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Ácido bórico
Carolina Espada

Miércoles, 24 de noviembre de 2004

El cadáver estaba en la bañera. Boca arriba en la bañera. Desnudo boca arriba es mucho más desnudo que desnudo boca abajo. Boca arriba todo queda mucho más expuesto. Terrible, sin afeitar y grotesco. Boca abajo hubiera sido mejor. Hubiera sido más tolerable.

No... Hubiera sido igual.

Viernes por la noche. Sola con el cadáver, porque cadáver no es compañía. Y en viernes. Tenían que pasar el sábado y el domingo completos para pedir ayuda. El lunes por la mañana alguien se encargaría.

Iba a ser un fin de semana muy largo.

Podría... tapar el cadáver. Dejarlo allí oculto. Pretender que no existía. Pero... ¿y si cuando se acercara para cubrirlo... se movía? ¿Y si el cadáver aún no se había muerto? Eso había pasado antes. Hay cadáveres insistentes, que perseveran y siguen vivos. Parecieran que están totalmente muertos y, de repente, mueven algo, cualquier cosa. Es como una contracción muscular, un estremecimiento, como diciendo: todavía puedo... todavía soy una amenaza y me tienes miedo.

Clausurado el baño hasta el lunes. Tendría que usar el del pasillo, pero ahí no hay regadera. No se bañaría en tres días. «Mejor tierra en cuerpo, que cuerpo en tierra», como decía su tía. Su tía difunta y enterrada.

«Cuerpo en tierra»... Había un cuerpo en la bañera... Lo retirarían el lunes. Se lavaría todo con cloro, con jabón, con alcohol y agua hirviendo. Alguien se ocuparía de eso y entonces se podría duchar tres veces consecutivas y con los ojos bien abiertos: el cadáver ya no está aquí. El shampoo irrita las córneas —todo pica y se enrojece— y no importa, pues hay que seguir viendo que el cadáver ya no está aquí. Pero eso sería el lunes y apenas era viernes.

Sabía que por más cerrado que estuviera ese baño, siempre estaría la presencia del cadáver. ¿Estaría realmente muerta? ¿Se levantaría a mitad de la noche? ¿Era capaz de resucitar y llegar hasta la cama y acostarse a su lado? Entonces amanecería y abrirían los ojos al mismo tiempo y se mirarían cara a cara, ahí, sobre la almohada.

¡¡¡Aaarrrggghhh!!!

No volvería a dormir el resto de su vida.

El cadáver debía ser removido esa misma noche, pero estaba sola, indefensa y sin ayuda. Podría llamar a los bomberos, a la policía, a algún grupo de rescate, pero tendría que dar explicaciones.

Siempre dando explicaciones.

Podría duplicar, triplicar, la dosis de tranquilizantes y pasar dos días y medio desconectada. No sería la primera vez. Fin de semana de sobredosis y Judy Garland cantando: «Some day over the rainbow...»

El lunes volvería a la psiquiatra para hablar de su terror por las cucarachas.


Carolina Espada en La BitBlioteca
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