorizado en cualquier esquina para entender que vivimos un momento histérico en el que la lógica cívica es débil, dolorosa y necesitada de refuerzos que se cifren en términos de más represión y de más diseño de factores que diluyan la aplastante inercia de la barbarie. Ese es un proceso que se ha venido acentuando con los años y que cada vez nos lleva a manifestaciones culturales más y más extremas caracterizadas por elementos que alguna vez fueron excedentes execrables de la cultura y que hoy son asumidos como variables necesarias del sistema. Me refiero a todos esos medios que trabajan desde la violencia, solazándose en ella y objetivándola para que sepamos de su existencia y la experimentemos de un modo que no cause daño. De ahí la proliferación de noticieros amarillistas, de películas repletas de disparos, explosiones, golpes y ofensas verbales que llegan a ocupar los espacios estelares de la televisión y del cine entreteniendo a grandes y chicos. Lo mismo sucede con la exacerbación de sangre, muerte y locura ficticias que se da en los juegos de video, en el rock, en la estética sadomasoquista de los piercings, en las drogas, en los raves y en toda manifestación cultural propia de esta época. Si antes, cuando la energía sexual estaba reprimida, el lenguaje para decir las cosas era el del arte, hoy, cuando la fuerza más represada de la sociedad es la violencia, el lenguaje para decir las cosas es el lenguaje hiperbólico del espectáculo, y ese lenguaje, aunque no parezca, es demasiado complejo y contradictorio porque se vincula estrechamente con demasiadas variables que se mueven en el pegajoso pantano de la sensibilidad.

En la ética del espectáculo existe un enrevesado convenio entre «la obra» y el espectador según el cual uno no tiene sentido sin el otro. El espectáculo existe en tanto hay un público que, según las reglas del mercadeo, es receptor y consumidor del show. Esta concentración exacta en el público receptor genera que en el mundo del espectáculo no se toleren las divagaciones. Allí, a diferencia del mundo del arte, no se aceptan los adefesios. En el espectáculo el público siente la potestad del reclamo y el derecho de poder decir lo que se le venga en gana porque a la hora de la verdad ese mundo nos tiene acostumbrados a que en sus predios no existen ni importan los análisis demasiado sesudos ni las parrafadas incomprensibles de críticos y estudiosos. El espectador siente que le basta con su propia imaginería para decodificar el mensaje en apariencia nunca sibilino del show, y esto porque el mercadeo ha diseñado toda una estrategia para que ese espectáculo esté dirigido a un tipo de público milimétricamente específico. Las consecuencias de tales premisas se cifran en la identificación delirante del espectador con respecto no sólo a ciertos y determinados espectáculos, sino a la situación de «vivir en» un show, de ser uno mismo objeto de la observación de los demás. Como nos sentimos tan identificados con los héroes de nuestras películas o de nuestros videojuegos, creemos que podemos emularlos, que podemos ser como ellos, que podemos copiar sus poses al fumar, al hablar, al caerse a golpes con un enemigo... El mundo del espectáculo está tan dentro de nosotros que queremos vivir una historia digna del cine, y por eso buscamos todos los subterfugios para lograrlo: vamos a fiestas o a discotecas con bola de cristal donde podemos vestirnos como nos plazca y bailar hasta que el cuerpo aguante; manejamos a altísimas velocidades con el equipo de sonido a todo volumen; estimulamos el espejismo de espectacularidad que nos hemos construido con Éxtasis, Prozac, Lexotanil, Buscapina, marihuana, cocaína, heroína, vodka, whisky, ron, tequila y quién sabe cuántos estimulantes y depresores más; hablamos de habernos refocilado con las mujeres más guapas o con los tipos más bellos y nos construimos a nosotros mismos una imagen de leyenda que esconde el aburrimiento real y la inestabilidad en todos los terrenos de la vida que llevamos. Nuestra época encuentra belleza en la locura, en la rabia, en la escatología, en la velocidad, en lo frenético y en todo lo que antes era excedente cultural no sólo porque con ello estemos sublimando la tendencia natural que sentimos hacia la violencia reprimida, sino porque así la gente le está dando rienda suelta a su deseo de protagonizar algo y olvidar su propio fracaso. Lo temible es que esa protagonización se basa en amplificar las propias debilidades, las malas pasiones, los excesos y las carencias que nos convierten en lisiados morales, en débiles de espíritu y en presas fáciles para las adicciones y el descontrol. Consideraciones aparte, lo delicado del asunto es que vivimos en un mundo donde las fronteras entre la violencia real y la violencia ficticia son cada vez más tenues. Todos los días hay más y más locos armados —de la edad que sean— matando gente a la manera de los videojuegos y cada día hay más locos creyéndose mafiosos de película. Vivimos rodeados de una violencia latente a la que percibimos como fenómeno abstracto sólo hasta que nos toca y nos marca. Los medios de comunicación exacerban el espectáculo de la violencia no sólo porque la gente lo necesita para sublimar deseos reprimidos, sino porque su presencia perenne en la ficción nos ayuda a sobrellevar el peso que significa el que la violencia ocupe un espacio tan importante en nuestra vida real, logrando que una golpiza en medio de la calle, un asesinato, un ataque terrorista o un asalto nos parezcan «normales». Lo violento se encuentra en el ambiente, flotando, pareciendo normal, manifestándose en formas cada vez más horribles y conmovedoras, asustándonos, haciéndonos vivir encerrados y con miedo, un miedo impotente que nos vuelve paranoicos, que nos hace ver una realidad retorcida en la que el mal aparece desbordado y sin control, como si la vida no tuviera otras caras menos viles.

