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El regreso del alma Carolina Espada Jueves, 9 de noviembre de 2000
Es bien sabido que cuando uno se va de vacaciones y vuelve, primero llega el cuerpo, pues el espíritu se toma un tiempito en retornar. Uno, convertido en zombie, desempaca, reparte regalitos, lava la ropa, va al supermercado, paga los recibos, contesta emails y se organiza, mientras que el alma anda por ahí, como en un limbo rosado, completamente liberada de ataduras corporales, fresquita, haciendo exactamente lo que le viene en gana y pasándola divinamente sin el estuchito. O sea, que se está, pero no se está completico. Hay una parte de uno que asume la vida (porque no le queda más remedio) y otra, que se niega a abandonar la felicidad de vagar por ahí tralalí-tralalá. Y cuando finalmente el cuerpo y el alma se reúnen de nuevo, el primero puede dar razón de lo que hizo sin mucha conciencia, pero la segunda nunca rinde cuentas de sus andanzas y tremenduras. Es así. En el taxi del aeropuerto a la ciudad se comenta con extrañeza: ¿¡pero por qué no hay cola, si son apenas las ocho y media de la noche!?
«¡Ay! ¿Usté no sabe de esa broma que mientan auto-toque-de-queda? La gente se guarda temprano no vaya a sé, ¿no ve que aquí la crimilinalidá se desató?»
Entrando al apartamento y llamando a los amigos. ¡Épale! ¿Qué pasó en estas dos semanitas?
A la hija de tu doctor la abalearon para quitarle el reloj, pero hay Dios, la metieron en terapia intensiva y se salvó de milagrito. Eso sí, tu médico se zampó una sobredosis de tranquilizantes y de antidepresivos, que lo mantienen en una trona continua. No le digas que yo te dije. A la esposa de tu primo la encañonaron y le robaron el carro. Menos mal que los tipos se apiadaron y no se llevaron a la bebé que estaba en el asiento de atrás. A tu comadre la secuestraron dentro de su propia oficina con todos sus empleados y un poco de clientes. Los ladrones no podían creer que esa gente tan chiqui tuviera tan poquito dinero. Por fortuna no eran unos loquitos agresivos y no les dio por matar a nadie. Ah, y ahora hay una nueva modalidad de asalto —en tu propia casa— en la que te desfiguran el rostro y te fracturan el cráneo a punta de batazos. Entonces a uno el alma le entra como un flechazo (y así duele horrores) y, al día siguiente, uno se levanta como siempre: completamente aterrorizado.
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