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Corazón impreso
Carolina Espada

Jueves, 9 de noviembre de 2000

Cuando vendió la exclusiva de su repentino embarazo, nadie le creyó. Ya estaban acostumbrados: si María del Mar negociaba una de sus intimidades (su cita «secreta» con el ministro en la habitación #34 con vista a la bahía; su chapuzón topless en la islita y que desierta; la bofetada notoria de la esposa del ministro a su llegada al aeropuerto) era porque estaba cortísima de dinero.

Nadie tomó en serio lo de su gravidez y muchos afirmaron: «Dentro de un par de semanas vende lo de una supuesta pérdida. Esquiando en Suiza, cabalgando en Kentucky, windsurfeando en Cancún... perderá esa criatura ficticia que tantas revistas vendió».

Pero María del Mar sí estaba en estado. Del ministro no era... ya ella había ovulado... O era del ex guardaespaldas de la princesa, o del torero retirado, o del gigoló de turno (el que salió desnudo en todas las portadas y le robó completico el show y la protagonización). De uno de esos era... al menos que... aquella noche en el velero... después de los vodkas y el backgammon... fueron demasiados tragos y demasiadas pastillas contra el mareo... y ahí estaba ese marinero... Al día siguiente, cuando atracaron en El Pireo, él la vio más allá del recuerdo y el arete de corsario le brilló. ¡Tiiin! A ella no se le había olvidado ese destellito.

En el momento en que la barriga de María del Mar fue algo incuestionable (y desconcertante, pues a sus admiradores les costaba trabajo reconocer a su sex symbol tan repleta de líquido amniótico), la prensa hizo el seguimiento minuto a segundo: los ecosonogramas borroneaditos; los bostezos y náuseas; las declaraciones del ginecólogo con el bigote recién pintado; el chisme de la enfermera: «María del Mar tiene celulitis» (¡Qué gran titular! ¡Cómo se vendió ese tiraje!); el resentimiento de la futura abuela, porque «no me dejan hacer nada...»; los pepinillos agrios remojados en café azucarado y otros antojitos; el centerfold tan lleno de pezones y redondeces; el escándalo de la paternidad del ministro y su ulterior confesión desgarradora: «Yo, hace un año, me hice la vasectomía» (¡Y la edición se agotó!); las fotos comprometedoras del marinero griego y María del Mar explayada en la litera de su camarote; los desmentidos y diretes, y, finalmente, la noticia: «¡Será una niña!».

Sus fanáticos querían ponerle nombre. Organizaron concursos, cotillones, bingos bailables y ferias. Hubo cartas al editor, correos electrónicos al periódico, llamadas telefónicas, encuestas y votaciones en los supermercados. Varios meses después, María del Mar declaró: «Ya es un hecho: mi nenita se llamará Rosaleda por consenso popular».

Y nació Rosaleda: 3 kilos exactos. Coloradita, perfecta, diez deditos en las manos, diez deditos en los pies. Un buclecito negro, que ahí mismo se le cayó. Ojos azules, luego, marrones. El ministro respiró aliviado, a él no se parecía... ¿¡para qué tuvo que salir a contar lo de su vasectomía!? Ahora era pura guasa en el ministerio. «¿¡Cómo está la cosa, Podaíto!?», le había aflojado el mismísimo señor Presidente... «Podaíto»... Ja-ja... Su esposa no se reía. Ella prosiguió con la demanda de divorcio.

Y la argolla de oro del marinero siguió brillando entre Míkonos y Rodas.

Pero las cámaras estaban con Rosaleda: desde la sala de parto hasta el retén... de allí a su cuarto lleno de rositas.

Lactancia fotográfica. Buchito también. Cambio de pañales documentado gráficamente para la posteridad. Primer baño, primer gugú, primeros gateos y pasitos. Fotos y flash.

Y Rosaleda creció compartiendo todo con todos: bautizo florido; llegada al Kinder con una rosa bordada en el uniformito; diente volado en el recreo gracias a una patada no intencional del compañerito Nicolás; comunión en la cual no levitó pese a los cuentos y pronósticos de las monjitas que la prepararon. Debía haber sentido un arrobamiento, un frío en el alma, una pérdida de respiración, pero no, no sintió nada de eso. La hostia sabía a oblea rancia, pero no se lo dijo a nadie. Una figura pública, por poquitos años que tenga, debe saber qué decir y qué callar. Sarampión maquillado; jueguito inaugural de ropa interior «¡uy, qué sexy!»; primer novio y manitos trituradas por la pasión; segundo novio y primer beso... y primera depresión de su mamá (ya la María del Mar de siempre no era «La Novia de los Rotativos»); graduación con calificaciones regulares y qué importa; año en París; pérdida de la virginidad (¡¡¡récord de ventas!!!) y segunda gran depresión de su mamá (ese número no se agotó...).

De haber sabido que la primicia de su embarazo intempestivo iba a llevar a su madre a un intento —fallido— de suicidio (sin reporteros, ni testigos, sin ni siquiera una camarita desechable) Rosaleda hubiera hecho las cosas de otra manera.

Ahora estaba lloviendo y su vida se deshacía como si fuera papel.


También:
Roberto Hernández Montoya, Amarill , El camarada príncipe , El erotismo histórico: Helena, Cleopatra, Mónica y Ser paparazzi en la vida
Tulio Hernández, Mártires del éxito compartido (seleccionado como uno de los mejores artículos de opinión de El Nacional en 1997-1998).
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