Vivimos una época en la que nadie tiene el monopolio de la violencia. Más bien su poder corrosivo se encuentra diseminado por todas partes, en cada hogar y en cada hombre. Hoy cualquier parroquiano puede adquirir legal o ilegalmente una pistola 9mm. o una escopeta y asumir que la vida propia y la de los demás no valen nada, sobre todo si se piensa, como parece ser normal en estos días, que todo lo que tenga que ver con armas se encuentra en un terreno más cercano a la ficción que a cualquier otra cosa, y así, en un parpadeo, nos encontramos frente a unos niños disparándoles a sus compañeros en la escuela o frente a unos tipos que se montan en tu carro, te secuestran, te roban, te matan o te dejan desnudo como un idiota.

Resulta espantoso pensar que las situaciones violentas reales que con cierto pudor hemos nombrado formen parte de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, resulta aún más aterrador entender que ellas ocurren en un instante histórico en el que la violencia es un espacio todavía reprimido por la cultura. Si eso es así en este momento, ¿cómo será en el futuro? Seguramente será peor. El mundo lucirá convertido en una pesadilla de barbarie donde no habrá videojuegos que palien la situación y que sirvan de ungüento para un alma deseosa de saber cómo son la sangre real, el dolor real, el sufrimiento real y el derramamiento real de adrenalina real en un mundo cada vez más real. Por el contrario, viviremos en la vida de todos los días, y cada vez con mayor fuerza y frecuencia, una existencia repleta de eventos parecidos a los que ocurren en los espacios de ficción. Viviremos situaciones exageradas y casi de película. Viviremos la muerte presentada en miles de formas horribles: guerras, hambrunas, maltratos familiares, niños de la calle, pedofilia, pornografía violenta, sadismo, guerrillas, asesinatos en serie, ataques terroristas, golpizas a placer, atracos, hurtos, canibalismo, linchamientos, violaciones, brutalidad policial, genocidios, enfrentamientos entre bandas, narcotráfico, humillaciones, contrabando, cárceles inmundas, miseria y más miseria por todas partes. Lo único que nos quedará para oponernos a una vida así serán, seguramente, el humor agrio de la buena comedia y todas las manifestaciones de la baratija esotérica; lo único que se le opondrá a la barbarie será todo aquello que subraye el fracaso del proyecto racional de construir una sociedad, una civilización, una cultura. En fin: que dejaremos de ser Humanos y nos convertiremos en bárbaros y viviremos con miedo siempre. Siempre.


Roberto Echeto en La BitBlioteca



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