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Sección: Bitblioteca
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Instrucciones para ir al dentista en Navidad
Carolina Espada
Jueves, 9 de noviembre de 2000
- No se aterre cuando llegue al consultorio y un mini Santaclós —ahorcado
allá arribita en el dintel— se encienda colorao y se carcajee en inglés
electrónico: «¡Jou, Jou, Jou!» (Esto es sólo el comienzo del «Espíritu de la
Navidad»).
- Al entrar masculle algo así como «mns días...» (porque de «buenos» no
tienen nada) y acuérdese de que en esta época hay que estar bien contentos
porque sí, celebrar obligados y gozar a juro.
- No se tropiece con el morrocoy de la mamá del dentista que anda ahí
atravesado comiéndose un titiaro. Su dueña se fue para Maturín a buscar el
propio onoto para la masa y lo dejó encomendado y adornadito para las fiestas.
Luce en el carapacho un nido de muérdago con una estrella de Belén y un velón
rojo (apagado por razones de seguridad).
- Júrele a la secretaria de su odontólogo que la decoración le quedó soñada:
El pinito rosado-pelúo con los cepillitos de dientes guindando y, al pie, las
cajitas de muestras médicas envueltas para regalo. Si no tiene nada piadoso
que decir sobe el Nacimiento, mejor no diga nada. (Sí... la mula es más grande
que la Virgen María y el buey parece un acure con cachitos...).
- Siéntese ahí resignado a esperar adolorido y anticipando el suplicio de un
tratamiento de conductos —y mueva la patica o tamborilee los dedos o consulte
su reloj cada tres segundos... pero, por su vida, no se quede absolutamente
inmóvil y tibetano. (Esto puede poner mucho más nerviosos a los demás (im)pacientes).
- Déle gracias al Señor porque su dentista no es maracucho. Está usted en
uno de los escasos lugares del territorio nacional en donde no lo aturden con
el tucu-tucutu-tucutu de las gaitas. En el «hilo musical» de la clínica no hay
Negrito Fullero, ni María la Bollera, ni Grey
Zuliana-cual-rosario-popular... Puro Jingle Bells soso y pasmao.
(Hay Dios...).
- No caiga en provocaciones. No se meta en la discusión que la señora del
puente roto y la gordita de la extracción del canino han prendido: «¡¿Qué es
eso de ponerle garbanzo a una hallaca?! ¡Ese pepero!» «¡Con garbanzo es que
es, y no con ciruela pasa!» . (Total... usted, esa bola de maíz machacado, con
ese mondonguero adentro y, para colmo, envuelta en aquel pedazo de mata,
amarrada con esa cabuya y chorreando agua hirviente... Usted no come de eso).
- Intente hojear las revistas antes de que terminen de desintegrarse en la
mesita. La más reciente es de 1977 (con el crucigrama rellenadito y la receta
de cocina arrancada) y, como veinte años son una pelusa, agarre datos, que la
moda está igualita. No deje de leerse la entrevista a esa miss
titulada: «Mi primer amor y más grande amor fue, y sigue siendo, el Niño
Jesús». Y los artículos: «La homosexualidad... ¿un impedimento para la
procreación?» y «¿En dónde fallamos? Nuestra hijita le dice 'mamá' al
televisor».
- Rechace con gentileza la copita de ponchecrema que le ofrece la asistente
del doctor. No le salga de atrás pa'lante con una grosería a esta pobre niña,
ahí, con su gorrito de gnomo ayudante de San Nicolás y sus boticas con
cascabeles. Relea el punto 2 y no olvide que en diciembre todo es nochedepaz y
hay que ver qué tiernos somos y lo mucho que nos queremos y venga un abrazo,
mi hermano.
- No permita que le sobrevenga la náusea al pasar al baño y ver la poceta
forrada de fieltro verde, con faralaos rojos y cintas y lazos dorados.
Resígnese con el papel tualé: es importado y por eso tiene muñequitos de nieve
y venados con trineo.
- Suspire por no llorar cuando, una vez reclinado en el potro de torturas,
su odontólogo le ponga algodón en los carrillos; un aro metálico alrededor de
la muela impactada por el turrón de Alicante; una especie de tiendita de
campaña de goma que aísla la pieza; el tubito aspirador en forma de
interrogación enganchado en la comisura; el espejito y el explorador
incrustados en el paladar; el taladro martirizante en pleno diente, y le
pregunte efusivo: «¿Y qué has estado haciendo en estas vacaciones?».
- Cuando ya no haya marcha atrás, cuando su especialista lo penetre con esas
varillitas atormentantes y comience a removerle el nervio de lo más profundo,
íntimo y privado de su ser... entréguese... entréguese completico... (¿Qué más
le queda?). Piense en todas las entregas que usted conoce: las de las madres y
los hijos, la de los Reyes Magos, la de los amantes y hasta la de los carteros
y, quizá, tal vez, a lo mejor, quien sabe, de repente y tal... descubra en las
entretelas de su corazoncito (porque usted también tiene uno) un sentimiento
desesperado como de amapuche y besito; ¿y te acuerdas de los patines
Winchester y la llave que uno se la colgaba al cuello con pabilo?; y... ¿si yo
te presto mi G.I. Joe... tú me prestas tu bicicleta nueva?; y las parrandas
que se armaban en la cuadra con aquello de «tucusito, tucusito...»; y coye,
vale, tú sí eres, regálame un saltaperico... Entonces, poseído por esa
sensación inesperada, que no le dé pena querer desearle a todo el mundo —de
verdaíta— una Feliz Navidad y un 1998... mejor.
Carolina Espada en La BitBlioteca
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