No me interesa hablar sobre lo que ha declarado el español Luis Goytisolo sobre la creación literaria, porque no soy experto en la materia. Ciertamente es un asunto de envergadura, que deben debatir los que están metidos en la creación literaria, pero yo no. En cambio, quiero retar a Rigoberto Lanz a que hable con detalles concretos sobre el manejo del Premio «Rómulo Gallegos» cuando estuve al frente del Celarg junto con un honorable y pulcro Consejo Directivo que, aparte de lograr el aumento de la recompensa material para la novela ganadora, luchó por la integración de jurados expertos e independientes de reconocida trayectoria internacional. Es curioso que, en las vísperas de la convocatoria de este año, diga Lanz que todos los sistemas de premiación literaria «huelen mal» porque «se han manejado deshonestamente». Llega a afirmar que, según José Balza, «suceden cosas raras con nuestro máximo premio». Pues que no sea irresponsable el señor Lanz y diga cuáles cosas raras puede mostrar para criticar las convocatorias del pasado. Está faltando absolutamente a la verdad, en cuanto a la pulcra administración del certamen y a las indiscutibles pertinencia e independencia de los jurados. Está diciendo tonterías, falsedades deplorables. Está dañando, de la manera más peregrina e injusta, la reputación de un equipo que se preocupó por cuidar con esmero y respeto el premio «Rómulo Gallegos». Mientras no diga algo plausible, algo que no sea tan endeble e imprudente, aquí lo único que apesta es la declaración de Rigoberto Lanz.